Con dos que se quieran

Amaury Pérez, el presentador, fortaleció en este espacio y durante los nueve meses posteriores, las peores debilidades de su actuación

LA HABANA, Cuba, abril (173.203.82.38) – Aun no llega al año de trasmisiones y el agotamiento de uno de los programas que más expectativas creó con su salida al aire, se siente en el televidente.  Poco importa que la musiquita pegajosa invite a los ancianos a acercarse al televisor, esperando algo mejor, después del paréntesis de Mesa Redonda y el noticiero. No trasciende que entre los últimos invitados a este programa semanal, estuvieran el actor Luis Alberto García o el trovador cienfueguero Lázaro García.  Nombres con suficiente peso para hacer la historia de sus vidas.

Con dos que se quieran, un espacio creado para contar la historia de personalidades del arte y la cultura, que contó con el apoyo de las autoridades, y el copón divino, se agota por el agotamiento de lo único que supuestamente estaba garantizado: el presentador.

Como decíamos hace un año, “el anfitrión disfruta de la rimbombancia, el pavoneo, la risa escandalosa y una falsa intimidad, quizás construida a través del estudio previo hecho a la personalidad del convidado.  Esa necesidad de ser diferente, se nota desde el entramado de las luces hasta el trato campechano, propio de nuestras calles.  Sin comprender que sin llegar al almidonamiento, se debe mantener distancia y categoría”.

Amaury Pérez, el presentador, fortaleció en este espacio durante los nueve meses posteriores a su estreno, las peores debilidades de su actuación y sumó otras, como el facilismo de las preguntas, la falta de rigor e incisión al abordar las personalidades invitadas y, lo más escandaloso, el servilismo y la humillación ante personalidades con poder o ascendencia en el gobierno.

Esa insistencia en “el cuestionamiento correcto”, llevó al televidente de cada una de sus últimas entrevistas a un hastío, como para cambiar el canal, o mejor aún, apagar el aparato.  Lo peor de todo es la infame pregunta con que cierra cada programa: ¿Por qué te quedaste en Cuba?  Ahí los invitados se explayan hablando boberías, entre ellas vivas a la dictadura.

Ese patrioterismo final, nos hace jurar que no volveremos a ver el programa. Aunque el próximo invitado frecuentemente nos hace pensar que quizás su entrevista nos hará cambiar de opinión, es en vano, siempre nos equivocamos.  Con dos que se quieran, quedó en eso, en “querer”. Y así no se hace televisión.

aleagapesant@yahoo.es

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