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Los cubanos nunca amamos a los bolos

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Un cartel en La Habana da la bienvenida a una visita de Putin a la isla en el año 2000 (Foto de archivo)

LA HABANA, Cuba. – En su libro de 1997 El humor de Misha: la crisis del socialismo real en el chiste político el entonces ministro de Cultura Abel Prieto negaba que los chistes que hacían los cubanos sobre los rusos y la Unión Soviética tuvieran el mismo significado antisoviético y anticomunista que los que se hacían en los países de Europa Oriental.

Para el funcionario, en Cuba no había una percepción colonial y opresiva de la Unión Soviética como en esos países. Según decía, los cubanos, que se colocaban en una posición de superioridad casi paternal respecto a los soviéticos, cuando los llamaban “bolos”, era “con benevolencia, sin rencor ni bilis”.

Diga lo que diga Abel Prieto, lo cierto es que la mayoría de los cubanos le hizo rechazo a los rusos y a todo lo que tuviese que ver con ellos desde el mismo 13 de febrero de 1960, cuando, como continuación de los besos y abrazos entre Nikita Jrushchov y Fidel Castro en New York, llegó a La Habana el canciller Anastas Mikoyán a firmar un tratado comercial que nos ligó de modo tan umbilical a la Unión Soviética que en la Constitución de 1976, calcada de la Constitución de Stalin de 40 años atrás, hubo que jurarle fidelidad eterna.

Cómo no íbamos a sentirnos superiores los cubanos, tan presumidos y cercanos al american way of life, cuando, recién incorporados al imperio de la hoz y el martillo y la estrella roja, conocimos a los primeros soviéticos que llegaron a la Isla: los soldados y los técnicos.

No sabría decir cuáles de ellos nos impresionaron más desfavorablemente, si los soldados del Ejército Rojo, con su espantosa peste a grajo, y que cuando se emborrachaban lloraban a mares porque extrañaban a sus familias… o si los técnicos rusos, que vinieron con sus mujeres con dientes de oro y vestidos de flores estampadas, y que, para espanto nuestro, no se depilaban las piernas ni las axilas.

Tuvimos que adaptarnos a aquellos palurdos que, despectiva y jodedoramente, bautizamos como “bolos”. Cuando arreciaron las carencias, empezamos a cambiarles alcohol para sus borracheras por botas, camisas de nylon -que nos hacían partícipes de su proverbial peste a grajo sin que pudiese atenuarla el desodorante Fiesta- y las hoy añoradas latas de carne, que, por entonces decían los malpensados más delirantes que eran de oso.

Los rusos, tan pronto se instalaron en sus barrios especiales, se sumaron entusiastas al cambalache y la reventa de los productos que compraban en sus mercados también especiales.

Luego de la Feria Comercial que trajo Mikoyán, además del armamento, los aviones Migs, el petróleo de Bakú, las matrioskas, los manuales de marxismo-leninismo y economía política de la Academia de Ciencias de la URSS y los ejemplares de Los hombres de Panfilov, Así se templó el acero, Un hombre de verdad y La carretera de Volokolanks, vino la avalancha de maquinaria y cacharrería rusa: los relojes Poljot, los tocadiscos Akkord, los radios Sokol, Meridian y Selena, los televisores Krim que funcionaban a porrazos, las lavadoras Aurika que destrozaban la ropa, los camiones Kamaz y los carros Lada, Volga y Moskovich para los miembros de la elite.

Siempre nos quejamos de aquellos aparatos soviéticos. Aunque reconocíamos que  resultaban duraderos e irrompibles, eran toscos, feos, grandes y pesados. Solo perdonábamos lo que pesaban a los radios Selena, benditos sean, que nos permitieron escuchar la música de las emisoras de FM del sur de Florida.

Tan distintos en cultura e idiosincrasia, reacios a la ideología que nos imponían, le hacíamos rechazo a todo producto cultural que viniera de la Unión Soviética. Incluso a lo que era de calidad. Así, muchos cubanos se perdieron algunos buenos libros de las editoriales Mir y Progreso -de Sholojov, Chinguiz  Aitmatov, y hasta de Bulgakov y Vasili Grossman- y las películas de Eisenstein, Bondarchuk ,  Konchalovsky, Chujrai, Tarkovsky y Mijalkov. Y es que a los cines, cuando exhibían las películas de Mosfilm, como estaban semivacíos, uno solamente entraba a solventar lances amorosos en la oscuridad de la sala.

Y ni hablar de la música rusa. Los discos de la firma Melodiya de Alla Pugachova, Muslim Magomaev, Edita Pieja y el conjunto Orera se añejaban en las tiendas porque nadie los compraba.

Tampoco los rusos lograron conquistarnos el paladar con la sopa solyanka, el borsch y otros platos  que servían en el hoy ruinoso restaurante Moscú. Nos quejábamos del exceso de grasa y del invariable sabor tan eslavo a apio y col.

Ni siquiera gustaba a muchos, por ser demasiado demoledor, el vodka Stolichnaya: preferían el aguardiente Coronilla, con tufo y todo.

No obstante el desagrado por lo ruso, muchos cubanos soñaban con ganarse el premio del programa 9550, que consistía en un viaje a la Unión Soviética.

Si algo soviético tuvo demanda en Cuba, en la época de la Perestroika, fueron las revistas Sputnik y Novedades de Moscú. Pero, cuando les estábamos cogiendo el gusto, como nos ayudaban a abrir los ojos a las  verdades terribles del comunismo, Fidel Castro, en diciembre de 1989, las prohibió.

Mención aparte merecen los dibujos animados soviéticos. Cheburashka y el Tío Stiopa eran un purgante  para los que estábamos adaptados a Pluto, el Pájaro Loco y el Pato Donald. Los considerábamos feos, insulsos y aburridos.  Recordemos cuando el comediante Enrique Arredondo fue castigado por decir en un programa de televisión, interpretando a Bernabé, que el castigo para los niños que se portaran mal serían los muñequitos rusos.

En cambio, los cubanos nacidos a inicios de los años setenta, cuando Cuba se integró al CAME, hoy se refieren con ternura y nostalgia  a muchos títulos y personajes de la avalancha de animados soviéticos y de otros países de Europa Oriental (principalmente Checoslovaquia y Hungría) a los que denominan indistintamente “muñequitos rusos” y que fueron parte importante de su educación estética. Con la letra “y” al principio, al medio o al final en sus nombres rusos o que aparentan serlo (además de los consabidos Fidel, Ernesto, Raúl y Camilo), a esos cincuentones o que están a punto de serlo, los llaman, por un animado polaco, “la generación de Bolek y Lolek”.

Probablemente, la añoranza por los muñequitos rusos de esa generación y por las latas de carne rusa con tanta hambre que pasamos son  las  huellas más significativas  que perduran  hoy en Cuba de los treinta años que duró la alianza que decían indestructible con la Unión Soviética. Eso, y los recuerdos –los buenos y los malos- de los miles de cubanos que fueron enviados a estudiar o trabajar en la Unión Soviética, muchos de los cuales encontraron allí su media naranja.

En Cuba nunca amamos a los bolos. Solo un puñado de estalinistas melancólicos y frustrados y sus amados  mandamases echan de menos a los soviéticos, o más bien, el tiempo en que gozaban del subsidio del país de los Soviets y sabían que podían contar con una súper armada potencia mundial a sus espaldas.

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Angola, China y los sorprendentes giros de la historia

Fidel Castro con tropas cubanas en Angola (Foto: Archivo)

GUANTÁNAMO, Cuba. – Este 11 de noviembre se cumplen 45 años de la proclamación de la independencia de Angola después de que Portugal, la antigua metrópoli colonial, firmara el Tratado de Alvor.

El nuevo estado fue proclamado con el nombre de República Popular de Angola y, como se sabe, en ese acontecimiento histórico las fuerzas militares cubanas tuvieron un papel relevante que luego trascendió a todo el cono sur del continente africano.

Ese día el Dr. Agostinho Neto ―quien gobernó el país desde 1975 hasta 1979― proclamó la independencia de su patria y al Movimiento Popular para la Liberación de Angola (MPLA) como la fuerza política de vanguardia del país, declarado a su vez estado socialista y fiel aliado de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas  (URSS) y de Cuba.

Desde 1975 y hasta finales de la década de los años 80 del pasado siglo, más de 300.000 cubanos cumplieron misiones militares y civiles en ese país. Más de 2.000 perdieron su vida allá.

Por estos días la televisión cubana reitera un discurso de Fidel Castro donde asegura que Cuba fue a ese país de forma desinteresada, solo para cumplir un elemental deber internacionalista. Pero no es esa la referencia existente en la memoria de los cubanos que estuvieron allá, cuyo anecdotario deja establecida una historia bien diferente de la oficial. 

Aun sin tener en cuenta beneficios materiales, es obvio que la intervención militar del Partido Comunista de Cuba en Angola, como también en Etiopía, tuvo una marcada connotación geopolítica, pues fueron acciones ejecutadas para instaurar regímenes autocráticos similares al cubano e irradiar desde ellos su influencia a todo el continente.

Recordemos que además del MPLA, que se aupó en el poder, existían otras dos fuerzas político-militares, la Unión Nacional para la Independencia Total de Angola (UNITA) y el Frente Nacional para la Liberación de Angola (FNLA), lideradas por Jonás Savimbi y Holden Roberto, respectivamente.

En un reciente artículo sobre el tema, el colega Luis Cino apuntó que cuando comenzó la guerra civil en Angola ambas fuerzas fueron apoyadas por los EE. UU., Sudáfrica y la República Popular China.

Se trata de una anotación interesante en el caso de China. En ese tiempo Sudáfrica era un aliado de los EE. UU. y el gigante asiático había comenzado un paulatino acercamiento al país norteño después de que el 29-2-1972 Mao Zedong recibiera a Richard Nixon. Fue, además, una época marcada por el distanciamiento político y hasta el enfrentamiento militar entre China y la URSS, algo de lo que muy poco o nada habla la prensa oficialista cubana.

A partir de la visita de Nixon a China el gigante asiático comenzó a cambiar su política, lo cual se hizo a pasos más acelerados desde que Deng Xiaoping alcanzara el liderazgo del partido comunista chino y reformara la economía, abriendo el país a las inversiones extranjeras. Ese fue el inicio del avance económico chino ―tan criticado entonces por Cuba y la URSS―, hoy considerado inequívocamente como uno de los grandes milagros económicos de la historia contemporánea, que lo ha llevado a convertirse en la segunda economía mundial.

En 1975 China calificaba a los dirigentes soviéticos como “revisionistas” y no solo tuvo serios incidentes fronterizos con la URSS y la India, sino que llegó a invadir a Viet Nam, algo que los testaferros de la dictadura comunista cubana también olvidan cuando hablan del supuesto pacificismo del gigante asiático.

Ese fue el escenario político cuando se proclamó la independencia de Angola, cuya posterior guerra civil, que involucró a militares cubanos y sudafricanos, ha sido considerado como el último gran acontecimiento militar de la Guerra Fría.

Después de las conversaciones de paz que dieron por terminada la contienda con Sudáfrica, a finales de los años 80, solo la UNITA continuó enfrentando al MPLA, dirigido a partir de 1979 por José Eduardo dos Santos, uno de los políticos más corruptos de todo el continente africano quien, sin embargo, tuvo el tino de percatarse del fracaso del socialismo real preconizado por la rancia ortodoxia cubano-soviética y por eso, en 1992, proclamó el fin de la República Popular de Angola. También declaró el multipartidismo y legalizó la incorporación de la UNITA como fuerza política legítima. Estas medidas políticas fueron acompañadas en lo económico por asimilación del libre mercado.

Desde entonces, a pesar de la desigualdad económica y social que persiste en el país, Angola ha tenido crecimientos económicos importantes, sobre todo gracias a la exportación de petróleo, y China es hoy uno de los países con mayor presencia en su economía e inversiones.

Ante estos giros de la historia, uno no puede hacer menos que admirarse. China, que ayer fue enemiga del MPLA y de los “revisionistas soviéticos” hoy es uno de los más fieles aliados de Angola y de la Rusia de Vladimir Putin, cuyo carácter autocrático se diferencia muy poco del totalitarismo soviético. China se levantó económicamente gracias al apoyo invaluable de los EE. UU. y Occidente, y hoy estos son sus potenciales enemigos económicos y políticos debido a que los comunistas chinos no han cambiado su política violatoria de los derechos humanos y aplican una competencia económica desleal.

En cuanto a Angola, me pregunto qué sentirán los cubanos que perdieron a algún ser querido en ese país al ver que hoy los que dispararon contra los cubanos y hasta los mataron, son miembros del parlamento, figuras del gobierno y hasta prósperos capitalistas.

Así de sorprendentes son los giros de la historia.

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Gracias, Nikita Jrushchov

Nikita Jrushchov y Fidel Castro (Foto: Sputnik/Yuri Abramovich)

MIAMI, Estados Unidos. – No sabemos bien los cubanos cuánto le debemos al tosco primer ministro soviético que dirigió la URSS entre 1953 y 1964, primero como primer secretario del Partido Comunista soviético, y luego también como presidente del Consejo de Ministros, y bajo cuyo patrocinio consolidó el poder en Cuba el máximo desequilibrado que fue Fidel Castro.

No se lo imaginó en su momento nadie, ni los 7,4 millones de cubanos que existían en la Isla en octubre de 1962, ni los 186,5 millones de estadounidenses que habitaban “el imperio” en esa fecha, ni los habitantes de la cuenca del Caribe en aquel entonces. 

¿Quién hubiera podido imaginarse lo que vendría si en vez de haber tenido Jrushchov las riendas del poder en Moscú, las hubiera tenido su predecesor ―el sanguinario Josef Stalin― o su sucesor ―el burócrata Leonid Breschnev―, ambos mucho más fríos e inescrupulosos que el viejo Nikita?

Recapitulemos los eventos: a petición del propio Fidel Castro, envalentonado luego del intento estadounidense de invasión por Bahía de Cochinos en abril de 1961 ―que Cuba convirtiera en la victoria de Girón―, la URSS desplazó misiles nucleares hacia Cuba a partir de julio de 1962. Cuando Estados Unidos descubrió las bases nucleares en la Isla mediante reconocimiento aéreo de un avión U-2 de sus Fuerzas Aéreas, el presidente John F. Kennedy exigió a su contraparte ruso el retiro de los misiles. El día 22 de octubre, Estados Unidos ordenó el bloqueo naval de la Isla, y luego de varios días de negociaciones, Jrushchov y Kennedy llegaron a un acuerdo de retirar los misiles de Cuba a cambio del retiro de los misiles estadounidenses de una base turca.

El quid pro quo ruso-norteamericano enfureció al Comandante-en-Jefe. Se sabe que se sintió ninguneado por ambos imperios. El 26 de octubre de ese año, Castro, el gestor del “patria-o-muerte”, le escribía a su “querido camarada Jrushchov” la siguiente súplica:

“En este momento quiero hacerle partícipe de mi opinión personal. Si… los imperialistas invaden a Cuba con el objetivo de ocuparla, el peligro que esa política agresiva representa para la humanidad es tan grande que tras tener lugar ese hecho la Unión Soviética no debe nunca permitir circunstancia alguna en que los imperialistas puedan ser los primeros en lanzar un ataque nuclear contra ella.

Le manifiesto lo anterior porque yo creo que la agresividad de los imperialistas es extremadamente peligrosa y que si ellos de hecho llevan a cabo el acto brutal de invadir a Cuba en violación de la ley y la moral internacional, ese sería el momento para eliminar tal peligro de una vez y para siempre a través de un acto de legítima defensa, y aunque se trataría de una solución dura y terrible no hay otra alternativa.

La “solución dura y terrible” no era otra que un ataque nuclear desde Cuba hacia Estados Unidos, lo que hubiera sido, sin duda, el principio de una tercera guerra mundial, y en este caso, una guerra termonuclear. En su demencial egocentrismo, Fidel Castro concovaba a “la guerra final de los tiempos contra las naciones del hombre” que se anuncia en el capítulo 16, versículo 16 del libro bíblico del Apocalipsis: el Armagedón. 

En 2010, Jeffrey Goldberg, periodista de The Atlantic, entrevistó al ya enfermo y jubilado Fidel Castro. Entre los muchos temas de los que hablaron, Goldberg le preguntó si a esas alturas aún le parecía que su petición a Jruschov de atacar a los Estados Unidos había sido lógica. Castro le contestó: “Después de haber visto lo que he visto y sabiendo lo que sé hoy día, nada de aquello valió la pena”.

Una respuesta cínica, soberbia e impenitente de quien no había dudado ni un segundo en causar la destrucción de la civilización humana medio siglo antes. Ese era el diabólico Fidel Castro. Todo aquel que desde el poder en Cuba hable de continuidad o se inspire en las palabras del Comandante, no hace otra cosa que convocar a Cuba a la destrucción total, algo a lo que estuvo dispuesto el máximo orate. 

Ese 30 de octubre, un muy-cuerdo y sereno Nikita Jruschov le contestaba a su “estimado camarada Fidel”: 

“En su cable del 27 de octubre usted propuso que deberíamos ser los primeros en llevar a cabo un ataque nuclear contra el territorio enemigo. Naturalmente, usted comprende a dónde nos hubiera llevado. No hubiera sido un simple golpe, sino el comienzo de una guerra mundial termonuclear.

Estimado camarada Fidel Castro, encuentro su propuesta equivocada… Hemos vivido unos momentos muy graves, una guerra termonuclear global pudo haber estallado… Los Estados Unidos hubieran sufrido enormes pérdidas, pero la Unión Soviética y todo el bloque socialista también hubiera sufrido grandemente. Es difícil decir cómo hubieran terminado las cosas para el pueblo cubano. Ante todo, Cuba se hubiera quemado en los fuegos de la guerra. Sin duda el pueblo cubano hubiera luchado valientemente pero, también sin duda, el pueblo cubano hubiera perecido…”.

Si se tiene en cuenta el alcance de una explosión atómica del calibre disponible en 1962, que bien podía alcanzar un radio de 25 a 30 kilómetros, los 7,4 millones de cubanos en la Isla hubieran perecido, o sufrido quemaduras y mutilaciones irreparables. Eso sin contar un probable contraataque estadounidense. Una quinta o sexta parte de los 186,5 millones de norteamericanos también hubiera sufrido semejantes bajas, dependiendo del número de misiles que se dispararan hacia el norte, y hacia cuáles centros urbanos.

No podemos imaginarnos las repercusiones a medio y largo plazo. Lo cierto es que no hubieran nacido los 4 millones de cubanos que nacieron después de 1962. La historia hubiera alterado la consigna de optatividad “patria o muerte” a la de un destino fatídico de “patria y muerte”. Quizás Wikipedia indicaría: “Cuba: país que existió entre 1492 y 1962. Actual desierto”.

En sus memorias, publicadas en 1970 y 1974, Nikita Jrushchov dice sobre Fidel Castro: “Castro era un extremista exaltado, un fanático” que “no comprendió nunca que los misiles soviéticos se colocaron en Cuba para impedir un ataque norteamericano a la Isla, y no para atacar a los Estados Unidos”. Gracias, Nikita Jrushchov, por salvarnos de un genocida.

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La carta de Fidel Castro a Nikita Krushchev que llegó tarde

Fidel Castro

Fidel Castro
Fidel Castro y Nikita Krushchev en propaganda de la época. Foto tomada de Internet (antikbar.co.uk)

LA HABANA, Cuba.- Hace apenas dos años los cubanos de la Isla y del exilio nos enteramos que la famosa carta que Fidel Castro envió a Nikita Krushchev el 26 de octubre de 1962, para que disparara primero durante la Crisis de los Misiles, en una situación que puso al mundo al borde del holocausto, no llegó a tiempo.

Según relató el Teniente Coronel retirado Jorge Hernández Garaboto al periódico Juventud Rebelde ese mismo día, pero de 2018, mientras escribía la carta, Fidel había ordenado abrir fuego contra los aviones norteamericanos que inspeccionaban los cohetes nucleares ya descubiertos en San Cristóbal, perteneciente en ese entonces a la provincia de Pinar del Río.

Contó Garaboto que Castro incluso decretó la Alarma de Combate de las Fuerzas Revolucionarias para vencer al Imperialismo cuatro días antes: divisiones de infantería, brigadas de tanques y artillería, batallones independientes con grupos de artillería reactiva, morteros de 120 milímetros, unidades navales de la Marina de Guerra Revolucionaria, baterías de artillería antiaérea, aviones de combate y 269 000 hombres sobre las armas en la primera hora.

Pero el Teniente Coronel nada dijo sobre la visita que Fidel Castro hizo a la Embajada Soviética las noches del 26 y el 27 de octubre de 1962, cuando y donde la carta fue traducida para ser enviada a Nikita Krushchev; una carta que, según el periodista oficialista Elier Ramírez Cañedo, no llegó a tiempo, “…por lo que la URSS, sin contar con la dirección cubana, negoció con Kennedy de manera subrepticia la salida de los cohetes nucleares”, y evitó así una tercera guerra mundial, donde Cuba hubiera desaparecido del mapa.

Dijo Elier Ramírez que el embajador soviético de entonces, Alexander I. Alexeyev, relató que aquella noche de octubre Fidel visitó la sede diplomática y le dictó la misiva para que la hiciera llegar a su destinatario cuanto antes; contó que, estando él todavía allí, remitió un breve cifrado en el que informaba sobre la posibilidad del ataque a Cuba. Unas horas antes los militares de la Embajada habían enviado un telegrama a Moscú en los mismos términos preocupantes.

Fidel Castro Crisis de los misiles
Foto tomada de Granma

El periodista concluyó su relato de 2018, a 56 años de transcurrido el hecho, asegurando que “aún se intenta tergiversar aquella historia”, que es tan clara como el agua, pues el mismo Krushchev respondió a Fidel: …usted nos propuso que fuéramos los primeros en asestar el golpe nuclear contra el territorio del enemigo. Usted, desde luego, comprende a qué llevaría esto. No sería un simple golpe, sino el inicio de la guerra termonuclear”. A lo que Fidel ripostó: “Nosotros sabíamos, no presuma usted que lo ignorábamos, que habríamos de ser exterminados, como insinúa en su carta, en caso de estallar la guerra termonuclear. Sin embargo, no por eso le pedimos que retirara los proyectiles, no por eso le pedimos que cediera (…) sino que en caso de ataque exterior, y se convirtieran los imperialistas por ese hecho en agresores contra Cuba y contra la URSS, se le respondiera con un golpe aniquilador”.

Cuando el periodista oficialista describió la carta no mencionó dos pequeños párrafos que llaman mucho la atención: “Puede estar seguro que resistiremos firme y decididamente el ataque sea cual fuera. El estado moral del pueblo cubano es sumamente alto y se enfrentará al agresor heroicamente”.

Pero, ¿sabía el pueblo cubano lo que estaba pasando en esos momentos en la Isla? ¿Sabía de la existencia de los cohetes nucleares, instalados en secreto en el territorio nacional? Por supuesto que no. ¿Con qué se defendería el pueblo, con sus cazuelas vacías y sus zapatos rotos?

Por último, el periodista cubano aseguró que dichas cartas han sido utilizadas para sostener la versión de que a los soviéticos, ante las “propuestas irracionales” del líder cubano, no les quedó más remedio que negociar con Estados Unidos de espaldas a la dirección de la Isla.

Más tarde Krushchev fue destituido de forma deshonrosa por el Pleno del Partido de la URSS, pero, ¿no había sido el hombre que evitó una tercera guerra mundial, el hombre que salvó la vida de millones de cubanos, de millones de norteamericanos y de soviéticos?

Una última pregunta: ¿Será que la carta en la que Fidel le aconsejó al viejito Krushchev que disparara primero fue detenida a tiempo en algún buró del Kremlin, o de la KGB, y es al Kremlin y a la KGB a quienes les debemos que hoy 12 millones de cubanos vivan en la Isla, y que más dos millones lo hagan en Estados Unidos?

La lección que tuvimos no fue reconocida jamás por el iluminado líder cubano. La crisis de octubre resultó su mayor fracaso: desapareció el comunismo soviético y fracasó su propósito de invadir a Estados Unidos, aunque desapareciera Cuba del mapa.

Todo gracias a aquella carta suya del día 26 que no llegó a tiempo.

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Fidel Castro: un elefante en una vidriera

Fidel Castro; Cuba;
Fidel Castro (Foto: EFE)

LA HABANA, Cuba.- Ya los comunistas no saben que nombre ponerle a sus partidos. Recientemente visitó el periódico Granma un viejito con cara de buena gente, Serguei Mirónov, quien dijo que su partido comunista de oposición ahora se nombra Partido Rusia Justa, y que ambos países tienen una larga historia de solidaridad.

¡Una larga historia de solidaridad! No sería mejor decir una turbulenta, confusa y belicosa historia, desde antes y después del desmerengamiento del comunismo soviético, porque esa historia fue de “ampanga”, como se dice en Cuba en el argot popular, tan escabrosa, que vale la pena repasarla, para que se vea que el joven inquieto de Birán sí era un elefante en una vidriera, y no Donald Trump, como dice Mirónov.

Por ejemplo, ¿qué diría ahora Fidel Castro si supiera que el Partido de Mirónov se tiene que unir a otros partidos rusos comunistas, puesto que ninguno, por sí solo, vale un alpiste en las elecciones de ese país?

La historia del comunismo castrista comenzó cuando llegó de incógnito a La Habana el agente soviético Alexander I. Alexeyev para convertirse en embajador de la URSS en Cuba, y meses más tarde, un 16 de abril de 1961, Fidel, rodeado de hombres armados hasta los dientes, como el golpe de estado bolchevique, declaró el carácter socialista de la Revolución.

En 1962, durante la Crisis de Octubre, Fidel entró en graves conflictos con los rusos cuando éstos pactaron con Estados Unidos, por lo que el líder cubano, al sentirse jodido, pidió a Nikita Khrushchev que atacase primero con misiles nucleares, lo que crearía una tercera guerra mundial.

Caso omiso hizo Khrushchev, quien desmanteló los cohetes nucleares de Cuba y los retiró definitivamente.

Desde entonces tuvo que conformarse Fidel con atacar duramente a los partidos comunistas latinoamericanos, afines a la línea moscovita.

Luego, a pesar de haberse firmado un comunicado conjunto entre Rusia y Cuba, donde se reconocía el principio de la coexistencia pacífica, Fidel arremetió nuevamente contra la URSS, al ver que se prohibían las pruebas atómicas. Se negó a firmar el acuerdo, pero unos meses después lo aprobó, en espera de maquinaria soviética para la zafra, maquinaria que años después consideró “pura chatarra”.

En 1966 Fidel Castro volvió a tener desavenencias con Moscú, porque continuó coordinando con más empuje los movimientos guerrilleros del mundo. En un discurso de ese año, criticó las posiciones soviéticas en contra de la lucha revolucionaria auspiciada por La Habana.

El 10 de junio de 1969, en una Conferencia de Partidos comunistas celebrada en Moscú, Fidel Castro declaró que Cuba era solidaria con la URSS, y luego visitó La Habana una poderosa escuadra soviética, ignorándose en todos los medios de comunicación cubanos la llegada a la luna del Apolo XI norteamericano.

El 22 de abril de 1970 Castro criticó a quienes criticasen a la URSS y pusieran en dudas la construcción del socialismo y el comunismo a la vez; se responsabilizó por el fracaso de la zafra de los 10 millones, señaló un mal trabajo en la zafra azucarera y explicó grandes deficiencias en las fábricas cubanas.

A pesar de decir que la URSS era el pilar fundamental de Cuba, aclaró que no era buena la situación económica y se lamentó en el curso de sus intervenciones posteriores sobre “las dificultades para encontrar una solución al desarrollo del país”, destacó además el subsidio de la URSS, de cinco millones de dólares al año, como si este fuera poco.

Ya en la década del 80 Fidel Castro expuso el fracaso de la economía cubana y anunció las medidas de rectificación de errores.

A finales de 1989 se reunió urgente el Partido Comunista de Cuba para analizar la grave crisis alimentaria del país, momento en el cual Fidel mostró su gran disgusto al saber que la URSS se empeñaba en reducir el subsidio para la economía cubana, y luego se encolerizó cuando altos funcionarios rusos revelaron que ojivas nucleares soviéticas fueron desplegadas en Cuba y que Fidel pudo haberlas disparado contra ciudades norteamericanas durante la Crisis de los Misiles de 1962.

Poco después se prohibió la venta de los medios de prensa soviéticos Sputnik, Novedades de Moscú y Tiempos Nuevos, considerados por Fidel Castro propaganda de la democracia burguesa.

El año 1990 marcó el fin del socialismo: Los cambios en Moscú profundizaron el aislamiento político de Cuba y la prensa rusa la describió como “un estado policíaco empobrecido”. Fidel condenó a los políticos cubanos que quisieran imitar los cambios de la URSS.

El dictador rumano Nicolae Ceaușescu, quien había obtenido de manos de Fidel Castro la Orden José Martí, fue fusilado en Rumanía; cayó el Muro de Berlín, y comenzó el Período Especial, en el que los cubanos comieron hasta gatos callejeros.

El 14 de febrero de ese año el periódico oficialista Granma reconoció por primera vez que Cuba era un país agrícola subdesarrollado, y el 8 de junio Fidel Castro pidió a Carlos Rafael Rodríguez que hablara con el presidente de México para que propusiera a George Bush un diálogo con el dirigente cubano. El presidente estadounidense lo rechazó y Fidel, iracundo, vociferó que “primero se hundirá la Isla en el mar antes de arriar la bandera de la Revolución y el Socialismo”.

Hoy, continúa hundida. Ni Fidel ni Raúl pudieron sacarla jamás de las profundidades del mar.

Fuentes consultadas:

Nosotros somos como hermanos…, entrevista ofrecida a Granma por Serguei Mirónov

Discursos de Fidel Castro de las décadas del sesenta, setenta, ochenta y noventa.

Breve historia de Cuba, por Jaime Suchlicki, impreso en Los Angeles, EEUU.

Libro Negro del Comunismo, Editorial Planeta, 1998

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Descubren un cuarto espía ruso de la Guerra Fría que se infiltró en EE.UU.

espía ruso EE.UU.
Descubren un cuarto espía ruso de la Guerra Fría que se infiltró en EE.UU. (Foto tomada de Internet)

MIAMI, Estados Unidos.- En una revista de la CIA varios historiadores estadounidenses anunciaron el descubrimiento de un nuevo espía ruso: Oscar Seborer, que robó secretos del programa nuclear de EE.UU. para la extinta Unión Soviética, en Los Alamos, instalación donde se creó la primera bomba atómica, informó este lunes la agencia de noticias EFE.

Los historiadores Harvey Klehr y John Earl Haynes explicaron en su estudio, publicado en Studies in Intelligence, “que hasta ahora se conocían los nombres de tres espías que habían robado secretos del llamado Manhattan Project en Los Alamos: Klaus Fuch, David Greenglas y Theodore Hall, sin embargo, según documentos desclasificados recientemente junto a ellos había un cuarto agente que trabajaba para Rusia en ese laboratorio: Seborer, cuyo nombre secreto era Gondsend (enviado divino).

En el marco del Proyecto Manhattan, la primera bomba atómica fue detonada en julio de 1945 en el desierto de Nuevo México, cuya base estaba en Los Alamos, coincidentemente, cuatro años después los soviéticos hicieron explotar un artefacto similar en Asia Central.

Según EFE, luego de este suceso y a lo largo de varias décadas, científicos, agentes federales e historiadores trataron de descubrir cómo Moscú fue capaz de lograr la bomba atómica de forma tan rápida, en el proceso hallaron que hubo tres espías en Los Alamos, sin embargo, ahora ha salido a la luz el nombre de Seborer, quien pasó información sobre el diseño de la bomba atómica que habían creado los estadounidenses a agentes soviéticos.

En el año 1995 se habían descubierto a dos de los espías rusos: Fuchs y Greenglass, “y ese mismo año se publicaron cables soviéticos enviados entre 1940 y 1948 descifrados por la Inteligencia de EE.UU., que mostraron que había un tercer agente, Thedore Hall”.

 

Hasta ahora, reza la información de EFE, es que se ha conocido la identidad del cuarto espía, cuya identidad había estado enterrada en dosieres del FBI desclasificados recientemente.

La historia de espionaje de Oscar Seborer fue hallada esparcida a lo largo de las miles de páginas de documentos secretos publicados por el FBI en 2011, que desde 1995 daba información de que Seborer, su hermano Stuart y su cuñada Miriam, así como su suegra, habían desertado a la Unión Soviética en 1952. Inicialmente vivieron en Alemania del Este y después se mudaron a Moscú, donde residieron bajo el apellido Smith.

“Este espía era el más pequeño de una familia de inmigrantes judíos de Polonia y nació en Nueva York en 1921. Seborer estudió Ingeniería Eléctrica y trabajó en Los Alamos desde 1944 hasta 1946. En julio de 1945, según el estudio, el espía formó parte de ´una unidad de vigilancia de los efectos sísmicos´ de la primera detonación de la bomba atómica.

Así mismo, después de un estudio a los archivos de la agencia de inteligencia soviética KGB, los historiadores estadounidenses encontraron un grupo de espías rusos que operaba en EE.UU. bajo el nombre de “Grupo del Pariente”.

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Vladimir Bukovski y los siquiatras carceleros del comunismo

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Vladimir Bukovski (Foto: Vladimir Bukovski website)

LA HABANA, Cuba. – Ha muerto, a los 76 años, en Cambridge, Gran Bretaña, el escritor y disidente ruso Vladimir Bukovski.

Su colega Alexander Solshenitzin, quien ganó un Premio Nobel, fue más famoso en Occidente, pero Bukovski lo superó en apego a los ideales democráticos y compromiso con la defensa de los derechos humanos, lo que lo convirtió en uno de los más firmes adversarios que enfrentó el régimen soviético.

Por su inquebrantable actitud, Bukovski pasó más de doce años encerrado en cárceles, campamentos de trabajo forzado y hospitales siquiátricos.

En 1959, con solo 16 años, fue de los primeros en editar samizdats (publicaciones clandestinas), por lo que lo expulsaron de la escuela. En 1963, fue enviado a la cárcel por “copiar literatura antisoviética”. Unos meses después de ser puesto en libertad, en diciembre de1965, fue vuelto a encarcelar por solidarizarse con los escritores disidentes Yuri Daniel y Andrei Siniavsky. Fue liberado en julio de 1966, pero unos meses después lo condenaron a tres años de prisión. En 1972 lo condenaron a siete años de prisión y cinco de exilio acusado de “calumniar al Estado Soviético”.

En 1976, el gobierno soviético negoció con la dictadura de Augusto Pinochet el canje de Bukovski por el líder comunista chileno Luis Corvalán. De aquel canje salió muy mal parado el gobierno soviético, no solo porque Bukovski y su lucha alcanzaron relevancia internacional, sino también por una cancioncilla satírica que se mofaba de Leonid Brezhnev y que en la Unión Soviética se hizo tan popular o más que las baladas de Ala Pugachova.

Radical frente al comunismo, Bukovski no se dejó seducir por la Perestroika. No regresó a Rusia hasta 1991. Fue de los primeros en alertar que el gobierno de Vladimir Putin enrumbaba hacia una nueva forma de totalitarismo. Al frente de una agrupación de la oposición democrática intentó presentarse como candidato a la presidencia de la Federación Rusa en las elecciones de 2008, pero su candidatura no fue aceptada por la Comisión Central Electoral por no haber residido ininterrumpidamente en el país durante los últimos diez años.

Bukovski fue el primero en denunciar ante el mundo que las autoridades soviéticas utilizaban los hospitales siquiátricos como instrumento contra los que disentían.

Esa perversa práctica no se limitó solo a la Unión Soviética. Los siquiatras-carceleros existieron también en otros regímenes comunistas, incluido el castrista.

Lo puedo atestiguar. En abril de 1975, con la osadía que da tener 19 años, me declaré objetor de conciencia, me negué a ir al ejército, y fui a parar, arrastrado y a empujones, a la sala de penados Carbó Serviá del Hospital Siquiátrico Mazorra.

A aquella sala que fungía como prisión, además de criminales perturbados, violadores y drogadictos, enviaban a muchachos que como yo se negaban a pasar el servicio militar y a todo tipo de inadaptados. Y a disidentes, porque los mandamases aseguraban que quienes no encajaban en la sociedad comunista no podían estar en sus cabales.

El cineasta Nicolás Guillén Landrián y el poeta Rogelio Fabio Hurtado estuvieron recluidos en la Carbó Serviá. Y también aquel hombre que enarboló en la Ciudad Deportiva una pancarta con la inscripción “Abajo Fidel”.

Recuerdo los gritos de los que recibían electroshocks. O “sesiones de electroterapia”, como los llamaban eufemísticamente. El terror de los reclusos era que nos achicharraran el cerebro a corrientazos.

El requisito para salir de aquel infierno no era la mejoría. La mayoría de los que lograban salir, si no era convertidos en una especie de zombies, casi siempre era por la intervención de alguien influyente, que “resolvía” el alta o el traslado de ese antro a otro hospital.

Yo, que aun no era disidente pero ya iba en esa dirección, logré librarme de los electro-shocks con los que prometía “arreglarme” un socarrón y bigotudo siquiatra-carcelero, porque un alto oficial del ejército que era marido de mi hermana, logró convencer al director del hospital, el doctor Bernabé Ordaz, para que me diera de alta. Pero muchos no tuvieron mi suerte.

Discúlpenme esta historia personal, a la que ya he aludido otras veces en mis libros, pero la muerte de Vladimir Bukovski me hizo evocarla.

Fue gracias a Bukovski, que estuvo internado en estos hospitales-prisiones, y que con el doctor Semion Gluzman, un compañero de cautiverio, escribió en 1972 el Manual de Siquiatría para Disidentes, que el mundo conoció de estos horrores que ocurrían en los países comunistas.

Vaya para Vladimir Konstantinovich nuestro agradecimiento por denunciar estas atrocidades. Que tenga el descanso de los justos.

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Fidel: Peón de la URSS

partido Fidel Castro

Nikita Jruschov abraza a Fidel Castro en 1960 (The New York Times)

VENEZUELA.- El próximo mes de octubre se cumplen 56 años del único acontecimiento durante la Guerra Fría, en el cual las dos superpotencias que se disputaban el control del planeta, Estados Unidos y la Unión Soviética, estuvieron a un paso de una guerra nuclear que hubiese causado la destrucción mutua de sus dos protagonistas y borrado del mapa al actor de reparto que era Cuba.

Pero ya antes, en julio y agosto, Kruschev impondría a los enviados cubanos (Raúl Castro y el Che Guevara) que el acuerdo sobre las rampas de lanzamiento de misiles sería secreto hasta que estuvieran construidas. OPERACIÓN ANADYR fue el nombre que los rusos dieron a la construcción en Cuba de bases militares secretas equipadas con cohetes portadores de ojivas nucleares de alcance medio e intermedio capaces de impactar todo el territorio de los EEUU.

Fidel Castro, Gran Maestro en el Arte del Engaño, enmascaró la operación repitiendo junto a los rusos que la URSS construiría un puerto pesquero en Cuba. En su discurso del 09 de octubre fue contundente:

“Con créditos que nos da la Unión Soviética, con técnicos, con proyectos y con técnica se va a construir un puerto pesquero. Es claro que este tipo de convenio tiene que poner a rabiar a los imperialistas”.

Cinco días más tarde, la avanzada tecnología norteamericana, simbolizada en el avión U-2, descubrió la operación encubierta. En su vuelo del 14 de octubre de 1962, el avión espía norteamericano, con 7 cámaras Polaroid instaladas en él, tomó 928 fotografías en 6 minutos en la región occidental de Cuba. El día siguiente, la CIA al evaluar el material concluiría que se estaban construyendo en el campo de San Cristóbal las mencionadas bases militares secretas.

Para enfrentar la amenaza, el presidente de los EEUU, J.F. Kennedy, barajó tres opciones:

  1. un ataque aéreo único contra las bases de misiles,
  2. ataques en serie apoyando una invasión a Cuba
  3. un bloqueo a la isla.

Las dos primeras opciones presentaban un gran problema: era alta la probabilidad de que se desencadena la III Guerra Mundial, pues la presencia de 42.000 militares soviéticos en Cuba (en 1962, se estimaba que sólo habían 10.000) hacia muy probable que en suelo cubano ocurriera lo que siempre se había evitado: un combate directo entre soldados de ambas superpotencias.

Dado nuestro interés en demostrar que desde aquel momento el verdadero papel de Fidel Castro en la política internacional fue ser un Peón de la URRS, resumimos los acontecimientos subsiguientes: se impuso el bloqueo naval, los barcos soviéticos dieron la vuelta, Kennedy y Kruschev (dejando a un lado a Fidel) acordaron que a comienzos de noviembre la URSS desmontaría las bases y retiraría  las 162 ojivas nucleares, y  EEUU se comprometía a no invadir Cuba.

Afortunadamente, develar el papel del dictador comunista en la crisis de los misiles de 1962 se nos facilita porque se encuentra enmarcado en un documento invalorable de dos años atrás que contiene los lineamientos de política exterior que siempre guiarían al gobierno revolucionario cubano. Se trata del discurso del propio Fidel Castro ante la ONU el 26 de septiembre de 1960, el cual finaliza así:

“Algunos querían conocer cuál era la línea del Gobierno Revolucionario de Cuba. Pues bien, ¡esta es nuestra línea!”.

Conozcamos cual es esa línea extrayéndola del texto del discurso:

“La historia del mundo ha enseñado trágicamente que las carreras armamentistas han conducido siempre a la guerra. Y ha planteado la delegación soviética sobre este problema que tanto preocupa a la humanidad una proposición de desarme total. Sobre la cuestión del desarme apoyamos enteramente la proposición soviética y no nos sonrojamos aquí por apoyar la proposición soviética. Porque la humanidad no debe ser jamás llevada a una hecatombe por intereses egoístas y bastardos”.

Castro dejó muy en claro ante el mundo cual sería el rol de Cuba en el escenario internacional: una ficha de la geopolítica expansionista de la URSS (ocurriría en África también). Con una sobredosis de hipocresía, mientras se preparaba para hacer de Cuba una colonia soviética, afirmaría:

“En el discurso del premier Kruschev hay una afirmación que nos llamó poderosamente la atención, por el valor que encierra, y fue cuando dijo que la Unión Soviética no tenía colonias”.




Fidel y Raúl Castro contribuyeron al desmerengamiento de la URSS

Fidel y Raúl Castro reciben en La Habana al president soviético Mijail Gorbachov, el 13 de abril de 1989 (AP)

LA HABANA, Cuba.- Se sabe que en el corazón de Raúl, siempre estuvo presente la bandera de la hoz y el martillo. Nunca permitió que en su presencia se hablara mal de Joseph Stalin pese sus tan conocidos millones de crímenes.

En el corazón de Fidel ocurrían otras cosas. En una ocasión, mientras que divorciado de la URSS dijera que “por necesidad tuvimos que cargar con toneladas de chatarra producida por los soviéticos”, en el MINFAR, la institución más soviética de Cuba, los militares rusos y la autocracia verde olivo gozaron de una buena amistad entre besos y copas de vodka.

Pero, ¿Fidel o Raúl, bien informados como siempre, le dijeron alguna vez a las masas cubanas que en pleno año 1964 el nivel de vida de la URSS era tan bajo, que Nikita Kruschev, en un discurso en el Soviet Supremo, “prometió mejorarlo tomando medidas para recortar la semana laboral, elevar el salario, otorgar pensiones a los campesinos, mejorar la calidad de los artículos de consumo y dar auge a los incentivos materiales”?

En medio de ese escenario de pobreza y por iniciativa de Kruschev, el Kremlin dispuso de la descomunal cifra de treinta y un mil millones de dólares para mantener a flote la llamada Revolución Cubana, iniciada por un grupo de ex guerrilleros de la Sierra Maestra, dirigidos por Fidel y Raúl. Incluso siempre estuvo presente el empeño del más pequeño en convertir a Cuba en una base militar durante el curso de la Guerra Fría contra Estados Unidos y sobre todo en renovar el armamento militar, hubiera o no amenaza de guerra.

Lo que ocurrió con la descomunal cifra, aún está por conocerse. Se sabe que Cuba, como ocurre hoy, no producía, que no hubo manera alguna de recuperar el gran capital prestado, para pagarlo en su debido tiempo.

Por algo llamaron a Cuba “el hijo bobo de los soviéticos”.

En pocas palabras: Es posible que de los dos hermanos, el más culpable en dilapidar los recursos del pueblo soviético fuera el dictador No. 2, aún en el poder, cuando en los últimos años del desplome, Moscú ayudó más al castrismo, proporcionándole una asistencia militar más costosa.

¿En ese sentido nos habrán perdonado los pueblos exsoviéticos, habrán aceptado de buen grado que en 2014 Putin decidiera condonar la deuda en un noventa por ciento? ¿Cuánto en realidad Cuba les sigue debiendo a los hijos de Lenin, Stalin y Kruschev? En la Constitución de 1976 se le juró “fidelidad eterna”. Así hasta 1992, ya desintegrado el imperialismo ruso.

A Raúl, que le sigue gustando esa canción de “lo eterno”, de aquella endemoniada historia, el 31 de julio de 2007, al año de cumplirse un año al frente de la dictadura, repitió que “la revolución cubana será eterna”. En ese mismo discurso advirtió al pueblo que la Revolución no había podido superar aún el Período Especial, desatado tras el derrumbe total de los países socialistas.

O sea, que hasta el día de hoy y pese a su nuevo modelo  económico, puesto en vigor en sus diez años de dictadura, los campos se llenaron de marabú, la infraestructura de ciudades y pueblos está peor, no hay industria pesquera, ni ganadería, ni azucarera, ni café, etc., etc.

Encima de todo eso, pesa sobre las cabezas del empobrecido pueblo cubano una deuda que demuestra a las claras el desastre económico que ha causado el régimen de los hermanísimos Castros y su ineficaz unipartido comunista.

Recordemos el libro La CIA contra la URSS, por Nikolai Yákovlev, editado en millones de ejemplares a partir de 1983, uno de los textos principales de estudio de la Escuela Ñico López, del Partido Comunista de Cuba, donde toda la responsabilidad de la caída soviética se debe al trabajo de la CIA, sin tener en cuenta que desde 1947, destacados historiadores de gran prestigio, tanto soviéticos como norteamericanos, pronosticaban dicha desintegración.

Por último, vienen a mi mente las palabras de aquel amigo que me preguntó con mucha seriedad, si Fidel y Raúl no serían agentes de la CIA, no sólo por lograr una convincente propaganda contra el comunismo durante décadas a través de su Revolución, sino sobre todo, por contribuir a la ruina del imperialismo ruso.




¿Nostalgia por la avalancha soviética?

Algunos de los alimentos, juguetes y perfumes rusos que se venden en Marky’s en North Miami (foto El Nuevo Herald)

LA HABANA, Cuba.- Se les desbordaba la añoranza por los soviéticos a Raúl Castro, Ramón Machado Ventura y los generales de las FAR que asistieron el pasado 7 de noviembre al homenaje por el centenario de la revolución bolchevique.

A pesar de la alianza estratégica, los mandamases saben que no es lo mismo Rusia que la Unión Soviética. Si en octubre de 1962, bajo la enseña roja con la hoz y el martillo, Khrushev se dejó impresionar por Kennedy y se llevó de Cuba los cohetes atómicos, a pesar de la rabieta del Comandante, ¿de qué no serían capaces hoy, aun con el duro Putin al frente, cuando sobre los misiles intercontinentales y los submarinos nucleares ondea la bandera de los zares?

Pero, ideología aparte, un imperio sigue siendo un imperio, aunque cambie de nombre.

El general-presidente y sus generales nostálgicos han perdonado las desavenencias y decepciones, como aquella del retiro de los misiles que los hizo gritar, henchidos de despecho, “¡Nikita, mariquita, lo que se da no se quita!”. Prefieren recordar los tiempos felices, que se iniciaron el 13 de febrero de 1960, cuando llegó a La Habana el canciller Anastas Mikoyán para firmar un tratado comercial que garantizó las armas, el petróleo de Bakú y la compra subsidiada del azúcar que Cuba producía.

El millonario subsidio del Kremlin ligó tan umbilicalmente al régimen castrista a la Unión Soviética que en la Constitución de 1976 se le juró fidelidad eterna, un voto que se mantuvo hasta 1992, cuando hacía meses de su desintegración.

La nostalgia soviética de los mandarines me hace recordar la avalancha rusa que tuvimos que soportar los cubanos durante casi 30 años.

Con los productos de la Feria Comercial que vino con Mikoyán, llegó el adoctrinamiento comunista: las Obras Completas de Lenin —cuyo papel cebolla usábamos para hacer cigarros—, el libraco de economía política de Nikitin, los manuales de marxismo-leninismo de la Academia de Ciencias de la URSS; y editados por la Imprenta Nacional, con destino a las mochilas de los milicianos, para que tomaran ejemplo, Los hombres de Panfilov, Así se templó el acero y La carretera de Volokolanks.

Las películas de Mosfilm sustituyeron a las de Hollywood. En vez de los silbidos de la Marcha sobre el puente del río Kwai hubo balalaikas y acordeones que saludaron  nuestra incorporación al reino rojo de la colectivización y los planes quinquenales.

A los soldados del Ejército Rojo que vinieron a custodiar los misiles nucleares y que luego se quedaron para asesorar a las FAR ya los conocíamos de aquellas películas. Habíamos visto como luego de combatir aguerridamente, entre una batalla y la otra, junto a las esteras de los tanques T-34, devoraban papas hervidas y humeantes sopas de col, bebían vodka a pico de botella y gritaban ¡hurra! por cualquier motivo. Lo que conocimos después, cuando se instalaron en Cuba, fue su espantosa peste a grajo, y que cuando se emborrachaban, que era cada vez que podían, se ponían sentimentales y lloraban a moco tendido, no sólo cuando evocaban a sus familias, sino también porque no aguantaban el calor y los mosquitos, y sus oficiales, rutinariamente, los insultaban y abofeteaban.

Los cubanos, hambrientos y en la indigencia como ya estábamos, para consolarlos, les suministrábamos alcohol del peor a los ruskies shelaviekas a cambio de botas, camisas de nylon —que faltos del desodorante Fiesta nos hacían partícipes de su proverbial peste a grajo— y las consabidas latas de carne.

Para entonces, también había técnicos rusos con sus mujeres, con dientes de oro y vestidos de flores estampadas, que para nuestro espanto, no se afeitaban las piernas ni las axilas. Tan pronto se instalaron en sus barrios especiales, se sumaron al cambalache y la reventa de los productos que compraban en sus mercados también especiales.

Recuerdo a una rusa treintona, divorciada, de bastante buen ver, pero no muy aseada, que vivía en los edificios de La Siberia del Reparto Eléctrico —el equivalente de la zona rusa de Alamar— que por ganarse unos pesos lo mismo vendía latas de carne que pastillas de edulcorante sintético para el café.

Las rusas que vinieron luego, casadas con cubanos que estudiaban en la URSS, como habían nacido después del estalinismo, eran más bonitas, se arreglaban mejor y se adaptaron bien entre nosotros.

El País de los Soviets nos inundó, además de con armas, petróleo y maquinarias, con el realismo socialista en el arte o lo que los comisarios entendían como tal, los libros de la Editorial Progreso, las matriushkas, los muñequitos rusos,  las sopas salianka del restaurant Moscú, las latas de ajíes y coles rellenas con sabor a apio, los relojes Poljot, los discos Melodya, los tocadiscos Akkord que no aguantaban el calor, los radios Selena que ¡hurra, aleluya! nos permitieron acceder a la FM yanqui, los televisores Krim que funcionaban a puñetazos, las lavadoras Aurika que eran irrompibles pero destrozaban la ropa, los camiones Kamaz, los carros Lada, Volga y Moskovich para los elegidos, y las revistas Sputnik y Novedades de Moscú (hasta que las prohibieron en 1989).

En vano se esforzaron por enseñarnos el ruso por Radio Rebelde, porque nos gustaran las películas de Mosfilm o por inculcarnos costumbres del Konsomol, como aquella de que los recién casados salieran de la notaría o el Palacio de los Matrimonios, en vez de al lecho nupcial, a poner flores en los monumentos.

De todo aquello, hoy solo quedan los Lada y Moskvich —cuyas piezas de repuesto a veces hay que traerlas de Hialeah—, la manía por los nombres rusos, generalmente mal escritos, la mala fama de toscos y chapuceros de “los bolos”, y chatarra, mucha chatarra.

Las añoranzas soviéticas de los ancianos que nos desgobiernan no son compartidas por el resto de los cubanos. Para nada extrañamos a los tovarich. ¿Algo suyo que se eche de menos? Si acaso, los muñequitos rusos, por algunos traumatizados cuarentones de la llamada generación Bolek y Lolek; el vodka Stolichnaya, por su rápido efecto para ahogar las penas; y luego de tanta hambre pasada, por muy a sebo que supieran, las latas de carne que tantas veces maldijimos.