El congreso que salvó a Fidel Castro, pero no a Cuba

Hoy, transcurridas más de dos décadas y media de aquel congreso, podemos concluir que, si bien Fidel Castro logró sortear la crisis en aquel momento, fue un pobre paliativo que dejó a Cuba rezagada del mundo.
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El culto a la personalidad de Fidel Castro. (Foto: Havana Times)

LA HABANA.- Este mes se cumplieron 35 años de que se efectuara, en octubre de 1991, el IV Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC).En aquel evento, que se realizó solo unos pocos meses antes de que se proclamara oficialmente la desintegración de la Unión Soviética, se suponía que el régimen castrista trataría de adaptarse al escenario internacional que se configuraba tras el desplome del llamado “socialismo real” en Europa Oriental. Pero Fidel Castro, con su proverbial tozudez, defraudó las expectativas de los que esperaban que, producto de aquel congreso, se produjeran cambios de calado en Cuba.

En el IV Congreso, Fidel Castro —como hizo en todos sus discursos de aquel momento en que Cuba, con el fin del subsidio soviético, se adentraba en la crisis que eufemísticamente bautizaría como “Período Especial en tiempo de paz”— reiteró que el marxismo-leninismo seguiría siendo “la guía para el futuro”, aunque advirtió que los principios de esa ideología no debían aplicarse dogmáticamente, sino tomando en cuenta “las nuevas circunstancias”.

La adaptación a las nuevas circunstancias no implicó cambios políticos. Pero en el plano económico se aceptó la inversión extranjera directa y se aprobó el desarrollo en gran escala de la industria turística. Fidel Castro siempre se había mostrado reacio a ambas cosas, especialmente a la inversión extranjera. Pero en el IV Congreso se afirmó que la inversión extranjera sería no solo permitida, sino “promovida”. Con posterioridad, un contrariado Fidel Castro explicaría que tuvo que tomar esas decisiones a su pesar, debido a la imperiosa necesidad de obtener capital, tecnología y acceso a los mercados.

En el IV Congreso se acordó que el Partido Comunista y la Asamblea Nacional revisaran la Constitución vigente desde 1976. El nuevo texto constitucional que resultó sería aprobado en la Asamblea Nacional en julio de 1992, sin que mediara plebiscito popular alguno.

Otro acuerdo del IV Congreso fue modificar los estatutos del Partido Comunista para que los creyentes religiosos pudieran incorporarse a su militancia. Unos meses antes, el Buró Político del PCC, en el Llamamiento al IV Congreso, había ofrecido un acercamiento a “miembros de distintas denominaciones religiosas que respaldan nuestro programa a pesar de que algunos aspectos de su ideología puedan diferir de los nuestros”.

Todo lo aprobado en el IV Congreso fue con el objetivo, según Fidel Castro, de “salvar la patria, la revolución y el socialismo”. Así, como si fueran una y la misma cosa.

Hoy, transcurridas más de dos décadas y media de aquel congreso, podemos concluir que, si bien Fidel Castro logró sortear la crisis en aquel momento, fue un pobre paliativo que dejó a Cuba rezagada del mundo y que de nada sirvió para un futuro que, con su habitual triunfalismo, no supo prever. Por el contrario, con sus caprichos y aprensiones, originó muchos de los males que hoy tienen a Cuba vagando por mares de locura. Lo que queda de esa barca ruinosa que todavía, más por costumbre que por otra cosa, algunos llaman —y con mayúscula— “la Revolución”, está a punto de naufragar.

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