Cuba, un país de timbiriches: vender de todo para sobrevivir

En Santiago de Cuba, cada vez más personas convierten sus viviendas en pequeños puntos de venta para obtener ingresos adicionales.
Cuba, Santiago de Cuba, vendedores, cuentapropistas, crisis
Una casa en Santiago de Cuba. (Foto de la autora)

SANTIAGO DE CUBA.- En Cuba pareciera que vender se ha convertido en una fiebre. Más que la venta en sí, es la reventa, esa necesidad de “raspar” alguna ganancia, aunque sea pequeña, a partir de casi cualquier cosa. En Santiago de Cuba basta recorrer algunas calles para encontrar portales convertidos en pequeños timbiriches, donde se ofrecen productos que difícilmente dejan un margen de ganancia considerable. Entonces, ¿por qué las personas insisten en vender?

Para muchos, tener algo que vender es una manera de sentirse menos atrapados en una realidad que golpea especialmente a quienes dependen de un salario. Otros buscan crecer, reunir capital y conseguir una estabilidad que hoy no encuentran por otras vías. Sin embargo, detrás de estos pequeños negocios, las aspiraciones suelen chocar con los mismos obstáculos: el encarecimiento de la mercancía, la escasez de recursos y unas ganancias que, en ocasiones, apenas alcanzan para cubrir los gastos cotidianos.

Yeny Carmenate elabora y vende croquetas caseras. Últimamente las prepara con picadillo, pues el pollo, que semanas atrás podía comprar a unos 400 pesos la libra, ha llegado a los 1.000. La carne molida tampoco es barata, pero, según explica, también resulta más conveniente incluso que las salchichas, cuyo paquete de diez unidades cuesta entre 1.200 y 1.500 pesos. La libra de picadillo ronda los 750 pesos y, además, le permite obtener una mayor cantidad de croquetas.

A la carne se suman la harina, las especias y el aceite. Yeny calcula que invierte unos 6.000 pesos semanales para producir entre 100 y 120 croquetas, que vende a 80 pesos si están fritas y a 70 si las ofrece sin freír. Si consigue vender toda la producción, puede ingresar entre 7.000 y 9.600 pesos, lo que le deja una ganancia estimada de entre 1.000 y 3.600 pesos a la semana.

“Es prácticamente nada lo que me gano, solo me sirve para comprar el pan para el desayuno y la merienda para la escuela de mi hijo. No es un negocio que ahora mismo me sea muy rentable, pero tengo la esperanza de ir creciendo en producción y número de clientes”, dijo la joven a CubaNet.

La situación de Yeny refleja los límites de una actividad que exige invertir continuamente para obtener una ganancia modesta. Aun así, mantiene la esperanza de ampliar su producción y conseguir más clientes. Para otras personas, en cambio, la prioridad no es crecer, sino aprovechar las oportunidades que aparecen para obtener un ingreso mayor.

Lurdes Castillo, vecina de Veguita de Galo, lleva años vendiendo cigarros. En su barrio todos la conocen por esa actividad, aunque los ingresos habituales apenas le permiten cubrir algunas necesidades. Su mejor oportunidad llega cuando puede comprar mercancía a un precio inferior y esperar a que suba para revenderla.

Hace poco, cuando distribuyeron cuatro cajetillas de cigarros Criollos por persona en algunas bodegas de la provincia, Lurdes recorrió varios establecimientos para comprárselas a quienes preferían venderlas y destinar el dinero a otras prioridades. Pagó 500 pesos por cajetilla y consiguió reunir 200 con una inversión de 100.000 pesos, dinero que había ahorrado junto a su marido. Después las vendió a 700 pesos cada una, con lo que recuperó el capital y obtuvo 40.000 pesos de ganancia.

“Obviamente, quien invierte más gana más, pero ese no es mi caso. De todas formas, compré a 500 y vendí a 700, fueron 40.000 pesos limpios. Tal vez hubiese ganado un poco más vendiendo como suelo hacerlo, a menudeo, pero me demoraría meses. Por estas pequeñas ventanas que se dan ocasionalmente es que me mantengo en ese negocio. La otra parte del tiempo lo que hago apenas alcanza para seguir comprando y vendiendo”, contó.

Los 40.000 pesos que consiguió Lurdes equivalen a más de doce salarios mínimos mensuales en Cuba, fijados en 3.210 pesos desde julio de 2026, unos 3,86 dólares al cambio informal actual. Aunque se trata de una ganancia ocasional que exige disponer de un capital considerable, la comparación ayuda a entender por qué tantos cubanos se aferran a pequeños negocios, incluso cuando sus ingresos habituales son insuficientes para vivir.

Pero obtener una ganancia no siempre significa que el negocio pueda sostenerse en condiciones legales. Marilyn Martínez, también santiaguera, conoce esa dificultad. Actualmente tramita una autorización para vender productos alimenticios y de aseo personal, después de pasar alrededor de dos años revendiendo mercancías sin formalizar su actividad.

“Antes yo revendía cualquier cosa que veía que le podía sacar algo de dinero: arroz, mortadella, frijoles, etc. Pero no tenía para comprar por cantidad, por ende, lo que me buscaba era para el diario. No tenía un fondo sólido que me diera cobertura para invertir, mantener mi casa y pagar impuestos. Simplemente no podía. Estuve alrededor de dos años sin papeles, vendiendo a través de redes sociales, publicando mi mercancía. Hasta que crecí un poco y decidí regularizarme como trabajadora por cuenta propia. Sin embargo, ya llevo como cuatro meses haciendo trámites y no acabo de terminar”, explicó.

Su experiencia muestra una de las dificultades que enfrentan quienes intentan pasar de la informalidad a una actividad autorizada: necesitan recursos para mantener la casa y comprar mercancía, pero también deben afrontar los procedimientos y las obligaciones asociados a la formalización. Cuando el dinero apenas alcanza para sostener las ventas del día, asumir nuevos compromisos puede resultar complicado.

La legislación cubana establece que el trabajo por cuenta propia requiere autorización y que las actividades deben ajustarse a lo aprobado. Además, quienes producen o comercializan alimentos están sujetos a requisitos sanitarios específicos. La Resolución 245/2024 del Ministerio de Salud Pública contempla, entre otras exigencias, condiciones de higiene, disponibilidad de agua y requisitos para la conservación y manipulación de los alimentos. Por su parte, el régimen tributario establece obligaciones de pago y una cuenta bancaria fiscal para los trabajadores por cuenta propia, conforme a las disposiciones aplicables.

El problema es que las condiciones para cumplir esas exigencias no siempre están al alcance de quienes intentan ganarse la vida con una actividad de pequeña escala. Así lo cuenta Formeza, vendedor de carne de cerdo en Songo La Maya, quien asegura que lleva unos cinco años dedicado a ese negocio. Hasta hace aproximadamente un mes, según relata, vendía con la documentación sanitaria que le facilitaba un médico veterinario por cada cerdo comercializado, sin que le exigieran formalizarse como trabajador por cuenta propia.

Para Formeza, esa irregularidad de los ingresos hace difícil asumir obligaciones económicas permanentes. Puede vender varios animales en un mes y pasar otro sin vender ninguno. A eso se suma, según denuncia, la presión de los inspectores y la falta de condiciones materiales para desarrollar la actividad.

“Nos citaron para la policía, con el objetivo de informarnos que a partir de ya debíamos pagar impuestos. Nunca nos habían hecho esa presión, porque nosotros no tenemos condiciones, vendemos bajo el sol porque ni siquiera tenemos un espacio. Además, lo mismo podemos vender varios puercos en un mes que no vender ninguno. Por lo tanto, es injusto que nos obliguen a pagar patentes, aparte de tener que lidiar con los inspectores que nos acechan en busca de sobornos cada día más altos”, declaró.

Por otro lado, en el caso de quienes elaboran alimentos, existe además el obstáculo de los apagones. Yeny cuenta que ha perdido producciones completas debido a los prolongados cortes eléctricos en su zona de residencia. Cada pérdida supone quedarse sin mercancía y sin el dinero invertido en los ingredientes, con la necesidad de reunir nuevos recursos para volver a empezar.

Disponer de equipos de refrigeración y fuentes alternativas de electricidad puede marcar la diferencia para un negocio de alimentos, pero esas inversiones, de hasta varios miles de dólares, están fuera del alcance de muchos vendedores que apenas producen unas decenas de croquetas a la semana. Así, mientras el costo de los ingredientes aumenta y la electricidad se convierte en un factor de incertidumbre, mantener la actividad exige un esfuerzo que no siempre se corresponde con las ganancias.

Vender a la vista de todos

Durante mucho tiempo, algunos de estos negocios funcionaron discretamente, entre conocidos o personas recomendadas. Ahora, la necesidad lleva a muchos vendedores a colocar estantes en los portales y carteles de «Se vende» en las fachadas de sus viviendas, a la vista de todos. La exposición puede parecer contradictoria cuando la actividad no está autorizada, pero también muestra hasta qué punto conseguir ingresos se ha vuelto una urgencia.

Yeny aspira a ampliar su producción; Lurdes depende de oportunidades ocasionales para obtener una ganancia considerable; Marilyn intenta completar los trámites para formalizar su negocio, y Formeza cuestiona las condiciones en que se le exige regularizar una actividad que lleva años ejerciendo.

Ninguno persigue exactamente lo mismo, pero todos buscan una salida económica en un contexto donde el salario pierde poder adquisitivo a diario y hasta los negocios más pequeños exigen cada vez más recursos para mantenerse. Para unos, vender representa la posibilidad de crecer; para otros, es apenas una manera de no sucumbir ante la dura realidad de vivir en Cuba.

Biografía del autor:

Sigue nuestro canal de WhatsApp. Recibe la información de CubaNet en tu celular a través de Telegram.

ETIQUETAS:

NOTICIAS RELACIONADAS