LA HABANA.- Este sábado es 4 de julio, y se celebra un aniversario de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América. Pero no se trata de una conmemoración más. ¡En este 2026 se cumplen 250 años de aquel acontecimiento de tremenda importancia histórica universal! Se dice rápido, pero nos deja pasmados interiorizar que desde entonces ha decursado la friolera de un cuarto de milenio.
Del estudio de la Historia hemos sabido que, en los siglos iniciales de la civilización, hubo también colonias que se independizaron de sus metrópolis y que llegaron a convertirse en grandes potencias de su tiempo. Es probable que el ejemplo más destacado sea Cartago, que al paso de los años se convirtió en superpotencia y si no llegó a la cúspide del poder fue porque en su camino se atravesó la gran Roma.
Pero eso es Historia Antigua. Desde entonces hasta hoy han decursado siglos y hasta milenios. Y un ciudadano de estos tiempos que ha nacido en una antigua colonia de otro país (como la misma Cuba) siempre mirará con admiración y sincero agradecimiento hacia la primera nación que, pese a todos los obstáculos, declaró su independencia de su antigua Metrópoli y comenzó su andadura individual por el mundo.
Como cubano y habanero, me complace también que mis coterráneos hayan brindado su aporte, modesto pero constatable, a la realización de ese acontecimiento histórico. No importa que las nada despreciables donaciones de dinero hechas a esa causa no hayan estado motivadas necesariamente por las simpatías con la idea de la independencia, sino en mayor medida por las ansias de vengarse de una Inglaterra que, apenas una quincena de años antes, se había apoderado de la capital de la Isla.
El destino ha colocado a nuestra pequeña Cuba en las cercanías del gran país del norte. Y yo me niego a parafrasear a aquel retoño de azteca que exclamó: “¡Pobre México! ¡Tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos!”… No puedo hacerlo porque, aunque los castrocomunistas digan otra cosa, creo que nuestra cercanía al gran país norteño constituye una verdadera bendición para Cuba.
Lamentablemente, no lo han creído así —¡para desgracia nuestra!— los instauradores y mantenedores de la dictadura que hoy impera en nuestra tierra. Nunca me cansaré de recordar que, meses antes de su trepa al poder, Fidel Castro, en la memorable carta que escribió el 5 de junio de 1958 a su secretaria y confidente Celia Sánchez, anunciaba su propósito de luchar a ultranza contra los Estados Unidos de América.
No importa que se tratase de un objetivo fundado en premisas falsas: Después resultó que la familia del campesino supuestamente masacrada por bombas norteamericanas no había sido exterminada. Además, hacia el final del régimen de Batista, Washington había limitado notablemente su apoyo a este; incluso cortó los suministros bélicos, lo cual obligó al dictador de entonces a recurrir a su colega Trujillo y comprar las carabinas “San Cristóbal”, de gran cadencia de tiro, pero con deficiencias diversas.
Nada de eso importó. Para desgracia de nosotros los cubanos, al alzarse Fidel Castro con el poder absoluto en una Cuba sometida a sus designios personales, el propósito anunciado por él a Celia Sánchez dejó de ser una aspiración individual para convertirse en el objetivo (incluso pudiéramos decir: en la razón de existencia) de un pueblo entero… ¡Una completa y absoluta locura!
A partir de entonces, cada habitante de nuestro Archipiélago, sentiría en carne propia (como si se tratase de una maldición dedicada personalmente a él o ella) lo escrito por el fundador de la actual dinastía: “Cuando esta guerra acabe, empezará para mí una guerra mucho más larga y grande: la guerra que voy a echar contra ellos. Me doy cuenta que ese va a ser mi destino verdadero”.
Durante todos los decenios decursados desde entonces, los cubanos hemos sido aliados de todo aquel que, en cualquier parte del mundo, haya levantado las banderas “antiyanquis”. No importa que se trate de terroristas como los “Panteras Negras” que asolaron los mismos Estados Unidos, o luchadores de otros países, como los ayatolas iraníes (fundamentalistas musulmanes que están en las antípodas de los “ateístas científicos” que se supone que representen el ideal para un castrocomunista). Esto último no importa: si bautizaron a nuestros vecinos norteños como “el Gran Satán”, eso basta para tenderles una mano amiga…
Tras más de dos tercios de siglo de ese demencial enfrentamiento a ultranza, parece ser que en el habanero “Palacio de la Revolución” se están dejando escuchar voces menos extremistas. Literalmente unas horas antes del inicio de la celebración del histórico Aniversario 250, el presidente de Estados Unidos declaró: “Cuba, después de muchas, muchísimas décadas, se está acercando a nosotros”.
Para algo han servido, pues, los desencantos con los potenciales “amigos benefactores” de otros países. La Rusia de Putin, empantanada en la costosa guerra de agresión y conquista que lanzó contra Ucrania, no está para apoyar a nadie. Venezuela actúa de mil modos para ganarse las simpatías de Washington. Irán está para que alguien lo ayude. China no confronta los problemas económicos de los otros tres países, pero tampoco desea hipotecarse en una Cuba que ha demostrado ser un barril sin fondo…
De modo que habrá que ver cómo se desarrollan las relaciones bilaterales tras la celebración de este sábado. Esperemos que, por primera vez en sus dos tercios de siglo de existencia, el régimen castrocomunista adopte una actitud racional ante este problema y opte por marchar hacia la normalización de las relaciones bilaterales con nuestro gran vecino del norte.
En el ínterin, en esta fiesta grandiosa, ¡enviemos nuestros mejores deseos a todos los habitantes de los Estados Unidos, que bien se lo merecen!

