En la calle Salud esquina a Belascoaín, en el municipio Centro Habana, varios vecinos llevaban días notando un olor acre, empalagoso, como si algo se hubiese derramado y podrido bajo la acción de las altas temperaturas. Comenzaron a llegar las moscas, nubes de ellas que alcanzaron los pisos altos de los edificios colindantes, provocando alarma debido a los imponentes basureros que abundan en la zona y al temor de un brote de enfermedades gastrointestinales.
En la mipyme ubicada en Salud #458, que opera como almacén de venta mayorista, se habían dañado varios blísteres de Havik, una bebida energizante que contiene vodka y es muy popular entre jóvenes y no tan jóvenes. En un primer momento se comentó que la empresa iba a vender a precio de merma la mercancía afectada, pero luego se supo que regalarían los blísteres y eso bastó para que se armara un molote a la entrada del local con la intención de acaparar todas las latas posibles.
El circuito, perteneciente al bloque 1, estaba en apagón desde las 3:30 p.m. El calor, el aburrimiento, el alcoholismo extendido y la costumbre de agarrar lo que se pueda si se presenta la oportunidad derivaron en un cuadro penoso de gritos y empujones para apropiarse de latas que estaban, en su mayoría, vacías, pues el líquido se había derramado casi por completo. Las latas eran revisadas una por una por adolescentes de ambos sexos —algunos menores de edad—, que las agitaban, desilusionados, porque no había nada que aprovechar. Otros, con mejor suerte, extraían hasta la última gota e iban rellenando galones de cinco litros, comúnmente utilizados para transportar agua.
Desde la pandemia son habituales las imágenes de los cubanos corriendo detrás de un camión de arroz, saltando unos por encima de otros para alcanzar un mondo costillar de cerdo durante las ferias de fin de año, o insultándose con virulencia en cualquier cola, sea por medicinas o por una barra de pan. Pero armar un caos para hacerse con latas de bebida reventadas sin siquiera ponderar las condiciones en que podría estar el producto es otro indicador del estado de miseria, vicio y abandono al que ha llegado el pueblo. Para muchos, las circunstancias son soportables únicamente estando alcoholizados, drogados o atiborrados de pastillas.
Había niños y niñas metidos en el molote para agarrar las dichosas latas, aprendiendo desde tan tierna edad que vale la pena agredirse por poca cosa. Había madres con la chusmería en alto defendiendo su puesto a la entrada de la mipyme, esperando los energizantes como si fueran a repartirles carne de res o leche en polvo. Adolescentes descalzos, en chancletas, sin camisa, desaseados, crudos, hijos de una pobreza atroz, rodearon al triunfante propietario de un galón repleto de Havik y empezaron a beber con la naturalidad de quien está acostumbrado a hacerlo a cualquier hora.
Fue tanto el desorden que alguien llamó a la policía y ahí empezó otra parte de la historia que no es menos preocupante. Nada más llegar, uno de los oficiales empujó a una mujer que se le encaró mientras intentaban dispersar a la gente. Desde los balcones les decían horrores y no faltó quien gritara a los jóvenes que tienen huevos para pelearse por alcohol, pero no para protestar por la indigencia en que vivimos todos.
Los uniformados entraron a la mipyme, sacaron al presunto dueño y lo subieron a la patrulla, pero no hubo viaje a la unidad. Cinco minutos después, el emprendedor bajó del vehículo y, seguido de una joven, subió a su Hyundai moderno entre el abucheo de los vecinos, que le gritaban a la policía: «¡Cobra lo tuyo y vete echando!». Desde el volante, el hombre de negocios estrechó la mano del oficial, la patrulla se marchó, el Hyundai desapareció y la cuadra quedó hecha un asco, un basurero más entre tantos que cubren La Habana.
En ningún momento la administración de la mipyme se hizo responsable por la suciedad que generó. Pocas horas antes del incidente, un vecino del inmueble #456 había barrido los desechos de la cuneta y baldeado con agua limpia. Después del Havik Fest, el frente del edificio quedó inmundo, algo que no pareció importar ni a la policía ni al emprendedor. Al día siguiente, un empleado recogió las latas de la marca regalada por la mipyme, pero la melcocha en la calle y la acera sigue ahí, con su enjambre de moscas atontadas por el vodka y la canícula.
Ahora que, de prisa y corriendo, entregarán el país al sector privado, urge hablar del marco legal que obligaría a los dueños de negocios a asumir un mínimo de responsabilidad con su entorno, pues el incidente relatado indica que la ciudadanía, si así puede llamarse a lo que se ve en las imágenes, podría quedar aplastada entre la inoperancia de un Estado que no sirve ni para recoger la basura y la voracidad de un actor económico cuya naturaleza es expandirse.









