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Más vueltas a la tuerca

HARVARD, Estados Unidos.- Si algo está claro del entuerto entre los gobiernos de Estados Unidos y Cuba es la permanencia del patrón represivo aplicado por este último contra quienes se le oponen a cara descubierta dentro de las fronteras nacionales.

No importa el perfil ideológico del inquilino de la Casa Blanca ni las políticas que firma, sean estas a favor de una conciliación a largo plazo como lo hizo Obama mediante el acercamiento crítico contenido en los manuales del soft power, o en cambio a la manera de Trump, con un radicalismo lleno de poses y frases recurrentes, pero de dudosa efectividad para remover los pilares de la dictadura que ha sobrevivido a 10 administraciones estadounidenses.

Está nueva postura que algunos insisten en tildar de mano dura, pero que en esencia se trata de una versión muy cercana a la anterior, ya que deja intacta una parte sustancial del plan elaborado por Obama y sus asesores, le proporciona al régimen de La Habana motivos adicionales para fortalecer sus márgenes de legitimidad en la arena internacional.

Amplificar la victimización a costa de las retóricas amenazantes y un embargo, que es pura fantasía, ha resultado ser una estrategia, cuya efectividad es incontrastable a la luz de la historia.

Cada año el mundo entero se alinea tras los quejumbrosos discursos de los representantes del gobierno insular que traen a colación las secuelas, reales y ficticias, del llamado “bloqueo”.

Hasta las poderosas democracias europeas votan contra la política que busca el cambio en Cuba por medio de la presión económica.

Es difícil creer en la idea de que el modelo instaurado en la Isla por un grupo de gánsteres disfrazados de marxistas, vaya a claudicar a instancias de la coerción, en este caso llena de insuficiencias, repudiada por la mayoría de los cubanos que viven en la Isla y no muy del agrado de amplios e influyentes sectores del establishment norteamericano.

En relación a lo que exponía al principio del texto, estos posicionamientos tendientes a alimentar los molinos de la confrontación, favorecen aun más a los que predican y materializan el odio en arrestos, golpizas y encarcelamientos contra opositores pacíficos e integrantes de la sociedad civil independiente.

Como botón de muestra basta recordar que el día que Trump largaba el discurso en el teatro Manuel Artime, anunciando el retorno a las trincheras, diez activistas prodemocráticos eran sancionados a prisión, entre ellos varias mujeres.

Desde entonces, los episodios represivos mantienen su línea ascendente.

Más detenciones, más personas imposibilitadas de viajar al extranjero por decisión de los mandamases , más registros domiciliarios con confiscaciones mediante, más prisioneros políticos y por último, la posible muerte por huelga de hambre de Jorge Cervantes, miembro de la Unión Patriótica de Cuba (UNPACU), encarcelado desde el 23 de mayo del año curso por un supuesto delito de desacato.

Lo terrible de este breve resumen represivo no es solo su sistematicidad, sino el gozo de promotores y ejecutantes después de cada jornada con el acompañamiento de la indiferencia, casi unánime, de los gobiernos que pueblan este mundo.

(Jorge Olivera, residente en Cuba, se encuentra de visita en Estados Unidos)



Trump en Miami: la historia tras la foto

 

(Reuters)

El teléfono sonó en aquel hogar humilde del South West de Miami la mañana del pasado miércoles 14. Al otro lado de la línea, una voz se identificó con un nombre que resultó ser el de un altísimo cargo de la oficina de asuntos políticos de la Casa Blanca. Al contrario que esos insistentes e inoportunos teleoperadores que le levantan a uno de la hora de la siesta, la oferta del hombre de Washington DC era de las que no se pueden rechazar. O al menos el casi octogenario titular de la línea y receptor de la llamada no la pudo –ni quiso– rechazar. Por eso dijo que sí, que aceptaba asistir como invitado del presidente a un acto que el presidente de EEUU celebraría en la ciudad el viernes 16.

Fue entonces que la siempre bien engrasada maquinaria de protocolo y seguridad de la Casa Blanca se puso a funcionar. Al aceptar el primer protagonista de esta historia la invitación, el alto funcionario volvió a ponerse en contacto con él por teléfono el mismo día, ya por la tarde, para solicitarle una serie de datos de tipo personal, que remitiría al FBI. Al día siguiente, un correo con dominio whitehouse.gov emplazaba a nuestro hombre a estar el viernes 16, antes de las 10 am, en un punto determinado del aeropuerto internacional de Miami, un host parking o aparcamiento para invitados.

Cuando nuestro hombre llegó, allí ya esperaba un negro cubano más joven que él. Pronto se les uniría una señora, cubana también, y más cercana en edad al primero que al segundo, en cualquier caso, viejos conocidos los tres. Una vez juntos, fueron conducidos hasta la zona donde, en breve, aterrizaría el Air Force One del presidente de los Estados Unidos. Entre autoridades y simpatizantes de Trump, debía de haber congregadas unas cien personas.

Hemos escrito “simpatizantes”, sí, que tampoco se trataba, por cubrir la cuota, de invitar a algún imitador de James Hodgkingson, el asesino en grado de tentativa que esta misma semana trató de liquidar a cuantos congresistas republicanos se pusieron en su punto de mira, solo el diablo sabe si inspirado por la comediante Kathy Griffin, que hace poco protagonizó un vídeo sosteniendo la cabeza decapitada de Trump; o por Madonna, quien a su edad ya solo parece lubricar fantaseando con volar por los aires la Casa Blanca; o por el montaje de cierta obra de Shakespeare en un teatro público de Nueva York donde el papel de Julio César cosido a puñaladas lo interpreta un actor imitando los modos y maneras de un magnate inmobiliario metido a presidente de los Estados Unidos.

Pero retomemos el hilo de la narración y recordemos que, entre autoridades y simpatizantes, allí había un centenar de personas, de las cuales solo unas pocas eran cubanas. Por seguir con el rollo ese de los cuotas, podría malpensarse que la presencia de nuestros protagonistas era un guiño obligado de Trump hacia el exilio cubano, esa fuerza electoral de primera magnitud. Podría también pensarse, de nuevo mal, que para, que nadie pudiera llamarle racista, machista o gerontófobo, uno de los tres cubanos era negro; otro, mujer, y el tercero peinaba canas. Sin embargo, todo esto encaja mal con el gesto del gobernador de Florida, Rick Scott, que se les acercó para apartarlos del resto de los asistentes, y no para aislarlos con un cordón sanitario, sino para colocarlos a los pies de la escalinata del Air Force One, por expreso deseo del presidente Trump, quien quería estrechar sus manos. Los nombres de los cubanos, hora es ya de que se sepa, son, por riguroso orden de aparición en esta historia, Ángel de Fana, Jorge Luis García Pérez Antúnez y Cary Roque.

Fábricas de ‘fake news’

Pero antes de dar unos breves apuntes biográficos de los disidentes De Fana, Antúnez y Cary (casi medio siglo de cárcel, por cierto, suman los tres), detengámonos en algunos detalles sobre el aterrizaje del Air Force One, insuficientes para que alguna de esas fábricas estajanovistas de fake news, como la CNN, puedan parir una de sus historietas. Así, antes de abrirse la compuerta delantera del avión se abrió la trasera, y por ella descendieron, entre otros, el senador Marco Rubio y el congresista Mario Díaz Balart, que durante las primarias del Partido Republicano no apostaron precisamente por Trump. Pero no. No era que Trump les hubiera hecho viajar en la bodega del avión y después bajar por la escalerilla trasera, a modo de humillación. Era, simplemente, el protocolo habitual del Air Force One y de cualquiera otro avión presidencial que, hoy y siempre, surque el espacio aéreo.

Otro detalle de lo del aeropuerto es que la primera mano que, ya en tierra, Trump estrechó, aparte de la del gobernador Scott, fue la de Cary Roque; después la de Antúnez y finalmente la de De Fana. O sea, que muy mal lo tienen que tener los del programa de Ferreras para ver en la prelación de saludos de Trump una discriminación ni hacia la mujer ni hacia los negros, a no ser que se empeñen en verla hacia la tercera edad; a la espera, eso sí, de que los jubilados partidarios de Bernie Sanders emitan un enérgico comunicado de protesta. El problema es que Ángel de Fana no está jubilado, ni del trabajo, ni de la vida ni de la política.

Quién le iba a haber dicho a aquel chico de barrio de La Habana de los cincuenta, consumado amante y bailarín, socio del San Carlos, lector empedernido con carnet de biblioteca pública, asiduo hasta las tantas a la barra del Paraíso (en la calzada de Diez de Octubre, junto al cine Apolo), joven promesa de la industria del calzado; quién le iba a haber dicho a Ángel de Fana, en fin, que a sus casi ochenta años tendría que seguir empleado en mil y un trabajos, como el de la imprenta de la calle 40, para llegar no ya a fin sino a mitad de mes.

Pero qué iba a hacerle él, Angelito de Fana, si la Revolución se cruzó en su camino y el bichillo de la clandestinidad se le metió en el cuerpo, y ya no tuvo otro empeño, para sí y los suyos, que el de una Cuba grande y libre. La cosa le salió por veinte años de cárcel, que cumplió íntegros e íntegro, las más de las veces fajado, en mitad siempre de todos los bretes: las huelgas de hambre, los sabotajes a la producción cuando el trabajo forzado, las celdas de castigo…

Ya en el exilio, rechazó las dos tentaciones a las que él y otros como él tuvieron perfecto y legítimo derecho: la nostalgia paralizante del excombatiente y el olvido del que solo pretende rehacer su vida, empezar de cero. Angelito, en cambio, siguió un camino intermedio, con los pies en el suelo pero la lucha siempre en el horizonte. Por eso, a pesar de vivir casi con lo puesto, como cuando en la cárcel se quedaba en calzoncillos con tal de no vestir el uniforme de los comunes, es una de las figuras políticas más respetadas del exilio. De ahí la llamada el pasado viernes de la Casa Blanca invitándole a un acto con Trump.

Pido disculpas a Cary Roque y a Antúnez, disidentes con idénticos méritos que De Fana, por no haberles dedicado el mismo espacio que a este, pero seguro que entenderán que con el viejo freedom fighter me une una amistad que va para diez años ya, y con él tengo miles de horas de conversación, unas grabadas y otras no, y que de él me he servido como hilo conductor para narrar, en cuatrocientas páginas, el cantar de gesta de los héroes en la lucha contra Castro, los de la primera hora. Y es así que el único homenaje urgente del que soy capaz con ellos, con Cary y con Antúnez, por más que merezcan muchísimo más y mejor, es contar desde aquí cómo transcurrió el resto de la jornada del pasado viernes.

Teatro Artime

Del aeropuerto, Cary, Antúnez y De Fana fueron conducidos en furgoneta blindada, como parte de la comitiva presidencial, al siguiente punto de la agenda: el Teatro Artime. De todos los locales que hay en Miami, elegir uno con ese nombre supone toda una declaración de intenciones, pues Manuel Artime fue el muy carismático jefe político de la Brigada 2506, la fuerza expedicionaria que en 1961 planeó invadir Cuba, y a la que abandonó a su suerte, a su mala suerte, un JFK aquejado de repentino ataque de colitis en el último momento.

Ya en el recinto, De Fana y Cary fueron conducidos por los servicios de protocolo al escenario, donde ocuparon dos de los nueve asientos allí reservados, yendo a sentarse en los otros siete dos miembros del gabinete de Trump, el secretario de Trabajo Alexander Acosta, el gobernador Scott, el vicepresidente Pence, el senador Marco Rubio y el congresista Mario Díaz-Balart, arquitectos los dos últimos de la nueva política exterior de los Estados Unidos con Cuba, infinitamente más firme que la de Obama, y que es lo que el presidente había ido a firmar allí. La consigna protocolaria fue que, tan pronto Trump sacase su pluma del bolsillo de la chaqueta, los nueve del escenario, Angelito de Fana entre ellos, se levantaran de sus asientos y le rodeasen. Trump firmó. El fotógrafo disparó. Y el resto ya es historia. Historia de la buena.

(Publicado originalmente en Libertad Digital)



Trump confía en un acuerdo “justo” con el régimen castrista

Donald Trump (AP)

WASHINGTON.- El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, confió ayer en poder llegar a un acuerdo “justo” con Cuba tras cambiar parte de la política estadounidense hacia la isla, aunque al mismo tiempo prometió que se mantendrá firme ante la “opresión comunista” en ese país.

“Estados Unidos se mantendrá firme contra la opresión comunista. Haremos un acuerdo mucho mejor”, dijo Trump durante un largo discurso en un mitin en Cedar Rapids (Iowa).

“Lo cierto es que el acuerdo (que el expresidente estadounidense, Barack Obama, negoció) con Cuba es un mal acuerdo, probablemente haremos un acuerdo mejor, o quizá no. Si hacemos un acuerdo será un acuerdo justo y bueno para nosotros, no una concesión unilateral”, agregó el mandatario.

Trump se pronunció así menos de una semana después de anunciar desde Miami que prohibiría la gran mayoría de transacciones de EE.UU. con el Ejército cubano y restringiría el tipo de viajes que los estadounidenses pueden hacer a la isla.

Esas medidas buscan castigar al Gobierno de Raúl Castro, dado que el Ejército controla buena parte de los hoteles y el comercio minorista en la isla, pero, según expertos, el cambio puede perjudicar también a la industria turística estadounidense y al pequeño sector de empresarios independientes de Cuba.

Además, Trump ha expresado su respaldo al embargo comercial estadounidense a Cuba y ha condicionado su voluntad de negociar con Cuba a que la isla dé “pasos concretos” hacia la celebración de “elecciones libres” y la liberación de “presos políticos”, algo que ha irritado profundamente al Gobierno de Castro.

Trump se quejó ayer, en una aparente referencia a las críticas que ha recibido de la oposición demócrata y otros sectores en EEUU, de que Obama “podía hacer acuerdos con Cuba, (que) mata a miles de personas, (mete a) gente en la cárcel, (es) horrible con las mujeres”, y también con Irán, cuyo Gobierno es “brutal”.

“Pero luego dicen que es Donald Trump el que es un ser humano terrible. Es increíble”, indicó el mandatario.

(EFE)




Las medidas de Donald Trump hacia Cuba y el final simbólico de una época

(Reuters)

MIAMI, Estados Unidos.- El acto escenificado en Miami el viernes 16 de junio por el Presidente Donald Trump daba cumplimiento a una de las promesas hechas por el candidato republicano durante la campaña electoral. Buscando el apoyo del voto cubano, Trump prometió revertir los cambios hacia Cuba que emprendió su antecesor en la Casa Blanca. Señalado por su simbolismo por algunos medios, el anunciado giro se produjo en un enclave teatral miamense de La Pequeña Habana, sitio emblemático para el exilio cubano.

Arropado por centenares de invitados de origen cubano, un flamante Trump acompañó sus propuestas de “cambio” con un fuerte discurso anti castrista, como era de esperar. No tanto lo fueron las medidas enunciadas para dar cumplimiento a la nueva política de poner freno y endurecer unos nexos restablecidos por la administración Obama: un paso inédito e histórico del demócrata que puso fin a una larga y poco fructífera estrategia para aislar (y derrocar de ser posible) al régimen castrista. Casi seis décadas de enfrentamiento que arrojaron el resultado de una dictadura afincada en el poder y un pueblo que en definitiva fue el que recibió todo el peso y las consecuencias de ese castigo de doble imposición llamado embargo por unos y bloqueo por los otros.

En esta ocasión parecía que el señor Trump apostaba por restablecer el estado de cosas anterior a diciembre del 2015 y no pocos aplaudieron que así ocurriera. Para sorpresa de muchos y desencanto de no pocos de los que apuestan por aislamientos y rupturas, el endurecimiento quedó centrado en dos medidas con las que se busca evitar que los beneficios económicos de las actuales relaciones oxigenen la estructura militar que rige en la Isla. Básicamente las restricciones estarían dirigidas a reducir la posibilidad de viajes para los ciudadanos norteamericanos, que los que viajen no gasten el dinero en hoteles e instalaciones bajo administración militar y prohibir transacciones comerciales entre empresas estadounidenses con aquellas controladas por instituciones uniformadas de Cuba.

El gesto de buena voluntad expresado por Donald Trump de ayudar a una transición democrática y efectiva en Cuba, presenta incongruencias si se compara su actitud hacia situaciones similares, y hasta peores, que acontecen en otros países cuyos gobiernos tienen relaciones con Estados Unidos, son sus aliados o en los que el propio presidente tiene negocios. Turquía y China son dos ejemplos. En el primero el gobierno de Erdogan se ha convertido en uno de los mayores violadores de derechos humanos y libertades ciudadanas, ocupante del primer lugar en la lista negra emitida por Amnistía Internacional. Centenares de periodistas presos, medios cerrados, opositores perseguidos o profesionales expulsados de sus trabajos por el simple hecho de no ser afines a los designios del presidente turco. La imagen de la violenta acción represiva llevada a cabo por decenas de sicarios contra un grupo de manifestantes kurdos frente a la embajada de Turquía en Washington aún puede verse en las redes. En lo que supone una falta de respeto total al país anfitrión, sin tener en cuenta a los policías locales que montaban un cordón de seguridad los energúmenos salieron en pandilla para disolver a patadas y piñazos a los manifestantes pacíficos.

La otra cara de la moneda se muestra en la realidad china. Nada modélica en cuestiones de derechos y democracia, China concedió en días recientes el permiso de producción a nueve marcas registradas de  Trump. Una de las empresas que producen artículos de la línea representada por su hija Ivanka en aquel país, fue denunciada por el trato que reciben los trabajadores. Los denunciantes han sido encarcelados y esperan juicio. ¿Acaso sería conveniente la misma aplicación de medidas restrictivas que limiten la entrada de dinero norteamericano en entidades de ambas naciones cuyos beneficiarios finalmente serían las castas gobernantes que tratan de imponer una dictadura democrática en Ankara y a los emporios militares que en China reprimen, explotan y de paso construyen submarinos y porta aviones en franca competencia con Norteamérica?

La reacción del gobierno cubano ante el anuncio hecho en Miami ha sido particularmente llamativa y pone de relieve que los tiempos ya no son los mismos. En una circunstancia semejante, bajo la égida del desaparecido Castro, en la hipotética posibilidad de que el Comandante hubiera facilitado el acercamiento con su enemigo entrañable, el acto de Trump tendría la respuesta de infinitas marchas, jornadas de reafirmación ideológica y discursos interminables cargados de mensajes anti imperialistas. Paralelo a ello las consecuentes medidas aplicadas como castigo en lo económico a  emigrantes y en lo represivo contra activistas opositores. Nada que ver con la inédita transmisión en directo y sus correspondientes retransmisiones, del discurso de Trump en los medios oficiales cubanos. Una nota de prensa tomó de este hecho la parte humorística en el comentario de una mujer diciendo que mientras a Obama le costó casi ocho años salir en directo en la televisión de la isla, su sucesor lo había logrado en tan solo seis meses. Me pregunto si no sería una mejor táctica que Trump viajara a la cercana Isla y contactara en directo con una población que en el fondo no le rechaza. Tal vez su visión de la realidad cambiara al comprobar que en un país donde la gente no le tiene la desestima que se aprecia en la mayoría del planeta, la mejor opción tal vez sería acelerar las reformas con la impronta de la presencia y no con el alejamiento.

Hay otro detalle a destacar. Se trata de la amplia representación de disidentes que acudieron desde Cuba expresamente al evento en Miami. Alguno de ellos expresó sin ambages su apoyo a las medidas del mandatario norteamericano contra el gobierno de su país.  Algo imposible de imaginar en anteriores escenarios del Castro más radical. Incluso en sus palabras el Canciller cubano fue mesurado al evaluar las disposiciones de Trump llegando a justificarle al decir que el presidente estaba mal asesorado en el tema cubano. Pero más allá de la denuncia por el supuesto endurecimiento del  embargo, el  jefe de la diplomacia cubana reiteró su voluntad de continuar el diálogo respetuoso con Washington.

Fue mucho más contundente en su crítica el exmandatario mexicano Vicente Fox, a quien nadie puede acusar de pro castrista.  Fox manifestó su desacuerdo con este cambio de rumbo al que atribuyó a “cubanos malagradecidos que no quieren que su país avance” y que aportaron dinero a la campaña del hoy presidente.  Afirmó Fox que en su criterio “… esta marcha atrás que pretende Trump es desastrosa, parece el gringo feo, que conocimos en el pasado, imperialista, volviendo a imponer su voluntad sobre países independientes”.

Por otro lado cabe la duda de si las restricciones de visitantes turísticos norteamericanos en aumento evidente (285 mil en la mitad del año en curso) más bien ayudan a evitar una crisis de ofertas en un sistema que confronta serios problemas en el terreno turístico sin haber tenido el tiempo y los recursos adecuados para crear condiciones que satisfagan las expectativas de unos exigentes visitantes.

Hay efectivamente mucho de simbólico en el acto celebrado en el Manuel Artime de Miami. El propio nombre del teatro al que aludió Bruno Rodríguez señaló una parte de la historia que encierra ese nombre al recordar que el cubano exiliado. El Canciller remarcó el papel de liderazgo civil que Artime tuvo en la fallida invasión de Girón pero omitió el pasado revolucionario del guerrillero del Ejército Rebelde que combatió en Maffo, Guisa o Palma Soriano. Símbolo de un pasado que cierra sus cortinas, húmedas y polvorientas, al mismo estilo de las decoran el interior del Artime, en una pequeña Habana que cada vez pierde más su esencia cubana, en vías de extinción por una pugna constructiva criticada por la UNESCO y que amenaza con la ruina de los pocos negocios tradicionales que quedan en esta zona miamense, donde se quieren levantar modernas edificaciones y negocios millonarios. Una Pequeña Habana que cada vez tiene menos de Cuba y más de semblanza centroamericana de cara a un futuro diferente.




¿Más o menos embargo? Lo que prefiere Castro

LA HABANA, Cuba.- El éxodo de cubanos mostró un asombroso aumento en los últimos cuatro años. Pocos se explican cuáles fueron las verdaderas causas de esa paradójica explosión que, en su apogeo, desencadenó reacciones diplomáticas diversas en el área, cambios en el sistema de visado en algunas oficinas consulares, creación de campos de refugiados, cierre de fronteras y hasta la eliminación de la ley de “pies secos, pies mojados”, algo no visto desde los sucesos del Mariel en los 80 o desde la crisis de balseros en los más dramáticos momentos inmediatos a la caída del bloque comunista de Europa.

Una situación inexplicable en medio de un proceso de normalización de las relaciones entre los gobiernos de Cuba y los Estados Unidos. Un comportamiento anómalo teniendo en cuenta que Barack Obama estaba haciendo lo posible por mejorar la vida de los cubanos flexibilizando algunas de las aristas más perjudiciales del embargo, ofreciendo oportunidades para el sector económico no estatal, apostando por el surgimiento de una verdadera sociedad civil, además de otras estrategias para favorecer un cambio democrático de manera pacífica.

No obstante, la reacción dentro de la isla, en algunos aspectos, estuvo algo distante de lo imaginado por los consejeros de la política hacia Cuba del presidente norteamericano. Por ejemplo, lejos de haberse detenido la corriente migratoria hacia el Norte, esta aumentó debido a una cuestión que ni los integrantes de los gabinetes de Obama y Trump parecen haber comprendido en su verdadera esencia.

El éxodo, aunque signado por actitudes de desencanto, no respondía tanto a una reacción de desconfianza o incertidumbre con el camino político conjunto emprendido por ambos países sino, todo lo contrario, a la amenaza que constituía la certeza de una eliminación del embargo económico.

Si se analiza el componente principal de la migración cubana se podrá tener una idea de lo sucedido.

En un estudio de febrero de 2017, inédito, realizado como ejercicio de maestría por un grupo de la facultad de Economía de la Universidad de La Habana, se determinó que cerca del 80 por ciento de la migración cubana en los últimos cinco años está conformado, primero, por dueños de pequeños negocios privados (cuentapropistas); segundo, personas que ocuparon cargos o puestos importantes en instituciones estatales y que, por diversas vías, legales o no, acumularon suficiente capital para llevar a cabo sus planes de salida por vías irregulares; tercero, personas que, con o sin ayuda financiera del exterior, participaban activamente del amplio mercado negro que se levanta sobre un sistema económico dominado por la corrupción, un denominador que prácticamente vincula a unos con otros.

Antes de la llegada de Trump a la Casa Blanca, en medio de las esperanzas de una continuación del proceso de acercamiento que protagonizaría la candidata demócrata Hillary Clinton, entre los altos funcionarios del gobierno cubano se hacía más fuerte la convicción de que el embargo económico tenía los días contados.

La ortodoxia comunista iba cediendo ante una corriente, dentro del propio gobierno, que, aunque contraria a cualquier forma de oposición política, todavía hoy apuesta por cambios discretos en todos los órdenes, lo que, a la larga, evitaría un estallido social que a muy pocos convendría. Incluso gran parte de los planes de crecimiento hacia el 2030 se trazaron sobre esa cuerda que parecía indestructible.

Lo que para unos, sobre todo en la cúpula del poder, constituía una garantía de supervivencia política por al menos una década más, tiempo suficiente para poder manejar la crisis de manera tal que a todos pareciera que los cambios partían de una voluntad y que no eran resultado de presiones internas y externas, para otra parte de los funcionarios estatales, conectados directamente con un mercado negro cuya prosperidad depende ciento por ciento de la crisis económica y del mantenimiento del embargo, las alarmas comenzaron a sonar de manera ensordecedora.

El fin del embargo es, si no la solución definitiva al pantano económico cubano, al menos la antesala de la debacle de un sistema político tal como fue concebido y manejado por los elementos retrógrados del Partido Comunista, que necesita de un enemigo sobre el cual alzarse y a quien atribuir los reiterados fracasos de los planes económicos y sociales.

Para algunos, ya sean de “línea dura” o “suave”, las limitaciones del “bloqueo” son un mal necesario porque, además, son una forma de ocultar, por una parte, la ineptitud y falta de genuino compromiso patriótico de muchos de los “partidistas”; por la otra, la conexión, y en algunos casos la hegemonía, de muchos de sus cuadros, a todos los niveles, con la economía subterránea.

Mantener el embargo e incrementarlo es, sin dudas, fortalecer la base sobre la cual se alza el sistema de privilegios del cual gozan los funcionarios estatales. Prerrogativas que no son más que aquellas “mieles del poder” a las que se refería Fidel Castro cuando descubrió la trama de conspiraciones en su contra llevada a cabo por su propio grupo de apoyo.

El sistema de privilegios, en buena medida justificado por los efectos negativos del embargo, permite no solo camuflar el desvío de los recursos estatales sino, además, convertir en habituales, dentro de la economía cubana, aquellos mecanismos, como las empresas off shore o el uso de los llamados “compradores”, por ejemplo, que permiten burlar el embargo y que, en consecuencia, dotan de poderes extraordinarios y de peligrosa autonomía a funcionarios que han sabido explotar a favor de sus bolsillos, de manera muy efectiva, la parte mitológica del “bloqueo” como fuente de todos los males.

Tan solo siguiendo los casos denunciados en los principales diarios de la prensa oficialista cubana, desde 1960 a la actualidad, los escándalos de corrupción vinculados a actividades diseñadas para evadir el embargo por parte del gobierno cubano ha arrojado un saldo de más de mil doscientos funcionarios estatales de alto rango sancionados por actividades ilícitas.

No se cuentan en el grupo aquellos otros “cuadros de dirección” de menor categoría como directores de empresas, subdirectores, gerentes y oficiales de las Fuerzas Armadas o del Ministerio del Interior que también han sido defenestrados por lucrar con recursos estatales bajo el “amparo extraordinario” que les ofrece la sacrosanta existencia del embargo.

“Mucha gente saldrá perjudicada, multitudes de gentes, y no solo gente de la calle, sino gente que está arriba, bien arriba. Aquí y allá”, me decía hace poco un ex funcionario del Ministerio de Comercio Exterior cuando lo invité a hablar sobre las consecuencias del fin del embargo de los Estados Unidos a Cuba.

Su opinión coincide con la de otras personas que han analizado la cuestión ya desde una experiencia práctica, ya como objeto de estudio.

Un destacado profesor y economista de la Universidad de La Habana que, al igual que otros entrevistados, por temor a represalias por hablar para un medio de prensa independiente, ha preferido mantenerse en el anonimato, describe algunas de las reacciones que sobrevinieron al anuncio del inicio del proceso de acercamiento entre los gobiernos cubano y norteamericano.

“Se hizo más fuerte la idea de una eliminación del bloqueo. Eso entusiasmó a quienes no sacan provecho de él, pero quienes saben lo que significa fin del bloqueo se llamaron a capítulo. (…) Hubo éxodo de cuadros en las empresas. Dirigentes, grandes jefes que pidieron la liberación (en las empresas estatales) alegando razones de índole personal porque cundió el pánico. Si esto se arregla, nos jodemos, es lo que pensaron. Muchos de ellos viajaron a Panamá, a México, a Rusia, otros tuvieron suerte y fueron reclamados por la familia y pudieron llegar a los Estados Unidos antes que cerraran porque si no hoy tuvieran media isla del otro lado. (…) Todos, directa o indirectamente, hemos tenido que hacer de tripas corazón. Y estoy seguro de que hay quienes no saben vivir sin el bloqueo. (…) Veían el fin de ese socialismo al que estaban acostumbrados y donde al año se desvían cientos de miles, millones de dólares, que después se justifican como pérdidas ocasionadas por el bloqueo”.

Tanto de un lado como del otro del Estrecho de la Florida, abundan los que han sabido sacarle partido al embargo. Pienso en esas personas a las que no conviene que el gobierno comunista llegue a su fin o que simplemente se flexibilice porque esto los coloca en peligro de muerte.

Existe todo un abanico de “beneficiados por el embargo”, que incluye desde aquel que, residiendo en Miami o en Panamá, en Rusia o en Ecuador, y sabiendo la escasez que sufren los cubanos, vive de extorsionar revendiendo ropas de saldo en La Habana, o a ese que se repatria solo después de calcular que un dólar es una fortuna para quien solo gana veinte como salario mensual.

Ambos en nada se diferencian de ese director o empleado oficialista que roba los recursos de la empresa para beneficio propio y que luego desfila por la plaza con una pancarta de “Abajo el bloqueo” cuando es el “bloqueo” quien le permite alzarse sobre la miseria que él mismo contribuye a generar y eternizarse.




Trump y Cuba




La nueva política hacia Cuba explicada a los niños

Donald Trump durante su discurso en el teatro Manuel Artime de la Pequeña Habana (AP)

MIAMI, Estados Unidos.- La reacción anti Trump durante todo el proceso de las elecciones fue instintiva e irracional. Sus detractores —ignorando la enseñanza fundamental de la filosofía Griega Antigua— se enfocaron en los gestos, la apariencia y todo lo superficial y circunstancial, mientras lo verdaderamente importante en política pasaba inadvertido delante de sus narices. Poco a poco muchos de los enemigos del actual presidente fueron cayendo en cuenta que se habían equivocado. El proceso de desencanto con la histeria anti Trump es largo y tortuoso, aún continúa.

Lo que me llamaba la atención de este bando opuesto era precisamente su carencia de argumentos racionales, su tendencia a atacar y contraatacar, siempre como masa, bajo el calor de la euforia y el impulso ciego. Pudiera decirse, entonces, que también pasaron por alto el llamado a la reflexión que nos hizo la obra más conocida del filósofo español Ortega y Gasset en pleno corazón de la modernidad.

Trump was right, era y es lo que necesita Estados Unidos si quiere conservarse como nación. Era y es lo que necesita el ciudadano americano si no quiere verse marginado en su propia casa por religiones, prácticas y culturas foráneas. En lugar de escuchar a Trump desde una actitud racional ni siquiera se le dio la oportunidad de diálogo y su propuesta fue rechazada sin más. Ergo, incomprendida.

Hoy se está cometiendo el mismo error con su política hacia Cuba. Se supone que mientras más cerca de la posición de Obama esté Trump más solidario deban ser con él sus detractores. Pero la farándula politiquera no piensa. Es capaz de ir contra ella misma con tal de dañar al presidente. Resulta que Trump es criticado ahora —de uno y otro bando, dicho sea de paso— porque apenas modificó la política de Obama hacia Cuba (sin comentarios).

¿Por qué tanto alboroto, tanta reacción sin reflexión? ¿Por qué no tratar de comprender primero y opinar —sobre todo, enjuiciar— después? Muchos de los que hoy intentan cubrir de lodo la jugada de Trump con relación a Cuba ya los veremos arrepentidos. A fin de cuentas, la genuflexión de Obama no produjo resultados, más bien fue contraproducente. Sin embargo, si Trump hubiera levantado de un plumazo todo contacto, real y posible, con Cuba, la reacción de sus detractores hubiera sido notablemente más adversa, militante y hasta violenta.

El presidente, afortunadamente, no les dio esa oportunidad.

Si la progresía liberal “irreverente” (y lo pongo entre comillas porque la masa — siempre dominada por una idea o tendencia— no está asociada a la irreverencia, sino a la sumisión) no quiere tropezar de nuevo con la misma piedra, entonces debe tratar de entender que la posición más sensata para ayudar al cubano de a pie es mantener un canal abierto, una cierta presencia y una vía de comunicación con Cuba, es decir, con el pueblo y sus dictadores. Cerrar la puerta y tirar la llave después de lo que hizo Obama es actuar de manera torpe e irresponsable. La parte buena del trato del expresidente (la cual hasta hoy fue más virtual que real) ha sido salvada. La parte mala (la mayoritaria y única en explotación, productora de dividendos para el régimen) ha sido cancelada, literalmente, de un plumazo.

¿Por qué Trump lo hizo de ese modo que hoy tantos no entienden? Porque es un excelente negociador. Y es de un trato de lo que estamos hablando: ni huimos ni nos congraciamos. Quien cierre las embajadas pierde, porque entre otras cosas pierde la capacidad de actuar in situ, la experiencia directa. Ahora Trump tiene el rábano por las hojas sin anular la posibilidad del diálogo. Es más, convirtiendo esa posibilidad en una necesidad para el régimen de La Habana.

Y el mensaje ha sido más que claro: si quieren negociar —y pueden hacerlo, porque ustedes mismos tendieron los puentes que de otro modo tendrían que destruir— las concesiones las tienen que hacer ustedes. Y con los recortes que le he hecho yo a sus empresas militares y al propio turismo estadounidense les estoy diciendo que lo que me interesa a corto y mediano plazos no es el dinero, sino la democracia y la libertad de todos los cubanos, porque sé que ese es también el verdadero negocio, el good deal que traerá en un futuro nada lejano, amén de seguridad para la región, dividendos y prosperidad para los cubanos de la isla, los norteamericanos y los cubanoamericanos.

Todos incluidos por primera vez en una justa exigencia (que no injerencia) del presidente de la nación que ha sido esperanza para muchos dentro de Cuba y segunda patria para otros tantos fuera de ella. Hoy se ve claro que la distancia que separa al presidente, a la Casa Blanca y a los Estados Unidos de América de los cubanos es más corta que la que separa a estos últimos de la Rinconera (residencia de Raúl Castro). Obama quiso dejar un legado y lo hizo: fue el primer presidente norteamericano activo que se fue a turistear con el gobierno comunista de La Habana, esa gloria es toda suya. Pero de Trump cumplir sus promesas —y ya sabemos que lo hace— será él quien entre en la historia de Cuba aun sin proponérselo.

Así pues, detractores, de ser sensatos hay que dejar hacer al presidente antes de ponerse a convulsionar en los medios. Es sencillo: piensen, reflexionen, valoren las posibilidades que pueden abrirse con esta nueva estrategia política del embudo invertido (como debió ser) y después opinen.

Por ejemplo, la sola prohibición del comercio con las empresas militares —depende cómo se interprete— pudiera extenderse a toda la economía cubana (léase, estatal) atendiendo a que en Cuba no hay nada que de un modo u otro no esté sometido al control militar (y no se olvide que hasta los cuentapropistas son obligados a colaborar con el régimen si quieren conservar sus licencias). Por otra parte, Obama no podía empoderar al cubano de a pie porque las condiciones las ponía la dictadura castrista. Pero con Trump se revierte la ecuación: el único modo para el régimen de obtener algún beneficio es a través del beneficio de los ciudadanos que el propio régimen oprime. Y esto ya indica a un inevitable fin.

Me atrevo a asegurar que pronto se verán en Cuba no solo movimientos eleccionarios, sino cambios masivos de casacas verde olivo por finos vestidos y elegantes trajes. La transmutación del régimen, el timo y la distracción de la opinión pública son previsibles en esta dirección. Se extenderá la práctica de la cobertura y la fachada a todos los sectores, estratégicos o no, de la economía. Pero Trump no es Obama, él sabe que el indicador es el pueblo y no lo que digan los gobiernos en los foros internacionales y la prensa izquierdista.

Si Obama oxigenó a la moribunda dictadura, de Trump se puede decir que le ha puesto un catéter en la yugular al régimen castrista. La diferencia radica en que el presidente guarda la jeringa en su bolsillo y no parece tener apuro, porque la bola estará a partir de ahora en la cancha contraria.




Embajada de EE.UU. en Cuba publica texto explicativo sobre medidas de Trump

Embajada de EE.UU. en La Habana, Cuba (Foto: abcnews.com)

LA HABANA, Cuba.- La embajada de EE.UU. en La Habana publicó hoy un texto con las preguntas más frecuentes sobre las medidas anunciadas por el presidente Donald Trump el pasado viernes, que buscan limitar los viajes individuales de estadounidenses a la isla y los negocios con empresas controladas por el Ejército cubano.

En el texto, firmado por la Oficina de Control de Activos Extranjeros de EE.UU. (OFAC) el 16 de junio, se despejan dudas como la fecha de entrada en vigor de las nuevas disposiciones, que suponen un viraje en el “deshielo” bilateral iniciado en diciembre de 2014, durante el mandato de Barack Obama.

Según la OFAC, los cambios específicos en la política estadounidense hacia la isla se implementarán a través de enmiendas a sus Normas de Control de Activos Cubanos, que se emitirán “en los próximos meses”.

En el caso del fin de los viajes individuales en la categoría “contacto pueblo a pueblo”, la prohibición no tendrá efecto hasta que se den a conocer las nuevas regulaciones de la OFAC, que sí mantendrá los viajes “people to people” en grupos, bajo la supervisión de la organización que los auspicie.

La OFAC permitirá viajar de manera individual a aquellos estadounidenses que hayan iniciado los trámites “antes de la emisión de los próximos reglamentos”.

Además, el texto precisa que no se verán afectadas las remesas familiares a Cuba, ni la venta de pasajes aéreos o por cruceros a ciudadanos estadounidenses.

Cuando entren en vigor las nuevas disposiciones “el Departamento de Estado de EE.UU. publicará una lista de entidades con las cuales las transacciones directas no serán generalmente permitidas”.

El pasado viernes, Trump firmó una orden ejecutiva para limitar los viajes individuales y los negocios con empresas relacionadas con el Ejército cubano, además de condicionar las negociaciones con Cuba a “pasos concretos” como la celebración de “elecciones libres” y la liberación de “presos políticos”.

Durante una conferencia de prensa hoy en Viena, el canciller cubano, Bruno Rodríguez, acusó a Trump de volver a la retórica de la Guerra Fría al paralizar el acercamiento a Cuba, con lo que -aseguró- perjudicará los intereses, no solo de los cubanos, sino también de los propios estadounidenses.

(EFE)




Un millón de gracias, Donald Trump

Donald Trump durante su discurso en Miami sobre las relaciones con Cuba (foto Getty Images)

LA HABANA, Cuba.- Los cubanos sin poder, en Cuba y en tantos otros lugares del mundo, seguramente se sintieron reconfortados y agradecidos con el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, el pasado viernes 16 de junio.

Pero no solamente ellos, que se cuentan por millones, sino además y sobre todo, aquellos cinco mil que, en ese otro mundo del más allá que aún ignoramos, fueron fusilados por el odio de Fidel y Raúl Castro en las guerrillas de la Sierra Maestra y a partir del triunfo de la camarilla castrista.

Donald Trump habló en honor de los cubanos que se vieron forzados a abandonar su país, tildados de apátridas y gusanos por el Comandante Iluminado.

Habló en honor de los primeros cubanos que en la temprana fecha de 1959, lucharon contra el comunismo que ya se olfateaba.

Trump no olvidó a los miles que, de la noche a la mañana, fueron desposeídos de sus comercios, fábricas y timbiriches con la Ofensiva Revolucionaria de 1968, de los periodistas que salieron espantados hacia un futuro desconocido, cuando los medios de prensa cubanos cayeron en manos de los hermanos Castro, para su propaganda política, como ocurre aún.

Trump habló a favor de los miles de los presos políticos plantados, que pudieron sobrevivir de puro milagro en las nuevas cárceles construidas para ese fin por el castrismo, los que no pudieron ser doblegados jamás.

Trump no olvidó y habló a favor de todos los cubanos y extranjeros que hemos sido torturados durante meses en las tapiadas de la Seguridad del Estado —policía política—, y condenados por leyes draconianas a largos años de cárcel.

Habló, sí, a favor del Movimiento de Derechos Humanos, surgido a finales de 1976, en un apartamentico del reparto Mañana, en el pueblo habanero de Guanabacoa, donde un cubano valiente de nombre Ricardo Bofill Pagés, desafió a un gobierno militar, que sólo pudo vencerlo cuando a punta de pistola lo montó en un avión rumbo a Alemania, deportado de Cuba.

Trump no olvidó a los miles de activistas y periodistas independientes que exigimos el respeto a todos los Derechos Humanos y que por esa razón hemos sido y somos golpeados, encarcelados, difamados, muchos obligados a abandonar el país, con el fin premeditado del régimen de desaparecer organizaciones civiles que luchan pacíficamente contra la opresión.

Tampoco Trump ha olvidado a la gran parte de la población cubana, enferma de miedo, muchos de ellos engañados, engatusados y que como hizo Mahatma Gandhi, esperan el final de la dictadura, un final que siempre han sentido más temprano que tarde.

El viernes 16, Donald Trump dio un duro golpe a la dictadura militar de Raúl Castro y a sus generales, la nueva clase que disfruta de privilegios arrebatados, porque no fueron capaces de crearlos, frente a un pueblo mal alimentado, mal protegido socialmente, mal atendidos en pésimos hospitales, convertidos en los nuevos esclavos del siglo XXI, con salarios humillantes.

El duro golpe recibido por la dictadura es poco en comparación con lo que se merece. Ni aun desaparecida, los cubanos podremos olvidar tanto dolor, tanto sufrimiento, tanto daño causado durante tantos años.

Gracias, señor Trump, ojalá sepa usted el lugar que acaba de ocupar en el alma del pueblo cubano. Segura estoy que hasta nuestro José Martí, allá en la muerte, amante como era de la libertad, se lo agradece.




¿El show fue en Miami o en La Habana?

Operativo policial contra vendedores callejeros (Foto archivo)

LA HABANA, Cuba.- La propaganda oficialista cubana calificó de “show” la comparecencia en Miami del presidente Donald Trump para dar a conocer las características  que tendrá su política hacia Cuba. Además, desde hacía varios días los medios de difusión en la isla habían formado una algarabía acerca del posible contenido de la nueva estrategia de Washington.

Mas, después de conocerse el mensaje presidencial, da la impresión de que no era para tanto. Es cierto que el castrismo experimentará una merma en sus ingresos al restringirse los viajes de ciudadanos norteamericanos a la isla, y sobre todo se afectará el Grupo de Actividades Empresariales GAESA, ese emporio dirigido por los militares, cuyo jefe es el padre del nieto-guardaespaldas de Raúl Castro, y que controla casi el 60% de la economía cubana.

Sin embargo, Trump mantendrá las relaciones diplomáticas restablecidas en 2014, así como las embajadas en ambas capitales. No se afectarán los viajes familiares ni las remesas que se envían a la isla. Sigue en pie el acuerdo migratorio que elimina la política de “pies secos, pies mojados” y el Programa de Parole para los médicos cubanos. Y se seguirán permitiendo los vuelos regulares y los cruceros.

No obstante, el castrismo no podía perder la oportunidad para denunciar la intensificación del “bloqueo” de Estados Unidos. Así consta en una pomposa “Declaración del Gobierno Revolucionario”, aparecida en los principales periódicos de la isla el pasado sábado 17 de junio, en las entrevistas realizadas a personas en las calles —por supuesto, a personas que, se sabía, iban a hablar bien del gobierno cubano—,  y en las declaraciones de los participantes en el Consejo Nacional de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU), bajo la égida de la miembro del Consejo de Estado, Jennifer Bello Martínez.

Y es que, como sabemos, los gobernantes cubanos necesitan de un enemigo externo para lograr algún grado de legitimidad, y en ese sentido la permanencia del embargo de Estados Unidos les viene como anillo al dedo. No hay que olvidar que, aun tras las numerosas medidas de acercamiento a la Isla promulgadas por el expresidente Barack Obama, el discurso oficialista insistía en que “el bloqueo se mantenía intacto”. Y mucho antes, cuando comenzaron las ventas de alimentos norteamericanos  a Cuba, un viceministro cubano de Relaciones Exteriores había sido desautorizado públicamente después de expresar que se habían abierto brechas al “bloqueo”.

La referida Declaración del Gobierno cubano censura al presidente Trump por preocuparse por la situación de los derechos humanos en Cuba, y acto seguido acude a la conocida retórica de que “el pueblo cubano disfruta de derechos y libertades fundamentales”.

Al parecer, el castrismo ha olvidado que el derecho de reunión pacífica es un derecho humano fundamental. Fue así como, el pasado sábado 27 de mayo, un operativo de la Seguridad del Estado impidió a varias personas el acceso a la vivienda del abogado opositor Hildebrando Chaviano, quien pretendía reunirse con varios amigos.

Curiosamente, la represión en torno a Chaviano ocurre cuando el país se apresta a celebrar elecciones a nivel de circunscripción en octubre próximo, tomando en cuenta que Hildebrando fue uno de los candidatos independientes que se postularon en las últimas elecciones celebradas en 2015.

Así funcionan los derechos humanos y el proceso electoral en la Cuba de Raúl Castro.