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¡Qué sindicatos más raros los de este país!

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Ulises Guilarte, secretario general de la Central de Trabajadores de Cuba (cubadebate.cu)

LA HABANA, Cuba. – Por estos días el señor Ulises Guilarte de Nacimiento, para no ser menos que su jefe José Ramón Machado Ventura, ha recorrido varios territorios de la geografía cubana. Mientras que Machadito se dedicaba a reunirse con los campesinos de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP) y los muchachos de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC), a Guilarte de Nacimiento, en su condición de secretario general de la oficialista Central de Trabajadores de Cuba (CTC), le correspondía clausurar las reuniones provinciales de esa organización.

Tal como había sucedido desde que asumió esa responsabilidad, el mandamás de la CTC  intentó mantener, en la mayoría de las reuniones celebradas, una especie de equilibrio entre los dos polos principales que constituyen la línea de trabajo de los sindicatos oficialistas de la isla: la representación y la movilización de los trabajadores. Dicho con otras palabras: quedar bien con Dios y con el Diablo.

Referido al primero de los conceptos, el dirigente sindical abogó por que la CTC continuara defendiendo los intereses de la clase obrera cubana, en especial lo concerniente a la atención a los trabajadores en los procesos de reordenamiento laboral, así como el acompañamiento a los jóvenes trabajadores. Por otra parte, y haciendo válida su condición de miembro del Buró Político del gobernante Partido Comunista, Guilarte de Nacimiento enfatizó en la importancia de la labor movilizativa de los sindicatos. Es decir, el mecanismo que tiene la maquinaria del poder para controlar a los trabajadores. En este sentido insistió en la necesidad que tiene la CTC de seguir trabajando para aumentar la afiliación de los trabajadores a sus sindicatos.

Sin embargo, bastaron unas pocas palabras del jefe sindical para que su doblez rodara por tierra. Eso aconteció durante la asamblea de la CTC de la provincia de Granma. Allí el señor Gilarte aseveró que “el vínculo con la base como principal escenario de actuación, y contribuir a fortalecer la conciencia económica de los colectivos laborales, figuran entre los fundamentales retos de la Central de Trabajadores de Cuba” (“El trabajo sindical bajo la lupa”, en periódico Trabajadores, edición del 9 de marzo).

Si la vinculación con la base constituye un reto, significa que aún no se ha logrado esa condición. De ahí se deriva la desnaturalización que padecen los sindicatos oficialistas en la isla. Porque en la mayoría de las naciones, los sindicatos son entes que surgen espontáneamente, por iniciativa de los propios trabajadores. Pero en Cuba no ocurre así. El señor Guilarte ha reconocido, seguro que sin proponérselo, que los sindicatos de la CTC son organizaciones progubernamentales que emplean las instancias superiores del poder para dirigir a los trabajadores. Más claro ni el agua: la función movilizativa de la CTC sepulta por completo a su pretendida faena por representar a los trabajadores.

Lo anterior es la causa principal de la apatía que muestran los colectivos obreros hacia las actividades organizadas por los sindicatos oficialistas. Eso se refleja en la cada vez menor afiliación a esos sindicatos, así como el desgano con que se contemplan las asambleas mensuales de producción y servicios, y las actuales reuniones donde se anuncian los planes y la desagregación de los presupuestos en las empresas y entidades.

A propósito, y evidentemente enterado de lo estéril que resultan esas reuniones de planes y presupuestos, el señor Guilarte, en la citada reunión de la provincia de Granma, expresó que “Solo una mala conducción puede convertir en formal ese vital encuentro”.

Ahora la culpa recae sobre la falta de carisma de quien conduzca esas reuniones. Al parecer, el mayoral de la CTC no quiere comprender que el problema es de esencias, y no de coyunturas.

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Ulises el sindicalista

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Ulises Guilarte, secretario general de la Central de Trabajadores de Cuba (cubadebate.cu)

CAIBARIÉN, Villa Clara.- No nos fue dado palparle en desarrollo de tan meteórica carrera sindicalista, por ende, no le conoceremos jamás del todo, hasta que decidan contarlo un día. Casi nadie en Cuba sabe —ni le importa— cómo o por donde salió, ni cómo se hizo prístino/ insurgente dirigente del sector social que engloba y controla al tercio más vapuleado (productivo e improductivo) del país.

Su cara remite a la cepa/clon de marca Bruno, por emparrillada. Siquiera denota ser buena o mala persona, perverso o fiel. La impersonalidad se adquiere en los discretos planteles del MINREX a cambio de poco. Hasta que estalla un escándalo tipo Huawei.

Tampoco parece facturado en madera de corcho, pero lo está. Igual a una matrioshka rusa: esconde dentro a otra persona, y a otra personita más, y así, sin límites, deja alelados los escuchas, ávidos de su exquisitez sonora, impresionantemente.

Posee el humilde compañero vasta figura que abarca ingentes espacios, sobre todo, en una prensa —tan plana como llana— y en la indescifrable TV. Al menos en realeza verbal ya alcanzó a Lázaro Peña, porque usando capellanía se desempeña.

Se le notan las cuarteaduras del sacrificio, los años duros de doblar el lomo (uno intuye que cuando era esbelto, fácil de rodear en lugar de brincarlo como ahora, ágil y ejercitado, los efluvios le correrían a raudales por el grácil cuerpecito, dejando estrías —hoy estiradas por la grasa— sobre el surco abierto de la tierra —de esa labranza premeditada que al estrellato le lanzaría—, recién arado el suelo patrio…y alabado él). O tal vez esas arrugas difusas sean mera consecuencia del perseguir, en calma altamar, mariscos inasequibles con los que sobrevivir. Nunca de amasar harina ni estibar sacos del puerto.

Ulises Guilarte no es tampoco aproximación al antiguo héroe panhelénico, sino real, constatable, de mucha carne y pocos huesos, arquetipo de los tiempos duros, máster en conservarse intacto. (Como el Caguairán amarillo que se murió enterito… esa es su norma, su religión).

Este domingo 30 arengó a los cubanos que miran sin ver el noticiero, a que “nadie faltase a la magna cita del Primero de Mayo”, para que, con nuestra estoica presencia de proletarios desunidos y pazguatos, “demostrarle al imperialismo la invencibilidad de la victoria”. No dijo palabra acerca de la inquebrantable decisión conjunta —y secreta— de rematar el país a golpes de obstinación, hoceando y martillando (con generales de punta… oblonga) otra vez en lo fallido.

A no dejarse mangar por la propaganda —oral o mediática— en torno a un día de gloria chicagüense y contagiosa que en verdad nos avergüenza desde atrás, tras el derrumbe estrepitoso, para nada asomarnos de la cura/redención a los oprobios nuevos.

Listos los 16 sectores, con el casi millón de trasnochados, “los factores” divididos en “vectores”, encabezados por los “correctores” de la UJC, fluyeron bajo trémula consigna: “Nuestra Fortaleza es la Unión”. Desinencia exacta al carbón: la número 58 ya.

Procesión cabal donde arroparon (nunca mejor dicho, con disfraces de mambises, ovejitas, abejitas, cosmonautas, enfermeras, payasos, chivatientes, hasta una niña de camuflaje llevó estampada en la mejilla la cremación, cual marca del zorro) a pioneros y estudiantes, no como les deberían pues, martianamente, dejar en exclusiva a los trabajadores, que en su “papel de hombres libres” abandonaron los estudios para volcarse a fomentarle estribos al estudiantado, con el “guille” de que aquellos son y serán al cabo (¿o al capitán?) la esperanza, el futuro, el mañana que inexorablemente ¿ espera? en manutención deseable: la “seguridad” en la ocambez.

En qué quedamos ¿fiesta de quiénes, si obreros hartos o adolescentes guanajos que nada saben de pasar trabajo, o al bulto de comelatas para 1600 extranjeros “invitados” que sufragamos todos en plan deslumbra-miento?

En 2014 redacté protesta ciudadana por el incógnito destino de los fondos: “Pa’l sindicato ni un peso más”. En la misma madrugada reciprocaron con pandilla organizada por el DSE que atentó contra la fachada de casa. Lo típico: recordarnos el nivel de educación que tenemos y merecemos.

De modo que 1216 centros de enseñanza de la capital estuvieron representados en este carnaval “obrero”. Casi nada. ¡Qué pena! Pena capital constituyó desperezarles desde las 2 am y que terminaran con tortícolis 10 horas después de bandereo: síndrome del alarde cobarde explícito en el esperpento.

En fin, la generación humeante se paseó, confirmando presupuestos de la misma hornada que nos sacará los ojos, digo, las castañas, los castaños (y las castañuelas) del fuego en el agreste archipiélago. Cuando dejemos de temblar como hojitas caídas… en desgracia, y se erijan estos jóvenes en modernos próceres (versados en la sujeción de los que lideran sindicatos sin recatos) ultimando novedosos mártires.

Anuncian también, en cartel corrido con letra imprecisa que: “Los jóvenes no nos follarán” (la UCI), evidentemente las virtuales mocedades evaden juerguitas libidinosas con la senilidad reinante.

Quizá, cuando agarre Ulises a esos barbilampiños por el resbaladizo rabo, arcilla fundamental(ista), no les estire lo bastante en la propuesta de una identidad soberana, anárquica y radical, sino más bien le convenga sean dúctiles áridos de construcción para fundar/fundir su obra común(ista), con tales materiales.

Venga entonces a nos El Bastillado, maleable/agrimensor de mareas que inundan a menudo la plaza en respuesta a partidistas reclamos. Mar de banderas, de pueblo, de sudor. Mar del mal innavegable.

Así consiga lo suficiente nuestro Ulises para —en pleno retranque de odisea— desarmar/desbaratar al caballo (propio) que acabará con su “amada” Troya, y surcar —con tanta hermosura junta, subidos todos al maderamen que reste— otros mares de locura.