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La suerte que no quiero

Víctor Casaus y Fidel Castro

Víctor Casaus y Fidel Castro
Víctor Casaus y Fidel Castro

LA HABANA, Cuba, noviembre (173.203.82.38) – Víctor Casaus es un poeta afortunado. Puede salir de Cuba sin enfrentarse a la burocracia militar de Inmigración y Extranjería que otorga los permisos para salir y entrar al país.

El pasado mes de octubre tuvo el honor de iniciar en el Dickinson College de la ciudad de Carlisle, en Pennsylvania, la 10ma Semana Poética organizada por este centro de estudios.

El historial de Casaus va más allá de sus facultades para construir versos. Aparte del talento para incursionar con cierta fortuna en la poesía, también habría que destacar su cercanía a los círculos de poder.

Ha sido durante muchos años un sumiso y eficiente funcionario al servicio de los jerarcas del Ministerio de Cultura que, salvo puntuales aperturas, siguen usando los mismos instrumentos de coerción para mantener el control de todos los escritores, artistas e intelectuales.

Son muy pocos los que pueden convencer de una completa o parcial independencia, en un medio donde las reglas tienen trazos perfectamente definidos. De una u otra manera los intelectuales cubanos que permanecen en la isla tienen, o han tenido en algún momento, que abjurar de creencias, opiniones e incluso motivaciones para llevar al papel sus respectivas obras, con tal de no caer en la lista negra.

Los métodos para aplicar la censura se escudan en sutilezas que a menudo impiden captar la esencia de una compleja realidad. Esto vale para los estudiosos foráneos  del panorama cultural cubano, sobre todo la cultura posterior a la irrupción de la  revolución, devenida dictadura de corte totalitario.

En estos tiempos casi no se emplea el ostracismo ramplón o la condena pública como castigo a los desobedientes. Bastan “sugerencias” para que se aborden o eliminen determinados temas sociales, políticos o culturales, con otros interlocutores o en los medios de comunicación, preferiblemente extranjeros.

Quizás las órdenes a cumplir en este sentido ofrezcan la posibilidad de tocar asuntos controversiales, siempre desde perspectivas que no afecten la credibilidad de la alta jerarquía. Dígase, el legado de Fidel y Raúl Castro, o la viabilidad del socialismo como sistema.

Es muy difícil sustraerse a este tipo de mecanismo donde la autorización para un viaje al extranjero, el beneplácito para publicar un libro, el hecho de recibir el Premio Nacional de Literatura, un automóvil, premios en metálico, estipendios, una computadora, o el permiso de conexión a internet, corren a cargo de una estructura encabezada por políticos de alto rango y generales del Ministerio del Interior.

Si la situación se torna complicada para el poder, existen las publicaciones con tiradas mínimas y sin campañas propagandísticas, ni otros mecanismos que faciliten la inserción del escritor dentro del ámbito literario nacional.

La “suerte” de Víctor Casaus de participar en el evento poético internacional tiene un precio muy alto.

En el plano personal no tuve ese privilegio, cuando obtuve una beca del Departamento de Literatura de la Universidad de Harvard que me permitiría participar en el curso académico (2010-2011).

La carta de invitación del alto centro de estudios nunca llegó a mis manos. Quedó varada en el Consulado de Cuba en Washington, en la Consultoría Jurídica Internacional en La Habana o en alguna oficina del Ministerio del Interior. Sin ese documento me fue imposible realizar los pertinentes trámites migratorios.

Esa “suerte” del poeta-funcionario será apenas una minúscula evidencia de sus cuestionables lealtades, cuando aparezcan en los futuros libros de historia los puntos oscuros de una intelectualidad que, con muy pocas excepciones, optó por el silencio, la doble moral o el pacto con los regentes de este engendro que insisten en llamar revolución cubana.

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