PARÍS, Francia ― Azares concurrentes, como le gustaba decir a José Lezama Lima, hicieron que incluyera a la cubano-italiana Flavia Campilli Roig en esta serie de encuentros con exiliados que conocieron la Cuba anterior a 1959. Mis amigos Marijean y Rafael Miyar, a raíz de la entrevista que le hice a este último para este medio, me sugirieron que la contactara.
Flavia reside desde hace más de medio siglo en Londres, y oírla hablar es revivir el acento, la espontaneidad y la gracia de la Cuba de otros tiempos. A pesar de que desarrolló su vida profesional en el ámbito de las finanzas, se ha mantenido muy vinculada al arte y la cultura en general como pianista, coleccionista de arte y empedernida curiosa de todo lo que embellece la vida. Su casa en Londres es un pequeño museo de la cubanía y hasta su perra recuerda a La Habana porque es justamente una bichón habanero, a la que puso nombre de figura mitológica taína.
Dejemos que sea esta romana, londinense y habanera quien nos cuente el anecdotario de su vida, llena de aquellos azares que tanto gustaban a Lezama.
―Tengo entendido por la entrevista que hice a Julio Batista Campilli, tu sobrino, que tus orígenes paternos son italianos. ¿Podrías contarnos sobre esto?
―Mi padre, Guido Campilli, nació en 1901 en la comuna de Frascati, una de las localidades de las colinas de Roma. Sus padres fueron Desiderio Campilli y Enrica Ranelli. Pudo librarse del reclutamiento de la Primera Guerra Mundial porque el llamado a filas se produjo cuando le faltaba apenas un mes para alcanzar la mayoría de edad. Hacia 1928, mientras viajaba a bordo de un barco con destino a Brasil, hizo escala en La Habana. Bajó del barco y permaneció unos días en la ciudad, donde conoció a Mercedes Roig Fernández-Dominicis, una joven habanera. Se enamoró de ella y ambos contrajeron matrimonio.
En Italia quedaron sus padres y hermanos, entre ellos Pietro, el mayor, quien llegó a ser un destacado político. Fue fundador de la Democracia Cristiana italiana a finales de la Segunda Guerra Mundial y ocupó los cargos de ministro de Finanzas y del Tesoro, así como de Comercio Exterior, en la Italia de la posguerra. También fue uno de los fundadores del Mercado Común Europeo.
―¿Y por tu parte materna?
―Eran cubanos. Mi madre, Mercedes Roig Fernández-Dominicis, era hija de Enrique Roig de Leuchsenring, cubano de ascendencia catalana, y de Mercedes Fernández-Dominicis, habanera. Mi abuelo materno fue el primer abogado criminalista de Cuba. Recuerdo que, durante uno de mis viajes a La Habana, fui al cementerio en busca de su tumba. De pronto, apareció alguien de no sé dónde que, al preguntarme qué buscaba y escuchar mi respuesta, me dijo que él había trabajado y aprendido en el bufete de mi abuelo. ¡Esas son las cosas que solo pasan en Cuba!
Mi tío abuelo Emilio Roig de Leuchsenring fue un reconocido intelectual y el primer historiador oficial de La Habana. Vivía muy cerca de la plaza de Armas, donde tenía su oficina. Su secretaria se llamaba María y aunque nunca se casaron estaban muy enamorados. Cuando Emilio falleció, Eusebio Leal le pidió a María la autorización para recopilar toda su papelería, algo que le permitió partir de aquellas bases. Como agradecimiento a María, Eusebio cumplió con su promesa de ocuparse de ella e, incluso, consiguió que tanto Emilio como María fueran enterrados juntos en los jardines del convento de San Francisco, frente a la Lonja del Comercio.
Por parte de mi abuela materna, también hubo un personaje destacado: su hermano Francisco Fernández Dominicis, cuyo nombre artístico era Francesco Dominici. Fue primer tenor y estrenó el papel de Prunier en La rondine, de Puccini, en 1917. Desarrolló una carrera espectacular en Italia, donde actuó en los grandes teatros del país, desde La Scala de Milán hasta el San Carlo de Nápoles. Sin embargo, después de 17 años de éxitos ininterrumpidos, regresó a La Habana, donde, para su sorpresa, nadie lo reconoció. Murió en 1968.

―¿Dónde naces y qué recuerdos tienes de tu barrio?
―En realidad, yo nací en Roma, en 1943. Quienes nacieron en Cuba fueron mis hermanas, Clelia y Livia. Sin embargo, durante la Segunda Guerra Mundial, mi padre, temiendo posibles represalias por su nacionalidad italiana, decidió trasladarse a Roma con mi madre y sus dos hijas. Cuba estaba alineada con los Aliados y, dado que Mussolini era aliado de Hitler, mi padre temía las consecuencias de aquella situación. Fue así como la familia se instaló en la capital italiana. Allí nació mi hermano Carlos, en 1941, y, finalmente, nací yo, en 1943, el mismo año en que Roma sufrió los bombardeos de la guerra.
Al finalizar la guerra, mi padre le comentó a su hermano Pietro que temía que se instaurara el comunismo en Italia. Por esa razón, decidió regresar a La Habana con toda la familia. Fue así como Miramar se convirtió en el barrio de mi infancia, el lugar donde crecí y comencé a tomar conciencia de la vida. Vivíamos en la calle 18, entre las avenidas 31 y 33, donde mi padre construyó nuestra casa, de un estilo un tanto mussoliniano, con un gran patio trasero. Junto a ella había otras dos casas coloniales, en las que vivían mis dos tías abuelas.

―¿A qué se dedicaban tus padres en Cuba y qué recuerdos tienes de esos primeros años de infancia?
―Mi padre se dedicaba a varios negocios, entre ellos el de los mármoles. Por eso creo que en nuestra casa había mármol por todas partes. Más adelante, se asoció con otros italianos para fundar Gallo y Hermanos, otra empresa del mismo ramo. Era una persona emprendedora, de esas que se involucran en varios proyectos al mismo tiempo. Así fue como llegó a fundar el Centro Fílmico de La Habana, en una época que coincidió con el auge del cine italiano.
También se estableció en México, donde, junto con Pietro Ricci, construyó el hotel El Presidente, en Acapulco, el pionero de los grandes hoteles que surgieron cuando este balneario de la costa del Pacífico mexicano aún no se había convertido en el gran centro turístico que llegaría a ser. Allí estuve durante dos vacaciones navideñas y allí aprendí a hacer esquí acuático.
Mi madre, como muchas mujeres de la época, no trabajaba, pero era una gran lectora y una experta en bridge, al punto de que ganó en varias ocasiones el campeonato de este juego en Cuba. Organizaba mesas de juego para donar lo que se ganaba a la beneficencia.

―¿Y tu escolaridad?
―Mis primeros estudios en La Habana los cursé en Las Ursulinas, un colegio que quedaba al costado de mi casa y que, después del triunfo de la Revolución castrista, fue convertido en una escuela para hijos de diplomáticos. Más adelante, pasé al Sagrado Corazón, en el Country Club, y, por último, a la Merici Academy. Cuando llegó el momento de cursar el bachillerato, mis padres contrataron a una profesora particular llamada Piedad del Toro, que vivía en La Habana Vieja.
Paralelamente, estudié piano desde los cinco años en el Conservatorio de Miramar. Mis hermanas estaban internas en Estados Unidos, pero yo nunca quise que me enviaran a estudiar fuera de Cuba.
―¿Sales de Cuba después del triunfo revolucionario de 1959?
―En lo absoluto. En 1958, como ya dije, mis hermanas estudiaban en Estados Unidos y cuando terminaban sus estudios se pasaban un mes entero en Roma, en donde vivían mis tíos. Como yo no quería ir a estudiar a Estados Unidos, pedí que me enviaran a Italia a terminar mis estudios de piano. Así lo hicieron y ese año llegué a Roma, donde me instalé en casa de mi hermana Livia, recién casada con Vincenzo Malagò. Me matriculé en el Conservatorio de Música Santa Cecilia, que es el principal conservatorio de Italia, y me gradué al año cum laude.
El 31 de diciembre de 1958 me encontraba en la Embajada de Cuba en Roma, pues era muy amiga de Adela de la Campa de la Torre, hija de Alberto de la Campa y Roff, el último embajador cubano en la Ciudad Eterna antes de la Revolución, y de su esposa, Martha de la Torre Silva.
A la mañana siguiente, recuerdo que Alberto, el padre de mi amiga Adela, llamó a la puerta de la habitación donde dormíamos para anunciarnos que, en ese mismo instante, dejaba de ser el embajador de Cuba en Italia.

―¿Qué sucede entonces? ¿Regresas a Cuba?
―Al contrario. Mis padres, al ver cómo se perfilaban los acontecimientos, salieron de Cuba en febrero de 1959 rumbo a Miami. Allí compraron una casa de inmediato y, seis meses después, llegué yo también al sur de la Florida.
Para entonces, mi hermano Carlos estudiaba en una universidad de Estados Unidos; mi hermana Clelia se había casado con Julio Batista Falla y vivía en Nueva York.
Al mes de estar en Miami, me dije: “Este sitio no es para mí. Aquí no me quedo ni un minuto más”. Pero el problema era cómo marcharme sin herir la sensibilidad de mis padres.
―¿Y cómo lo lograste?
―Como mi hermana Clelia vivía en Nueva York, pensé que esa era la única excusa que tenía para conseguir que mis padres me dejaran salir de Miami. Así que llamé a Julio a escondidas de ellos y le pedí que intercediera para que me permitieran irme a vivir con él y con mi hermana. Mi gestión dio el resultado esperado y, en poco tiempo, ya estaba en Nueva York. Una vez instalada en Manhattan, le pedí ayuda a mi tío Pietro, que por entonces ya era presidente del Consejo Nacional de Economía y Trabajo de Italia, para que me consiguiera trabajo. Resultó que en aquella época existía una oficina de asistencia a viajeros estadounidenses que deseaban ir a Italia, cuyo crecimiento económico después de la guerra era notable. La oficina está aún ubicada en el mismo sitio: en el Rockefeller Center. Fue allí donde conseguí colocarme gracias a las gestiones de mi tío.
Desde Nueva York viví todos los acontecimientos de la invasión a bahía de Cochinos y algunas vicisitudes de miembros de mi familia con el gobierno castrista, como fue el caso de Tomás Fernández Travieso (a quien llamaban Tommy), esposo de mi prima Cecilita La Villa, quien cayó preso con 17 años por haber conspirado desde el Directorio Revolucionario Estudiantil contra Fidel Castro.
―¿Qué tiempo te quedas en Nueva York y qué haces después?
―Permanecí en Nueva York durante dos años y medio, hasta que mis padres decidieron dejar Miami y regresar a Roma. Esto ocurrió en 1963 y, al llegar a mi ciudad natal, mi tío Pietro me consiguió un trabajo en la Banca Nazionale del Lavoro, pues yo tenía algo que pocas personas podían ofrecer en aquella época: hablaba español, francés, italiano e inglés.
Me destinaron a la oficina central en via Veneto, en el departamento de extranjeros, donde trabajé hasta cumplir los 21 años. Para entonces, la vida en una ciudad como Roma había empezado a aburrirme; sentía que me quedaba pequeña y que necesitaba nuevos horizontes.
Así que regresé a Nueva York, esta vez para trabajar en una sucursal de la misma Banca Nazionale del Lavoro. Allí compartí piso con mi queridísima amiga Silvia Fernández Freyre de Andrade y permanecí hasta 1971.
―¿En qué momento decides instalarte en Londres y por qué?
―En 1971, ya no quería seguir viviendo en Nueva York. Buscaba un lugar donde se hablara inglés y que, al mismo tiempo, estuviera en Europa. Fue entonces cuando surgió la idea de trasladarme a Londres, una ciudad grande y cosmopolita, pero también verde y dinámica.
Además, era la época de los Beatles, y todo aquello hacía que Londres me resultara especialmente atractivo. Por suerte, pude seguir trabajando para el mismo banco italiano, que tenía una oficina de representación en la capital británica.
Trabajé en aquel banco hasta 1973, pero entonces un amigo italiano, Mario D’Urso, insistió en que probara suerte incorporándome a Kuhn, Loeb & Co., un banco de inversión estadounidense en el que éramos unos pocos. Mi trabajo consistía en colocar las euroobligaciones que emitía el banco. En pocas palabras, trabajaba con los mercados internacionales.
En 1977, la entidad se fusionó con Lehman Brothers y pasé a trabajar en la sección de créditos. Más adelante, Lehman estableció una alianza con Lazard Frères y con S. G. Warburg, en Londres, especializada en reestructurar la deuda de países con problemas. Se formó una especie de troika financiera.
En ese periodo viví mucho tiempo en Costa Rica, que fue uno de los clientes a los que reestructuramos la deuda pública.
A partir de entonces, comencé a viajar con frecuencia a América Latina, donde me reunía con altos funcionarios de distintos gobiernos para tratar asuntos relacionados con la reestructuración de sus deudas públicas. Estando en Panamá en 1978 me ocurrió algo insólito con respecto a Cuba.

―¿Nos lo puedes contar?
―Fue una auténtica locura. Yo caminaba por Ciudad de Panamá, cuando vi un folleto en un poste de luz: “Go to Cuba”. Proponía una escapada de fin de semana a Cuba por tan solo 150 dólares.
Como tenía pasaporte italiano y había nacido en Roma, no necesitaba pasar por los trámites burocráticos que se exigían a quienes habían nacido en la Isla. Así que organicé aquel viaje de apenas dos días y, sin decirle nada a nadie, me fui a La Habana.
Antes de viajar, llamé a Julián La Villa, hijo de mi tía abuela María Juana Fernández-Dominicis, para avisarle de que iría a La Habana. Julián era médico y había decidido quedarse en Cuba por ser fidelista. Me propuso que me alojara en el hotel Riviera, donde él acostumbraba a pasar los fines de semana con su esposa. En ese momento pensé: “Seguramente vienen para recoger el papel higiénico y los jabones del hotel”, pero me contuve y no dije nada.
En realidad, cuando llegué a la salida del aeropuerto de Rancho Boyeros, me preguntaron a dónde iba y dije que iba a un hotel, pero cuando estaba ya dentro del taxi le di la dirección de la casa en donde había vivido durante unos 14 años, antes de marcharme de la Isla. El taxista no estaba muy contento. Y cuando llegamos y quise bajarme, me dijo: “Usted no puede”. A lo que yo le respondí: “¿Que no puedo? ¡Usted va a ver que sí!”. Y me bajé.
Nuestra casa se había convertido en un albergue que pertenecía al Ministerio de Obras Públicas, donde alojaban a personas del interior del país que acudían a La Habana para asistir a reuniones o eventos. Entré allí como Pedro por su casa y, a medida que avanzaba de una habitación a otra, más personas se iban sumando al cortejo de curiosos que me seguía. Las repisas de mármol habían sido arrancadas y ya no quedaba decoración alguna. Solo sobrevivió mi piano. Entonces me senté y me puse a tocar. Me di cuenta de que todavía se mantenía afinado. No fui consciente de que estaba llorando hasta que sentí las lágrimas caer sobre mi ropa. Subí a las habitaciones de la segunda planta y vi que en todas habían colocado camitas.
Finalmente, me dirigí al jardín, donde estaban las casas en las que habían vivido mis tías abuelas María Antonia y Lula. Mi árbol de mango, que era inmenso, lo habían destrozado. La casa de Lula se la habían entregado al Ministerio de Educación y la habían separado de las restantes con una cerquita. En ella vivía una nueva familia que tenía un cerdo en el patio. En la de María Antonia, quien acababa de fallecer, habían vivido sus dos criadas, llamadas María, a quienes apodábamos María Valiente y María Cobarde. De las dos, esta última todavía vivía. Recuerdo que al entrar a la casa vi que habían colocado etiquetas en todos los objetos para inventariarlos, una señal de que pronto sacarían de allí a la criada y de que se repartirían todo lo que había dentro. La casa también se convirtió luego en parte del Ministerio de Educación. Entonces empecé a abrir gavetas y encontré unas cuantas fotografías familiares que mi tía había conservado. Las recogí y me las llevé. Eso fue todo lo que cogí. El chofer seguía esperándome fuera. Y le dije: “Todavía no voy al hotel”. Y le di la dirección de mi tío Julián.
Me presenté en su casa y apenas me abrió la puerta vi que tenía un cuadro de Fidel Castro colgado en su sala. Allí mismo lo insulté y durante la cena, cuando ya estábamos en el hotel, le pregunté cómo era posible que hubiera preferido dejar que sus hijos se fueran a Miami y separarse de toda la familia, por defender a ese gobierno. Al día siguiente, me fui sin despedirme y pedí al taxista que me llevara a La Habana Vieja para visitar a mi profesora Piedad del Toro. La invité a almorzar, estuve toda una tarde conversando con ella, y me ayudó a buscar el carro que me condujo al aeropuerto. Sin darme cuenta, había olvidado mi tarjeta de turista en el hotel y, para conseguir un taxi en ese momento, era toda una odisea, pues solo existían los turistaxis reservados a turistas y en dólares, pero a condición de mostrar la dichosa tarjeta. Al final, Piedad consiguió uno de esos viejos carros americanos que llaman almendrones. Para salir del estacionamiento costó Dios y ayuda, pues daba brincos para atrás. ¡Lo nunca visto! Esa noche tuve que dormir en el aeropuerto, pues el vuelo para Panamá salía muy tarde. Todas las impresiones de esa breve estancia las recogí en unas 10 páginas.
En tan poco tiempo hice todo esto y me quité a la vez la comezón que tenía por dentro de ver el sitio del que salí sin saber que no iba a volver durante tanto tiempo.

―Pero tengo entendido que luego volviste…
―Había dejado de trabajar para Lehman Brothers en 1984, porque la compañía quiso que me trasladara a Nueva York. No me interesaba volver a vivir allí, así que decidí dejar la empresa y comenzar una nueva etapa profesional en Svenska International, en Londres, una filial de la banca sueca que buscaba desarrollar sus operaciones en el Mercado Común Europeo.
En 1994, Euromoney, revista que recibía en mi banco, organizó un encuentro en Cancún con funcionarios del Gobierno cubano e inversores cubanoamericanos para explorar las posibilidades de inversión en la Isla. En el programa había una sesión matinal en Cancún y en la tarde un avión nos llevaba a La Habana para asistir a una recepción organizada por Fidel Castro en sus recintos oficiales de la llamada plaza de la Revolución. Los cubanos de Estados Unidos, debido a las restricciones relacionadas con el embargo, solo podían permanecer en La Habana ese día, sin llegar a pernoctar. Yo, en cambio, por ser italiana, pude quedarme una jornada más. Apenas terminó la recepción en los despachos del Gobierno en la antigua plaza Cívica, me pidieron un taxi en la salida. El chofer se llamaba Miguel y le pedí que me llevara a un diplomercado para comprarle comida a mi antigua profesora, Piedad del Toro (y de paso a él también).
Y fue allí donde ocurrió algo inesperado. Mientras hacía la cola para pagar, vi delante de mí a alguien que iba a pagar con una tarjeta del Barclays Bank. El detalle me llamó la atención y, al mirar con detenimiento, reconocí a María Luisa Lobo Montalvo (a quien llamábamos Manica). Ella también me reconoció enseguida y me propuso presentarme a personas como Natalia Bolívar y Zoila Lapique, sus mejores contactos en La Habana, que le facilitaban moverse y acceder a temas que le interesaban.
A ella le hubiera encantado seguir viéndome, pero estaba a punto de salir para el interior. Al día siguiente, regresé a Londres, pero guardé el contacto con Miguel y me resultó de gran utilidad tiempo después. Hasta entonces mis dos viajes a Cuba habían sido muy breves, no había podido ver mucho y, sobre todo, nada del interior. Me puse de acuerdo con mi amiga cubana Margarita Sánchez y Sánchez, quien vivía en Londres y estaba muy interesada en visitar Cuba, de donde se había ido muy al principio. El padre de Margarita, Carlos Sánchez Loret de Mola, era propietario de unos grandes almacenes en La Habana y otras ciudades de la Isla, llamados Modas Sánchez Mola. Margarita se había casado en 1960 con Tim Rathbone, quien luego fue miembro del Parlamento británico y con quien tuvo hijos que se criaron en Londres. En cambio, mi hermana Clelia —a cuyo hijo Julio Batista Campilli tú entrevistaste—, a quien también le propuse venir con nosotras, se negó rotundamente. Fue así como volví a la Isla con Margarita para pasar dos semanas.
Preparé entonces el viaje y llamé al chofer, al ya mencionado Miguel, quien organizó un recorrido de 10 días por partes del interior del país que él tampoco conocía. Miguel le decía a todo el mundo: “Oye, mi hermano, ¿tú sabes dónde…?”, para pedir direcciones. Así llegamos hasta Camagüey. Era la primera vez que yo visitaba las provincias del interior, pero ya había comenzado el Periodo Especial y las carreteras estaban vacías y todo era muy triste. Sobre ese viaje escribí un diario, al que añadí fotografías de cada lugar visitado. Nunca llegué a publicarlo.

―Pero tengo entendido que poco después te instalaste por un tiempo en Cuba. ¿Puedes contarnos esta experiencia?
―Ya yo había comenzado a trabajar como consultora independiente a través de mi propia agencia, Elsa Consulting, llamada así por mi perrita. En 1994 el animalito murió y, como estaba muy deprimida, mi hermana Livia me propuso que pasara las Navidades con la familia en su chalet de Cortina d’Ampezzo, en el Véneto.
En aquella reunión estaba Massimo Masini, nieto de mi tío Pietro, quien tenía un puesto de alto nivel en la STET (Società Finanziaria Telefonica) y cuando me vio se le abrieron los cielos, pues la compañía quería modernizar la red en Cuba y buscaba a una consultora con mis características para que se ocupara in situ de todo lo relativo a esa misión.
Lo único que me quedaba por conocer, quizá para satisfacer mi curiosidad, eran los mecanismos maquiavélicos del poder en Cuba y las personas que formaban parte del Gobierno. En mis tres breves viajes anteriores había podido tomarle el pulso a la vida cotidiana del cubano de a pie, recorrer las calles y observar cómo se vivía en la Isla. Sin embargo, seguía siendo un misterio para mí cómo vivían quienes ejercían el poder en aquel país. Enseguida comprendí que la propuesta de Massimo era precisamente lo que necesitaba para conocer de verdad la Cuba posterior a mi exilio.

―¿Y qué resultó de aquella estancia?
Mi estancia en La Habana se prolongó durante casi dos años, desde septiembre de 1995 hasta mayo de 1997, y podía viajar con libertad a mi casa en Londres cada vez que lo deseaba. Me instalé en un bungalow del hotel Comodoro, un lugar relativamente cómodo, ya que aquellas cabañas eran independientes y contaban con dos habitaciones, sala de estar, una cocinita y un jardincillo que daba al área de la piscina. Así podía recurrir a los servicios del hotel sin renunciar a cierta independencia. Además, tenía un automóvil de alquiler que me facilitaba los desplazamientos por la ciudad.
Aquella estancia fue fundamental, pues completó mi visión de Cuba y me permitió comprender realmente todo lo que estaba sucediendo en el país. Conocí a muchísima gente, recorrí buena parte de la Isla y al irme hasta me traje a Londres conmigo a Cleo, una gatica que llegó a mi vida cuando un día el empleado de seguridad del hotel la recogió en la Quinta Avenida. Como sabía que yo me ocupaba de los gatos callejeros que merodeaban por el Comodoro, me la trajo. Vivió conmigo por 19 años y medio.
De hecho, durante mi estancia llegué a castrar con ayuda de Porras, un veterinario muy conocido de allá, a decenas de gatos y perros, porque me di cuenta de que aquellos animales no tenían comida ni a nadie que los atendiera. Hubo un momento en que mi sala se convirtió prácticamente en una clínica veterinaria. Allí mismo, sobre una mesa, Porras realizaba sus intervenciones quirúrgicas. Así transcurrieron aquellos años, entre mis esfuerzos por comprender la realidad cubana y mi empeño por ayudar a los animales abandonados que encontraba a mi paso y a muchas personas también, sin olvidar a los niños.
De mi estancia en el Comodoro conservo un cuadro que pintó para mí y me regaló luego mi masajista Sesti di Lucca, un cubano que también era profesor de yoga, además de pintor. En él resumió buena parte de las cosas que viví en ese sitio: los gatos y perros que cuidaba, el barman de la piscina al que tenía que pedirle todas las mañanas que bajara el volumen de la música, el robo del dinero que tenía en efectivo, y hasta su hija, que era cantante y que aparece en un puentecillo que él inventó porque en aquel lugar no había ninguno. Curiosamente, aquellas cabañas no tenían ese estilo de casa colonial cubana que él recreó en su cuadro, sino que eran unos cubos más bien modernos, como se ven en el fondo.

―¿Qué hizo y hace Flavia Campilli después?
―Una de las cosas interesantes que sucedieron durante aquella estancia de dos años en Cuba fue que empecé a coleccionar obras de artistas cubanos. Compré varios cuadros, algunos en las provincias, y poco a poco fui montando una colección que conservo en mi casa en Londres.
En realidad, compré muchas obras en Cuba para ayudar a los pintores, que en pleno Periodo Especial no tenían ni qué comer. Te imaginarás que muchos de ellos ni siquiera eran conocidos, o sea, que aquello no era una inversión ni nada por el estilo, ni yo tampoco lo necesitaba.
Al regresar a Inglaterra me dediqué a viajar mucho y, al final, me compré un bichón habanero: Tabeya, que nació un 25 de junio, el mismo día que yo. Su nombre es el de una india cubana cuya leyenda cuenta que dio origen al tabaco de la Isla. Lo leí una vez en un libro que ahora no encuentro ni por cielo, mar y tierra.
Sigo viviendo en Chelsea, Londres, 55 años después y, aunque no pienso volver a vivir en Cuba, me mantengo muy al tanto de todo lo relacionado con la Isla y ayudando, a distancia, a amigos que se quedaron allá y que están pasando por penurias y necesidades sin precedentes.

―¿Te consideras cubana?
―Soy de nacionalidad italiana y ciudadana del mundo, pero de corazón pertenezco a la Cuba del ayer.

