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Los fusilamientos de la loma de San Juan: amnesia selectiva 60 años después

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Madres cubanas protestan contra la dictadura de Batista en 1957 (Foto de archivo)

MIAMI, Estados Unidos. – Acaban de cumplirse 60 años del fusilamiento en la Loma de San Juan de Santiago de Cuba. Para recordar el evento, Julio M. Shiling publicó un artículo en CubaNet el pasado 11 de enero. Su lectura nos da la impresión de que aquel grotesco acontecimiento ocurrió en el vacío, sin relación alguna con el pasado: ¿desconocimiento de la historia o amnesia?

Durante casi siete años, los santiagueros vivieron en estado de sitio: les violaron la santidad de los hogares, les asesinaron sus esposos, torturaron a sus hijos, encarcelaron a sus mujeres y golpearon con saña a quienes se atrevieron a protestar. Un estimado conservador cifra en más de 400 los asesinatos, la mayoría adolescentes. En todas y cada una de las defensas de los fusilados no he leído una sola mención a las víctimas de muchos de esos que fueron “pasados por las armas”.

El argumento principal para el uso de la palabra “masacre” (¿saben que ese era el sobrenombre del coronel Salas Cañizares en Santiago?) reside en que no se respetó el principio de considerar a un acusado inocente hasta que se pruebe lo contrario. De acuerdo. Entonces, ¿por qué no mencionan en qué momento les celebraron juicio a los adolescentes que sacaban de sus hogares por la madrugada para aparecer al día siguiente asesinados después de ser torturados?

Nunca se menciona el informe que el Consulado de Estados Unidos en Santiago de Cuba envió al Departamento de Estado el 14 de enero de 1959. Dicho informe alega que, “a pesar de las dudas y un rechazo menor, el público en general cree que los responsables de los asesinatos deben ser eliminados”. El informe reconoce que “muchos de los ejecutados eran bien conocidos por la población como matones y asesinos de la peor calaña. Hay pocas dudas, pero algunos hubieran enfrentado la posibilidad de la pena de muerte en cualquier estado que tuviera este juicio o los crímenes de guerra en diferentes circunstancias”.

He aquí algunos de los fusilados con los delitos que se les imputaron. La fuente principal usada por todos es Documento 0087 de Tom Dunkin, complementado con otras fuentes:

  • Eladio Abreu Pedroso – Torturas a prisioneros en Cuartel Moncada y asesinato de Francisco (Coqui) Bosh Soto.
  • Fernando Álvarez Díaz – Torturas y asesinato de Andrés Cobas Mustelier.
  • Antonio Barrero Silva – Asesinato de Ramiro Blanco Torres, junto al teniente Enrique Despaigne, y la de Bosh Soto, con el sargento Eladio Abreu.
  • René Caso Pérez – Asesinatos de Rafael Palomo Canceller y el de Pérez Castillo. Junto al teniente Despaigne, detuvo y asesinó a los hermanos Ramón, Sergio, Melquiades y Hernán Marañón Pérez y a su primo Marcelo Pacheco Pérez.
  • Víctor M. Castro Lora – Asesinato de Juan Rolando Ferrer.
  • Enrique Despaigne Moret (Mano Negra) – Asesinatos de Ramiro Blanco Torres, Luis Caucel, Luis Galee Seguras, Arturo Hung Vicente, Norberto Emilio Macías, Luis Enrique Calá, Marcelino Veranes Delis, William Soler Ledea y Froilán Guerra Ramírez. Detuvo en sus hogares a los cuatro hermanos Marañón Pérez y su primo, Marcelo Pacheco Pérez, asesinados con la complicidad del sargento Caso Pérez. Disparó contra Frank País y Raúl Pujol.
  • Fernando Díaz Rodríguez – Asesinato de José Grimón Driggs.
  • Antonio Gutiérrez Valdés – Asesinato de Luis Enrique Calá.
  • Armando Ortiz Verdecia – Asesinatos de los cuatro hermanos Marañón Pérez y su primo Marcelo Pacheco Pérez.
  • Juan José Torres Martínez – Asesinato de Enrique Ladrón de Guevara, junto a Enrique Despaigne.

El jefe de la Policía Nacional santiaguera ha sido el más mencionado y defendido. Bonifacio Haza Grasso no participó en el golpe de estado del 10 de marzo de 1952. Aunque las acusaciones más graves ocurren de 1956 en adelante, las acciones de Haza habían comenzado en 1953.

José Lupiáñez Reinlein, dirigente estudiantil de la época, lo señala como un temprano represor de las actividades estudiantiles en su libro “El movimiento estudiantil en Santiago de Cuba, 1952-1953”. Fue el acusador principal en la denuncia de los autores de un manifiesto el 12 de agosto de 1953 y el principal represor de estudiantes frente a la Escuela Normal para Maestros. Otras de sus actividades fueron mucho más serias.

El 30 de noviembre de 1956, cumpliendo órdenes de Haza Grasso, el teniente Facundo Durán Matos encerró en el calabozo de la estación de policía a cinco jóvenes para que ardieran con el edificio. Afortunadamente, a última hora lograron escapar.

El 30 de julio de 1957 no participa directamente en los asesinatos de Frank País y Raúl Pujol pero, al día siguiente, reprime una manifestación de mujeres que protestaban en presencia del nuevo embajador de Estados Unidos.

En el libro de Ignacio Uría “Iglesia y revolución en Cuba. Enrique Pérez Serantes (1883-1968)”, el obispo que salvó a Fidel Castro se narra una “violenta incursión policial en el colegio jesuita de Dolores a fines del verano de 1958 a las órdenes del capitán Bonifacio Haza”. La incursión terminó con los guardias ametrallando la capilla.

Durante su mandato policial se cometieron cientos de atropellos y, según cálculos conservadores, más de 400 asesinatos, culpabilidad que comparte por su condición de jefe. Así lo afirman Alexander Skander Galand et al. en su libro “Directrices de Derecho Penal Internacional: Responsabilidad de los Jefes Militares”. La jurisprudencia internacional no se ha cansado de repetirlo: “La doctrina de la responsabilidad del superior está claramente articulada y anclada en la relación entre el superior y el subordinado, y en la responsabilidad del jefe por las acciones de los miembros de sus tropas”.

Cuando huye el dictador, Haza Grasso, junto al reverendo Agustín González, se reúne con los hermanos Castro junto al fuerte El Escandel y promete entregar la ciudad sin resistencia “para evitar un derramamiento de sangre”. Acto de oportunismo a última hora. Días después, Bonifacio Haza se encuentra entre los procesados en la Causa 1/59. Es acusado de torturar a Juan Reinaldo Pérez en 1956; del asesinato de Alberto Sambrán en 1957 y de la muerte de Fernando Proll en 1958. Otras diez causas completaban su expediente.




La Masacre de la Loma de San Juan: Sesenta años después

Fusilamiento en la Sierra Maestra (Foto Internet)

MIAMI, Estados Unidos. – Señalar un evento singular que sirva de acto insigne del historial de un régimen despiadado y asesino es tarea imposible. El mal tiene muchas dimensiones y cada víctima y sus allegados padece el dolor. El daño es personal y colectivo a la vez. En 60 años de régimen, la escasez material y moral que provocó el castrocomunismo resulta inversamente proporcional a su perversión y crueldad.

En ese sentido, uno de los tantos crímenes de lesa humanidad que recaen sobre los hombros de la dictadura es la Masacre de la Loma de San Juan. Lo que ocurrió aquella madrugada del 12 de enero de 1959, expuso la naturaleza tiránica del comunismo cubano al exhibir. Setenta y una personas salvajemente asesinadas (algunos recuentos apuntan hasta 73 casos). Tras los disparos, los cuerpos cayeron una fosa común de 40 metros de largo que había sido excavada un tiempo antes del circo patético que llamaron “juicio”, donde se dictaron cobardes sentencias sin el mínimo rigor. En aquella ocasión fue el propio Raúl Castro quien asumió el papel de chacal en jefe de la matanza.

No todos los fusileros a cargo de la barbarie parecen haber tenido buena puntería. Luego de que varios buldóceres rellenaron con tierra la zanja donde cayeron los cuerpos masacrados, testigos, como fue el caso del periodista Antonio Llano Montes, revelan haber visto manos sobre la superficie de la tierra, reforzando la hipótesis de que había víctimas vivas entre los fusilados, quienes, en caso de haber sobrevivido,  murieron asfixiados intentando salir.

Como todo lo que ha hecho el régimen comunista cubano, la masacre tuvo como objetivo escarmentar a opositores y potenciales detractores del sistema.

Años después, el ciclón Flora, con sus lluvias fortísimas, se ocupó de desenterrar algunos de los cuerpos, sacándolos sobre la tierra y dejándolos a la vista de todos. El castrismo, siempre eficiente a la hora de limpiar sus manos ensangrentadas ante la opinión pública internacional, tomó la decisión de reubicar los cadáveres en tumbas de concreto pesado y desaparecerlos en aguas cercanas. La idea clara era tratar de borrar el registro de lo ocurrido.

La Masacre de la Loma de San Juan es la versión cubana de la Masacre de Katyn, ese asesinato masivo de soldados, oficiales, policías e intelectuales polacos, llevado a cabo por la policía política soviética en la primavera de 1940. En el caso de la matanza cubana, el crimen recoge todas las características que personifica la revolución castrocomunista y su modus operandi.

La lucha contra el régimen autoritario de Fulgencio Batista fue apoyada por toda una amalgama de corrientes políticas que, a la postre, serían traicionadas por Fidel Castro. En otras palabras, la “revolución cubana” ha sido una fabricación propagandística, una fábula sacada del cofre marxista-leninista para ayudar pavimentar la contracultura. Como mismo golpe de Estado bolchevique luego fue transformado en la “Gran Revolución Socialista” (ignorando los hechos y las fuerzas democráticas anti zaristas). La traición fue siempre una constante en la praxis castrista y lo ocurrido aquel 12 de enero lo ejemplifica cabalmente.

Bonifacio Haza Grasso, comandante de la Policía de Santiago de Cuba, fue fundamental a la hora de facilitar la transición de poder entre el régimen y los rebeldes. El papel de mediador de Haza entre las Fuerzas Armadas Constitucionales de Cuba y el Ejército Rebelde fue aprovechado por los Castro para asentarse en Santiago, sin encontrar resistencia armada por parte de las fuerzas públicas de la zona.

Con su proceder, Haza Grasso también evitó muertes innecesarias y el desorden que suelen traer consigo ese tipo de procesos. Desde el 1 de enero de 1959, el alto oficial se reunió con los hermanos Castro, quienes, en su afán de proyectar una imagen de reconciliación nacional, entraron con él a Santiago. Sin embargo, una vez que los rebeldes tomaron el control logístico de la ciudad, Castro se encargó de que Haza Grasso no fuera excluido de la matanza planeada y ejecutada.

El castrocomunismo siempre ha sido adicto a los encaramientos sanguinarios y la masacre de la Loma de San Juan es un reflejo paradigmático de ese ejercicio continuo en Cuba comunista. Sin embargo, la Masacre de los 71 (como también se le conoce), fue particularmente anunciada y glorificada por la prensa oficialista en su momento y posteriormente por la maquinaria de historiográfica para, de este modo, cementar una visión particular y falsa de lo que ocurrió y desanimar cualquier intento de desafiar el totalitarismo que se estaba gestando en secreto.

La legalidad que aplicaron los verdugos a los detenidos (luego fusilados), fue de una carencia imperiosa de un debido proceso judicial digno de un filme tragicómico. Esta también ha sido la norma de la jurisprudencia castrista a través de todas sus etapas. La “ley” existe sólo para racionalizar el poder político dictatorial y punto. Nada nuevo ahí. Luego, la cantidad de sangre y los grados de la perversión oscilan de acuerdo a la utilización que el crimen podría dar y nunca ha reflejado un cambio de naturaleza.

La Masacre de la Loma de San Juan es parte de esa larga lista de crímenes que la justicia deberá enmendar para alcanzar la verdadera democracia en Cuba. Si eso se logra, de nada le servirá al castrismo las bóvedas de cemento utilizadas ni todos los intentos de silenciar la verdad y de negarle al pueblo cubano su reclamo a la memoria colectiva y la justicia redentora. La democracia, la reconciliación y un Estado de derecho necesitan de la aplicación fidedigna de la justicia. No importa el tiempo que haya pasado.