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Retos del envejecimiento en Cuba

LA HABANA, Cuba, diciembre, 173.203.82.38 -La Oficina Nacional de Estadísticas de Cuba (ONE), con la colaboración del Centro Latinoamericano y Caribeño de Demografía (CELADE)-División de Población de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) y la Oficina del Fondo de Población de Naciones Unidas en Cuba, ha confirmado la tendencia de decrecimiento poblacional durante el período 2006 a 2035 en que persistirá el descenso de la natalidad, decrecerá la fuerza laboral y aumentarán los ciudadanos mayores de sesenta años. Con 3,6 millones de ancianos (34% del total poblacional) Cuba alcanzará el triste galardón de ser el país más avejentado de América Latina y el Caribe.

La población actual, de unos 11 millones 200 mil, bajará a 10 753 600, en 2035,  al decrecer en 469 mil habitantes. El capital laboral potencial actual, comprendido de 15 a 59 años, asciende a 7,3 millones pero caerá en más de millón y medio hacia 2035.

El aumento de la edad de jubilación hasta los 65 años los hombres y 60 las mujeres solo ha servido para aletargar el frágil equilibrio en la ruptura laboral generacional hasta el quinquenio 2020-2025, en que quedará rota la subyacente armonía.

A la adversa situación demográfica se suma otra complicación en el entramado social. Hay registrados 130 mil dementes, cifra que puede alcanzar el 2,3%, con alrededor de 300 mil pacientes, en 2040, si no se ejecutan las medidas de prevención, educación y tratamiento sistemático de los pacientes, incluida esmerada atención por la familia y la sociedad, como expuso el doctor Juan Llibre Rodríguez, presidente de la Sociedad Cubana del Alzheimer, en el V Congreso Iberoamericano sobre la Enfermedad de Alzheimer, efectuado en octubre en La Habana.

Es presumible que más allá de controles estadísticos el número de enfermos mentales pudiera ser mayor. A veces por mal diagnóstico  se confunden enfermedades mentales con trastornos comunes del envejecimiento, incluidos los relacionados con el extendido alcoholismo, en sí mismo una enfermedad mental. El vulgo, al desconocer las manifestaciones clínicas, generaliza la  conducta  del enfermo mental  como “manías de viejos”, y la del alcohólico como “cosas de borrachos”, lo que lleva al menosprecio, la confusión y la desatención clínica. No siempre la atención médica de las personas con Alzheimer es sistemática, peor si los enfermos están desamparados por la familia y la sociedad.

Si las cosas siguen coma van, dentro de veinte años el 34% de la población cubana tendrá 60 años o más; declive peligroso hasta para la existencia misma de la nación. La única solución sería revertir el acentuado desbalance entre los que nacen y los que mueren o se van.

Se hace indispensable que haya pronto real prosperidad y libertades públicas en Cuba, para que la gente quiera procrear, trabajar y vivir en su suelo natal y cese la ininterrumpida noria del abandono del país por muchos de sus ciudadanos para radicarse en el extranjero.




El agujero negro del olvido

LA HABANA, Cuba, octubre, 173.203.82.38 -Cuando el ex-oficial de las SS,  Klaus Barbie, conocido como el “carnicero de Lyon” fue juzgado por crímenes de guerra y contra la humanidad, ya era un anciano de 74 años que inspiraba lástima.

Fidel Castro exporta el mismo sentimiento cuando se le ve desgarbado, con la osamenta dibujada bajo su chaqueta deportiva y hablando con balbuceos; tal vez, esto motiva a los publicistas del Comité Central del Partido Comunista a utilizar la bondad de los trucajes fotográficos para amortiguar su omnipresencia.

Fidel, aquel joven estudiante universitario que esgrimiendo una taza de café con leche confesó a sus amigos que sus principales ambiciones eran “el poder y la fama”, se podrá marchar a  la tumba con el consuelo de haber cumplido sus propósitos; pero el culto a su personalidad cultivado durante 50 años de totalitarismo, está amenazado, a consecuencia de la formidable capacidad de olvido que tienen las masas.

Su nombre ni siquiera se escucha ya en las tertulias callejeras, ni en reuniones familiares. Incluso, en el barrio capitalino del Nuevo Vedado, donde residen una considerable porción de sus prosélitos más allegados y compañeros de armas; evidenciamos cuando transitamos por sus calles que, en las pancartas pro-régimen, las loas han sido desviadas a favor de su hermano Raúl.

Pero el ex-dictador de 85 años depuesto por peritaje médico, se resiste a ser tachado de las memorias e irrumpe cíclicamente con sus artículos “reflexiones”; cuyo objetivo manifiesto no es la cosmovisión, sino  tapar bocas de los que se atreven a susurrar su muerte.

Las exigencias de Castro por conservar el glamur, ha obligado a su entrevistadores a recurrir a recursos innovadores y en la  última entrevista, concedida a un enviado venezolano, trastocó la versión del “cine silente” por un “inanimado sonoro”, a manera de purgante televisivo que precisó a un considerable número de fidelistas a apagar el televisor o cambiar de canal.

Pero el apagón a la omnipresencia de Fidel Castro vendrá fulminantemente el día que se erija un edificio donde hoy perdura un derrumbe; un nuevo central azucarero sobre las ruinas de otro; haya trabajadores con derecho a la huelga y  salarios decorosos; exista el respeto a la propiedad y el libre mercado; prorrumpa la libertad de expresión y prensa; sean disueltas la Seguridad del Estado y las turbas de respuesta rápida; levanten las restricciones y los secuestrados en las isla tengan el derecho a viajar libremente; en fin, cuando se reinicie una Cuba democrática.

Desafortunadamente las ideas por las que vive y morirá Fidel Castro mantendrán partidarios, quienes lo  inmortalizarán a semejanza del lastimoso Klaus Barbie, cuyo modelo aún pervive en las  mentes de los cabezas rapadas.




Compañeros de la triste figura

LA HABANA, Cuba, septiembre, 173.203.82.38 -Apolismados por los palos de la vida, orillados por su condición de sectarios antediluvianos aun dentro de la propia secta, despreciados por la comunidad, que es víctima y verdugo, y, en fin, muertos con los ojos abiertos como pescados en tarima, deambulan por La Habana los compañeros de la triste figura.

Son por lo general mujeres y hombres de edad madura, o francamente ancianos, que, no obstante verse hoy consumidos en cuerpo y alma por el cloro hirviente de la revolución, continúan inventándose motivos para justificar el siniestro.

Y lo que es peor, no renuncian a sus doctrinas. Sobre todo aquella, absurda, criminal, según la cual todo bien colectivo se consigue a costa del mal del individuo.

Uno a veces tiende a odiarlos. Con razón, dado su empecinamiento en no ponerle cotos a la enfermiza vocación de delatores y en no disimular al menos el placer que experimentan procurando la desgracia ajena. Pero basta con echarles un vistazo para que nuestro impulso al odio quede reducido a mera lástima.

Se cuenta que los samuráis, cuyo sentido de la vida radicaba en matar y morir por su señor, prefirieron el honor del seppuku o haraquiri antes que el bochorno de vivir derrotados por la paz y el progreso. No es la reacción de estos compañeros de la triste figura, resueltos a tirar hasta la última afeitada destripando al prójimo.

Saben que sus días están contados, que no hay más futuro para ellos que la pesadilla con la que volverán a soñar esta noche. Así que para actuar en consecuencia, apenas duermen, aprovechando al máximo cada oscuridad y valiéndose del mínimo descuido para vigilar al vecino, al compadre, al pariente… en busca de cualquier argumento más o menos veraz que sirva para denunciarlos.

Difícilmente haya una sola cuadra habanera en la que no sea posible encontrar por lo menos uno. Muy difícil resulta asimismo hallar entre ellos a uno solo que (ignorando la burla pública) se inhiba de “adornar” su pecho con esas ennegrecidas medallas que le acreditan, dicen, como revolucionario de la vieja guardia. Junto a las paredes derruidas, las tuberías reventadas y el hedor infecto de las ciudadelas, los compañeros de la triste figura conforman el paisaje de La Habana en revolución, que sólo da señales de vida cuando bosteza y boquea.

Cayéndose a pedazos, tarados, enroscados en sí mismos, insensibles a todo lo que no sea la supervivencia a cualquier costo, constituyen la imagen de nuestro modelo socialista. Son su vanguardia en tanto representatividad. Igual que las Brigadas de Respuesta Rápida son la retaguardia, digamos la pezuña del alacrán.

Debe ser descorazonador volver la vista atrás, desde la vejez, y no ver sino desilusión y fracaso. Pero nunca lo será tanto como mirar hacia adelante y no ver nada. No en balde inspiran más lástima que odio los compañeros de la triste figura.

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Un hombre ejemplar

LA HABANA, Cuba, septiembre (173.203.82.38) – Francisco Tarragó fue un militante comunista ejemplar. Un “cuadro” honesto, especie en peligro de extinción. Sus cualidades humanas y su postura equitativa cada vez que un compañero sufría las prepotencias e injusticias de los jefes, lo llevaron a ganarse el respeto de todos.

Sufrió prisión durante la dictadura de Batista debido a sus actividades dentro del Movimiento 26 de julio. Después de 1959 pasó a integrar las filas de los leales al nuevo gobierno. Desde entonces, sus compañeros lo apodaron “el cuadro”.

Para elegir, tuvo en sus manos las llaves de varias casas  confiscadas por el gobierno a personas que se fueron del país. Pudo haber elegido un buen apartamento, pero prefirió alojarse junto a su mujer y tres hijos, en una humilde vivienda de dos cuartos en la barriada obrera de Luyanó.

Trabajó en la Dirección Provincial del Partido Comunista hasta los años 90, cuando prácticamente lo obligaron a retirarse. Pero “el cuadro” no se sentó a esperar a que le llenaran la boca. Buscó un trabajo de camarero en la posada (motel) Edén Abajo, en el municipio de Guanabacoa. Un trabajo que le dejó buenas ganancias. También allí defendió de los oportunistas a los trabajadores y se mantuvo siempre al margen del relajo y el libertinaje que en ocasiones se suscitaban en la posada.

Cuando apretó el déficit de viviendas, ante su incapacidad para construir nada el régimen decidió utilizar las posadas de La Habana para albergar a las personas que quedaban sin hogar por diversos motivos. “El cuadro” y sus compañeros fueron despedidos y enviados a sus casas a esperar la reubicación. Corría el año 2003.

Harta de la miseria en que se hundían cada vez más, la mujer de Tarragó decidió irse a Estados Unidos donde vivía su madre. Pese a que él no estaba de acuerdo con la partida, no tuvo más remedio que aceptarla.

Cinco años después, el resto de su familia se fue y quedó solo, esperando la reubicación laboral. Aunque movió sus contactos, no consiguió otro empleo y tuvo que adaptarse a sobrevivir gracias a las remesas que le enviaban desde Miami.

Un día se enteró de que la Asociación de Combatientes de la Revolución le preparaba la jubilación. Cobraría un salario de 265 pesos, poco más de diez dólares. Su vivienda se caía en pedazos y sus compañeros de lucha y trabajo morían unos, y otros abandonaban el país por distintas vías. Tarragó no encontraba dirección para su vida y la revolución no le ofrecía ninguna.

Se levantó una mañana del año 2009 y llamó a sus familiares para comunicarles su intención de reencontrarse con ellos. Se sentía traicionado y abandonado por los compañeros del viaje revolucionario. Las decenas de cartas que había enviado al Comité Central planteando su situación no tuvieron respuestas.

Hoy, Tarragó vive en Miami, feliz y contento. Trabaja en un negocio familiar de comida y hasta tiene Medicaid y Medicare, que le cubren todas sus necesidades de salud. “Los malos”, como irónicamente llama a los americanos, le dieron la oportunidad que la revolución le negó: volver a vivir.

“No me cuesta darles las gracias a pesar de que, por ignorante, los odié ciegamente durante mucho tiempo”,  dice, y al hacerlo vuelve a dar fe de su honestidad.

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María ya vive en La Habana

LA HABANA, Cuba, septiembre (173.203.82.38) – En 2008, seis años después de conocerse a través del último Censo de Población y Vivienda que más del 40,8 por ciento de los pobladores de la capital habanera eran inmigrantes del resto del país, el gobierno expulsó de la capital a más de veinte mil “ilegales”. Hoy, según cálculos extraoficiales, se sabe que la inmigración rural es mucho mayor en La Habana.

María es una campesina casi octogenaria. Nació y vivió donde murió nuestro Apóstol José Martí, en Dos Ríos, poblado perteneciente al municipio Jiguaní, provincia Granma. Su historia es igual a la de esos cientos de miles de inmigrantes del interior de la isla que han preferido vivir en La Habana a como dé lugar, antes de morir de tristeza y miseria en olvidados pueblos de campo, que no prosperan.

Ella recuerda como era aquella zona agreste en los años cincuenta, y dice que ni en las casas más pobres faltaba la leche, el boniato, la harina de maíz y el puerquito suelto en el patio, sin que existiera el temor de que alguien pudiera robárselo de madrugada. De muy joven trabajó en una plantación de algodón, que desapareció con la revolución.

En Dos Ríos, me cuenta María, a pesar de los años transcurridos, nada ha mejorado con la revolución. Las viviendas construidas en dos barrios convertidos en comunidades, con sus dos consultorios médicos, una farmacia y tres escuelas, no ofrecen ningún desarrollo a la zona. Muy poco o casi nada para medio siglo, durante el cual las familias se multiplicaron.

María dice:

-La gente está disgustada porque sabe que no hay esperanza alguna de un futuro mejor. Una de las cosas que más golpea a los pobladores de Dos Ríos es la necesidad de viviendas, transporte y trabajos que paguen bien. Allí el transporte es privado y peligroso, porque se trata de inventos que la gente ha hecho para trasladar grupos de personas, sin seguridad alguna. El gobierno no ofrece ningún medio de transporte.

Decir que todo está abandonado no es exageración. Por ejemplo, en el río de la zona, que lleva el mismo nombre, donde de niños nos bañábamos y disfrutábamos de sus aguas limpias y transparentes, se acumulan los residuales de unidades porcinas de los municipios santiagueros”.

Muchos de sus pobladores quieren irse de allí. Es un lugar triste. Muy triste. El monumento del Apóstol es lo único que recibe atención. En sus áreas verdes trabajan los jardineros y se cuidan los árboles de los alrededores, aunque sólo reciba visitas de Pascuas a San Juan. Pero el resto, aunque parezca mentira, permanece igual, como si el tiempo se hubiera detenido en los años sesenta. Tuve la suerte de venir a vivir a la casa de uno de mis hijos, en El Bajo de Santa Fe, cerca de la capital. Llevo tres años con él y todavía ni siquiera tenemos libreta de abastecimiento, contador de la luz y el agua. Somos casi ilegales. Aún así me siento mejor después de haber abandonado Dos Ríos, y hasta me hago la idea de que he mejorado de vida. ¡Por lo menos ya vivo en La Habana!

ENLACE: http://www.ecured.cu/index.php/Dos_R%C3%ADos




Una noticia oportuna

LA HABANA, Cuba, agosto, 173.203.82.38 – El pasado 14 de agosto, el periódico  Juventud Rebelde publicó una noticia en la que muchos de sus lectores se han detenido a reflexionar. Según la información, a la edad de 80 años el cerebro humano pierde un 15 porciento de materia gris.

Se trata de los resultados de una investigación, publicados originalmente en Proceedings of the National Academy of Sciences of America, donde se dice que, según expertos científicos de  la Universidad George Washington, de Estados Unidos, a los 80 años el cerebro promedio humano ha perdido un 15% de su peso original.

Según la investigación, dirigida por el antropólogo Chet Sherwood, de la citada universidad, no ocurre igual con nuestros parientes más cercanos, los chimpancés, pues el período evolutivo que separa a los humanos con esos primates, que se estima entre cinco y ocho millones de años,  “explica la diferencia en cómo envejecen ambas especies ¨.

Continúa explicando Juventud Rebelde: “Hasta ahora los científicos no habían entendido por qué el cerebro humano experimenta esta constante pérdida de inteligencia ¨.

O sea, que si el cerebro humano pierde el 15 por ciento de su tamaño a los 80 años, y por ende la inteligencia merma, no hay explicación alguna para que ancianos mayores de esa edad sean los encargados de realizar una tarea tan complicada y difícil como es la dirección de un país, tal como ocurre en Cuba.

Recordemos que antes de la desaparición de la URSS, eran octogenarios los que asumían la presidencia del Soviet Supremo -Andropov, Brezhnev, Gromiko-, y fue el joven Gorbachov quien lo cambió todo. ¿Pudiera ocurrir lo mismo en Cuba?

Recordemos también que el hermano del Fidel Castro, también octogenario, ha dicho claramente que si la política económica de Cuba no cambia, eclipsaría al gobierno comunista; lo cual es un tácito reconocimiento de que durante más de cuarenta años los comunistas cubanos estuvieron cometiendo errores.

¿Será que Juventud Rebelde, dirigido por periodistas jóvenes como Pelayo Terry, Ricardo Ronquillo, Herminio Camacho y Marina Menéndez, al divulgar esta interesante noticia, para colmo justo al siguiente día del cumpleaños de Fidel Castro, quiere sugerir que  los ancianos del Buró Político del Partido Comunista que nos gobiernan, son hombres cuyos desgastados cerebros ya han perdido al menos el 15 por ciento y, por tanto, urge que sean sustituidos por gente joven, con cerebros completos? ¿O quizá quisieron decir que a pesar de  ser octogenarios tienen sus cerebros intactos, algo que los acerca a los chimpancés? ¡Quién sabe!

Ninguna de las dos hipótesis es buena para los dirigentes.




Cubanos en vías de extinción

LA HABANA, Cuba, agosto (173.203.82.38) – Dentro de pocos años en Cuba habrá que masificar la importación de sillas de ruedas, bastones, muletas, prótesis dentales, entre otros productos y servicios, imprescindibles para soportar con dignidad  los achaques de la vejez.

No es ninguna broma; simplemente hay que fijarse en la deprimida tasa de natalidad por un lado, y el aumento de la expectativa de vida por el otro, según reflejan los medios oficiales.

De acuerdo a informaciones vertidas en uno de los eventos por el Día Mundial de la Población, celebrado recientemente en Cuba, en La Habana mueren 12 personas más de las que nacen.

Debido al alto grado de abstinencia de las mujeres, en cuanto a la decisión de traer al mundo hijos, un ginecólogo amigo suele decir que en Cuba existe una huelga de úteros. Más que una ingeniosa ilustración, la frase sintetiza un drama de amargas consecuencias para el futuro del país, y evidencia las dimensiones de una crisis socioeconómica interna, a menudo subvalorada por el gobierno.

Entre la renuncia a procrear, el aumento de la esperanza de vida y la emigración hacia otros países, el asunto se torna preocupante. “Me he hecho siete abortos. Parir con esta situación no es fácil”, expresó Margarita Peñate, joven oficinista de 33 años que vive en un cuarto de 8 x 6 metros con barbacoa (entresuelo) de madera, junto a su marido, madre, padre, abuelos maternos y un tío.

“Quisiera tener al menos un hijo, pero no así. Traerlo a este mundo sería una pesadilla. Para que tengas una idea de mi calvario, te digo que hace más de tres años aquí no entra el agua. La traemos en cubos desde la otra cuadra. Además, ¿tú crees que con los 10 dólares que recibo como salario al mes, aparte de los 20 que gana mi marido, puedo darme el lujo de criar un hijo?” –explicó Margarita.

Las dificultades para optar por un puesto laboral con  mejor salario, obtener una vivienda adecuada y tener la garantía de servicios vitales, como el suministro de agua, son algunos de los motivos que explican la resistencia de las mujeres a parir.

“Eso de que los viejos ahora duramos más, es relativo. Desde los años 90 del siglo pasado hemos ido en retroceso. Garantizar una vejez saludable con tantos problemas económicos y sociales, es absurdo. El asunto no es cuántos años vivimos, sino en qué condiciones” -enfatizó Mariano Ruiz, jubilado de 74 años que revende dulces sin licencia, y único morador de un destartalado inmueble construido en 1910.

A lo anterior, debemos añadir un dato que refuerza la tesis de quienes dudan que el la crisis demográfica pueda superarse: en los últimos 6 años, más de150 mil cubanos han abandonado el país.

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Erlinda y su mesa

LA HABANA, Cuba, julio (173.203.82.38) – Erlinda es una mujer laboriosa, y siempre le ha gustado trabajar por cuenta propia. No acepta tener jefe y mucho menos estar ocho horas encerrada estirando el tiempo. Durante años se levantaba muy temprano, para evitar a policías e inspectores, y salía con sus termos llenos de café para vender en los hospitales, pero dice que ahora después que lo ligaron con chícharos, el negocio se ha puesto  malo, porque al rato de colado, no hay dios que se tome aquello.

Por eso decidió cambiar de oficio. Vendería maní, que es lo menos difícil de encontrar, y además, para estar más tranquila solicitaría una licencia, así no tendría que esconderse de inspectores ni policías.

Fue a la Oficina Nacional Tributaria (ONAT), realizó todos los trámites que le orientaron, y obtuvo una licencia de elaborador-vendedor de alimentos en el domicilio o de forma ambulatoria, como está catalogado este trabajo.

Pero como Erlinda no está jubilada, ya que nunca trabajó para el Estado, debía pagar 263 pesos trimestrales para la Seguridad Social, además de los ciento cincuenta mensuales de la licencia. Erlinda se sintió desanimada por el pago de la Seguridad Social, porque ya ella tiene cincuentainueve años, y no tendrá tiempo de acumular los veinte años, necesarios para jubilarse.

Aunque creía que le convenía sacar la licencia para no tener que jugarle cabeza a inspectores y policías, la cantidad de dinero que tenía que pagar no era nada alentadora.

Erlinda comenzó a vender en una parada de ómnibus, maní y coquitos acaramelados, que aumentarían sus ganancias. Un inspector se le acercó para decirle  que no podía vender en hospitales, ni en escuelas, ni en avenidas importantes; y para colmo, no podía quedarse en el mismo lugar, sino que tenía que moverse continuamente.

A pesar de las trabas y dificultades, Erlinda no se deja vencer tan fácilmente, y para resolver el problema de que tenía que moverse constantemente, se buscó una mesa, le puso ruedas y a vender. Ahora, mientras empuja sin cesar su mesa con ruedas para que no la multen los inspectores, se le oye pregonar: “¡Maní tostado, coquitos acaramelados, sorbetos, galleticas dulces, caramelos, boniatillo!”.

La mujer ya tiene una buena clientela de niños que conocen de memoria sus horarios, y la esperan entusiasmados, porque ella es una experta en el arte de vender.




Extrema pobreza

LA HABANA, Cuba, julio (173.203.82.38) – Hace unos días conocí en el municipio Marianao a una mujer  cristiana que vive en la extrema pobreza. Pasé a dejarle un artículo publicado hace poco en Internet, que habla  de ella. La encontré ocupada en sus labores domésticas. Limpiaba el piso  con una frazada vieja y, como cubo,  utilizaba una cazuela.

No había agua desde hacía dos días en el apartamento, situado en 21 entre 96 y 98, lugar céntrico de la capital. Los pomos plásticos donde almacena el líquido para tener cuando falta el suministro estaban vacíos; sólo quedaba uno lleno hasta la mitad y, antes de  saludarme, se lavó las manos con un pedacito  de jabón que apenas hacía espuma.

Lucía avejentada, posiblemente debido a la mala alimentación y las preocupaciones. Se notaba que su pelo canoso no veía champú, suavizador, ni tinte desde  hacía mucho tiempo. Vestía ropas viejas, donadas por  la iglesia. Su único vestido lo guarda para ir al culto, a los ayunos, a las adoraciones y  a las alabanzas a Dios.

Su apartamento lo compone un baño (que cerró en cuanto llegué), una cama sin tender y un fogón  tiznado. Se disculpó por haberla encontrado  tan descompuesta. Dijo que estaba pasando pruebas que el Señor le ponía en el camino.  Pero  en el nombre de Jesús  saldría adelante.

Le entregué  el artículo y cuando lo leyó se tuvo lástima.  Dijo que la principal razón de sus desgracias  era no querer apartarse de  los  caminos de Cristo.

-Son prueba que Él me pone -dijo-.  Puedes añadir al escrito que la policía acaba de ponerme una multa de doscientos pesos por vender dulces en la calle y no sé cómo voy a pagarla. Estoy esperando a un amigo para que me haga un préstamo, pero al parecer no va a llegar.

Me preguntó si  pertenecía a “los derechos humanos”. Y me advirtió que  a Dios no le agradaba eso.

Oró por mí, porque entrara en los caminos del Señor. y me dedicara a otra cosa. Por ejemplo, que me pusiera  a vender dulces. Pero me recomendó que  primero sacara  licencia.




Cacha fue al desfile

LA HABANA, Cuba, mayo (173.203.82.38) – Cacha, a sus setenta años, es pequeña, delgada y ágil. Rubia, en su juventud, y con unos hermosos ojos azules, según muestra la fotografía que cuelga de la pared. “En aquella época yo rompía corazones” -me dice.

Vive en una covacha. Así llaman a las casitas hechas con tablas viejas en el barrio marginal La Güinera, del municipio habanero Arroyo Naranjo, donde habitan  60 mil 893 familias, según el censo de 2006, realizado para efectuar el cambio de los efectos electrodomésticos durante la llamada “revolución energética” , ideada por Fidel Castro.

Conocer la vida de Cacha, su personalidad, sus opiniones, no es nada difícil. Es una cubana conversadora, extrovertida, amable y de una nobleza sin límites. Confiesa, con cierto temor, porque no sabe quién soy, que todavía, y a pesar de todo, es revolucionaria.

-¿A pesar de todo?

-Sí, porque sé que hay descontento, que la cosa anda mal. Pero yo estoy muy agradecida de Fidel. No importa que siga viviendo en esta covacha, que gracias a él es mía y no pago alquiler, y que hoy no tenga ni un centavo para el café con chícharo del desayuno. ¿Usted me comprende?

Caridad Sotolongo tiene poca familia. Un hermano que desapareció en el mar hace más de diez años, porque  “siempre estuvo loco por irse”,  y una sobrina que trabaja en una cafetería estatal, que en ocasiones le trae alguna bobería de comer,

-Pero mire, Fidel me facilitó un refrigerador nuevo y varios equipos para cocinar mejor.

Dice, mientras señala la improvisada meseta de la cocina; sobre ella una arrocera china y una olla de presión a la que llama “La Reina”. Por entre las grietas de la pared de tablas se filtra la luz del sol. Cacha sonríe.

-Pues sí, como le dije al principio, yo estuve presente en el desfile, el 1ro de mayo. De joven iba también. Mientras me lo permitan las piernas, iré siempre. ¿Usted me comprende?

En realidad, no la comprendí. Dejé a Cacha sentada en su viejo sillón y caminé por su calle, sin arreglar desde hace tantos años, en busca de un viejo almendrón (auto de alquiler) que me llevara de regreso a mi casa de Santa Fe.