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Perder el tiempo, deporte nacional

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Foto archivo

LA HABANA, Cuba -Después de haberlo perdido todo, en Cuba no nos queda otra cosa que perder sino el tiempo. Y ese parece ser hoy nuestro deporte favorito. Más que la pelota, más que el fútbol, incluso más que el baile, la pérdida de tiempo se ha incorporado a nuestros genes, y hasta un punto tal que a veces da la impresión de que nacemos sólo para perder el tiempo.

Mientras, para el régimen, esa nueva señal de identidad de los cubanos ha devenido un negocio redondo. No en balde nos adentra desde niños en los más aberrantes modos de perder el tiempo.

Desde los ensangrentados y tediosos actos políticos que imponen cada mañana en la escuela primaria, antes de iniciar las clases, hasta la ceremonia fúnebre con su arduo y fatigoso papeleo.

Desde el pan nuestro de cada día, que no es el pan sino la cola para comprar el pan y todo lo demás, hasta la jornada de trabajo, donde nuestro único esfuerzo se concentra en no aburrirnos mientras perdemos el tiempo durante ocho horas diarias fingiendo que trabajamos.

El burocratismo, esa sarna mundial, exhibe entre nosotros rasgos peculiares, quizás únicos, en tanto ha sido fruto de una estrategia del régimen, fría y pacientemente diseñada para descargar sobre los burócratas las culpas de su incompetencia.

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En el Malecón. Foto archivo

Es el más eficaz de los artificios creados por el poder ya no para hacernos perder el tiempo, sino para acostumbrarnos a perderlo, sabiendo de antemano que no obtendremos nada a cambio pero que no nos queda otra alternativa.

Con el paso de los años, todos aquí nos convertimos en burócratas o actuamos bajo los efectos de su microbio, al margen de profesiones u oficios. Cada uno de nosotros es a la vez causa, consecuencia y doliente de la burocracia.

Nadie atiende a nadie como es debido. Todos somos indolentes ante las necesidades y las solicitudes del otro. La única respuesta es la evasiva.

El único remedio es la posposición del remedio. No hay respeto por el derecho ajeno. Nadie decide nada por sí mismo. Hay que acatar sorda y ciegamente “lo que está dispuesto”, sobre todo si lo que está dispuesto acuña la desidia y anula el ejercicio de la iniciativa o del sentido común.

Se trata de nuestro nuevo deporte ¿o vicio? nacional, un apagón del espíritu que nos invalida para todo lo que no sea perder el tiempo.

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Foto José Hugo Fernández

Sé de un individuo que durante el día es policía (es decir, pierde el tiempo dedicándose a garantizar que la población pierda tranquilamente su tiempo), pero llegada la noche, recupera el tiempo para sí mismo trabajando como taxista ilegal.

Hace unos días, en su rol de taxista, a este individuo le tocó transportar a un grupo de mujeres colombianas que se lo comieron a preguntas sobre la realidad de la Isla.

Muy en particular querían saber por qué razón hemos soportado durante tantos años una dictadura tan represiva y empobrecedora.

Naturalmente, el policía-taxista no pudo o no quiso dar la respuesta adecuada. Sin embargo, está a la vista, por más que quienes nos visitan se empeñen en no verla.

La causa radica en nuestro deporte o nuestro vicio nacional, bajo cuyos efectos no concebimos ya la vida sino como un estado de sopor profundo que nos alquilan los de arriba para que les paguemos perdiendo el tiempo.

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Deporte contra productividad

PINAR DEL RÍO, Cuba, mayo (173.203.82.38) – Lograr que la gente produzca ha sido el quebradero de cabeza para los que dirigen el país. Por más de cincuenta años la isla ha sido gobernada como una finca privada, pero la productividad ha brillado por su ausencia en casi todos los sectores.

Ya nadie se cree el cuento de que “el bloqueo” es el culpable de nuestras múltiples desgracias, ni de los fracasos de todos los disparates cometidos por los dictadores, desde la paralización del país para cumplir el capricho de producir diez millones de toneladas de azúcar en 1970, hasta los faraónicos planes de todo tipo con resultados igualmente desastrosos.

“A estas alturas ni los comunistas, ni las vacas producen. El socialismo es el padre de la vagancia”, afirmó Mario Alberto, mi vecino, mientras esperaba el periódico. “En este país –añadió- come el que no trabaja”.

Con el multimillonario subsidio soviético, el paternalismo revolucionario consiguió ponerles a todos algo de comida en el plato, valiéndose de una libreta de abastecimiento implantada en los años sesenta, con la cual hasta se ha encariñado la gente, que hoy se angustia por su inminente desaparición.

La miseria es lo único que, repartido, se multiplica, y, como a todo se acostumbra uno, los cubanos nos hemos acostumbrado a ella por más de tres generaciones.

A cambio de servirle como satélite y tropa de choque a la desaparecida Unión Soviética, adquirimos el síndrome del pichón. Aunque malo y poco, nos llegaba de Moscú hasta la pasta de dientes, y todos contentos. En los noventa, con la desaparición del mecenas, tocamos fondo y surgió la idea de enviar médicos y asesores deportivos a Venezuela, a cambio de petróleo.

Cuba es uno de los pocos lugares del mundo que se sostiene sin economía. Los gobernantes siguen mandando y comiendo bueno. Los de abajo, no trabajan o simulan que lo hacen, a cambio reciben algunas migajas y se conforman. Cuando salen a otras tierras, algunos hasta se lamentan por lo mucho que hay que trabajar para comer y vestirse.

Si hay un juego de pelota en horas de trabajo, los estadios se abarrotan, y los centros de trabajo se vacían. Un juego de béisbol es mucho más importante que ir a trabajar.

El béisbol o el trabajo: he ahí la cuestión. Hasta ahora, definitivamente gana el béisbol.