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Me están matando pero estoy gozando

Virgilio Piñera

LA HABANA, Cuba.- No debe ser bueno morir como mueren los gallos en la valla, me resultan abominables esas peleas que no terminan hasta que uno de los contrincantes, ese que incluso podría ser el más fuerte, o el más astuto, queda vencido, y hasta muerto. No me gustan las peleas de perros y tampoco las de gallos. No me gusta la violencia y mucho menos el “presidente” que salta al ritmo de una “música” y alaba con cada uno de sus saltos a esos gallos de pelea a los que canta “Buena Fe”, incitando a la bronca, al enfrentamiento más brutal entre paisanos.

No me gusta ese vejete peliblanco que tenemos por “presidente”, ese que es capaz de azuzar a sus coterráneos para que armen trifulcas, broncas tumultuarias, para que enfrenten con violencia a sus vecinos, a sus parientes. No me gusta ese vejete peliblanco ni los otros dos que lo precedieron; todos recomendando llegar hasta las últimas consecuencias, que sin dudas es la muerte. No me gustan esos que saltan, y saltan y saltan, pensando en la muerte, propiciándola.

No me gusta el fanatismo y la muerte que propician los discursos ardientes del poder cubano, ese poder que brinca suponiéndose en el cuerpo de un gallo de pelea. No me gustan esos vejetes militares que cada día están prestos a dar la orden de salir a las calles a golpear, incluso a matar. No me gusta el tremendismo del discurso de los comunistas cubanos, tan cercano a esa muerte que, dicen, “reivindica” a la Patria, ese discurso que se sustenta en la necrofilia, que relaciona todo el tiempo a la Patria con la muerte “necesaria y reivindicadora”.

Y ese discurso alcanza hoy los extremos, se erige sin recato sobre la necrofilia, sobre eso que algunos llaman la “necropolítica”, y que existe mucho antes de que existiera el término “necropolítica”. Los poderosos cubanos azuzan a los suyos, los poderosos convidan, los poderosos obligan al maremágnum y a la muerte, con la apariencia de que no distinguen todo lo que ocurre, aunque cada día se hagan más visibles los dos bandos.

El “presidente” salta, el “presidente azuza, canta con propósitos macabros y con muy mala fe, invita a convertir al país en una valla en la que se enfrentarán hasta la muerte los contrarios. El presidente azuza y duerme custodiado, pero no está tranquilo; y es que fueron muchos los que salieron a las calles, y son muchos más los que podrían salir en lo adelante, porque, como se dice por acá, esto no se acaba hasta que no se acaba. Y todavía no llegó el final, aunque esté cerca.

Y todas esas contiendas me han hecho pensar en muchos de los que ya no están, en los que quizá ni siquiera imaginaron estos días, o quizá sí, pero lo callaron por temor, y lo susurraron al oído del amigo cercano, a ese en el que no suponían a un chivato. Y ya en Cuba se aprendió a decantar, se aprendió a mirar a un lado y al otro, y se escudriña para llegar hasta el colaborador, para desentrañar al traidor. Quizá por eso estuve imaginando, pensando en lo que pudieran hacer, ahora mismo, muchos de los que ya no están.

Pienso en lo que habrían hecho hoy algunos de los que ya se fueron de la vida. Y no pude evitar que se me apareciera, una y mil veces, la imagen de Virgilio Piñera, el más grande de mis héroes. Imaginé a Virgilio Piñera vivo y en las calles de Cárdenas, donde nació, y en las del Camagüey donde pasó parte de su infancia, en La Habana de sus estudios universitarios, en la ciudad de su creación y también la de su muerte en vida, de su muerte real.

He pensado al Virgilio Piñera que le hizo saber a Fidel Castro que tenía miedo, en aquella sala de la biblioteca nacional, cuando Castro pronunciara aquel engendro malévolo que conocemos como “Palabras a los intelectuales”. Y también he vuelto a suponer una querella entre Virgilio y Raúl Roa, cuando este último lo llamara “escritor del género epiceno”. Y, ¿por qué no? también supuse a Virgilio Piñera en estos días cubanos.

¿Qué habría hecho Virgilio Piñera en estos días si estuviera vivo? ¿Cómo habría actuado en estas recientes jornadas? ¿Qué habría hecho el 27 de noviembre último? ¿Habría exigido también el diálogo a esas autoridades que hoy detentan el poder cultural con mucha saña? ¿Cómo se habría pronunciado sabiendo lo que sucediera antes en el Barrio San Isidro? ¿Qué pensaría de Luis Manuel Otero Alcántara? ¿Habría reconocido los valores del artista? ¿Cómo habría actuado al contemplar al mulato esbelto y muy hermoso?

Yo lo imagino de este lado; ya sé que eso es posible, únicamente, en el reino de la imaginación, pero yo la uso. Y lo imagino recibiendo el manotazo de un Alpidio Alonso que pretende arrebatarle el celular en el instante en que él lo filma. Imagino a Piñera filmando para subir luego a las redes el exabrupto de un ministro al que él le chilla mequetrefe  con voz muy alta, y también lo califica de poetastro, que podría ser interpretado como “poeta trasto” o “trasto de poeta”.

Imagino a Virgilio negado a reunirse luego con el viceministro Fernando Rojas, arguyendo que se reuniría con él solo si se tratara del autor de La Celestina, y no era el caso, y mucho menos con un “ministro” llamado Alpidio Alonso, que daba manotazos y arrebataba celulares y que de vez en cuando “rimaba versos” con muy poca gracia. Virgilio, quizás con miedo, con mucho miedo, habría salido a las calles el 11 de julio, en Camagüey, en Cárdenas o en La Habana. Virgilio, el del miedo, pudo exigir ahora la libertad de los tantos detenidos injustamente, o ser también uno de ellos. Virgilio habría celebrado la cátedra de Tania Bruguera en Harvard.

Virgilio Piñera, aquel que se atrevió a decirle a Fidel Castro que tenía miedo, mucho miedo, ese que nació hace 109 años y murió hace rato, pudo sentir miedo, y también vencerlo, y salir a la calle a manifestarse blandiendo su inseparable paraguas o aferrado al brazo de otro manifestante, quizá un hombre negro, algún amante, un escritor cercano. Imagine, lector, a Virgilio Piñera ahora y en Cuba, imagine…

Usted podría suponerlo gritando Patria y Vida y preso en Villa Marista, conversando de arte y política con Hamlet Lavastida. Yo les propongo que imaginemos a Virgilio Piñera gritando “Patria y Vida”, aunque un poco antes chillara “Mesopotamia” al descubrir el cuerpo de un macho al que considerara hermoso. Imagine a Virgilio Piñera gritando Libertad y luego detenido, o quizá chillando alto, muy alto, contra el poder cubano, aquel último verso de su poema “Nunca los dejaré”, ese verso que dice: “Me están matando, pero estoy gozando”, porque de eso se trata, de gozar la libertad, aunque se esté al borde de la muerte. Y eso, supongo, lo haría hoy Virgilio Piñera.

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El olvidado 40 aniversario de la muerte de Virgilio Piñera

Virgilio Piñera. Foto archivo

LA HABANA, Cuba.- El pasado 18 de octubre se cumplieron 40 años de la muerte de Virgilio Piñera, acaecida en La Habana en 1979. Las autoridades culturales cubanas pasaron por alto tan redondo aniversario. Y aunque Piñera es una de las más grandes figuras de la literatura cubana del siglo XX, no asombra que lo hayan soslayado. Autor incómodo, los decisores de la cultura oficial lo han ignorado siempre que han podido.

A Virgilio Piñera, por su homosexualidad y su atrevida proyección artística, lo persiguió siempre la marginación, sobre todo en sus últimos años de vida, que coincidieron con el llamado Decenio Gris.

En 1971, a partir del Congreso de Educación y Cultura, que inició aquel funesto periodo, y hasta su muerte, Piñera fue excluido del mundo intelectual, silenciado y condenado al ostracismo. Como único medio de subsistencia, tuvo que resignarse a traducir del francés libros de autores africanos y vietnamitas. Fue el modo que hallaron de castigarlo por sus ideas y por su actitud irreverente y desprejuiciada.

Pero Piñera era mal visto por las autoridades desde antes del Decenio Gris. Durante las reuniones de Fidel Castro con los intelectuales, en la Biblioteca Nacional en junio de 1961, se atrevió a decir que sentía miedo ante la política cultural que se anunciaba y que no concedía ningún derecho “fuera de la revolución”.

La obra literaria de Virgilio Piñera, que se inició en 1941 con el cuaderno de poesía Las furias, se vio interrumpida tan pronto se inició la década de los 70. La última obra que se editó de Piñera en vida fue el libro de cuentos El que vino a salvarme, impreso por la Editora Sudamericana, de Buenos Aires, en 1970.

En Cuba no volvieron a editar los libros de Virgilio Piñera hasta más de ocho años después de su muerte. Y tuvieron que transcurrir varios más para que volvieran a las tablas sus obras teatrales.

Los libros de Piñera que se publicaron póstumamente son nueve, y van desde Un fogonazo, publicado por la Editorial Letras Cubanas en 1987, hasta Cuentos Completos, que publicó la editorial española Alfaguara en 1998. Cuatro años después, Cuentos completos fue publicado en Cuba, por la Editorial Ateneo.

Virgilio Piñera Cuba intelectuales
Edición cubana, 2002, de Cuentos completos de Virgilio Piñera, 4 años después de la de Alfaguara. Foto del autor

La presentación de la edición cubana de Cuentos Completos tuvo lugar en el año 2002, en la librería El Ateneo, en El Vedado, donde trabajé como librero durante tres años.

En la solapa del libro explicaban que faltaban algunos cuentos. El que era el director de la librería entonces me confirmó algo que era un secreto a voces: que los cuentos no hallados fueron porque los había confiscado el Departamento Seguridad del Estado (DSE), y estaban en el expediente sobre Virgilio Piñera que tiene ese órgano policial.

¡Hasta después de muerto temían tanto a Virgilio Piñera, lo consideraban tan peligroso, que no vacilaron para censurar y profanar su obra!

Entre los años 40 y 60 Piñera había tenido una activa vida en publicaciones culturales periódicas. En algunas de ellas se desempeñó como director o redactor. Junto a José Rodríguez Feo dirigió Ciclón, y en Lunes de Revolución, que dirigía Guillermo Cabrera Infante, fue miembro del consejo de redacción. Piñera dirigió también Ediciones R, a inicios de los 60.

Solo en Lunes de Revolución pudo Piñera insertar sus escritos sin limitaciones. Pero fue solo un par de años:  la publicación fue clausurada por orden del gobierno en 1961, poco después de la reunión de Fidel Castro con los intelectuales, donde el autor de Electra Garrigó confesó que sentía miedo.

Durante el tiempo en que fue condenado al ostracismo Piñera acudía asiduamente a la cafetería que estaba ubicada frente al Hotel Capri, adonde iba a comer y a reunirse con algunos de los pocos amigos que todavía se atrevían a tratarlo. Este hecho dio origen, años después, a una obra teatral de José Millán titulada Si vas a comer, espera por Virgilio.

Otro de los sitios a los que acudía Piñera para eludir el aislamiento al que lo condenaron era las tertulias literarias de la Ciudad Celeste, celebradas por el pintor Johnny Ibáñez en su casa de Mantilla, que había sido la residencia de su abuelo Juan Gualberto Gómez. Pero aquellas tertulias organizadas espontáneamente por Johnny Ibáñez fueron prohibidas por Seguridad del Estado, que las consideró “una actividad subversiva y contrarrevolucionaria”.

Luego de estos apuntes, con los que he querido rendir un modesto tributo a Piñera, entenderán por qué decía que no me asombraba que los que rigen la cultura oficial hayan ignorado el aniversario de su muerte. Le siguen teniendo a Virgilio el mismo pánico que sintieron los represores en su entierro, hace 40 años, cuando ordenaron al chofer del carro fúnebre que acelerara y no esperara por los pocos que se atrevieron a asistir al entierro del escritor maldito.

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Ahora que Virgilio Piñera es útil…

Virgilio Piñera (encaribe.org)

LA HABANA.- Con una breve nota anunció el diario Granma, en su edición del 21 de octubre de 1979, la muerte de Virgilio Piñera acaecida dos días antes. Cuarenta y ocho horas precisó el Partido Comunista para aprobar el anuncio de su deceso. Luego volvería sobre aquel hombre, ya muerto, el peso del silencio, el mismo que sufrió su obra mientras estuvo vivo.

Ahora, treinta y nueve años después de que sus declarados enemigos le dedicaran un tardío obituario, vuelve Virgilio a las páginas del Granma, esta vez de la mano de Pedro de la Hoz, jefe de la página cultural del diario que regenta el Comité Central; solo que en esta ocasión el escritor marginado, a quien le dedicaran tantas ojerizas, resulta útil al discurso del periódico de mayor circulación en la isla.

Creadores e instituciones culturales: diálogo y confianza”, es el título del texto publicado hace solo unos días y que se inicia advirtiendo que “el 14 de abril de 1959, al comparecer en un panel de CMQ TV, Virgilio Piñera se preguntó qué significaba, antes del ‘triunfo revolucionario’, ser un escritor en Cuba…”, a lo que él mismo se responde con una enumeración de desgracias y desatenciones oficiales. Virgilio advirtió entonces que el pueblo “no nos lee”, que los criterios de quienes se dedicaban a la escritura literaria no pesaban “ni un adarme en la opinión pública”, “que vivían del aire, de la peseta que les regalaba algún amigo”.

Un mes antes de tal celebración, escribió Virgilio una carta “al señor Fidel Castro” en la que lo enteraba, como si tal cosa fuera posible, de aquel encuentro en la televisión, y en la que lo llamó “amigo Fidel”, asegurándole que los escritores podrían serle muy útiles. Sin dudas Fidel no le hizo mucho caso al homosexual que se dedicaba a la escritura, pero otra cosa pensaría Pedro de la Hoz, casi sesenta años después.

Y no sería el autor de Cuentos fríos el único de los panelistas en esa mesa redonda. Virgilio estuvo acompañado por José Rodríguez Feo, Severo Sarduy y Nivaria Tejera, pero Pedro de la Hoz escogió a Virgilio, sin dudas porque de entre los cuatro “panelistas” es él quien mantiene intacto su predicamento entre los artistas de esas generaciones que sucedieron a la suya, mientras que Rodríguez Feo, para el discurso oficial, no fue más que un mecenas inteligente y sensible, salido de una familia de la gran sacarocracia cubana. Sarduy y Tejera tampoco servían de mucho porque tuvieron “el mal gusto” de abandonar el país, una de las peores maneras de renunciar a la revolución y a las instituciones que ella creó luego.

Virgilio, el irreverente, el iconoclasta, continuó siendo un héroe, y nada mejor que demostrar esa sintonía que tuvo alguna vez con la “revolución”. Virgilio se convirtió entonces en el útil a la mano, aun cuando la revolución deslegitimara por años su obra y prohibiera su difusión, aun cuando esa misma revolución lo pusiera entre rejas por homosexual durante “la noche de las tres P”; aun cuando le dijera a Fidel Castro, a quien unos años antes llamara amigo, que tenía miedo, en la “revolución”, durante aquellas “palabras a los intelectuales”.

Aquel hombre preterido es usado hoy por un iracundo discurso oficial, cuando no encuentra otra manera de legitimar sus instituciones. “Reconsiderar” la figura del escritor, reciclarlo, es prueba del pataleo del Gobierno, y de esas instituciones, ante una realidad muy diferente a aquella en la que Virgilio Piñera se ofreció a la “revolución”. Han pasado muchos años y no son tantos los artistas dispuestos al acatamiento, ya no son los días de la censura de PM ni de las reverencias a las palabras a los intelectuales.

No son numerosos los que buscan “realización” dentro de las instituciones, porque no existe un dialogo respetuoso, porque esos organismos imponen, prohíben, obstaculizan y censuran. Esas instituciones a las que defiende Pedro de la Hoz no ven utilidad en aquello que se aleja de sus propios intereses. Esas entidades se comprometen con en ellas mismas, con sus juicios y deseos, y desprecian las singularidades que se alejan de sus edictos.

Sin dudas ese interés en destacar las buenas relaciones entre los creadores y el Estado es muestra del pataleo de esos organismos de la cultura, sobre todo en estos días en los que Quiero hacer una película puso en crisis al ICAIC y a su dirigencia, de la misma manera en la que antes lo hiciera la censura de Nadie, de Miguel Coyula, o Santa y Andrés de Carlos Lechuga.

Virgilio habría estado, sin dudas, al lado de los censurados, nunca de las instituciones calificadoras, y no dudo que al buscar entre los firmantes de la muy reciente “Declaración de Bogotá” encontraría yo su nombre. Piñera seguiría teniendo miedo, y por eso no iba a estar entre los escogidos para representar al “arte revolucionario” en el Kennedy Center.

No sé por qué supone de La Hoz a un Virgilio tan reconciliado con esas instituciones oficiales. Confieso que lo imagino más entusiasmado con la Bienal 00 y con la “Agenda por los derechos de lesbianas, gais, bisexuales, trans, intersexuales y queers en Cuba que con las ferias del libro o las congas de Mariela Castro. Me cuesta trabajo imaginarlo tan armonizado con esos que no le dejaron ni un huequito por donde respirar, como tampoco veo comulgar a Lezama con esa “revolución, aun cuando alguna vez escribiera “El 26 de julio: imagen y posibilidad”. Creo que Pedro de la Hoz —“y del martillo”, como lo llamaba el escritor Antonio José Ponte— debería empeñarse en buscar otros clavos que resultaran más útiles.




A veces llegan cartas con sabor amargo

Virgilio Piñera (encaribe.org)
Virgilio Piñera (encaribe.org)

LA HABANA, Cuba.- Adoro recibir cartas. Recuerdo con gusto la insistencia del silbato y el chillido que advierte el nombre del elegido, el dichoso destinatario. El cartero lleva una mano a la bolsa, hurga y saca el sobre que muestra, como si de un trofeo se tratara. Ahí comienza la alegría que significa recibirla.

Nunca asocié, al menos mientras fui niño, a las cartas con algún “sabor amargo, con un sabor a lágrimas”, como decía aquella canción que Raphael hiciera tan popular. Tenía la certeza de que llegaban para anunciar las buenas nuevas. La tía Juana escribía desde Union City y sus pliegos se leían con goce enorme, aun cuando mi tía contara que en medio de tanto frío nos extrañaba mucho y que sufría por no vernos.

Siempre creí que las malas nuevas solo llegaban a través de telegramas que debían ser leídos en voz baja para romperlos luego, para entregarlos a las fuerzas destructoras del fuego; pero las cartas no, las cartas eran conquistas que debían guardarse con sigilo. Eso creía cuando era un niño.

Esa pasión por los epistolarios no se esfumó jamás, aunque en estos días de Internet sea poco correspondida. Incluso en este país es casi una rareza recibir una carta a través del correo postal, y las extraño. Ahora se reciben en la computadora, se responden y se envían de inmediato a la papelera de reciclaje, sin reconocer todo lo que se pierde cada día, cuánto testimonio de la vida echamos al fuego del ciberespacio.

Las epístolas son el ejercicio de escritura más común. Una carta resulta, en ocasiones, mucho más reveladora que un discurso a la hora de reconstruir la historia. Son incontables los epistolarios que han servido para repasarla. No se podría prescindir de las cartas que escribiera María Antonieta a su amante sueco Hans Axel de Fersen a la hora de entender la revolución francesa. Famosas son las cartas de Joyce a su amada Nora Barnacle y las de Kafka a Milena. Mucha claridad nos traen esas cartas. En la carta queda lo más íntimo, allí se fijan las alegrías y las angustias, lo que no es bueno decir en voz alta.

En las cartas hacemos fluir un chisme o juzgamos a un país. La palabra que se fija es más duradera, y poco importa que pase un tiempo dormida en la gaveta de un clóset o de un buró si aparece luego, como sucedió ahora. A La Habana llegó Thomas F. Anderson con muchos ejemplares de un solo título en su maleta. El académico norteamericano viajó con ese tomito de más de doscientas páginas que apareció publicado en la colección Clásicos de América del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana de la Universidad de Pittsburgh. Piñera corresponsal: Una vida en cartas es el título, y reúne epístolas que escribiera el autor cubano a su amigo, también escritor y cubano Humberto Rodríguez Tomeu, quien vivía en Buenos Aires. La primera de todas está fechada en La Habana el 4 de noviembre de 1958 y la última, en la misma ciudad, también en noviembre, pero de 1976.

Este título acaba de ser presentado esta semana en el Ateneo de La Habana. En la presentación estuvieron el académico Thomas F. Anderson y el escritor y albacea de Virgilio Piñera, Antón Arrufat, junto a un nutrido grupo de interesados en la obra de Piñera. Los asistentes recibieron, gratis, un ejemplar de esas cartas.

En su lectura encontraremos un mundo de cosas, una realidad poco conocida. Virgilio cuenta de su vida, de su entusiasmo con la revolución triunfante. Tanta era su euforia que no cesa de invitar al amigo para que vuelva a la Habana y se enrole en todo lo que aquí sucedía. Por las cartas conocemos la visión que tenía el escritor de esos años en los que se desempeñó como periodista en Lunes de Revolución, de su trato con los demás escritores que allí publicaban. El hombre lioso podía hacer largas y pintorescas descalificaciones de Guillermo Cabrera Infante, para elogiar luego su ayuda.

Su espíritu inquieto le hace enumerar sus lecturas y deja muy claras las opiniones que le producían, y poco importaba que sus autores fueran reverenciados clásicos si es que intentaba denostarlos, mientras hacía el elogio del libro de un autor poco conocido.

Muy poco duró esa euforia de Virgilio: pronto supondrá el viaje como la única solución a sus problemas, y hasta sueña, para conseguirlo, en algún trabajito en la Consejería Cultural de una embajada; de entre todas prefiere la de París. Supone que su conocimiento del francés y sus dotes de escritor le permitirían un gran desempeño, pero nunca conseguiría ese anhelado puesto. Las explicaciones que le ofrecen lo desconciertan, lo llenan de dudas.

Virgilio se queja pronto y pide dinero a Humberto, una y otra vez, y cuenta también de las “carnitas” a las que se enfrenta, esas que unas veces serán monumentales obras de la literatura y en otras ocasiones el cuerpo de algún hombre al que jamás nombra. Se angustia porque sus libros pasan demasiado tiempo en la imprenta. Escribe de Electra Garrigó. Es visible el entusiasmo del dramaturgo cuando estrena su obra más famosa, y reverencia la asistencia Jean Paul Sartre y de Simone de Beauvoir a una función; anuncia que a la representación del próximo jueves asistirá Fidel Castro, lo que jamás sucedió.

Virgilio Piñera junto a Fidel Castro (habanaelegante.com)
Virgilio Piñera junto a Fidel Castro (habanaelegante.com)

Piñera cuenta sus lecturas y también un partido de canasta con Zaida y con Pepe Rodríguez Feo, con el actor Enrique Santiesteban, sin saber entonces  que este último, unos años más tarde, lo llevaría moribundo al hospital de donde jamás saldría. Virgilio da los pormenores de una fiesta en Guanabo y menciona a sus invitados, y sin transiciones, habla de la Crisis de Octubre, de las trincheras que se abren por doquier, del miedo.

“¿Te dije que me compré un juego de cartas?”, así pregunta y, sin pausa, asegura que la noticia más importante del día es el ataque que le propinó Raúl Roa después que el él dejó claro sus criterios sobre la poesía de Rubén Martínez Villena, y vuelve al juego asegurando que junto a Arrufat consiguió una canasta de monos. En otra arma una algazara porque recibió, desde Londres, un cepillo de nylon para lavarse los dientes: “Un cepillo es todo un mundo”, asegura, quizá contemplando su regalo y echando a la basura el viejo y gastado…

Los días y los años harán más visibles sus angustias, el miedo crece. “Todo es hiel. Estoy harto”, asegura, y también se queja de que aquellas sábanas y toallas que comprara hace mil años en Buenos Aires están desechas, y que no habrá modo de reponerlas. El país se deshace como sus sábanas y sus viejas toallas.

Para Virgilio no hubo rectificaciones y murió en el más oscuro ostracismo. Ahí están las cartas para probarlo. Este tomo es testimonio de lo que sería su vida después de 1958 y hasta su muerte. Con este epistolario podemos reconstruir parte de su historia, pero también la de Cuba.  Estas cartas son el testimonio de un hombre viejo que se enfrenta a una nueva realidad, y también el nuevo proceso de aprendizaje de un hombre adulto donde se irán imprimiendo nuevos signos, todos reveladores.

Esta correspondencia es también tabula rasa donde se estampan sus saberes, que luego servirán para entender el destino del país y de sus hombres. Esta tabula rasa es testimonio del dolor y la desesperanza que vivieron Virgilio y otros tantos, la que viven muchos todavía. En ella aparecen relatados los hechos que distinguieron a una época de la vida cubana. Estas cuartillas permiten juzgar, comparar las verdades de un hecho, comprobar la intolerancia y el desprecio al que se vieron sometidos él y millones de cubanos.

Piñera es testigo hábil y congruente a la hora de relatar las circunstancias en las que vivió durante sus últimos años, esos que coincidieron con una “revolución” que lo aisló y lo obligó al silencio y al ostracismo. Una de las bondades de este tomo es el hecho de que aporta credibilidad a una parte de la historia de Cuba que fue callada. Virgilio habla con exaltada sinceridad de hechos que algunos no vivieron. Escribió cartas para abrirse con el amigo y para salvarse de tanto dolor, sin conocer que muchos años después serían testimonio de toda una época de la historia cubana. Este es el testimonio inmediato de un hombre sufrido y marginado, del hombre que estuvo muerto, aunque conservara algo de su vida.

No hay dudas de que cuando se cierre este tomito habrá que dar un poco de razón a Raphael, quien creía que a veces llegan cartas con sabor amargo, con sabor a lágrimas, y también tendremos que dar gracias a Thomas F. Anderson, y a la Universidad de Pittsburg por este empeño.




Virgilio Piñera, el más grande de mis héroes

Virgilio Piñera (encaribe.org)
Virgilio Piñera (encaribe.org)

LA HABANA, Cuba.- Él no se levantó en la Demajagua el 10 de octubre ni gritó en Yara: ¡Viva Cuba libre! Virgilio no escoltó a Canducha Figueredo cuando Bayamo la contempló vestida con los colores de la bandera insurrecta, tampoco fue ofensiva o retaguardia en el enfrentamiento de Las Guásimas y mucho menos estuvo enrolado en la Protesta de Mangos de Baraguá. Nunca sería reclutado por Céspedes, ni por Gómez o Maceo, pero sigue siendo el más grande de mis héroes.

Otras serían sus batallas… las primeras debieron ocurrir en Cárdenas, en su casa de la calle Mijala, donde transcurrió su primera infancia. Esas incipientes beligerancias pudieron acontecer en el sótano de aquella morada hecha de tabloncillos. En ese sitio, alejado de la mirada de los otros, pudo jugar Virgilio a “las casitas”. Era allí donde escondía a Fabiola, su muñeca, a la que quizá amamantó alejado de la mirada de sus progenitores y con la complicidad de su hermana Luisa.

En ese espacio aislado el muchachito amanerado preparó sus representaciones teatrales. Desde niño tuvo conciencia de que algunas cosas debían mantenerse en secreto. Debió ser por esos días cuando se enteró de que los márgenes le estaban destinados, y desde ellos enfrentó la vida. Escondido debajo de una cama, lejos de bates y pelotas, leyó el Sitio de la Rochelle. Fue allí donde conoció a Los tres mosqueteros. En aislamiento conocería a los hugonotes y la crueldad de las guerras. Debajo de una cama, escondido, tuvo noticias de la muerte del barón de Chantal, el padre de Madame de Sevigne, aquella escritora que tiempo después leería con cierto entusiasmo. Esos que habitaban las páginas de algunos libros fueron sus primeros héroes.

Y no dudo que también hiciera reverencias a algún famoso guerrero. Quizá se interesó en Alejandro Magno, y quien puede dudar que imaginara al héroe enredado con Bagoas. Es posible que escudriñara  en los acontecimientos de algunas batallas famosas, que hurgara en las estrategias de sus guerreros, que disfrutara pronunciando el nombre de algunos escenarios bélicos: Termópilas, Lepanto, Bicoca, pero sus verdaderos héroes no serían armados guerreros. Entre sus titanes estarían el raro de Raymond Roussel, y Boecio, Chateaubriand, Gogol, Rimbaud, Baudelaire, Proust, Melville, Dickens, Quevedo, Kafka…, esos que eran capaces de crear mundos insospechados serían sus héroes más reverenciados.

La literatura fue su gran campo de batalla, y a ella le dedicó todo el tiempo y todas sus fuerzas, a pesar de las adversidades que ganara en su ejercicio. La escritura le trajo admiradores y un montón de detractores, pero no dejó de escribir, y hasta tuvo la valentía de enfrentar a los que estaban mejor establecidos. Con ellos tendría sonados enfrentamientos, lo mismo públicos que epistolares. Todavía se recuerda aquella explicación que le provocó la obra de la Avellaneda y el malestar que despertó en José María Chacón y Calvo.

Poco le faltó para vivir en la indigencia, pero siguió siendo fiel a su destino, e hizo revistas y publicó libros después de empeñar su trajecito, pero se negaba a hacer un periodismo que lo alejara de lo que realmente se había proyectado. Mañach y Baquero fueron centro de sus críticas. Virgilio prefería pedir algún dinerito a sus amigos mejor establecidos que hacer alguna concesión.

A escasos meses del triunfo del 59, exactamente en el mes de marzo, escribiría Piñera a Fidel Castro; en aquella misiva que publicara Prensa Libre, le hacía saber, a quien por esos días era Primer Ministro, de la mesa redonda que se celebraría en CMQ y en la que se trataría la posición del escritor en la nueva Cuba, perspectiva que para él era muy diferente a la de los profesores y los periodistas. El escritor reclamaba el reconocimiento que, suponía, debía disfrutar el gremio. No tengo noticias de que recibiera alguna respuesta. Nadie iba a hacer caso a ese homosexual despampanante, a ese provocador.

Puedo suponer sus molestias después del ataque que le propinó Raúl Roa en la televisión nacional tras la aparición de un texto que Virgilio publicara en Lunes de Revolución, en un número en el que se hacía homenaje a Rubén Martínez Villena, aquel en que llamara cursi al poeta revolucionario. Después de tal “atrevimiento”, un iracundo canciller lo llamaría escritor del “género epiceno”; de esa manera aludía a la homosexualidad del gran escritor.

Así le fueron las cosas a mi héroe en la última Cuba que le tocó vivir. Debió ser grande el espanto que sintió cuando un hombre tan poderoso lo atacara de esa forma, y en la televisión. Luego vendrían aquellas largas jornadas que sucedieron a la censura de PM, aquellas discusiones en la Biblioteca Nacional en las que Virgilio fue el primero en pronunciarse. Fue allí que contó de su preocupación ante la posibilidad de que el gobierno dirigiera la cultura, lo que se especulaba en los círculos literarios… Fue allí donde habló del miedo.

Sus palabras fueron las más conmovedoras de todas las que se pronunciaron en esas jornadas. Conmovedor fue descubrir el pánico que asistió al escritor en su diálogo con Fidel Castro. Virgilio, hombre inteligente y locuaz, se tornó escurridizo, inexacto. Farragoso sería su discurso, y más caótico cada vez que era emplazado por Fidel. No caben dudas de que tenía miedo, mucho miedo. ¿Y cómo no tenerlo si el hombre más poderoso de la isla lo confrontaba? Sin dudas el amaneramiento del escritor debió molestar mucho a Fidel. Y cada vez le iría peor. Piñera debió agitarse ante la certeza de que sobrevendría un mal mayor e inminentes dolores.

Y así fue. Bien conocida es la violenta reacción que provocó en Ernesto Guevara el descubrimiento, en un salón de la embajada cubana en Argelia, de un tomito que reunía algunas piezas teatrales de Virgilio Piñera. “¿Quién coño lee aquí a ese maricón?” Así chilló el colérico guerrillero, y lanzó por los aires los dramas de Virgilio. Para Piñera no había espacio en Cuba, ni siquiera en la república letrada, así lo dejaba bien claro el extranjero. ¿No era esto más que suficiente para que el miedo no lo abandonara?

Incontables fueron los desprecios que sufrió. La revolución decidió reprimirlo y lo encerró en el Castillo del Príncipe tras aquella batida a los pederastas, proxenetas y prostitutas, que conocimos como “La noche de las tres p”. Allí estuvo encerrado todo un día, y no tengo noticias de que aquella joven revolución, o esta ya tan vieja, se avergonzaran por tanta injuria. Nadie se disculparía con él, cada día sería mayor el ostracismo. No le dejaron, como diría el mismo, ni un huequito para respirar.

Aunque no le prestaran la más mínima atención, Virgilio siguió dando guerra. Escribió, aunque no lo publicaran, aunque no representaran sus obras teatrales. Y no hizo nada para esconder su homosexualidad. Se cuenta enfáticamente que no dejó de chillar: “¡Mesopotamia, Mesopotamia!”, cuando veía acercarse a un hombre bello, y no abandonó su lioso espíritu, y escribió, siguió escribiendo aunque tuviera la certeza de que no sería publicado.

El escritor murió en medio del más oscuro ostracismo, quizá porque no combatió en el Moncada, ni se alistó en un ejército que diera batalla en Alegría de Pío o en el Jigüe. Piñera no estuvo bajo el mando de Guevara en la Batalla de Santa Clara ni en el descarrilamiento del tren blindado. Su muerte sería dada a conocer con una nota bien escueta que publicó Juventud Rebelde cuando ya estaba enterrado.

Sus censores no contaron con el interés que despertaría su obra en las generaciones más jóvenes. Sus libros siguieron leyéndose en secreto y con creciente interés. Su nombre corre hoy de boca en boca en los corrillos literarios. Aquel miedo que le provocaron las primeras medidas revolucionarias en el ámbito de la cultura y la conversación en la biblioteca con Fidel Castro son saludados hoy con entusiasmo creciente.

Este 4 de agosto se cumplieron 104 años de su nacimiento, pero ningún medio oficial lo mencionó. Es posible que estuvieran muy ocupados en otros onomásticos. Yo le hice algunos guiños. Este cuatro de agostó volví a hurgar en sus libros. Leí de un tirón Un jesuita de la literatura, y también visité algunas páginas de mi novela Fumando espero, de la que él es protagonista. Y volví a tener la certeza de que no me equivoqué cuando decidí dejar claro en la portadilla de ese tomo, y con letra de imprenta, que Virgilio Piñera es el más grande de mis héroes.

Este cuatro de agosto, como cada día, me senté a escribir escoltado por un retrato suyo que me acompaña desde hace muchos años, ese que antes coloqué detrás de mi cama, en ese sitio en el que los católicos acostumbran a poner el Sagrado corazón de Jesús, y que ahora, mientras escribo, está a mis espaldas, y hasta tengo la esperanza de que escudriñe, desde su altura, en las páginas que escribo, que haga muecas irónicas, que deje escapar alguna sonrisita.

Jamás conversé con él. Nunca lo tuve cerca, pero me acompañan sus libros, el retrato que escolta mis largas horas de escritura. De él prefiero sus humoradas, como aquella que ocurrió también en esos días de la Biblioteca Nacional. A pesar de su miedo, su maledicencia no se aplacaría; se cuenta que Bola de Nieve hizo un largo y laudatorio discurso sobre la revolución, tanto que Virgilio no pudo contenerse, y se le escapó una pregunta que fue escuchada por los más cercanos: “¿Y este se cree la viuda de Robespìerre?” Así de impenitente era.




Una mirada al Año Virgiliano que quedó atrás

LA HABANA, Cuba, enero, 173.203.82.38 -Terminado el mes de enero, seguramente Antón Arrufat debe haber tenido varias semanas de alivio después de que quedó por fin atrás el llamado Año Virgiliano, porque durante todo 2012 —y ya desde antes— había tenido que pasar por un constante acoso de comentaristas de los medios, académicos, organizadores de eventos y todo tipo de gente, para que hablara con motivo del centenario de Virgilio Piñera, de quien fuera amigo y de cuya obra ha sido incansable promotor y estudioso. El alivio también se debe, acaso, a que ya no queda mucho nuevo que decir. Acaso. Porque la obra de Virgilio Piñera no parece agotada ni mucho menos.

El caso no es que Virgilio no alcanzó a ver en vida ningún tipo de rehabilitación, sino que el mismo régimen que lo condenó sin dar la cara jamás sigue en el poder todavía. Un régimen que se puede dar el lujo de organizar celebraciones o de prohibirlas. Y no es solo que los muertos ya no opinan. Es que hay muertos que siguen siendo incómodos porque, de algún modo, siguen “opinando”. De manera que no podemos esperar este año ninguna gran celebración por los setenta años del nacimiento de Reinaldo Arenas, ni en 2015 se celebrarán diez años de la muerte de Guillermo Cabrera Infante, por la sencilla razón de que se declararon enemigos acérrimos de Fidel Castro y lo culparon del desastre cubano. Claro que Virgilio Piñera merece honores. El problema es que resultan vergonzosas las celebraciones organizadas por un gobierno a sus víctimas, que además son celebraciones muy selectivas.

El caso clásico es José Martí, el mayor demócrata de nuestra historia, el Apóstol no solo de la independencia de nuestro país, sino de la misma República de Cuba, el Apóstol de la democracia cubana, del pluripartidismo, de la convivencia de opiniones diversas, de la total libertad de Cuba. Este año se festeja el ciento sesenta aniversario de su nacimiento, se explota su imagen, se abusa de algunas de sus ideas sacadas de contexto, se hace un recordatorio puramente político, eludiendo o torciendo sus nociones más lúcidas, negando el significado real que quiso darle Martí a frases como “con todos y para el bien de todos”.

Concluyó, en fin, el “jubileo virgiliano” y resulta simpático hablar de “jubileo”, palabra que proviene de una expresión hebrea (“año del ciervo”) y que luego se convirtió en sinónimo de indulgencia, dispensa, perdón, concesión, y también de conmemoración, celebración, solemnidad. Todo eso ha sido el “jubileo virgiliano”: celebración, conmemoración, así como indulgencia y concesión. El escritor condenado en vida ha sido finalmente perdonado por completo a treinta y cuatro años de su muerte.

Cuenta María Matienzo para Havana Times que en el pasado año fue invitada a un evento en homenaje al escritor y que en su ponencia llamó “verdugos” a los funcionarios que infundieron miedo en el escritor, preguntándose ella cómo estarían sintiéndose con tanto festejo. Luego, sigue contando Matienzo, se le acercó un señor que no gustó del término “verdugo” y le dijo que “había que analizar las cosas en su contexto”. Ella no le replicó nada, pero pensó que si, como a ella le pareció, el señor —uno de “ellos”— estaba buscando perdón, pues que lo perdonara Dios. Quizás lo que el hombre quiso decirle era que él, como todos los de su especie, estaba cumpliendo órdenes en aquella época. Claro, el caso es que eso es lo que hacen todos los verdugos del mundo en todas las épocas: cumplir órdenes. Como la “justa obediencia” de los militares.

En la novela del colombiano Juan Gabriel Vásquez se lee, en torno a los festejos por el centenario de la muerte del poeta José Asunción Silva: “A la clase dirigente de nuestro país, farsante y embustera, siempre le ha gustado apropiarse de la cultura. Y así va a pasar con Silva: se van a apropiar de su memoria. Y sus lectores de verdad pasarán todo el año preguntándose por qué carajo no lo dejarán en paz”.

No cabe duda de que Virgilio Piñera merece todo homenaje que se le rinda, pero también es cierto que todas las celebraciones del pasado año fueron utilizadas por el gobierno para mejorar su propia imagen, para no confesar su responsabilidad en lo que hizo con la vida de él y la de tantos otros. “Ningún Estado tiene derecho a administrar o manipular su posteridad”, escribe el escritor y ensayista Jorge Luis Arcos sobre este tema, “cuando le negó en vida justamente lo más preciado: la comunicación directa con su público”.

Y a pesar de esa vida pública negada, resulta conmovedor que Piñera —que se resistía a que lo vieran como “maestro”— hubiera durante su existencia impresionado e influido tanto en escritores más jóvenes que vieron en él la práctica de una especie de “sacerdocio”, inclaudicable incluso en los años más negros de su vejez. Abilio Estévez habla de su “propensión natural a convertirlo todo en maravilla, en fábula, en mito”, y asegura convencidamente: “Nunca he conocido a nadie que viviera, como él, en la literatura. A su lado, todo se convertía en literatura, todo alcanzaba una dimensión diferente”.

Tras su muerte, el silencio sobre su obra continuó, pero desde finales de los ochenta y durante los noventa varios escritores —Arrufat, Estévez, Antonio José Ponte, Rolando Sánchez Mejías, Víctor Fowler, entre otros—, comenzaron a presionar a favor de su rescate con estudios sobre su obra y, como dice Rafael Rojas, reaccionaron “críticamente a la reivindicación oficial de Orígenes, bajo los criterios estéticos e ideológicos de Cintio Vitier, figura que ocupó, en aquella década, un lugar central en el aparato de legitimación del socialismo cubano”. No obstante, el ensayista Rojas insiste en que “por medio de Arrufat, un legado como el de Virgilio Piñera —de difícil asimilación en una cultura machista, católica y marxista como la cubana, por sus acentos vanguardistas, laicos y heterodoxos— se erige en tradición”.

Entre las novedades editoriales del Año Virgiliano estuvo la aparición de dos libros que nos acercan mucho a la existencia de Piñera, publicados en 2011 por Ediciones UNION. Uno de ellos, Virgilio Piñera, de vuelta y vuelta. Correspondencia 1932-1978, contiene numerosas y muy valiosas cartas cruzadas con su hermana Luisa, con Lezama Lima, José Rodríguez Feo, Antón Arrufat, el argentino José Bianco, el polaco Witold Gombrowicz, aunque, por desgracia, el volumen nos deja un regusto amargo por la notabilísima escasez de correspondencia perteneciente a los años setenta. Es posible que en esa década escribiera menos cartas que antes, como también es posible que no fuera posible conseguir muchas para esta edición, pero resulta asombroso que solo se hayan incluido, de sus últimos nueve años, una epístola de la Nochebuena de 1974, otra de noviembre de 1976, otra más de julio de 1977 y una última de diciembre de 1978. Sin embargo, vale la pena la lectura porque podemos encontrar algunas frases suyas inolvidables, como cuando le dijo a su hermana: “Estoy en la posición del que habiendo salvado el abismo sólo le queda su hazaña”, o cuando le escribió a Arrufat, con una mezcla de absurdo condenamiento kafkiano y de auto burla: “Ocurre que no me gusta estar todo el tiempo en una misma prisión y cada cierto tiempo elevo a la Superioridad un escrito pidiendo que me transfieran de mazmorra”. Por cierto, estas tres frases son de antes de 1959.

El otro libro a que me refiero es Virgilio Piñera en persona, de Carlos Espinosa, aparecido originalmente en 2003. Aquí leemos testimonios de primera mano e importancia excepcional, ya que muchos fueron recogidos hace muchos años, cuando aún vivían algunas de las personas que más y mejor conocieron a Virgilio, que fueron parte de su familia o de sus amistades. Incluso se recogen fragmentos autobiográficos inéditos. En este libro sí podemos atestiguar más de cerca —en voz de otras personas o del mismo escritor— cómo fueron sus últimos años, cómo se sintió, de que manera vivía, en qué pensaba. La entrañable relación con su hermana se muestra desde la más temprana juventud y las declaraciones de ella tienen un valor incalculable, así como también lo que Virgilio le escribía. “Para mí la vida no es mejorar o empeorar… Es solamente pasar, ser, existir, comprendiendo nada del mundo porque creo que la vida no tenga nada que haya que comprender, ni que tenga un sentido directo. No hay una vida mejor que otra; lo que hay es un baño mejor que otro, una comida mejor que la otra”, le dice en una ocasión. En otra: “Puedes tener la seguridad que si fracaso de ahora en adelante será por otras causas menos por no haber sabido moverme a tiempo”. O en esta: “Hasta ahora he escrito con la soberbia y espero ese día glorioso y amargo en que escribiré con la humildad. En ese día sabré de sobra mi destino más verdadero”. Antón Arrufat recuerda cómo se lamentaba en sus últimos años: “No me han dejado ni un huequito para respirar”. Según Abilio Estévez, “su frase para saludar era: ¿Y de mi Cuba qué?” Yoni Ibáñez narra en su testimonio cómo a Piñera las autoridades “le dijeron que su influencia era perniciosa para los jóvenes y que, por lo tanto, le prohibían tener contacto con estos. Para él fue un golpe del cual nunca se pudo recuperar, y hasta su muerte vivió en un permanente estado de terror”.

En Vidas para leerlas, Cabrera Infante rememora el encuentro que tuvo en París con Virgilio y cómo Carlos Franqui le pidió al friolento hombrecito que no volviera a Cuba usando cualquier excusa. Sus amigos en Europa lo ayudarían. “En todo caso el invierno en Europa sería amable comparado con el infierno que se organizaba en Cuba. Franqui sabía que se preparaba en La Habana una persecución contra los homosexuales tan minuciosa que convertiría la Noche de las Tres Pes en un accidente chabacano”, escribe Cabrera Infante, y relata que Virgilio se echó a llorar insistiendo “en que quería regresar pasara lo que pasara, que él podía soportar el encierro, la cárcel, el campo de concentración, pero no la lejanía de La Habana”. Y ya sabemos lo que comenzó a ocurrir en su vida poco después de su regreso a la ciudad que lo hechizaba hasta tal punto.

Fotografía trucada publicada en 2009 por La Habana Elegante

Por eso, de cierta manera resulta asombrosamente ridícula la ligereza de algo ocurrido con una fotografía trucada (dos fotos hábilmente unidas, una de Piñera y otra de Fidel Castro) publicada en 2009 por La Habana Elegante. En un artículo, Antonio José Ponte, habla del significado humorístico y cuestionador de la fotografía y, en fin, de lo sucedido en medio de las celebraciones virgilianas. Un ejemplo del delirio en que con tanta facilidad caen los medios oficiales cubanos: en un artículo del blog Segunda Cita y en un noticiario cultural de la televisión cubana se utilizó la fotografía trucada de La Habana Elegante como verdadera. “No era entendida, por supuesto, como caricatura”, dice Ponte, “sino como un precioso documento histórico, el único retrato disponible de Virgilio y Fidel”. Y añade: “la mixtificación de La Habana Elegante cobraba visos de oficialidad, circulaba con la misma convicción de tantas fotografías históricas de las que desterraran figuras. Empezaba a convertirse en propaganda y, a ese paso, llegaría a engrosar la iconografía del Comandante”.

En definitiva, eso hubiera divertido, tal vez, a Virgilio Piñera, gustador de la polémica y el absurdo y defensor, como asevera Jorge Luis Arcos, de “una suerte de poética de la invención incesante”. No obstante, el otro incluido en la foto trucada, Fidel Castro, si pudiera mirar algún día la realidad futura de este país, no hallaría ningún motivo de diversión porque, pese a todo lo que quiso hacer creer que creía —y como siempre había leído en los libros de historia—, tendría que presenciar cómo pasan los Estados y los Imperios, incluso los más poderosos y ávidos de duración, pero no pasan, en palabras de Arcos, “el testimonio de una persona, no la palabra, no el ansia de libertad ni la fe en la imaginación de un escritor”.




La Galaxia Virgilio

Virgilio Piñera

Virgilio PiñeraLA HABANA, Cuba, octubre, 173.203.82.38 -Apenas quedan 3 meses para que el año del centenario de Virgilio Piñera (1912-1979)  termine. Su centenario ha sido un buen pretexto para testificar públicamente sus grandezas, pero quedarán muchas cosas por decir. El año del centenario de su natalicio, ha sido eje de tardías reediciones de libros, encuentros, conferencias y coloquios internacionales, algunos organizados por su amigo y albacea literario Antón Arrufat.

Piñera fue un hombre que alentó revoluciones desde la estética literaria. Para el todo un pueblo podía morir de luz, como podía morir de peste. Las conmemoraciones obligan a sanos ejercicios de revisitación del pasado y la memoria. La literatura fue para él un buen pretexto para asomarse a los lados oscuros de la vida. Bordeó los abismos de la intolerancia y los desgarramientos y siempre intentó iluminar el lado más secreto de sus angustias.

Al igual que su amigo Arrufat, se sintió “duquesa sin trono”, en los principales ambientes de la vida literaria y social habanera de los 60, cuando nadie escuchaba. Su manera de ser era vista en los pastos de la revolución como una conducta impropia que amenazaba la formación del hombre nuevo. La intolerancia y la homofobia son piedras incómodas que soportó hasta el final de su vida. La política de los “parámetros” intentó asfixiar la naturaleza de su espiritualidad creativa.

Fue un hombre triste que se pasaba la vida alegre, pero las penas en él supieron nadar. Durante muchísimo tiempo permaneció anclado en la acera de la sombra. Al igual que muchos, se convirtió en un clavo ardiente en el cráneo de los censores. Parafraseando a Arturo Arango, él escogió la literatura y la marginalidad pues ambas implicaron un espacio de libertad, ningún homenaje, ninguna celebración, debe buscar “normalizar” a Piñera. Eligió como soporte de vida la literatura y la marginalidad, sin traicionarse a sí mismo. No enmascaró sus emociones, abiertamente tembló de espanto, y a pesar de los caminos empedrados intentó ser un hombre feliz.

Creo que a Virgilio no le hubiera gustado formar parte de la membrecía de una comunidad como la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) en la cual  muchos hoy se ajustan la corbata del silencio, piden en voz alta borrón y cuenta nueva y despliegan nuevas banderas sin dolor. Aun en la Cuba contemporánea, treinta y tres años después de la muerte de Virgilio, reinan la intolerancia y la censura; la “parametración” continúa latente y de vez en cuando amenaza con emerger, pues  se retrasan las necesarias respuestas a los conflictos de hoy.

No he escuchado a nadie desde la esfera pública de la intelectualidad hablar de la famosa noche de las tres P (putas, pederastas y proxenetas) en la que Virgilio fuera una de las víctimas, ofendido y humillado por los celosos guardianes de la moral en el paraíso socialista.

Su centenario ha permitido que, tímidamente, se descongele una parte de su memoria, pero hubiera sido un buen pretexto para revisitar las tensiones de aquellas polémicas de los años 60, en las cuales chocaron generaciones e ideologías. Aun muchos desconocemos la áspera correspondencia cruzada entre Jorge Mañach y Virgilio, a principios de los 40, así como los duelos intelectuales entre él y el sargento Retamar, en los 60.  Su particular e intensa amistad con el escritor argentino Jorge Luis Borges es motivo de silencio.

Fue un hombre muy marcado por el espectáculo de la tormenta revolucionaria, sintió miedo de que el valor de las palabras fuera reprimido. Era visto como una planta parásita y fue humillado por homosexual y pagano, por una sociedad en la cual continúan vigentes los prejuicios.

Seguramente Virgilio, si estuviera vivo, andaría merodeando por los laberintos de la Habana Rosa de hoy, tendría reservada una luneta en la Isla del Golfo, se perdería  en la maleza de la Potajera y recorrería todo el kilometro 0, a la caza de un joven centauro.

Su muerte sobrevino como un golpe bajo, pero su obra continua siendo imprescindible si se quiere hablar de literatura cubana.

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Piñera: la revolución a su modo y en las letras

LA HABANA, Cuba, octubre, 173.203.82.38 -Últimamente, a propósito del centenario de Virgilio Piñera, intentan convencernos de que el autor de Electra Garrigó, a pesar de todo,  siempre estuvo dentro de la revolución.

Como antes hicieron con Lezama, al citar hasta la saciedad aquel poema del Ángel de la Jiribilla y el anillo en el fondo de la fuente, ahora tratan de sacar partido a ciertas anotaciones  halladas en la papelería inédita de Piñera, como en la que expresó: “Elegí sin vacilar la revolución por ser ella mi estado natural”. U otra en que aseguraba: “La revolución me ha dado carta de naturaleza”.

En esos mismos apuntes, destinados a una autobiografía que nunca concluyó, Piñera explica claramente a qué revolución se refiere: la que a su modo, hizo en las letras. Siempre la hizo, desde mucho antes de 1959. Fue intolerante con la cultura de salón, las mediocridades del mundillo literario,  la poesía provinciana de los juegos florales, el snobismo, la vida burguesa, el machismo, la moral al uso, pero sobre todo,  el ideal de nación que nos hicieron -y nos quisimos- creer.

Una de las obsesiones de la obra de Piñera  fue mostrar que las urgencias primarias pesan más que las consignas o los discursos grandilocuentes; que finalmente siempre pensamos más con el cuerpo que con los ideales.

Hay  verdades que no son fáciles de escuchar, por muy universales que sean. ¿Se imaginan que un cubano, pretenciosos y machistas como somos, con toda la historia teleológica que nos han inculcado, con tanto Martí, Maceo y Fidel a cuestas,  acepte que piensa más con la barriga, los genitales o el culo que con el cerebro? ¡Y que sea un maricón, por muy intelectual que fuese, quien viniera a echárnoslo en cara y a propalarlo a los cuatro vientos!

¿Cómo los comisarios castristas iban a asimilar en la cultura revolucionaria  las broncas, bretes y chanchullos -no siempre literarios- de “una loca” que negaba absolutamente todo?

La vida de Virgilio Piñera, desde los tiempos de la revista Espuela de Plata y hasta el casi secuestro por la policía política de su cadáver en una funeraria habanera,  fue una guerra de resistencia. El ninguneo de su obra durante la república  le sirvió de entrenamiento para resistir el Decenio Gris, cuando los segurosos no le perdían pie ni pisada en su apartamento del Vedado  o cuando asistía a las tertulias semiclandestinas –la Ciudad Celeste- de Johnny Ibáñez en Mantilla,  en los teatros no ponían sus obras y lo único que le publicaba el Instituto Cubano del Libro eran sus traducciones del francés de poemas de Ho Chi Minh o de escritores africanos.

Ahora insisten en la incómoda e inasimilable marginalidad –que no la marginación que realmente fue- de Piñera como un modo de explicar  y justificar el ostracismo a que fue sometido por el régimen revolucionario. Lo que es peor, casi habría que agradecer a ese ostracismo,  según el escritor Arturo Arango (La libertad de Virgilio Piñera, La Gaceta de Cuba, julio-agosto 2012), que Piñera haya disfrutado “de uno de los mayores espacios de libertad posible”.

“Ningún homenaje, ninguna celebración, debería normalizar a Piñera, reducir esa libertad”, afirma Arango. Y tiene razón. El propio Piñera estaría de acuerdo. Al ver como los comisarios-buitres y los escribas oficialistas  no lo dejan en paz tampoco ahora, seguramente vuelve a sentir miedo.

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La carne herida de Virgilio

LA HABANA, Cuba, junio, 173.203.82.38 -En medio de las celebraciones y eventos en homenaje al escritor Virgilio Piñera, por su centenario, inauguran ahora un coloquio que lleva su nombre y que sesionará en el Aula de Conferencias de La Habana Vieja, donde estuvo enclavada la primera universidad cubana.

Invitados de países europeos y latinoamericanos, escritores y traductores de la obra virgiliana, animarán este evento. La tarea de “limpieza” de la imagen del hostigado y ninguneado poeta, dramaturgo y narrador cubano, continúa con esa obstinación propia de los burócratas y los oportunistas.

Convertido en uno de los mitos de la literatura cubana del siglo XX, Piñera, el escritor y el hombre, será diseccionado en esta reunión de especialistas, donde, según se anuncia, estudiarán su vida íntima.

Si su corazón hubiera resistido el ostracismo al que fue condenado. Si las heridas en su carne más íntima no hubieran dolido tan profundamente, quizás Piñera, en el presente, pronunciaría un discurso de agradecimiento en el que haría gala de la ironía y el absurdo que tan magistralmente manejó.

Pero para conveniencia de las autoridades que hoy ensalzan a quien ayer despreciaron, Piñera está muerto. Sus restos, que descansan en el Cementerio de Colón, deben removerse inquietos ante la mezquindad de este nuevo homenaje a destiempo.

Virgilio Piñera escribió una obra en la que se burla de la mediocridad, la insensibilidad, la desidia de nuestra sociedad, sobre todo en los años 50 y 60. Si los gobernantes cubanos hubieran tenido más inteligencia y menos prejuicios, lo habrían mimado, igual que a Nicolás Guillén, por el carácter transgresor de su obra y por la visión descarnada del pequeño burgués que contienen sus textos.

Ignoro si en el coloquio sobre su obra y su persona, habrá espacio para destacar cuánto debió sufrir el escritor al ser encarcelado en la tristemente célebre “noche de las tres P”, cuando pájaros (gays), prostitutas y proxenetas fueron a parar a las estaciones de policía, todos juntos, maltratados, abusados y humillados en una redada policiaca.

No obstante ser el dramaturgo más importante de Cuba, Virgilio Piñera no tuvo la oportunidad de recibir ningún reconocimiento en vida. Cometió dos pecados imperdonables para el régimen: ser homosexual y no aceptar que el poder político le dictara su forma de pensar y de escribir.

Mientras no haya una muestra de arrepentimiento sincero, coherente y sostenido, que se manifieste, con hechos, ante los miles y cientos de miles de seres corajudos y valientes que al igual que este gran escritor sufrieron por no esconderse detrás de una máscara de hipocresía y doble moral, y prefirieron asumir su verdadera orientación sexual y política, seguirán intactas las huellas de la ofensa de los comunistas a Virgilio Piñera.




Los dramas de Virgilio

Virgilio Piñera con María Zambrano en Roma.

Virgilio Piñera con María Zambrano en Roma.
Virgilio Piñera con María Zambrano en Roma.

LA HABANA, Cuba, febrero, 173.203.82.38 -Como en el 2012 se conmemora el Centenario del nacimiento de Virgilio Piñera (Cárdenas, 4.8.1912 – La Habana, 18.10.1979), existe un programa de homenajes, ediciones completas y reposición de sus dramas y tragedias. Muy justo, pues desde 1961 hasta su muerte Virgilio siguió escribiendo mientras sobrevivía como traductor de francés, pero sus piezas teatrales dejaron de ser representadas, sus cuentos, poemarios y dramas no fueron editados y hasta su nombre despareció de las revistas y periódicos.

Hace más de dos décadas comenzó el rescate oficial de la obra literaria de Piñera, pero la mayoría de quienes hablan del autor apenas han leído sus cuentos, poemas, ensayos y, menos aún, sus dramas y tragedias. ¿De qué hablan entonces? Pues de su condición homosexual y aspectos de su personalidad como los duelos verbales con los críticos, sus respuestas sarcásticas y nimiedades acerca del traje que usaba, el paraguas, los cigarrillos y hasta del miedo o, mejor aún, de su honestidad intelectual frente a los comisarios de la cultura del régimen instaurado por los Castro.

Virgilio Piñera es un mito de nuestras letras, contundente y proteico, renovador del teatro cubano. Como todo creador famoso tuvo su leyenda negra: fama de majadero, intolerante e hipercrítico con la tradición, no con sus discípulos, quienes ofrecieron su perfil humano y las claves para adentrarnos en su legado narrativo y teatral. En este sentido resultan imprescindibles las aproximaciones del crítico Rine Leal y los dramaturgos Antón Arrufat y Abelardo Estorino.

Quien desee conocer o evocar la obra de este autor debiera conseguir las antologías Virgilio Piñera Cuentos completos, de Antón Arrufat, editada en La Habana en 2002 y 2004, y Teatro Completo, ordenado y prologado por Rine Leal –Biblioteca Literatura Cubana, 2002 y 2006-; volúmenes que serán reeditados y presentados en la Feria del Libro de La Habana del 2012, junto a recopilaciones de sus poemas, ensayos y artículos, así como testimonios escritos por amigos y seguidores de Piñera, calificado como intelectual beligerante, conversador agudo y creador del teatro del absurdo – su Electra Garrigó es anterior a La soprano calvo del célebre Ionesco-.

Si el poeta, narrador y ensayista José Lezama Lima, tan excluido como Virgilio durante la revolución, devino tras la muerte en símbolo “del escritor no comprometido” y por eso “conveniente”; Virgilio Piñera, “menos barroco” pero ajeno al “realismo socialista”, resultó “paradigma del teatro contemporáneo” y asumido a regañadientes. Los dramaturgos que percibieron su maestría y significación se sintieron atraídos por los ecos de “su desdén al mundo oficial, su humor corrosivo, su posición de francotirador, su iconoclasta rebeldía y hasta su oscura leyenda de incontables duelos literarios”.

Virgilio, esencialmente teatral, usó la escena como ejercicio mental, válido para descargar la pobreza que marcó a su familia y el entorno provinciano insular. “Soy ese que hace más seria la seriedad a través del humor, del absurdo y de lo grotesco”. Para justificarse adoptó el socorrido papel de víctima propiciatoria y dividió el género humano en elegidos y postergados, instalándose entre los últimos.

Vivió casi una década en Buenos Aires, pero sus dramas son esencialmente cubanos, una cubanía que no viene del bufo ni del teatro didáctico y moralizante, sino del manejo de temas y circunstancias criollas y de diálogos y frases acuñadas por el populacho. Antes de 1959 publicó tres piezas y estrenó cuatro: Electra Garrigó (1948), Jesús (1950), Falsa alarma (1957) y La boda (1958). Después representó cinco títulos, editó nueve en libros y dos en publicaciones periódicas. Fuera de la isla llevó a escena Electra Garrigó, Dos viejos pánicos, premiada en 1968 por la Casa de las Américas; Aire frío y Una caja de zapatos vacía.

Si en ocasión del Centenario de Virgilio Piñera leyéramos algunos de sus dramas estaríamos en condiciones de hablar de sus incesantes búsquedas y experimentación expresiva. Tal vez coincidamos con los críticos que lo calificaron como un dramaturgo de transición que influyó en los teatristas posteriores, o discrepemos de los análisis que sitúan sus piezas en la estética de la negación, las paradojas absurdas, el juego de los espejos y la evasión como resistencia.