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Svalbard, un lugar donde no se permite morir

Svalbard, Noruega

MONTANA, Estados Unidos. — Cuando me enteré de las inusuales leyes de Svalbard, una de las cuales es que no se permite morir allí, mi esposa y yo hicimos planes para visitarla. Desgraciadamente, la pandemia de COVID-19 postergó la visita.

Svalbard es un archipiélago noruego situado en el Océano Ártico, entre Noruega continental y el Polo Norte. Es el asentamiento más septentrional del mundo. En su capital Longyearbyen viven 2 400 personas de más de cincuenta países. Tras haber visitado en 2019 el confín más meridional, la Antártida, para nosotros tenía sentido hacer de Svalbard nuestro próximo destino.

El territorio ha sido parte del Reino de Noruega desde 1925, sin embargo, administrativamente no es parte de ningún condado noruego. Es una zona administrada por un gobernador nombrado por el gobierno noruego y sujeta a la jurisdicción especial del Tratado de Svalbard (1920) y la Ley de Svalbard (1925). Estos tratados establecieron a Svalbard como zona económicamente libre y desmilitarizada.

El permanente suelo congelado (permafrost) de Svalbard y sus bajas temperaturas durante todo el año la hicieron ideal para la instalación de la Bóveda Global de Semillas, que almacena casi un millón de semillas de todo el mundo como reserva en caso de catástrofe mundial. La temperatura más cálida registrada en Longyearbyen ha sido de 70,3 F (21.3 C) y la más fría de -51,3 F (-46.3 C). Durante el invierno cae la noche durante tres meses, a veces con temperaturas por debajo del impresionante punto en el que las escalas Fahrenheit y Celsius se igualan: -40 grados.

La multietnicidad de Longyearbyen se debe a que es una sociedad de fronteras abiertas en la que los ciudadanos de cualquier país son bienvenidos a establecerse en Svalbard sin necesidad de visado, siempre que tengan un trabajo y un lugar donde vivir. El Tratado de Svalbard incluye una cláusula que exige no hacer ninguna distinción entre noruegos y extranjeros.

El tratado también exige que Svalbard no grave a sus residentes con más impuestos que el mínimo necesario para el funcionamiento del gobierno. En la actualidad, se trata de un impuesto sobre ingresos del 8 %, muy por debajo del impuesto noruego de casi el 40 %. La versión del control de armas en Svalbard es sorprendente: cualquiera que salga de los límites de la ciudad debe llevar un rifle para protegerse. Esto se debe a que, adyacente a la población humana de Longyearbyen de 2 400 personas, hay unos 3 000 osos polares.

Lo más interesante es que en la década de 1950, cuando los científicos exhumaron los cadáveres de los fallecidos en la pandemia de gripe de 1918, se descubrió que los cuerpos preservados por el permafrost no se habían descompuesto. A partir de ese momento no está permitido morir en Longyearbyen, no hay opciones de entierro. Los residentes que están a punto de morir son trasladados a Noruega. No sólo no se permite morir, sino tampoco dar a luz. Las embarazadas a pocas semanas de alumbrar, deben viajar al continente.

Pero esta no es una columna turística. Comento sobre Svalbard porque hay mucho que podemos aprender de esta temeraria sociedad. Una propuesta política clave para nosotros en Estados Unidos gira en torno a las preguntas de ¿en qué cuantía y condiciones políticas se debe permitir la llegada de personas de otros países a Estados Unidos?

En Svalbard, la pertenencia a la sociedad se basa en la residencia y el consentimiento, y no en el nacimiento o la ascendencia. Dado las dificultades extremas de este entorno, los residentes de más de cincuenta países diferentes deben adoptar nuevos puntos de vista por encima de sus calcificados prejuicios.

Durante 100 días al año, los habitantes de Svalbard se sumergen en una oscuridad que llaman su “noche polar”. Vivir en Svalbard debe ser como la descripción que hace E. L. Doctorow de la escritura “… es como conducir de noche en la niebla. Sólo puedes ver hasta los faros, pero puedes hacer todo el viaje así”.

Para vivir en Svalbard hay que separar el pasado del presente y acoger la incomodidad de la duda sobre la comodidad de la convicción. Esta debería ser nuestra aspiración intelectual en materia de inmigración.

Nota: El último libro del Dr. Azel es “Libertad para novatos”.

ARTÍCULO DE OPINIÓN
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