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La ‘Zafra de los 10 millones’ llega al teatro de Miami

Daniel Romero en una escena de ‘Diez Millones’ (Archivo)

MIAMI, Estados Unidos.- El premiado espectáculo teatral “10 millones“, una suerte de biografía colectiva de la Cuba de los años 70, hecha de ausencias y discusiones familiares y de patriotismo y colectivismo, se estrena hoy en Miami (EE.UU.), la primera ciudad donde se representa fuera de Cuba.

“Como habla de sucesos históricos, este espectáculo ha servido también para refrescar la memoria”, dice a Efe el director de la compañía Argos Teatro, Carlos Celdrán, galardonado en 2016 con el Premio Nacional de Teatro por su trayectoria y con el Premio de la Crítica por esta pieza.

“10 millones”, que después de presentarse en Miami viajará a Nueva York, no tiene nada que ver con el sueño de una lotería, sino con la contienda azucarera que el régimen de Fidel Castro se planteó en 1970 para fabricar 10 millones de toneladas de azúcar y así, supuestamente, mejorar la situación financiera de la isla.

La “dulce” quimera no llegó a cumplirse, pero dejó profundas huellas en la sociedad cubana y más particularmente en las familias.

“Todo el país estuvo volcado en aquella zafra azucarera, aunque el título de la obra también juega con que somos 10, casi 11, millones de cubanos”, señala Celdrán.

Para Celdrán, estar en Miami es encontrar la otra parte del público cubano que vivió los mismos sucesos.

“Esperemos que la recepción sea, al menos, muy parecida a la de la otra orilla”, comenta el director, que ya se presentó en la Universidad de Miami con su grupo en 2012, con “Aire frío”, la obra más conocida del dramaturgo cubano Virgilio Piñera.

Celdrán explica que la pieza trata sobre la relación de un niño, luego adolescente, con sus padres.” En alguna medida hace referencia a mi propia vida, pero es que me inspiro en ella para hablar de mucha gente”, explica el director de 53 años, que tenía 10 en la época que ha querido narrar.

Protagonizada por Daniel Romero, Maridelmis Marín, Caleb Casas y Waldo Franco, la obra subirá a las tablas del Miami Dade County Auditorium este viernes, el sábado y el domingo.

“10 millones” fue estrenada hace un año en La Habana para celebrar los 20 años de Argos Teatro.

Si en una primera etapa se caracterizaron por montar textos contemporáneos de renombre internacional como “Roberto Zucco”, de Bernard-Marie Koltès, o clásicos “revisados” como “La vida es sueño”, de Pedro Calderón de la Barca, “10 millones” ofrece un aire “absolutamente intimista”, dice su director.

“La obra nació de un diario personal que fui escribiendo durante una beca de teatro en Nueva York, en 2001, pues los profesores me exigían llevar un diario de trabajo”, apunta Celdrán.

“Había muchas preguntas que respondía por escrito. De ahí fue naciendo esta idea de hablar de mi familia, de mi infancia, de mi juventud”.

“Mi madre estaba muy involucrada en la política, en hacer la revolución, y mi padre, por su lado, quería abandonar el país con su familia de clase media. Esa discrepancia profunda provocó un divorcio entre ellos”, esboza Celdrán.

“Yo tenía que vivir en medio de esa batalla, que no solamente era humana: también era ideológica”, recuerda el director de escena.

“10 millones”, cuya representación en Miami ha sido posible gracias a la Copperbridge Foundation y FUNDarte, tuvo una larga temporada de cinco meses en La Habana “a teatro lleno”.

Su director comenta que está trabajando en ciertos temas con un grado mayor de verdad y de intimidad, “porque la cercanía del teatro lo permite”.

“Los teatristas hemos trabajado duro en reflejar nuestra realidad en los términos más sinceros. Ha sido un proceso lento, difícil, incluso con momentos traumáticos. Esta ha sido una ganancia nuestra”, dice el creador, proveniente de un país donde los medios de prensa y las instituciones culturales están controlados por el Estado.

“Tratamos de superar las grandes contradicciones que enferman a nuestra nación; los odios que muy justificadamente nos dividen. El espectáculo habla precisamente de que todos fuimos parte de algo sobre lo que tenemos que meditar”, explica Celdrán sobre sus propósitos al presentarse aquí.

“Crecí viendo todas esas grandes contradicciones y sufriéndolas. La soledad de un niño cuya madre tiene que trabajar y el padre está también lejos va conformando una biografía colectiva de cómo vivió y se formó nuestra generación”.

“’10 millones’ es una confesión individual que arrastra consigo la memoria colectiva”, dice.

“Aquí lo que esperamos es que, juntos, recordemos lo que hemos vivido, sin enjuiciar ni entrar en posicionamientos políticos extremos”, concluye.

(Jorge Ignacio Pérez/EFE)




Una historia de Cuba contada entre suspiros

Daniel Romero en una escena de ‘Diez Millones’ (Archivo)

LA HABANA, Cuba.- En ocasiones cuesta mucho escribir, sobre todo si en el centro de la escritura está el dolor, como esta vez. Desandando la ciudad o enfrentando a la pantalla de luz, estuve pensando en ese dolor sin que consiguiera hilvanar ideas y tonos que explicaran la aparición de ciertos recuerdos que se hacen acompañar por el sufrimiento. Difícil es enfrentar el dolor aunque sepamos que es una de esas emociones fundamentales con la que cuenta la vida. Y quiero escribir ahora sobre el dolor, sobre el suceso que lo provocó esta vez.

Me veo sentado en la primera fila de una sala de teatro, y recuerdo a Juan Carlos Cremata, quien, en una conversación telefónica, unos días antes de marcharse de Cuba, me recomendara que no dejara de ver “Diez Millones”. “Es de lo mejor que he visto”, así me dijo, y yo anuncié a Carlos Celdrán un montón de visitas a su sala de la calle Ayestarán, pero solo asistí a una función que, sin que yo lo supiera, era la última.

Y descubrí una sala colmada de espectadores silenciosos que aguardaban enfrentados a una desolada escenografía, tan gris como el tapizado de los ataúdes para cubanos comunes. Nunca sabré cuántos en aquel público estaban repitiendo la experiencia, pero un silencio expectante me hacía sospechar, supuse que muchos ya sabían a cuanto iban a enfrentarse. Y así entramos en ese ejercicio de memoria al que nos enfrentaron Celdrán y sus actores. “Diez Millones” nos pondría frente a un pasado que había sido sustraído, intencionadamente, de la mirada, pero que él se propuso hacer visible, y que resultara reminiscencia para algunos, luz para los más jóvenes, para los olvidadizos.

Sin dudas, el artista que es Carlos Celdrán, cree en la huella que resulta de la representación, y sabe también que el recuerdo es capaz de parir a la sospecha, a la deducción y al análisis. Carlos volvió a un pasado no tan lejano, provocó el recuerdo relatando un pasado del que no habla el discurso oficial. Él nos mostró un “tesoro” a conservar. Y yo miré pasar uno y mil sucesos que activaron mis recuerdos.

Y recordé, a pesar mis siete años de entonces, la algazara de aquella zafra del setenta y lo que vino después, y a un tío cambiando el eslogan que el discurso oficial repetía insistente. Mi tío ponía el no antes del verbo, decía: “Los diez millones no van”. Según él, aquello no era más que un disparate, uno de los tantos que conocimos luego, como los muchos que se sintieron antes. Según mi madre, él tampoco creyó en aquel delirio del año 1965 que aseguraba que, diez años después, Cuba produciría 30 millones de litros diarios de leche, aquellos litros que no se consiguieron en el 75, y que hoy, pasados cuarenta y dos años, siguen siendo una utopía, un dislate.

Daniel Romero y Maridelmis Marín en ‘Diez Millones’ (Archivo)

Esa locura de leche y azúcar, los discursos exaltados de esos días, me hacen recordar a Francisco de Arango y Parreño, quien aseguró que Cuba podría superar a Haití en la producción de azúcar, que la isla podía, en el lejano 1792, producir la mitad del azúcar que se consumía en el mercado mundial. Pasarían 178 años para repetir aquel delirio tan cercano al de Arango y Parreño. Y esa vez no se lograron los Diez Millones del 70, a pesar de que fueron convocados cientos de miles de cubanos; y aunque vinieran brigadas de “macheteros” desde Noruega, Finlandia, Suecia y Dinamarca.

Y poco pudieron hacer para probar que aquello no era delirio; los vietnamitas, chinos, coreanos y japoneses coetáneos de Toshiro Mifune y de Zatoichi que cambiaron el sable de samurai por el machete mambí, y tampoco sirvió el esfuerzo rumano, ni el de los alemanes que se agruparon en la brigada Ernest Thaelman, ni los rusos de la juventud leninista o los búlgaros seguidores de Dimitrov. Las añoradas diez millones de toneladas no se consiguieron aunque manos europeas, latinoamericanas o asiáticas, usaran el machete para cortar la caña bien abajo.

Mi tío se fue al norte, antes que terminara la zafra, llorando por la separación de la familia, por el país partido en dos, en tres…, pero antes de irse tuvo que trabajar duro en una granja para pagar la osadía de abandonar al gobierno. Luego vendrían las cartas que se leían a escondidas, las fotos que se guardaban en el fondo de los cajones, y llegó la mentira, la añoranza, el olvido. Y de ese olvido habla la obra de Celdrán; debe ser por eso que los espectadores enjugaron sus lágrimas para desempañar la mirada, para mirar cuidadosamente todo lo que la escena estaba proponiendo.

Los espectadores hicieron desaparecer lágrimas para recordar que habían olvidado o que habían simulado el olvido, porque como dijo cierto alemán que no vino a Cuba a cortar caña, el hombre es un animal olvidadizo por necesidad, el hombre tiene esa inhibidora capacidad que vacía la conciencia; y ese vaciamiento resulta beneficioso a los gobiernos, sobre todo a la hora de esconder, de justificar sus derrotas. Lo bueno es que la memoria reaparece y puede ser provocada, como sucedió en esa sala de la calle Ayestarán, gracias al talento de Carlos Celdrán.

Carlos enuncia el hecho, lo pone en la cabeza de sus espectadores, les refresca la memoria con acontecimientos de la vida, con el desperdigamiento de la familia cubana, con la traición a las familias cubanas. El director nos recuerda los dolores que nos asistieron, nos enfrenta a la separación, nos propone poner el ojo sobre la enseñanza y hace mirar esas becas que nos alejaron de nuestros padres, de la casa; esas becas  que nos obligaron a enfrentar un mundo desconocido y hasta cruel.

Desde la primera fila del teatro volví a verme con un sombrero y una guataca en medio de una sabana en el centro de la isla y con solo once años, y todo porque a alguien se le ocurrió que debíamos ser fuertes, decididos, trabajadores, que debíamos estudiar por la mañana y trabajar por la tarde, o viceversa, en medio del sol ardiente, aun cuando solo hubiéramos cumplido once años, porque allí, bajo aquel sol ardiente, sacando boniatos a la tierra, se forjaba el hombre nuevo, ese que para ser mejor debía ser separado de la familia, y allí, en medio del rigor, nos enseñaron a mentir.

Escena de ‘Diez Millones’ (Archivo)

En eso pensé, y volví a recordar, gracias al empeño de Argos Teatro, los sucesos de la embajada del Perú, y otra vez el Mariel, y recordé a mis vecinos, a la familia Gallardo, de quienes fuimos tan cercanos. Nunca he dejado de recordarlos; aunque desde 1980 habiten otra geografía. Luisita aun me escribe y pregunta por los míos, a pesar de la distancia nos comunicamos, y yo recuerdo aquella noche en que llegaron a mi casa para anunciar la salida. Pronto llegaría un barco hasta el Mariel para llevarlos a los Estados Unidos, y se fueron, pero antes recibieron la furia de un montón de resentidos que lanzaron huevos en la fachada de una casa bien cerrada.

Y luego veríamos con asombro como muchos de los represores se largaron, pero nunca me enteré que en Miami fueran recibidos a huevazo limpio como se merecían. Con muy pocos personajes, Carlos nos recordó una parte dolorosa de la historia nacional, esa que nos habla de nuestros desencuentros, de nuestras indigencias, de las burdas fajazas entre hermanos, y todo ello provocó el llanto, pero se agradeció, porque la historia cubana sigue siendo la misma, y el dolor no es otro.

Y no es curioso que se fuera el pequeño burgués ni tampoco aquella esposa y madre represora. Es curioso que solo quedara el muchacho, ese jovencito que aparece en la piel del actor Daniel Romero, a quien ya conocíamos por su desempeño en “El ojo del canario”, esa película de Fernando Pérez que cuenta sobre la juventud y la adolescencia de José Martí. Y no creo que sea accidental esa coincidencia; quiero pensar que el artista y hombre inteligente que es Carlos Celdrán, no escogió por gusto a ese actor. Yo al menos estuve viendo a Martí en el escenario; un joven Martí que volvía a llorar por las afrentas que la patria soporta. Debe ser por eso que lloré, como muchos de los asistentes, porque Cuba duele, y duele mucho.

Yo aplaudí vehemente, y me gustaría creer que entre esos que aplaudimos no estuviera algunos de los que juntó sus palmas para celebrar la represión y algunos discursos laudatorios y exaltados, ojala ninguna de las manos que se juntaron esa noche para celebrar se ocuparan antes tirando huevos o dando una paliza al inocente. Y si alguno de esos estuvo aplaudiendo aquella noche en el teatro, deseo que sus palmadas y sus lágrimas le permitan expiar sus culpas.




La Brigada Che Guevara y el final de las frutas cubanas

(Foto tomada de internet)
(Foto tomada de internet)

LA HABANA, Cuba – Otra de las grandes ideas del Sr. Fidel Castro fue la Brigada Invasora Che Guevara. Esta, como todas las demás quimeras del Sr. Fidel Castro en los sesenta, duró poco y no tuvo ningún resultado.

Esta fue concebida para preparar la quimera mayor, la zafra de los 10 millones de toneladas de azúcar; la que, según el líder cubano, resolvería la economía del país de una vez por todas.

Hasta 1959, Cuba producía anualmente seis millones de toneladas de azúcar. Este nivel de producción solo era dictado para mantener un precio ventajoso en el mercado.

A los siete años de llegado al poder y contando con los precios que por entonces tenía el azúcar, Fidel Castro estimó que para pagar todo lo necesario para el gran salto económico era una zafra de  no menos de 10 millones de toneladas.

Para una comprender de este otro disparate es necesaria una explicación. Veámosla en su contexto real.

En realidad, esta idea se practicaba desde 1963. El proyecto de la Brigada surge como tal debido a que los equipos soviéticos y los viejos modelos norteamericanos con que contaba el gobierno, no podían aguantar el régimen de explotación necesario para este proyecto.

Así Fidel Castro preguntó a los encargados de esta tarea qué era necesario para cumplirla. La respuesta de estos fue que era necesario adquirir técnica que fuera superior a la entonces existente, habida cuenta que la tarea en cuestión, es decir  sembrar de caña el 70% de la superficie cultivable de la Isla (15 000 km2) en un plazo no menor de 2 años, era titánica

Se creó una comisión que viajó por Europa Occidental, entre la que se encontraban mis amigos, el capitán Victoriano Parra y el Ing. Eduardo Luis, por desgracia ambos ya hoy fallecidos.

Finalmente, se adquirieron 700 camiones de volteo Berliet en Francia y en Italia a través de la firma FIAT, 800 equipos de movimiento de tierra que incluían  buldóceres, moto-niveladoras, compactadoras, retro cargadoras, barrenadoras verticales y otros equipos de. Esta  transacción  tuvo un costo total aproximado de 500 millones de dólares en ese momento.

Ambos contratos fueron pagados con una fórmula financiera del 45% a crédito y el 55% en especies, que en este caso fueron azúcar, tabaco y mariscos.

Una vez que arribó un grupo considerable de estos equipos, Fidel Castro, mediante el uso de su lenguaje tremendista, la bautizó como “Brigada Invasora Che Guevara”.

Se comenzó por las provincias orientales, habida cuenta que el grueso de los sembrados de caña de azúcar radicaba en estas.

Para desbrozar los terrenos necesarios, se apeló a un curioso invento, idea de algún colaborador, que más tarde se le adjudicó a Fidel Castro. Este consistía en una enorme bola de acero soldada a una larga cadena que era arrastrada por dos buldóceres, uno en cada extremo.

De más está explicar que todo árbol que  estuviera en pie era destruido. Así fueron arrasados frutales enteros que hasta entonces  suministraban no menos de 15 000 toneladas de frutas que cultivaban los campesinos cubanos y eran exportados o consumidos por el pueblo.

Como todos sabemos, luego la zafra gigante fracasó. Veamos el destino final de la Brigada Che Guevara.

Esta fue desintegrada y repartida, con personal y equipos incluidos, entre los Frentes para la construcción del Proyecto de la Autopista Nacional del Sur que Fidel Castro ahora tenía en mente y que, como muchos ya sabemos, también terminó en fracasos.

El único logro de este experimento fue que por casi 35 años, los jóvenes cubanos solo conocen como frutas el mango, la guayaba y la fruta bomba.

No obstante, previsor como siempre, el Sr. Fidel Castro salvó varios de los mejores frutales, fundamentalmente en la provincia de la Habana, para el suministro a las embajadas y misiones diplomáticas acreditadas en Cuba y también para cubrir las   “necesidades” del Consejo de Estado.

Hace un tiempo conocí al dueño de una enorme finca de mangos “Súper  Haydn” en San Antonio de los Baños, el señor  Adolfo Vitali Maini, quien vendía sus mangos al  Consejo de Estado a través de la Empresa de atención al servicio extranjero.

Hoy día Raúl Castro trata, con poco éxito, según  explicó en una reunión televisada en el Ministerio de la Agricultura, de recuperar en 5 años la producción de frutales que alguna vez exisitó.

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