LA HABANA, Cuba.- Comenzó julio y aquí estamos, infinitamente peor, con peores pronósticos y rodeados por una calma chicha. Lejos quedan los días en que algún experto fijó el 15 de marzo como plazo crítico. Otros vaticinaron que antes del verano y todo el mundo se acomodó en el palco, o en el contén, a mirar la película del desmoronamiento último, porque el derrumbe ya es una realidad.
Entre plazos y sanciones nos cayó un mes de junio tórrido, desquiciante. GAESA, sin consultar con el pueblo de Cuba, presunto dueño de todos los recursos, ha comenzado a vender sus empresas para, en breve, con el capitalismo de consortes que están diseñando, poder hacer a cara quitada lo que estuvieron haciendo a hurtadillas durante décadas.
Donald Trump asegura que Cuba se está aproximando a la órbita de Estados Unidos, y la diplomacia cubana admite que las conversaciones con la Casa Blanca no avanzan. Mientras, aquí dentro, la miseria, la delincuencia y la (auto) destrucción alcanzan niveles inéditos.
A pesar del paquetazo anunciado por Díaz-Canel para “salvar la Revolución”, con la asesoría de varios economistas que funcionan como la leal oposición a su Majestad, apuntando a la planificación centralizada y al parasitismo de la empresa estatal socialista sin mencionar el factor político, lo que funcionaba mal está dejando de funcionar. El déficit de generación ha llegado al soterrado, y los sistemas de abastecimiento de agua potable colapsan por fallas eléctricas que amenazan con suspender indefinidamente un servicio que opera de manera esporádica y afecta a millones de consumidores en todo el país.
La dictadura no va a parar hasta que no quede nada. Ya asimiló el cacerolazo, que viene siendo de los males el menor. Sabe que los barrios “calientes” aguantan resignados veinte horas diarias de apagón, que solo suenan los calderos cuando se supera ese límite y que la gente regresa a sus casas apenas ponen la corriente dos o tres horas antes de volver al ciclo desesperante, inhumano, de la oscuridad y el calor. Sabe que al cabo de dos días protestando con cazuelas la gente encaja el apagón en silencio porque está demasiado agotada para dar la tángana esperando que se le unan este, aquel y los demás, igualmente cansados. La represión, el estrés, el hambre, las temperaturas cada vez más elevadas y el mal dormir se ocupan de aplacar la rebeldía.
Los que llevan anunciando el fin de la dictadura cubana desde finales de febrero han tenido que ajustar sus predicciones varias veces. Y probablemente estén echando sus cálculos a la basura luego de ver cómo en medio de la mayor mortandad que ha conocido la Isla desde la reconcentración de Valeriano Weyler, vecinos de la muy castigada provincia de Matanzas tomaron las calles al compás de una conga cuyo mensaje no ha dejado a nadie indiferente: “pincha, que yo te cargo la jaba”.
En este momento, y desde hace mucho, los cubanos no tienen nada que celebrar, pero más triste aún es que se celebre y aliente la violencia —nunca contra el opresor—, la muerte, la cárcel; que se banalice el sacrificio extremo de las familias para llenar “la jaba”, que se aplauda la juventud desperdiciada, que a través del disfrute tradicional, multitudinario de la conga, se amplifique una mentalidad que convierte en carne de presidio a hijos, hermanos, maridos, como si la cárcel fuese un resort.
El coro que tanto debate suscita contiene a la Cuba de hoy, que promete alcanzar cotas cada vez más elevadas de degradación; vuelve a poner el foco sobre el racismo estructural y conduce parte de las críticas hacia lo contradictorio de participar en una conga que ensalza la violencia, como si no bastara el ensañamiento de un Estado que tiene a su pueblo muriendo de hambre, abandono institucional o falta de medicinas.
Por cada voz que intenta explicar la conga matancera desde las condicionantes históricas y la responsabilidad estatal jamás asumida para con las personas de raza negra, hay decenas que afirman que con esos individuos difícilmente se podrá contar para reconstruir la nación. Del mismo modo que abundan los elementos para entender la proyección de los “arrolladores”, también los hay para sospechar que, en un sistema con economía de mercado que los obligue a trabajar, regido por un Estado de Derecho que los obligue a cumplir, pedirán a gritos otro Fidel Castro que les ponga una mordaza en la boca y una libreta de abastecimiento en la mano.









