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Requiem por las posadas

LA HABANA, Cuba, diciembre, 173.203.82.38 -Todo cubano mayor de cuarenta años recuerda aquellos hotelitos, más o menos precarios, adonde se escapaba con su novia o quizás con la novia de otro, y también con la esposa, suya o ajena. Primeramente, los denominaron “Albergues INIT”, porque eran administrados por el entonces nombrado Instituto Nacional de la Industria Turística (INIT). Sin embargo, los cubanos les pusieron el nombre por el cual siguen siendo recordados: posadas.

Entonces alquilar una habitación en el Hotel Habana Libre costaba alrededor de 22 pesos la noche. Pero en la época de “la burbuja del bienestar CAME”, 22 pesos tenían algún valor y eran difíciles de conseguir. Así que la mayoría de los hombres buscaban el modo de convencer a sus potenciales o estables parejas para ir a una posada.

Generalmente, las chicas le hacían cierto rechazo a la idea. Si era muy joven, tenía miedo de ser reconocida por alguien del barrio o la escuela. Si era adulta, ponía reparos, por la falta de higiene en las habitaciones y por los huecos en las paredes. En una cola para alquilar el servicio de alguna posada, los usuarios no se miraban las caras.

Los fines de semana se hacía muy complicado conseguir habitación en una posada. Pues las filas para hacerlo eran largas y tediosas. De modo que muchos pagaban diez o incluso veinte pesos a los empleados para que les permitiesen entrar violando el orden.

El posadero manejaba aparte dos o tres habitaciones para alquilarlas a quienes pagaban el sobreprecio. Como valor añadido, existía la posibilidad de que el colchón, la cama y la sábana fueran nuevos, o al menos estuvieran limpios. Por lo común, la habitación tenía un pequeño baño donde nunca había agua. A un costado, dentro del baño, se hallaba un recipiente más o menos idóneo para colectarla. El líquido se buscaba al final del pasillo, en un tanque, o, con suerte, se extraía de un grifo.

Quien se lanzaba a la gran aventura de sábado para domingo en una posada, sin estar debidamente preparado, podía correr ciertos riesgos. Hay quien tuvo que lidiar con una habitación cuya cama estaba sostenida por cuatro ladrillos, cada uno en un extremo. También era común el encontronazo con el colchón con más huecos que el paisaje lunar. Y era latente el peligro de infectarse con cierta clase de insectos francamente indeseables: ladillas. Igualmente, era recomendable revisar las paredes y en especial la puerta. Los huecos y los correspondientes mirones parecían formar parte del inexistente servicio al usuario.

Anécdotas sobre las posadas hay muchas. En lo personal, recuerdo una que me sucedió estando en un pequeño motel conocido como “Las Casitas de Vía Blanca”. Era el horario del mediodía y todo parecía muy tranquilo. Yo estaba en mi habitación, en la cama, mientras ella estaba en el baño. De repente, escuché el frenazo de un auto a la entrada del motel. Luego, se oyó la voz de un hombre que gritó: “Sal, descarada, que te voy a matar como a una perra, los mato a los dos”. Y a continuación, sonó un disparo.

Salté de la cama y mire con cuidado a través de las persianas, pero no podía ver al individuo. Casi al unísono, escuché varias voces, desde distintas habitaciones, que le pedían al hombre que se calmara, cada cual pensando que el problema era con él. Entonces miré a la muchacha que casi acababa de conocer, y ella se apresuró a decirme “No te preocupes que yo estoy bien soltera y sin compromiso”. A fin de cuentas, el hombre fue desarmado por la policía. Y al parecer, su esposa y el amante no estaban allí.

Desde mediados de la década de los ochenta, el servicio de las posadas empeoró aún más, al tiempo que empezaban a escasear. En la década de los noventa, colapsaron los planes de construcción de nuevas edificaciones. La “burbuja del bienestar CAME” se vino abajo junto con el muro de Berlín. Rápidamente, los antiguos albergues INIT se convirtieron en casas de vivienda para damnificados por ciclones y derrumbes.

En la posada Venus, cercana a la terminal de trenes, los nuevos inquilinos pusieron un cartel aclaratorio: “Esto ya no es una posada, aquí viven familias”. Así, de esa forma y sin mucha fanfarria, se acabó la era de las posadas en la capital de Cuba. De manera que hoy, quien necesite hacer lo que hacíamos en ellas, puede escoger entre la escalera de un edificio, una calle oscura, un parque, un automóvil, o la playa con el agua al cuello.




Un barrio de ricos

LA HABANA, Cuba, septiembre, 173.203.82.38 -Cuando triunfó la revolución, en 1959, algunos repartos lujosos de La Habana, muchos con nombres de origen inglés, comenzaron a ser llamados con denominaciones indígenas u otras de factura nacional. Tal fue el caso del Biltmore, en el municipio Playa, al que renombraron como reparto Siboney.

En este reparto, donde vivieron familias adineradas, el gobierno revolucionario convirtió inicialmente las lujosas casas en albergues de becados. Incluso alguna que otra de las casas expropiadas a sus legítimos dueños fue asignada como morada a una familia humilde, aunque siempre como excepción, pues la distribución de las lujosas mansiones a la población nunca formó parte de una política generalizadora.

Algunas familias que apenas tenían donde vivir, se vieron, de la noche a la mañana, residiendo en mansiones, con piscina, garaje y cuidados jardines. Pero el hechizo, como el de Cenicienta, duró muy poco. Muy pronto se hizo evidente que los nuevos moradores no tenían recursos para mantener aquellas casas. Las piscinas pasaron a ser reservorios de jicoteas y mosquitos, las grietas dejaron de resanarse y el descascarillado de la pintura marcaba el paso del tiempo.

Julio y Ana vivieron con sus dos hijos pequeños en la calle 214, número 1108, entre 11 y 11 B, en Siboney. La casa tenía seis cuartos, tres baños, piscina, garaje y jardín. Ella cuenta: “En los casi diez años que vivimos allí, jamás pudimos bañarnos en la piscina. Cuando nos mudamos, ya el agua estaba sucia. El sistema de bombeo de la piscina estaba roto, y no teníamos dinero ni recursos para arreglarlo. Un día vinieron dos funcionarios del gobierno y me dijeron que teníamos que irnos para un apartamento que nos habían asignado. Mi esposo estaba en la guerra de Angola, y yo estaba sola con mis dos hijos. No me quedó más remedio que abandonar la casa e irnos a vivir a un modesto apartamentico en el barrio de la Víbora”.

La misma suerte de Ana la corrieron todos sus vecinos pobres. Los estudiantes becados también fueron sacados finalmente de Siboney.

El gobierno decidió brindar las deterioradas mansiones a mejores postores. Algunas pasaron a ser residencias de diplomáticos. Otras, residencias de funcionarios del gobierno o revolucionarios ricos, como políticos, militares, algunos músicos y empresarios. Otros afortunados, miembros de la nueva clase comunista, como el difunto comandante Bernabé Ordaz, que contaban con los recursos ilimitados del Estado, siguieron viviendo en este barrio.

Siboney hoy sólo mantiene el nombre indígena que le puso la revolución, porque ya desaparecieron los becados y los humildes; la extracción social de sus moradores ha variado diametralmente. Salvando las distancias, Siboney ha vuelto a ser tan exclusiva como lo era cuando se llamaba Biltmore.