LA HABANA.- Me asombra, me desconcierta, el modo en que personajes habitualmente incondicionales al régimen de Cuba han reaccionado quejándose de que sea Raúl Guillermo, el nieto de Raúl Castro y jefe de su escolta, el que parezca estar llevando los contactos con el Gobierno norteamericano.
El a toda costa apologista del régimen Michel Torres Corona, conductor del programa Con Filo, se atrevió a escribir un post en que aludió a vampiros y cangrejos, que son los apodos de Sandro y Raúl Guillermo, los bon vivants nietos de Fidel y Raúl Castro, respectivamente.
Fueron tantas las quejas por lo que dijo a USA Today el nietísimo de Raúl, que fue preciso que dos altos personeros del castrismo, el miembro del Comité Central del Partido Comunista Elier Ramírez Cañedo y Abel Prieto, exministro de Cultura y actual director de la Casa de las Américas, salieran al ruedo a aclarar que Raúl Guillermo contaba, para decir y hacer, con la autorización y aprobación de «la máxima dirección del Partido y el Gobierno».
Aun así, no quedaron convencidos los quejosos y sigue el malestar.
Cada vez entiendo menos a los castristas. ¿Ahora es que se enteraron de que en Cuba rige una dinastía familiar, la de los Castro? ¿De qué institucionalidad hablan? ¿De la institucionalidad de cartón y retablo de títeres que rige desde 1976? ¿Qué transparencia reclaman? ¿Cuándo la hubo en estos 67 años?
Oficialmente se refieren a Raúl Castro, pese a estar retirado y tener 95 años, como «el líder de la revolución, siempre con el pie en el estribo». Pero se quejan de que Raúl Guillermo, que no ocupa cargos en el Gobierno, solo por ser el nieto de Raúl Castro, se tome la atribución de ofrecerse a tratar con los norteamericanos en busca de una solución.
Me pregunto, salvando las distancias, que son grandes, claro: ¿Qué cargo ocupaba Fidel Castro en el año 2016, cuando, ya retirado, en una de aquellas reflexiones que, firmando como el Compañero Fidel, escribía para el periódico Granma, metió la cuchareta, se acordó de la guerra eterna que desde la Sierra Maestra decidió librar contra los Estados Unidos y echó a perder las oportunidades que ofrecía la administración Obama? ¿Qué cargo ocupaba Raúl Castro, retirado desde hace años, para aplazar el Congreso del Partido Comunista de Cuba, cuando esa decisión le hubiera correspondido a Miguel Díaz-Canel, que fue quien lo sustituyó como primer secretario del Partido?
Les pregunto a los que dudan de la capacidad del nietísimo para tratar con los norteamericanos: ¿creen acaso que lo harían mejor Díaz-Canel, Manuel Marrero o Bruno Rodríguez Parrilla? ¿Ellos, tan arrogantes y tercos, que en sus peroratas se limitan a culpar de todo al bloqueo y a hablar sandeces, sin admitir ni por asomo sus errores y disparates, negados a mover fichas y dispuestos a seguir sacrificando a los cubanos y a hundir a la nación con tal de no perder el poder?
Los que dicen querer salvar la revolución ahora, cuando el agua les da al cuello y sigue subiendo, ¿por qué no se pronunciaron antes para evitar la catástrofe que se veía venir desde hacía años en Cuba?
¿Por qué no se quejaron y protestaron cuando entre enero y junio de 2023, en administración pública (léase funcionariado burocrático), las FAR y el MININT se gastaron la misma cantidad o más de lo que se dedicó en total a la salud, la educación, la asistencia social, la construcción, la cultura y el deporte?
¿Por qué no protestaron por los miles de millones de dólares invertidos en la industria turística cubana en los últimos 15 años, que han descapitalizado al país y arruinado sectores estratégicos de la economía, como la generación de electricidad, el transporte, la salud, la agricultura y el abasto de agua?
Los quejosos, más comunistas que sus dirigentes, los preocupados por la preservación de «los logros de la revolución y el socialismo», ¿por qué no se oponen a las 176 medidas que legalizan la piñata de los futuros oligarcas que ya estaba en curso e instauran un salvaje capitalismo de Estado que nos condena al hambre y la indigencia a perpetuidad?
No quiero hacer de abogado del diablo con el nietísimo. Sé que lo han envuelto en papel de regalo para tratar de engatusar a los norteamericanos y ganar tiempo hasta las elecciones de medio término en noviembre, a ver si las ganan los demócratas y le dan un respiro al régimen. Sé que solo le interesa salvar el negocio familiar. Pero, ninguno de ellos, ni a los más viejos y gordos, ni a los más jóvenes que sueñan con abrir sus bares en el Capitalismo, les creo nada. Son todos la misma basura. De ninguno podemos esperar nada beneficioso para el pueblo.










