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viernes, 01 de agosto 2014

En paz descanse

Si no hay revolución, ¿para qué sirven los Comités de Defensa de la Revolución?

LA HABANA, Cuba, septiembre, 173.203.82.38 -La muerte natural representa el peor de los castigos para un caudillo tiránico. Se pasan todo el tiempo tratando de alargar su vida con demenciales medidas de seguridad personal, pero, en el fondo, a nada temen tanto como a la muerte en cama, aniquilados por los años. Es de lo único que no logran obtener beneficio. Además, morir por viejos es lo menos heroico que puede ocurrirle a quienes presumen de héroes, máxime cuando, para su desgracia, es lo último que les ocurre.

En el caso de Fidel Castro, peor que peor parece ser el castigo, toda vez que junto a él, también van a morir -por viejos, aniquilados por la vida- sus más estrepitosos engendros. Todo indica que al igual que los antiguos faraones que tanto debieron inspirarlo, llevará dentro de su féretro, para que le acompañen en el descenso hacia el infierno, o sea, hacia el olvido, todos los atributos de su dominio.

Uno de tales atributos, con justicia el primero, por ser el más siniestro, se encuentra ya listo para el catafalco. Son los Comités de Defensa de la Revolución, dispositivo insignia del fidelismo, destinado a producir el odio y el miedo preventivo como armas de dominación.

No sería ocioso repetir que con este engendro, Fidel Castro le sacó una nariz de ventaja a casi todos los demás sátrapas de la historia, al perfilar un aparato de represión mediante el cual el pueblo se vigila, se acosa y se condena a sí mismo, no sólo superando en eficacia a las instituciones represoras oficiales, sino facilitándoles a tope la tarea y –lo que es el colmo- garantizándoles impunidad.

La caldosa del aniversario de los CDR

La caldosa del aniversario de los CDR

A lo largo de 52 años, los más conspicuos organismos y la mayoría de las personalidades internacionales que se dedican a la defensa de los derechos humanos, han pasado por alto esta institucionalización del horror, con la que, no conforme con violar los más elementales preceptos de la convivencia civilizada entre personas (desde el derecho a la libre expresión o reunión, hasta el natural y racional derecho a defender la intimidad hogareña), el régimen ha impuesto la división entre familias y el violento recelo entre amigos, conocidos y vecinos.

A muy pocos campeones internacionales en el respeto a la democracia y al intercambio pacífico entre humanos, parece haberles inquietado la existencia de esta entidad totalitaria, que durante más de medio siglo enroló a todos los ciudadanos de un país, desde la inocente edad de 14 años (pues su negación es asumida por el poder como una actitud enemiga y hostil), obligándoles a delatar ante la policía política a cualquier persona que no adopte como suya la ideología dominante y que, aun pacíficamente, se atreva a desobedecer sus dictados.

Tuvo que ser el tiempo, el implacable, el que se encargara de carcomer las bases del engendro, pues por inaudito que parezca, los adalides del humanismo en el mundo nunca han visto a los CDR como lo que en realidad son: un monumento a la barbarie, una vergonzosa tacha de la sociedad moderna.

Desde luego que tal vez no sea a los cubanos a quienes corresponde enjuiciar a indolentes y cómplices internacionales, ya que, siendo sus únicas víctimas, tampoco puede decirse que hiciéramos mucho por adelantar el fin del engendro.

En cualquier caso, la muerte tiene sus propios pies, así que siempre llega, aun cuando nadie la traiga. Un viejo cómico de nuestro país contemplaba como muerte natural el hecho de ser arrollado por un tren, pues –según decía-, quien resulta arrollado por un tren, lo más natural es que se muera. Este debe ser más o menos el tipo de muerte natural que ha puesto en coma a los Comités de Defensa de la Revolución, arrollados por el tren de las nuevas generaciones históricas.

Y conste que no se trata de un desenlace de los últimos meses, cuando, lo que aún no había muerto, ha terminado pudriéndose en vida. Desde hace ya bastante tiempo, los CDR agonizan. La inmensa mayoría de los jóvenes no sólo evade ocupar cargos de responsabilidad entre sus filas, ni siquiera asumen sus funciones como simples miembros, por más que sus madres u otros adultos de la casa no dejen de inscribirlos tan pronto cumplen la edad de rigor (sin pedirles su consentimiento, claro, y sin tenerlo en cuenta). Pero a ellos les da lo mismo ser o no cederistas, porque de todas formas, no están dispuestos a vigilar, ni a denunciar, ni a hostigar, ni a escarbar en las intimidades ajenas. Mucho menos aceptan ser colaboradores gratuitos de la policía. Y no perderían un minuto de sus vidas intentando ponerle zancadillas al vecino.

En cuanto a los adultos, incluso a los viejos comunistas de palo y pedrada, es raro, rarísimo, hallar aquí a un solo integrante (o responsable de base) de los CDR, que no compre productos alimenticios robados, que no hable mal del régimen, no realice negocios oscuros, no participe en marañas menores o mayores, o, en general, no incurra en violaciones que supuestamente debieran prevenir y combatir. Y es lógico, si no hay revolución que defender, ¿qué tipo de papelazo se les exige que hagan en los Comités de Defensa de la Revolución?

El hecho de que nos resulte gracioso que algunas momias estalinistas, como Machado Ventura, sueñen todavía con la plausibilidad de resucitar este fiambre, certifica por sí mismo su agonía retrógrada. La verdad es que duró demasiado, pero nunca es tarde si la dicha es cierta. En paz descanse para siempre amén.

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Acerca del Autor

José Hugo Fernández
José Hugo Fernández

José Hugo Fernández es autor, entre otras obras, de las novelas El clan de los suicidas, Los crímenes de Aurika, Las mariposas no aletean los sábados y Parábola de Belén con los Pastores, así como de los libros de cuentos La isla de los mirlos negros y Yo que fui tranvía del deseo, y del libro de crónicas Siluetas contra el muro. Reside en La Habana, donde trabaja como periodista independiente desde el año 1993.

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