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Por siempre Tom Wolfe

LA HABANA, Cuba.- Dicen, sin aclarar si mejoró o empeoró –en estos tiempos ya nunca se sabe-, que New York ya no es la misma ciudad que pintó Tom Wolfe en su novela La hoguera de las vanidades (The bonfire of the vanities), de 1987. Y es que nada podía seguir igual luego de ser descrito Tom Wolfe. Ocurrió con Atlanta luego de A man in full, con los hippies luego de Ponche de ácido lisérgico (The electric kool-aid acid test), con “la izquierda exquisita”, con la cultura pop, con el mainstream intelectual, con la percepción de la sociedad estadounidense. Pero sobre todo, Wolfe cambió la novela, devolviéndole el realismo de los tiempos de Zola, Dickens y Balzac. Y más aún, el periodismo, que convirtió en Nuevo Periodismo.

A mí también me cambió Tom Wolfe a partir de que lo descubrí (con retraso, a Cuba todo llega con retraso). Le debí el hallazgo de Wolfe y del periodismo literario todo a mi amiga Mercedes Moreno, que fue quien me inició en el periodismo independiente, del que era una de las pioneras (antes había sido comentarista deportiva del NTV). Se apareció una tarde de los años 90 con el libro “Los periodistas literarios”, y al ponerlo en mi mano, me dijo: “Esto es lo tuyo”. Mercedes, que sufría al ver que yo, sacado de la narrativa, no acababa de coger el paso en el periodismo, tuvo toda la razón, como casi siempre.

Después de conocer a Tom Wolfe y a Truman Capote, Hunther Thompson y Gay Tallese -como si ya no tuviese bastante con García Márquez y Vargas Llosa- quedé condenado a nunca quedar conforme con lo que escribiera, la vista ida hacia esos picos inaccesibles. Pero lo mismo o similar le pasó –se les nota- con Wolfe a muchísimos escritores y periodistas de mi generación, también de la posterior y me temo que no faltarán de la próxima, a pesar de las redes sociales, las fake news y toda la alharaca digital posmoderna, desmemoriada y entontecedora.

A partir de los años 60, las crónicas de Tom Wolfe crearon un paradigma que no ha podido ser superado, con el uso de los diálogos y los monólogos interiores, la minuciosidad en los detalles y las descripciones de personajes, lugares y atmósferas.

Tom Wolfe no inició el Nuevo Periodismo, honor que le corresponde a Truman Capote con “A sangre fría”, de 1965. Pero como ocurrió con Elvis y el rock and roll, con Wolfe alcanzó el Nuevo Periodismo su plena definición. Y sin proponérselo. Negaba que él y sus colegas hubiesen tenido “la más mínima intención de crear un periodismo mejor o una variedad ligeramente evolucionada”, aseguraba que “jamás soñaron en que nada de lo que fuesen a escribir para diarios o revistas fuese a crear tales estragos en el mundo literario… a destronar a la novela como número uno de los géneros literarios, a dotar a la literatura norteamericana de su primera orientación nueva en medio siglo”. Sin embargo, pusieron a temblar a Saul Bellow, John Updike y Philip Roth.

Explicaba Wolfe que los Nuevos Periodistas, “tuvieron para ellos solos los locos años 60, obscenos, tumultuosos, mau-maus, empapados en droga, rezumantes de concupiscencia”. Y el producto no pudo ser mejor.

Ha muerto Tom Wolfe, pero se queda para siempre, afincado en el lugar donde están los grandes. Solo se me ocurre, para honrar al maestro, mejor que esta crónica, poner más alta la música de los Grateful Dead que viajaban en aquel ómnibus embrujado con Ken Kesey y Neal Cassady, dispararme un buen trago de ron y como hacía él, mandar al diablo las categorías literarias… y a los categorizadores.

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Tom Wolfe y los cubanos de Miami

Orlando Hernandez sets up Cuban Flags for sale in front of the Versailles Restaurant in the 'Little Havana" area in Miami, Tuesday, Feb. 19, 2008. Local media gathered at the restaurant after ailing leader Fidel Castro resigned as Cuba's president early Tuesday, saying in a letter published in official online media that he would not accept a new term when the newly elected parliament meets on Sunday. (AP Photo/Alan Diaz)

LA HABANA, Cuba.- Tom Wolfe, que es uno de mis autores preferidos, me ha disgustado bastante con uno de sus más recientes libros, Back to Blood (Little, Brown and Company, Hachette Book Group, New York, 2012).

Mi disgusto no es de carácter literario, que el padre del Nuevo Periodismo no ha perdido fuelle en su escritura, sino que se debe a la forma en que refleja en el libro a los cubanos de Miami, particularmente a los de Hialeah: incultos, intolerantes, ansiosos por imitar a los norteamericanos WASP (personas de origen anglosajón y de religión protestante). Nada que ver con las características de la mayoría de los cubanos que traté durante mi reciente estancia en Miami. Gente noble, emprendedora, orgullosa de su identidad.

Los protagonistas de la novela, Néstor Camacho y su ex novia, la casquivana enfermera Magdalena, y los cubanos de su entorno, resultan caricaturescos.

El forzudo –gracias al ¡Ñooo Qué Gym!- Camacho va de un escándalo a otro en su labor como policía. Primero, en una hazaña acrobática, baja del mástil de un velero, a más de 70 pies de altura, a un anticastrista que busca asilo en territorio norteamericano. Pero, ante la posibilidad de que el tipo sea devuelto a Cuba, el joven policía se busca la animadversión de sus compatriotas, incluida su familia, quienes lo consideran un traidor a los suyos. Luego, durante la captura de un traficante de drogas, es filmado en un video cuando casi que asfixia al delincuente mientras profiere una catarata de insultos racistas, lo que provoca que lo suspendan por un tiempo, para evitar una revuelta racial en protesta por la violencia policial.

Según se infiere de lo narrado por Wolfe, dicha violencia se debe a que la mayoría de los policías de origen cubano de Miami son de modo más o menos consciente, abusivos y racistas con los afroamericanos.

En cuanto a Magdalena, en pos del éxito a lo ‘american way’, de la cama de un siquiatra de pornoadictos a la de un oligarca ruso, no pierde las oportunidades de hacer papelazos.

Evidentemente Tom Wolfe, al tratar de los cubano-americanos, se metió en un tema que conoce poco, mal y de oídas. Este desconocimiento se evidencia, entre otras cosas, en la pésima utilización de las frases en español, las alusiones a santos que no son conocidos ni en los centros espirituales de Guanabacoa y las referencias a “la caja china”, que hasta donde sé, es un instrumento de percusión y no un asador de puercos.

Al parecer, Wolfe fue muy mal asesorado por la periodista Ann Louise Bardach, a quien él reconoce –sabrá Dios basado en qué- como “una autoridad sobre la Cuba fidelista y sus nexos con Miami”.

Tampoco salen bien parados en la novela los haitianos y los rusos de Miami. Los haitianos, representados por un profesor y su hija de piel muy clara, que quieren pasar por blancos y franceses, y el hijo a punto de descarriarse, un adolescente que habla una mezcla de creole y slang-gangsta-rapero y copia los modales de los pandilleros afroamericanos de Liberty City. Los rusos de Sunny Isles y Hallandale, mafiosos, timadores y alcohólicos, parecen escapados de un libro de Dostoievsky.

A Wolfe, que siempre ha sido un agudo observador social, en esta ocasión, al observar a Miami, la ciudad con más residentes extranjeros del mundo, le falló la visión periférica. Se dejó llevar por los prejuicios.

¿Será que Samuel Huntington y Donald Trump, cada cual a su modo, han conseguido influir también hasta en alguien tan brillante como Tom Wolfe?

Back to Blood no está a la altura de otras novelas de Wolfe, como The Bonfire of the Vanities y A Man in Full, que son grandes frescos urbanos de New York y Atlanta, respectivamente. Y es una pena, porque Miami, a la que ya algunos ven como la ciudad norteamericana del futuro, se lo merecía. Y también los cubano-americanos, sin los cuales, pese a lo que puedan decir Tom Wolfe y otros similares, Miami no sería el prodigio que es hoy.