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Los aseres ilustrados

Pedro Juan Gutiérrez, Alexis Leyva Machado (Kcho) y Leonardo Padura, Aseres, Cuba

LA HABANA, Cuba. — Luego de 1959, en los medios intelectuales cubanos ha proliferado un curioso espécimen: el asere ilustrado. No importa cuán culto sea: entre citas beisboleras, de Lezama o de algún filósofo europeo —mientras menos conocido mejor— salpica su conversación con palabrotas y términos y frases de la jerga presidiaria.

Parece que ciertos escritores, cineastas y pintores creen que demuestran su cubanía y lo campechanos y desenfadados que son saludando con “qué volá”, hablando de “jevas” y llamando “asere” lo mismo a sus amigos que a cualquiera que se les ponga por delante, siempre que no sea un dirigente.

Es como si los hubieran hecho en un molde, todos se parecen: mal hablados, jaraneros, bebedores largos, machistas que presumen de ser ligones. Y rudos como son, pasan fácilmente —sobre todo cuando están curdas y el otro no se lo espera— del sentimentalismo y la afabilidad extrema al gaznatón.

Los escándalos en lugares públicos protagonizados por algunos de ellos, casi siempre borrachos, han pasado a ser leyendas urbanas.

Estos personajes se originaron en la atmósfera populista y populachera prevaleciente en los primeros años del régimen castrista, cuando, para no ser mal visto y poder abrirte paso en la nueva sociedad de proletarios que construían el socialismo, lo mejor era dejar a un lado los buenos modales y el refinamiento, para que a nadie se le ocurriera tomarte por un burgués, un señoritingo, un bitongo, un blandengue. O peor aún, un cundango.

De ese clima salieron los primeros aseres ilustrados: los que vistieron uniforme miliciano, cortaron caña y pudieron estudiar  —con especial énfasis en el marxismo según los manuales soviéticos— en la Facultad de Letras de la universidad para los revolucionarios o en la Escuela Nacional de Arte (ENA).

Los aseres pontificaban, se sentían más sueltos y en confianza para lucirse ante cortesanas y esnobistas, mejor que en las mesitas de la UNEAC, bebiendo aguardiente Coronilla en sus tertulias y cenáculos,  en alguna exposición en la Casa de las Américas, o en la Cinemateca, mientras esperaban que empezara la tanda con alguna película de Federico Fellini, Jean-Luc Godard o Glauber Rocha.

Sus descendientes, aunque menos apegados al dogma y los formalismos del socialismo castrista, se formaron en becas y escuelas en el campo donde, como predominaba la ley del más fuerte, había —¡vaya si lo sabré!— que ser duro para que te respetaran. Eso implicaba echar malas palabras a cada paso, no dejarte sopapear y estar listo a tromponearse con cualquiera. Ello no impedía que a muchos nos gustara la literatura, el buen cine y la música de Led Zeppelin y Pink Floyd, o de Creedence Clearwater Revival, como es el caso de Leonardo Padura, que al igual que su personaje novelesco y casi que alter ego (el teniente y luego librero por cuenta propia Mario Conde) es un confeso admirador del grupo californiano que sonaba cual si fuese de Memphis o New Orleans.

Leonardo Padura, junto a Pedro Juan Gutiérrez, uno de Mantilla, el otro de Centro Habana, son los más emblemáticos de los aseres ilustrados. El hecho de que ambos sean los más leídos escritores cubanos de los últimos 25 años indica que la fórmula de ser como son (o aparentarlo) funciona y da buenos dividendos, si de marketing literario se trata.

El real Padura, por muy de Mantilla que sea y mucha pelota manigüera que haya jugado en sus calles, es el que descubrió su afición por la escritura leyendo vorazmente a Vargas Llosa y a Cabrera Infante, por muy prohibidos que estuviesen. Lo demás se lo dio su innegable talento para el oficio, la ciudadanía española y la zorrería para lograr colarle goles a la censura.

Y allá el que se crea el pendenciero, cínico, sexomaniático y escatológico Pedro Juan de los solares habaneros que se inventó Pedro Juan Gutiérrez para su narrativa y sus poemas. En la vida real, el Bukowski criollo es un tipo culto, de buen gusto y con dinero y relaciones suficientes como para pasar, al igual que Padura, más tiempo en Europa que en Cuba.

En los últimos años, los epatantes aseres ilustrados de la nueva hornada, para no incurrir en lo políticamente incorrecto, han modificado algunos de los rasgos típicos de la especie. Extremándose en las citas y el lenguaje críptico, por no decir la palabrería metatrancosa, han decidido ser (o aparentar que son) más cultos que populares. Pero siempre irreverentes, lo mismo en el ambiente artístico y letrado que cuando “perrean” en una discoteca.

La principal transformación en las conductas de algunos, impensable hace unos años, es que ahora, en vez de posar de supermachos y  “ligones de jevas”, desenfadadamente, y sin que nadie indague su orientación sexual,  presumen de ser los más “open mind”.

No obstante, algunos petulantes de campeonato, en Cuba o fuera de ella, cuando tienen una perreta o quieren llamar la atención porque se sienten relegados, se les olvida la corrección política y se muestran groseramente  machistas, homofóbicos y racistas. Son aseres al fin y al cabo, por muy pulidos y posmodernos que parezcan.

ARTÍCULO DE OPINIÓN
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Pedro Juan Gutiérrez: una serpiente que se muerde la cola

Pedro Juan Gutiérrez, Cuba

GRANMA, Cuba. – A diferencia de mi  amigo y colega Luis Cino Álvarez, yo no admiro a Pedro Juan Gutiérrez (autor, entre otros, del libro de cuentos Carne de perro, una especie de autobiografía degradante que lo define). Para mi criterio, en sus recientes declaraciones a Cubaencuentro no hizo más que morderse la cola de la serpiente que lo habita en busca de aceptación en el ominoso redil de la intelectualidad cubana. Un animal tropical fuera de su coto de caza suele babear y mover la cola.

La pretendida imagen de ser un demiurgo de la literatura cubana que ha creado  sus libros –sin camisas, con un trozo de pan en una mano y la botella de ron en la otra– desde la azotea de un edificio en ruinas en Centro Habana es solo  un ejercicio de marketing  para venderse como el marginal castigado por la censura en un escenario cultural como el cubano, donde la disidencia temática o política de los escritores y artistas se paga con el ostracismo, la prisión o el exilio.

Si bien la obra de Pedro Juan crea rechazo en unos y elogios entre otros por la crudeza de su literatura y el realismo sucio en que la tematiza, estructura y sumerge a través de palabrotas, sexo desenfrenado, violencia y ambientes escatológicos, el autor no cumple con la  función de “dar voz a los perdedores, a quienes no hacen la historia, pero la historia les ocurre”, como dejara escrito en 1999 el Premio Nobel de Literatura Günter Grass.

Pedro Juan sólo alimenta su ego de “omnímodo” observador y crea personajes que son detritus humano sin alma, cerebros, valores ni voces para defenderse de la marginalidad impuesta por la revolución, y que por causa de su condición de negros, homosexuales, mujeres y viejos de Centro Habana, cumplen con el invariable papel de seres caricaturescos asignado por el gran narrador.

Como he debatido con mi colega Luis Cino en innumerables ocasiones, la literatura escrita por Pedro Juan Gutiérrez, pese a develar un escenario real en cualquier región de Cuba, está teñida de un tono de oportunismo y complacencia con esa parte del orgullo español que aún sangra por la herida de haber perdido Cuba, y disfrutan en vernos como a indios con levitas y en taparrabos.

De ahí que a nadie debe extrañarle que un hombre que describa con tanta minuciosidad la realidad cubana no encuentre un culpable de tanta humillación, ni tome partido con la imagen que vende al exterior de una revolución excluyente y corrupta. ¿Acaso no ven al farolero que busca el filón  de un tema con garantía de ventas y grupos de seguidores desde una visión “neutral”?

Por eso es que coincido con lo escrito por mi colega Cino en su artículo El apoliticismo de Pedro Juan  Gutiérrez, publicado en este mismo diario, donde señala que el escritor de marras, al referirse de modo esquivo y apocado a la situación cubana, “se muestra más que cobarde, hipócrita y cínico”, algo que, a mi criterio, siempre ha sido y es, pese a su encomiable labor de desvelar parte del submundo dantesco que subyace en el país.

Un momento abyecto solo compatible con los que realizan los más sumisos defensores de la Política Cultural de la Revolución –al mejor estilo de Abel Prieto y Fernando Rojas, entre otros de su calaña– es en el que, dice Cino, el escritor se muestra “benévolo y hasta comprensivo con la censura frente al entrevistador”, la cual achaca a “oportunistas que siempre aparecen en sociedades tan politizadas”, para más adelante asegurar que “la censura que había –¿ya no hay? – era una especie de vocación provinciana de no ver las cosas con amplitud”. ¡Qué triste final, Pedro Juan!

Para mi criterio, el supuesto apoliticismo de Pedro Juan Gutiérrez es consustancial a todo tipo de fantoches y arribistas que integran las filas de la Unión de Artistas y Escritores de Cuba (UNEAC). Su pose de transgresor no es más que un acto de onanismo mental y falsa libertad creativa.

Se acabó la época de los héroes en Cuba, Pedro Juan, pero la de los de pacotilla como tú, que recibían un carro para reportar en las páginas del semanario Trabajadores que en los campos de Cuba se caminaba sobre guardarrayas de azúcar y los platanales pintaban el cielo de verdor. Te quedaste sin chistes, Pedro Juan. La obra que después escribiste sin apenas cambiar tu traje de bufón de la corte de los milagros castristas hoy la hacen nuevos héroes, pero desde la oposición.

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El apoliticismo de Pedro Juan Gutiérrez

Pedro Juan Gutiérrez, Cuba

LA HABANA, Cuba. – A Pedro Juan Gutiérrez, a quienes algunos comparan con Bukovsky, suelen criticarlo  por la crudeza de su literatura. Pero precisamente por ello es que lo admiro.  No creo que haya otro modo mejor que el realismo sucio  tal y como lo emplea Pedro Juan –con palabrotas, sexo desenfrenado, violencia y ambientes escatológicos– para narrar la vida de las últimas cinco décadas en Cuba.

A un lector extranjero, especialmente si es de los que aún siguen tercamente obnubilados por la revolución castrista, podrán parecerle brutales e hiperbolizadas sus tramas. Pero cualquier cubano de mi generación conoce historias similares a las de los personajes de la Trilogía sucia, El rey de La HabanaFabián y el caosEl nido de la serpiente, esa especie de bildungsroman  del alter ego del escritor.

Admiro a Pedro Juan Gutiérrez como escritor, pero me defraudó como persona luego de que leí la entrevista que concedió a César Coca y que apareció publicada recientemente en la página Cubaencuentro.

En dicha entrevista, el escritor, al referirse de modo esquivo y apocado a la situación cubana, se muestra más que cobarde, hipócrita y cínico. En cuanto a ser evasivo y vestir de zorro ante la prensa, Pedro Juan emula con otro experto en esas lides, su colega Leonardo Padura.

Se entiende que un autor que vive en Cuba sepa nadar y guardar la ropa, que cuide su pellejo de la ira del régimen, que evite disgustarlo demasiado con sus opiniones. Pero no hay que exagerar con el miedo y las precauciones, máxime si se es famoso y se tiene una nacionalidad extranjera.

Tanto Pedro Juan Gutiérrez como Padura tienen la ciudadanía española. Y en el caso del primero, pasa la mayor parte del año –más de seis meses, si no hay contratiempos– fuera de Cuba (en España u otros países).

Los censores castristas siempre se han mostrado reluctantes con Pedro Juan Gutiérrez debido al modo crítico y descarnado en que se refleja la sociedad cubana en su narrativa. El libro que  lo hizo internacionalmente famoso, Trilogía sucia de La Habana, tuvo que esperar más de 20 años para que se publicara en la Isla. Ese título y otros 16, cuando los han publicado, ha sido sin promoción y en tiradas reducidas (no más de 3 000 o 5 000 ejemplares) que se agotan enseguida.

Pero Pedro Juan Gutiérrez, ante el entrevistador, se muestra benévolo y hasta comprensivo con la censura, que achaca a “oportunistas que siempre aparecen en sociedades tan politizadas”. Asegura que “la censura que había era una especie de vocación provinciana de no ver las cosas con amplitud”, y luego dice que “ya no es tanto como antes”. Y menos mal que reconoce que “aún necesitamos libertad y tranquilidad”, que “queda mucho por avanzar en esos campos” y hasta se atreve a pedir “mayor respeto para los creadores, sobre todo los más jóvenes”.

Pero hasta ahí se atrevió Pedro Juan Gutiérrez. De política, el entrevistador tuvo que sacarle a tirones las palabras de la boca. Y fue sumamente cauto en lo que dijo.

Las circunstancias actuales en Cuba, que describió como “muy difíciles socialmente y también en cuanto a abastecimiento”, las atribuye a “las medidas que adoptó Trump buscando que la gente saliera a la calle a protestar”, que se han juntado con “algunas medidas fuertes de reestructuración económica y con la pandemia, que ha acabado con el turismo”.

Cuando el entrevistador le pregunta si “Raúl Castro y su grupo más próximo siguen mandando, aunque sea desde la sombra”, Pedro Juan Gutiérrez dice no tener ni idea. Explica que está muy alejado de la política, y que “los mundos del poder no le preocupan”.

Según Gutiérrez, que dice preferir ser “un observador más alejado e imparcial”, “Cuba está en un momento de transición interesante que seguirá sin violencia ni extremismos”. Asegura que la época de los héroes ya pasó, y “lo que quiere el pueblo es vivir tranquilo, en todos los sentidos, el de la paz, el económico”.

Los mandamases, siempre extremistas e intolerantes, no se dignan a complacer los deseos del pueblo. Y Pedro Juan Gutiérrez, como si con él no fuese…

Molesta tanto apoliticismo ingenuo y desentendido en alguien como Pedro Juan Gutiérrez, que en su libro Fabián y el caos puso en boca de un personaje nombrado Warren la siguiente explicación: “Un artista siempre pertenece a una elite. No somos obreros, no somos robots. Hay que marcar las distancias. Si te ven hundido estás perdido porque te machacarán más. Lo único que quieren es que todos seamos robots. Que todos seamos proletarios. Es muy cómodo para ellos, tener una sociedad uniformada, silenciosa, que nadie proteste, que nadie tenga ideas propias. Por eso crean o intentan crear la ilusión de que son los proletarios los que mandan, que es la mayoría. Esa es una mentira perfecta. Y además, no han tenido que inventar nada. Ya todo está inventado y lo han importado. De Europa del Este y de China. Lenin, Stalin, Mao. Es fácil, lo tienen fácil”.

No es que uno aspire a que Pedro Juan Gutiérrez sea panfletario en contra del régimen, pero uno espera un poco más de franqueza, menos circunloquios y evasivas en alguien que, en el capítulo VII de El nido de la serpiente (Ediciones Unión, 2016), afirmaba que escribía sacando afuera la rabia y la locura, sin miedo, arriesgándose, porque “el que no se atreve a llegar hasta el límite no tiene derecho a escribir…”.

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“Trilogía sucia de La Habana” llega a Cuba 20 años después

Pedro Juan Gutiérrez. Foto tomada de internet

MIAMI, Estados Unidos.- Trilogía sucia de La Habana, de Pedro Juan Gutiérrez (Matanzas, 1950), llega a Cuba dos décadas después de su publicación en España. El texto, un brutal retablo de las penurias del “periodo especial”, le costó a su autor dos décadas desterrado de las letras cubanas, informó la agencia de noticias EFE.

La Trilogía, publicada ahora en la Isla por Ediciones Unión, se presenta este viernes en la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), según reza la nota, y se espera que los primeros 3000 ejemplares del libro se vendan rápidamente en la Feria Internacional del Libro de La Habana, ya que se ha creado una gran expectación entre el público.

El libro fue editado inicialmente por la española Anagrama en 1998, ha sido traducido a 22 idiomas y distribuido en más de cien países. Su autor explicó a EFE que cuando salió en España, en Cuba “se formó una barahúnda tan grande que pensé que me iba a llevar mucho más tiempo que se publicara”. Sin embargo, de acuerdo a la entrevista con EFE, Gutiérrez se prometió a sí mismo que vería publicados “en vida” todos sus libros en su país.

Trilogía sucia de La Habana “escandalizó en aquel entonces a la cúpula cubana por la sórdida imagen que proyectaba de los estratos más desfavorecidos de la sociedad de la Isla, los más golpeados por las necesidades del periodo especial, aquellos años 90 en que la isla tocó fondo tras la retirada de los subsidios soviéticos”.

Trilogía sucia de La Habana. Foto tomada de Internet

Gutiérrez relató en su libro la prostitución, proxenetismo, promiscuidad, pillaje, violencia, hambre y hasta canibalismo que se vivió en la dura cotidianeidad de Centro Habana en la época, una lucha despiadada por la supervivencia, en la que muchos aparcaron sus principios morales.

Cuando terminó de escribir su libro Pedro Juan Gutiérrez cuenta que fue “tremendamente machacado” por su pecado: dar voz a los “antihéroes” de los que no habla la prensa estatal, que solo resalta la visión “continuamente heroica del día a día”.

“Pasó lo que pasó, me dejaron en la calle, fueron unos años bastante desagradables”, recuerda el escritor, en aquellos años también periodista.

A su juicio, es imposible comprender la sociedad cubana de hoy sin los cambios psicológicos que le imprimieron los duros años noventa. “Hubo todo un cambio en la moral, la ética, los conceptos sociales de la gente, de cómo enfrentar la vida (…). Se habla mucho del periodo especial desde el punto de vista económico, de las necesidades que se pasaron, del hambre. Pero no se habla de estos cambios y creo que sería importante que lo hicieran, ya es hora”, aseveró a EFE.




Pedro Juan Gutiérrez y el caos

El escritor Pedro Juan Gutiérrez (Foto: revistaelestornudo.com)

LA HABANA, Cuba.- Más de un año y cinco meses después de su publicación en septiembre de 2015 por la editorial española Anagrama, en la recién concluida Feria del Libro de La Habana, Ediciones Unión presentó Fabián y el caos, la más reciente novela de Pedro Juan Gutiérrez.

Los censores castristas siempre se han mostrado reluctantes con la obra de Pedro Juan Gutiérrez debido al modo descarnado en que se refleja la sociedad cubana en su narrativa. El libro que hace más de 20 años lo hizo internacionalmente famoso, Trilogía sucia de La Habana, aun no se ha publicado en Cuba.

Entre tanto texto de proselitismo politiquero como hubo en la Feria del Libro, Fabián y el caos constituyó una rareza.

Con su trama ubicada en los años 60 y principios de los 70, la novela, que pudiera ser una sub-trama de su anterior libro, El nido de la serpiente —el bildungroman del alter ego del escritor—  cuenta la historia de Fabián, un joven pianista homosexual, hijo de españoles “siquitrillados” por el régimen revolucionario.

Tras ser “parametrado”, Fabián es enviado a trabajar a una fábrica de enlatados de carne porcina. Allí coincidirá con un condiscípulo de la primaria, Pedro Juan, un pendenciero súper-macho con el que aparentemente nada tiene en común, pero que será su más fiel amigo hasta su muerte –o su dejarse morir, porque a eso lo llevaron.

A un lector extranjero —especialmente si es de los que aun siguen tercamente obnubilados por la revolución de Fidel Castro— podrá parecerle hiperbolizada esta trama, pero, ¿cuántas historias similares a esta de Fabián no hemos conocido los cubanos de mi generación?

Como en todos los libros de Pedro Juan Gutiérrez —quien suele ser comparado con Bukowsky—, en “Fabián y el caos” priman el sexo desenfrenado, la violencia, los ambientes escatológicos. A veces es brutal. Como cuando sobre las matanzas de puercos en la fábrica de carne enlatada, refiere el autor: “…La peste a excrementos y orina era horrible. Los cadáveres embarrados de sangre y mierda apestosa. Algunos seguían medio vivos, quejándose. Esos recibían otro cabillazo que les rajaba el cráneo ya de un modo definitivo…”

Permítanme citar en extenso esta descripción del comportamiento de los empleados, a los que el autor califica como “dignos descendientes de la horda salvaje en pleno comunismo primitivo”:

“La gente que trabajaba en la enlatadora tenía una vocación muy definida para el caos y la diversión… Hacían todo lo posible por trabajar poco. Y menos que poco. Había muchas mujeres. Jóvenes y de mediana edad. Se empataban con los constructores y se iban al fondo, a los almacenes de rezago. A ese lugar le decían El Templadero. Era un área extensa y apartada, con unos carros de acero y unos tanques donde se tiraban todos los desperdicios, huesos, tripas llenas de excrementos. Todo medio podrido, cubierto por gusanos y ratas enormes. Había un hedor insoportable a pudrición. Los líquidos de la putrefacción cubrían el piso, y había que caminar con cuidado para no resbalar…”

“Pues allí, entre aquellos carritos asqueantes, siempre había gente templando. De pie, claro. Era la única postura posible en medio de aquel lugar tan asqueroso. Las mujeres se inclinaban hacia delante, y los hombres penetrándolas por detrás. Las mujeres gritaban desaforadas. Apresurados. Unos minutos y ya. Después cada uno se iba por su rumbo. Y ya había otras parejas por allí…Muchos hombres pasaban horas y horas paseando, de voyeurs, masturbándose. El intercambio era normal. Se daba por descontado que a los voyeurs les gustaba enseñar sus espléndidos aparatos, y las parejas se calentaban más mirando… Y todos felices…”

En esta novela, más que en otras anteriores, está presente la crítica al sistema.

Sobre los que se iban de Cuba en los llamados Vuelos de la Libertad, recuerda Pedro Juan Gutiérrez: “…Todos habían sido castigados por su decisión de exiliarse en USA. El castigo consistía en retenerles el permiso de salida de emigración por lo menos un par de años y obligarles a trabajar en la agricultura o en la construcción. Un castigo duro y humillante. Al fin un día les daban el permiso de salida y automáticamente perdían sus casas con todo lo que tuvieran dentro… Al hacer la solicitud de salida definitiva del país les hacían un inventario en la casa y al momento de irse, tres o cuatro años después, no podía faltar ni un vaso. Hasta la más pequeña cucharilla. Si tenían un carro, también tenía que estar perfecto, funcionando, y no podía faltar ni un tornillo…”

El escritor pone la siguiente explicación, que es toda una declaración de principios, en boca de un personaje nombrado Warren: “Un artista siempre pertenece a una elite. No somos obreros, no somos robots. Hay que marcar las distancias. Si te ven hundido estás perdido porque te machacarán más. Lo único que quieren es que todos seamos robots. Que todos seamos proletarios. Es muy cómodo para ellos, tener una sociedad uniformada, silenciosa, que nadie proteste, que nadie tenga ideas propias. Por eso crean o intentan crear la ilusión de que son los proletarios los que mandan, que es la mayoría. Esa es una mentira perfecta. Y además, no han tenido que inventar nada. Ya todo está inventado y lo han importado. De Europa del Este y de China. Lenin, Stalin, Mao. Es fácil, lo tienen fácil.”

A Pedro Juan Gutiérrez lo critican por su crudeza, pero precisamente por ello es que lo admiro. No creo que haya otro modo mejor que el realismo sucio, tal y como él lo emplea, para narrar la vida de las últimas cinco décadas en Cuba.

Probablemente ayude a quienes no entienden a este escritor leer el capítulo VII de “El nido de la serpiente” (Ediciones Unión, 2016) donde explica que escribir del modo que le interesa  es “un oficio diabólico”: “Hay que sacar afuera  la rabia y la locura, pero de un modo natural, que no parezca literatura. Todo tiene que parecer espontáneo. Hay que construir un universo propio y después esconder el andamiaje…”

Pero como Pedro Juan Gutiérrez advierte en ese mismo capítulo, su escritura que no es para agradar y entretener, “nunca haría pasar un buen rato a gente correcta, timorata y aburrida.”

Coincido con él cuando afirma: “El escritor perfecto es un fantasma invisible. Nadie puede verlo pero el tipo escucha y ve todo. Lo más íntimo y lo más secreto de cada persona. Atraviesa paredes y se mete en el cerebro y el alma de los demás. Y después escribe sin miedo. Tiene que arriesgarse. El que no se atreve a llegar hasta el límite no tiene derecho a escribir…”

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Pedro Juan Gutiérrez se desnuda

El escritor Pedro Juan Gutiérrez (Foto: revistaelestornudo.com)
El escritor Pedro Juan Gutiérrez (Foto: revistaelestornudo.com)

GUANTÁNAMO, Cuba.- En Cuba ha habido, y todavía hay, escritores malditos. En un tiempo lo fueron Virgilio Piñera, José Lezama Lima, Heberto Padilla y hasta Dulce María Loynaz. Todavía lo es Reinaldo Arenas. En el grupo permanece también Guillermo Cabrera Infante, uno de los tres cubanos que ha recibido el Premio Miguel de Cervantes.

Estos escritores se distinguen por transgredir normas comúnmente aceptadas. Uno de ellos es Pedro Juan Gutiérrez (PJG). Nacido en Matanzas en 1950, este narrador, poeta y periodista alcanzó celebridad internacional al ser publicado en España su libro Trilogía sucia de La Habana. Fue en 1998 y desde entonces su nombre se menciona en medios académicos y literarios como un referente. Varios críticos aseguran que Trilogía… marca un antes y un después en nuestro panorama literario y que es “uno de los 1001 libros” que todos deberían conocer.

Aunque PJG ha publicado más de veinte títulos en el extranjero y ha sido traducido a veintitrés idiomas en veintiséis países, en Cuba sólo se han publicado seis de sus libros, todos por Ediciones Unión, perteneciente a la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba). El último de los publicados es Diálogo con mi sombra, vendido en la reciente Feria del Libro.

Hasta ahora no había leído nada de lo escrito por PJG y este libro me ha resultado gratificante por la lucidez de los comentarios que el escritor hace sobre su vida, la creación literaria y el acontecer nacional.

El texto recoge las respuestas ofrecidas por el escritor a su alter ego Pedro Juan. En ellas están sus recuerdos sobre su estancia en Matanzas y su formación literaria hasta que escribió Trilogía sucia de La Habana. Pero lo que más aprecio de este ameno libro es la sinceridad que permea su contenido y las declaraciones desprovistas de moralinas donde el autor expone lo que considera importante en la creación literaria y en la vida de un escritor.

Tampoco faltan las observaciones sobre la política cultural cubana a lo largo de los 57 años de castrismo. Refiriéndose a determinado momento de ese período afirma: “Cualquiera que escribiera un libro medianamente crítico, o que se interpretara como crítico con la Revolución, podía ser enjuiciado, o al menos puesto a un lado. Y se buscaba problemas gordos, no era cosa de juego (…) Muchos se fueron del país definitivamente. A otros los pusieron a trabajar en fábricas para que tuvieran que mezclarse con el proletariado y se curaran de su ‘enfermedad’. Un intelectual con criterios propios ya era un enemigo. Esa lista es larga. Y dolorosa”.

Acerca de los escritores sentencia: “Un escritor verdadero, y creo que cualquier artista, tiene muchas preguntas y ninguna respuesta. Es así. Estás siempre lleno de dudas, de interrogantes, abrumado por lo que no sabes (…) Además, lo digo siempre, lo último que puede hacer un escritor es escuchar los consejos de otros escritores. Somos envidiosos, malignos y diabólicos”.

Acerca de los problemas que le acarreó la publicación de Trilogía…, confiesa: “Me echaron del periodismo. Después de veintiséis años de trabajo. Sin apelación y sin explicaciones. El 11 de enero de 1999. A la calle. Y me convertí en un apestado. Dejé de existir para mis ex compañeros de trabajo y mis conocidos. Todos asustados. Me veían en la calle y miraban a otra parte para no saludarme. Como si yo hubiera contraído la lepra. Trilogía… no se ha publicado en Cuba pero ya se publicará. Los otros libros sí se publican poco a poco. En pequeñas ediciones pero salen. Los funcionarios de aquel momento decidieron que Trilogía… es un libro político. Y les irritó. Eso es todo”.

Y acerca del derecho a escribir lo que dicte la conciencia de los escritores afirma: “Nadie nos va a regalar el derecho a la libertad de expresión. Todo lo contrario. Siempre tenemos que esperar represión y censura, aunque vivamos en un país democrático. Mucho más si vivimos bajo una dictadura. Y hay que estar dispuestos a luchar por nuestro derecho a expresarnos sin coacciones. No dar la espalda y admitir la derrota. Eso nunca. No dar la espalda jamás”.

Estas y otras afirmaciones convierten a Diálogo con mi sombra en una obra reveladora sobre la naturaleza del autor famoso que es hoy PJG; a quien acompañan ahora mismo, pero envueltos en el más denso de los silencios, no pocos escritores discriminados y malditos, para quienes permanecen cerradas las puertas de las editoriales cubanas. Porque, desgraciadamente, eso mismo que le pasó a PJG sigue ocurriéndole a otros intelectuales en Cuba. También es posible que con los reconocimientos esos escritores sean asimilados por el castrismo para beneficio de éste, como ya sucedió con unos cuantos distinguidos con el Premio Nacional de Literatura. Pero ése es otro diálogo con las sombras.




“El rey de La Habana” consigue tres nominaciones a los Goya

Fotograma de la película "El Rey de La Habana" (tomado de internet)
Fotograma de la película “El rey de La Habana” (tomado de internet)

MADRID, España.- La coproducción hispanodominicana “El rey de La Habana”, dirigida por el español Agustí Villaronga sobre la novela del mismo título del cubano Pedro Juan Gutiérrez, consiguió hoy tres nominaciones a los Premios Goya, entre ellas la de mejor actriz revelación para Yordanka Ariosa.

Ariosa ya logró la Concha de Plata a la mejor actriz en el último festival de San Sebastián por su papel de prostituta en una historia sobre la Cuba más sórdida y oculta.

La película optará además a los Goya a mejor guión adaptado para Villaronga y mejor dirección de fotografía para Josep María Civit, premios que se entregarán el próximo 6 de febrero en Madrid.

El filme fue rodado en diversos enclaves de la República Dominicana ante la negativa de las autoridades cubanas a permitir la producción en La Habana.

Junto a Ariosa, participan actores como Maykol David Tortolo, Héctor Medina, Ileana Wilson, Chanel Terrero y Jazz Vila en los principales papeles de una película que relata la vida de Reinaldo, un adolescente recién escapado de un correccional que se lanza a las calles de La Habana durante los duros años noventa.

“Como historia de amor, es muy extraña. Se trata más bien de un fresco sobre una Cuba en la que se vive para sobrevivir. (…) No es la sociedad cubana que se ve normalmente, pero no es inventada en absoluto”, advertía el realizador tras el estreno del filme en San Sebastián.

Por su parte, Ariosa explicó que su personaje “vive en condiciones infrahumanas y reacciona como un animal”.

“Yo, que pienso un poquitico más, tuve que hacer un trabajo físico importante para ser como se ve ella. Son personas que, en lugar de evolucionar, en el Periodo Especial se fueron degradando”, agregó.

Y cuando recibió el premio se lo dedicó a su tierra. “Al espíritu del archipiélago cubano, que si no me saliera por los poros cada cinco minutos, este personaje no me habría salido”. (EFE)