Crónica de una noche de sábado en Guantánamo

Crónica de una noche de sábado en Guantánamo

Los precios son astronómicos si se busca calidad en los servicios

GUANTÁNAMO, Cuba.- Aunque no visito la Casa del Changüí, accedí a hacerlo en compañía de unos amigos que querían compartir conmigo y con mi esposa una reciente noche de sábado.

Me gusta escuchar changüí, uno de los géneros musicales autóctonos de esta provincia que, junto con el nengón y el quiribá, es fuente nutricia del son. También disfruto ver bailar a las parejas que mantienen una tradición que llevan en la sangre. Según me han dicho, luego del programa cultural se difunde buena música grabada.

Todo parecía ir bien, pero cuando decidimos comprar una botella de añejo Habana Club ―pues atendiendo al precio de las cervezas buenas las compraríamos a las mujeres― el barman nos dijo que no tenía vasos ni hielo, así que nos fuimos.

A menos de diez metros, en la Casa del Son, estaba funcionando la Disco Temba, espacio dedicado a la música de la década prodigiosa. Había que pagar 10 CUP por persona para entrar (unos 40 centavos de dólar), pero no nos garantizaban un lugar donde sentarnos.

Siete cuadras después llegamos hasta el Café Cantante América, ubicado en las cercanías del parque José Martí, la zona más céntrica de la ciudad. Aquí la entrada cuesta 1 CUC o 25.00 CUP por persona, (aproximadamente un dólar), que no garantiza consumo mínimo pues ese dinero se usa para retribuir a los artistas. Ya habíamos pagado la entrada cuando se nos ocurrió preguntar si tenían vasos. El portero respondió que eran plásticos y que no había hielo para acompañar el ron.

Pedimos la devolución del dinero y continuamos hacia el hotel Brasil, a una cuadra de distancia, con la esperanza de subir a la terraza, pero el área estaba alquilada por un centro de trabajo.

Decidimos probar suerte en el Bar Restaurante 1870, uno de los mejores establecimientos estatales de la ciudad. Tiene en su contra que la música que divulga no es de la mejor calidad y casi siempre está puesta muy alto. A ello se une que muchas veces algunas personas pasaditas de tragos ―sobre todo residentes en el extranjero o negociantes que tienen dinero pero nada de cultura― creen que el resto de los parroquianos están obligados a escuchar sus estúpidas monsergas. A pesar de estos inconvenientes entramos, pero el sitio estaba lleno.

La Casa de la Trova también estaba repleta porque el sábado es noche de música tradicional y acuden muchos adultos mayores. A pesar de ser otro lugar agradable, carece de aire acondicionado y tampoco había vasos ni hielo, aunque hay que pagar 10 CUP por la entrada.

Continuando nuestro periplo llegamos hasta el club Corazonero. Afuera había decenas de personas esperando para entrar. Aquí la entrada vale 10 CUP, pero el sitio quizás ostente la primacía entre todos los centros recreativos guantanameros en cuanto a la pésima calidad de la música que difunde a altísimos decibeles, una situación capaz de desequilibrar al más cuerdo, lo cual sufrí durante una fiesta realizada allí hace unos meses. Así que agradecí que mis acompañantes decidieran continuar la búsqueda.

Cerca de las 10:00 p.m. llegamos al Piano Bar, un lugar pequeño y acogedor, pero también estaba lleno y tampoco tenían vasos ni hielo.

Todo parecía indicar que terminaríamos en el patio de la casa natal de Regino E. Boti, recalo obligatorio de poetas, trovadores y amantes de la buena música y la poesía, pero queríamos cambiar de ambiente y bailar a pesar de que somos unos patones. Sólo nos quedaban por visitar Las ruinas, El patio de Artex y el club Nevada, remodelado recientemente.

Descartamos el primero porque por las noches se torna conflictivo y también lo hicimos con el otro porque estaba lloviznando. Minutos después llegamos hasta el club Nevada, donde entrar cuesta 10 CUC por persona (unos diez dólares) los cuales hay que consumir. Gracias a que uno de mis amigos hizo una gestión nos permitieron entrar a condición de que consumiéramos algo, pues entre los cinco no hubiéramos reunido 50 CUC. Y conste, mis amigos son dos médicos especialistas con más de treinta años de experiencia.

Gracias a Dios había vasos, hielo y un servicio por todo lo alto, como los precios. La música divulgada por los equipos de video era variada, de aceptable calidad y no tan alta.

Los jóvenes que nos atendieron proceden de la última graduación de la escuela de gastronomía. Fueron amables y eficaces ante nuestros pedidos. Todo parece indicar que allí se reúne la juventud guantanamera de mayores posibilidades económicas y que el sitio goza de aceptación porque, además del buen ambiente y la calidad del servicio, abre a las 5:00 p.m. y cierra a las 5:00 a.m., horario muy generoso para los noctámbulos si tenemos en cuenta que el resto de los centros nocturnos cierra a las 12:30 a.m. o la 1:00 a.m.

Lo más significativo de esta experiencia sabatina fue comprobar como el consumo mínimo, una oferta que hasta hace unos años mantenían casi todos los centros nocturnos, ahora ha desaparecido, pues todos estos lugares cobran la entrada sin brindar nada a cambio. También constatamos que la empresa gastronómica de Guantánamo necesita urgentemente que le suministren vasos y hielo.

Al día siguiente uno de mis amigos coincidió conmigo en que habíamos pasado un buen rato, pero aunque estuvo de acuerdo con repetir la visita, me respondió que a no ser que pagáramos sus gastos y los de su pareja tendría que ahorrar al menos tres meses para regresar. No exagera: 20 CUC representan el 40% de su salario mensual y eso es mucho dinero para él y para otros que dependen de un salario más bajo y nunca podrán pagar la entrada al Nevada, que representa el 79% del salario promedio mensual de la provincia, si acuden acompañados de su pareja. Y si van a los otros lugares mencionados deberán llevar vasos y hielo.

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