¿Por cuál modelo económico apostaría Che Guevara?

¿Por cuál modelo económico apostaría Che Guevara?

Los economistas han tratado infructuosamente de vertebrar los ambiguos y contradictorios conceptos económicos del Che en un cuerpo de ideas prácticas y coherentes que puedan ser aplicables a la situación cubana

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Varias personas conversan junto a un retrato del Che Guevara en La Habana (Foto: EFE)

LA HABANA, Cuba. – Como no tenía otra cosa y no puedo estar sin leer, acabo de leerme a empujones el libro de Ángel Arcos Bergnes Evocando al Che, publicado en el año 2009 por la Editorial Ciencias Sociales.

Este volumen, tan laudatorio del personaje como todos los demás que se han editado en Cuba, fue escrito por alguien que trabajó con Che Guevara cuando era ministro de Industrias, a inicios de los años sesenta. Contiene las mismas anécdotas mil veces repetidas del estoicismo, la austeridad casi inhumana y la exigencia asfixiante del Che. Todas subrayan sus rasgos más duros e inflexibles. Aun las que se supone que muestren su lado más humano, consiguen todo lo contrario.

El libro no logra aligerarse ni siquiera cuando el autor se refiere a que los integrantes de la escolta se quejaban de la peste de las flatulencias del perro de Che Guevara, un can al que el argentino consentía quizá por remordimiento por el cachorro asesinado en aquel cuento suyo.

Los escoltas del Che también tenían que soportar sus majaderías y esconderse -sin alejarse demasiado por aquello de “los atentados de la CIA”- para que en los trabajos voluntarios, el jefe se luciera y diera el ejemplo, que recogerían las fotos, en un cañaveral, con carretilla y sin camisa en una fábrica o con sombrero de guano y al timón de una combinada cañera rusa.

Probablemente los que aún vivan de aquellos escoltas y de los que trabajaban en el súper ministerio de la industria que no fue, o sus hijos o sus nietos, que crecieron con el lema “¡Pioneros por el comunismo, seremos como el Che!”, se pregunten por estos días de desbarajuste económico: ¿Y qué diría el Che?

Probablemente, no sería más explícito o acertado que Alejandro Gil, el actual ministro de Economía, o Marino Murillo, el encargado de la implementación de los Lineamientos del Partido Comunista.

¡Vaya usted a saber por cuál modelo económico apostaría hoy Che Guevara para la Cuba post-fidelista!

Y es que Che Guevara nunca llegó a concretar con claridad su pensamiento económico. Durante años, los economistas han tratado infructuosamente de vertebrar sus conceptos ambiguos y contradictorios en un cuerpo de ideas prácticas y coherentes que puedan ser aplicables a la situación cubana.

En definitiva, Guevara no era un economista. Antes que Fidel Castro lo nombrara ministro de Industrias, presidió el Banco Nacional de Cuba. Dicen que fue por error, que el Máximo Líder buscaba un economista y Che Guevara, adormilado, entendió que lo que buscaba su jefe era un comunista.

Lo más importante que quedó de Che Guevara en el desempeño en la economía cubana fue las tres letras de su apodo porteño en los billetes que firmó.

Guevara consideraba banal el planteamiento de la economía socialista, que sin la moral comunista no le interesaba en lo absoluto, según confesó en 1963 al periodista francés Jean Daniel.

En El socialismo y el hombre en Cuba, un escrito que asusta por su desmesurado idealismo estatalista y suprahumano, Guevara advirtió sobre la posibilidad de “zarpar hacia el comunismo y nunca llegar a la meta”.

Con inclinaciones trotskistas y maoístas, Che Guevara señalaba como incongruencias del socialismo soviético: “…una vía no capitalista de desarrollo que no se puede precisar y una clase obrera dirigente donde prácticamente no existe clase obrera”.

Entre 1963 y 1964, los criterios heréticos de Che Guevara, que aconsejaba “huir del mecanicismo como de la peste”, provocaron una memorable polémica con los más ortodoxos seguidores de los lineamientos de Moscú, encabezados por Carlos Rafael Rodríguez, acerca del modo de organizar la economía socialista. Cuando partió, primero al Congo y luego a Bolivia, Che Guevara dejó tras sí un calamitoso rastro en la economía cubana. Al final, se impusieron los criterios de sus adversarios.

Por estos días que tanto se habla de reinventar el socialismo, del rediseño de las instituciones, de cómo acabar con la corrupción y la mentalidad burocrática, de cuál debe ser el régimen de propiedad sobre los medios de producción, si el estatista o el socializante, tal vez venga al caso cierta cita -o más bien galimatías- de Ernesto Guevara que no parece ser tenida en cuenta por los actuales decisores de la economía cubana: “Las masas deben tener la posibilidad de dirigir sus destinos, resolver cuánto va para la acumulación y cuánto al consumo, la técnica económica debe operar con estas cifras y la conciencia de las masas asegurar su cumplimiento”.

De no haber muerto en 1967 en Bolivia, Che Guevara, que hoy tendría 92 años, sería, en lugar de uno de los principales iconos de la izquierda mundial, el más anciano de los comandantes históricos en el Buró Político. El más culto, pero también el más de línea dura y el menos dispuesto a las reformas. Menos que a todas, a las reformas al estilo chino. Las políticas de Deng Xiaoping le hubieran repugnado, porque el modelo que a él le fascinaba era el del camarada Mao.

Probablemente, la mayoría de esos atorrantes que hoy dicen admirar al Che y que lo llevan en sus camisetas, de depender de él, criterios económicos aparte, por “extravagantes e ideológicamente desviados”, hubieran ido a parar a comunas agrícolas y campamentos de trabajo forzado para que los reeducaran.

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Luis Cino

Luis Cino Álvarez (La Habana, 1956).
Trabajó como profesor de inglés, en la construcción y la agricultura.
Se inició en la prensa independiente en 1998. Entre 2002 y la primavera de 2003 perteneció al consejo de redacción de la revista De Cuba. Fue subdirector de Primavera Digital. Colaborador habitual de CubaNet desde 2003. Reside en Arroyo Naranjo. Sueña con poder dedicarse por entero y libre a escribir narrativa. Le apasionan los buenos libros, el mar, el jazz y los blues.

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