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Se pierde cosecha de mangos en Cuba por negligencia y burocratismo

mangos Cuba

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Foto archivo

MIAMI, Estados Unidos.- En medio de una severa crisis alimentaria, la negligencia y el burocratismo del Estado cubano a la hora de acopiar una cosecha entera de mangos, en Santiago de Cuba, ha provocado que esta se pudra, generando descontento en las bases productivas.

Así lo denunció la santiaguera Taimara Esparraguera, residente en La Elvira, municipio Songo La Maya, en una carta enviada a la sección Acuse de Recibo del diario oficialista Juventud Rebelde, en el que señaló que al iniciarse la recolección esta temporada, aunque no había envases se acopió la fruta en sacos.

Según contó Esparraguera los cosecheros se levantaban de madrugada a recoger, sin embargo, los mangos empezaron a podrirse por negligencia de los encargados de acopiarlos. “La cosecha más segura no se pudo realizar por negligencia”.

“Al final, expresa, solo salen perjudicados los campesinos, porque nadie paga esos mangos que se pudrieron. Y se ha creado descontento en las bases productivas, porque estamos en tiempos difíciles y aún perdura el burocratismo”, denunció la santiaguera.

“Algo que preocupa a los productores es que se acopia el mango en las montañas de la Tontina, La Rosita, Santa María del Loreto y El Ramón de Las Yaguas, pero el que está en el llano se pudre. Cosas que tú cuentas y no se cree”, prosiguió.

“De tantos tipos de mangos, nada más se acopia un poquito de la variedad mamey. El de corazón, de Toledo, de papelina, de hilacha y otros más, se pierden porque el Estado no los acopia. ¿Por qué no se toman las medidas y se venden estas variedades en los MAE, que permanecen desabastecidos? Mientras tanto, la población compra los mangos a los revendedores a altos precios”, dijo.

Así mismo, reclamó que los medios de prensa no dicen la verdad de lo que sucede en la provincia. “Siempre se dice que se ha acopiado todo el mango en la provincia. Lo dicen por los medios de difusión, y la realidad es otra. Cada vez que un campesino escucha una noticia así se le revuelve el alma, porque ha sufrido en carne propia la pérdida de su mango”, concluyó.

Las ineficiencias estatales a la hora del acopio, la distribución e incluso la falta de envase ha provocado que se pierdan en la Isla cosechas enteras, y no solo de frutas.

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La ineficiencia también se llama “cerrado por reparación”

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Coppelia está cerrada al público por reparaciones. Foto tomada de Internet

LA HABANA, Cuba.- Ante tantas escaseces y la abrumadora desidia con que los empleados de muchos establecimientos estatales de la gastronomía y el comercio encaran su diaria labor, las autoridades deciden con frecuencia ubicar un letrero que dice “cerrado por reparación”. Es probable que los propios gobernantes estén conscientes de que la supuesta reparación no va a resolver ninguno de los males referidos, pero al menos, y de momento, es una especie de ojo acusador que se quitan de encima.

Es que cuesta trabajo pensar que haya tantos restaurantes, cafeterías, tiendas, pizzerías y otros establecimientos de ese tipo que requieran simultáneamente de una reparación. Y lo que resulta más inconcebible: que algunos de ellos pasen más tiempo cerrados por reparación que prestando servicios a la población.

Por estos días, y en ocasión de los 500 años de la ciudad de La Habana, se ha desatado una ola de reparaciones de algunos centros que llevaban años cerrados. Destacan entre ellos el restaurante El Castillo de Jagua, ubicado en la intersección de las calles 23 y G, en el Vedado capitalino, y la ostionera de la esquina de Infanta y San Lázaro, donde confluyen los municipios de Plaza y Centro Habana. Este último establecimiento es casi desconocido por buena parte de la población habanera debido a la prolongación de su cierre.

Mas, sin dudas, la reparación que más ha trascendido por estos días es la que se lleva a cabo en la céntrica heladería Coppelia, en L y 23, también en el barrio del Vedado. Vale decir que Coppelia tal vez ostente el récord de más reparaciones en los últimos tiempos. Y al final, al contemplar sus resultados, cualquiera podría acudir a ese estribillo muy de moda en la bolerística cubana de los años 40 y 50: “el cuartico está igualito”.

Cartel “Cerrado por reparación” en un establecimiento estatal en La Habana. Foto del autor

Son muchas las insatisfacciones de la población con el servicio que presta Coppelia, denominada pomposamente por las autoridades como “la Catedral del Helado”. Mala calidad de los helados, pocos sabores a disposición de los usuarios, lentitud en el trabajo de los empleados que hace aumentar las colas para entrar, así como el cierre de la instalación en horas muy tempranas de la noche debido a que el helado se acaba.

Un reciente reportaje aparecido en el periódico Juventud Rebelde (“Coppelia danza con más sabor y color”, edición del 7 de junio) da cuenta del trabajo que se realiza en la heladería con vistas a su próxima reapertura. Las labores se ejecutan tanto en los interiores como en los exteriores de la instalación, y, según dice, se pretende que Coppelia recupere la imagen que exhibía cuando fue inaugurada el 4 de junio de 1966

Sin embargo, ya la fábrica que suministra los helados a Coppelia  ̶ que también se encuentra en reparación por estos días ̶  anunció que no es capaz de aumentar la cantidad de helado que envía a la heladería, y que el chocolate, el sabor más solicitado por los clientes, solo será suministrado dos o tres veces a la semana.

Después de tales anuncios, el ciudadano de a pie no se hace muchas ilusiones. A los pocos días de la reapertura  ̶ claro, después que los dirigentes se hayan marchado y la televisión haya hecho su reportaje ̶  todo será como antes.  Seguirán las colas, y los nuevos ricos de la economía sumergida se llevarán “por la izquierda” las tinas de helado de chocolate, mientras que el público, apenas media hora después del horario de apertura del Coppelia, ya no podrá acceder a su helado preferido.




Nuestro correo está en quiebra

LA HABANA, Cuba, enero, 173.203.82.38 -Este fin de año, Norberto vino a pasar las navidades con su hermano, un anciano jubilado, como él. Cuando la hija lo llamó el 28 de diciembre desde Holguín, y supo que no tenían dinero para hacer una comidita el 31, al día siguiente le envió un giro de 500 pesos. Para ello tuvo que llenar dos modelos, porque en cada uno solo se aceptan 300 pesos.

Mientras la joven hacía los envíos, le preguntó a la empleada cuánto demoraba el dinero en llegar a La Habana, y esta le respondió que el trámite se hacía por computadora, así que llegaba enseguida. Entonces la muchacha volvió a llamar a Norberto para darle los números de los giros, y le dijo que podía ir a cobrarlos al otro día.

El día 30, muy temprano, el hombre fue a cobrar a la oficina de correos de Porvenir entre E y Font, Lawton, pero la empleada que lo atendió le dijo que hasta el 4 de enero no había dinero para pagar giros. Y aunque, por supuesto, Norberto protestó, no le quedó más remedio que irse y regresar el día señalado.

Pero entonces recibió la misma respuesta: “No hay dinero para pagar giros. Vuelva el día 6.” Ese día pudo observar que no era el único que no había cobrado su dinero. Había un grupo de personas protestando por la misma razón. Las pobres empleadas no sabían cómo contener a los que reclamaban, y por mucho que explicaban, nadie podía comprender aquello. Disgustado, Norberto exclamó: “¡Pero es que mi hija me mandó el dinero hace nueve días! ¡Hasta en un diligencia podía haber llegado!”

Así, una y otra vez, volvía al correo par ver si había dinero con qué pagarle, hasta que el día 11 de enero una trabajadora les informó a los presentes que hicieran una cola, que del fondo de dinero del correo, aunque no era para pagar giros y no alcanzaría para todos, les pagarían hasta donde alcanzara.

Por suerte, Norberto estaba junto a la ventanilla, así que quedó entre los primeros, a pesar del tumulto que se formó al escuchar a la empleada. Sin embargo, de los dos giros solo pudo cobrar el de 300 pesos, pues el otro no había llegado. Le comunicaron que la reclamación debía hacerla su hija.

Aun así, Norberto y su hermano hicieron ese día una cenita modesta, pero muy agradable, para celebrar, según le dijo el hermano medio en broma, “la Navidad, el Año Nuevo y los Reyes, de un solo viaje”.




El tren Habana-Santiago en tres tiempos

LA HABANA, Cuba, diciembre, 173.203.82.38 -Resulta muy recurrente en Cuba una frase que indica que los negocios estatales se comportan como los malos perfumes: no tienen un buen fijador. Es decir, que generalmente empiezan bien, pero con el paso del tiempo naufragan en medio de la desidia y el mal servicio. Esa es la razón por la que cada vez que se inaugura un restaurante, una cafetería, una heladería, o cualquier otro tipo de servicio a la población, las personas tratan de visitarlos cuanto antes, convencidas de que a los dos o tres meses ya nada será igual. Por supuesto que el servicio de trenes que cubre el itinerario entre La Habana y Santiago de Cuba no tendría por qué ser la excepción.

A finales de los años noventa se anunció el inicio de un servicio ferroviario especial entre las dos ciudades más importantes de la isla. Se trataba de coches modernos, veloces y dotados de una infraestructura que garantizaba la adecuada atención a los viajeros. Solo tendría dos paradas en su recorrido, en las ciudades de Santa Clara y Camagüey, y por tanto el tiempo de la travesía se calculaba en 13 horas, recorrido que los ómnibus cubrían esa ruta en algo más de 15 horas. Y tanto confiaban los dirigentes del sector ferroviario en que lo anterior se cumpliera, que establecieron un pago de indemnización a los viajeros si el trayecto excedía de las referidas 13 horas. Además, había una “merienda reforzada”, la que podía solicitarse en cualquier momento del viaje.

Lógicamente, los usuarios respiraron con alivio al suponer que quedaba atrás el viejo servicio, plagado de ineficiencias y maltrato a los viajeros. Pero…

En el año 2003, por motivos de trabajo, viajé por ferrocarril a la ciudad de Santiago de Cuba. Tardé alrededor de 14 horas en llegar a mi destino, y no recibí indemnización alguna. Al comenzar el viaje, la ferromoza me anunció que cogiera la merienda en ese momento, pues ella no podía garantizármela si la solicitaba más tarde. Y lo peor sobrevino debido a la desorganización e inseguridad en los coches. Tanto en Santa Clara como en Camagüey subió al tren una gran cantidad de personas vendiendo una infinidad de alimentos ligeros; pero no solo con ese objetivo, sino que, y ese era el comentario generalizado de los pasajeros, al menor descuido cargaban con cualquier equipaje que no estuviese resguardado. Se comprenderá la zozobra que semejante situación ocasionaba en los viajeros. Sin embargo, los momentos más críticos de los trenes Habana- Santiago estaban aún por llegar.

No hace mucho salió a la palestra la denuncia de un viajero sobre irregularidades acaecidas en los trenes que prestan el servicio que comentamos. Refiere el denunciante que el pasado 11 de agosto, cuando se dirigía desde la capital hacia la ciudad del Oriente cubano, les comunicaron a los pasajeros, a la altura del poblado de San Luis, no muy lejos de Santiago, que la locomotora se había quedado sin combustible, y había que esperar por otra para que remolcara al resto de los coches. A la postre, la locomotora remolcadora, procedente de Santiago, arribó hora y media después, con el consiguiente perjuicio para los viajeros.

La propia persona cuenta que, unos días después, el siete de septiembre, lo mismo le sucedió a la locomotora que rendía el trayecto Habana- Santiago. Pero esta vez el remolcador llegó cuatro horas después de que se hubiese acabado el combustible. Durante toda esa espera, los pasajeros de los 12 coches no contaron con ninguna posibilidad de mitigar el hambre y la sed, ya que en la única toma de agua accesible, el líquido no era potable.

Como puede apreciarse, en Cuba el buen fijador es casi coto exclusivo de exquisitos perfumes. Por cierto, muy caros e inalcanzables para el bolsillo del ciudadano promedio.




En diez minutos

LA HABANA, Cuba, octubre, 173.203.82.38 -En la puerta cerrada de una oficina de cobros a la población, de una empresa municipal de servicios, colgaba un cartel: Regreso en diez minutos. Aludía a la ausencia temporal del puesto de trabajo, por parte de la empleada encargada de atender al público, tal vez debido a una urgencia imprevista.

Los clientes que llegaban a pagar cuentas de luz, teléfono, gas, o para asentar cuños, o a solicitar otros servicios, a medida que  la cola se iba alargando, se dedicaron a chotear a costa del cartel.

El primero de la cola repetía que cuando llegó, a las ocho de la mañana, ya estaba el cartel ahí, y eran las once. Un individuo que tenía mucho apuro por salir de su trámite, pues tenía que irse corriendo para otra diligencia, dijo que en Cuba todas las medidas estaban adulteradas. La libra ya no contiene 16 onzas, sino 14 o menos. El kilogramo no equivale a 1000 gramos, sino 960 o menos. El litro nunca lo dan lleno. Una hora  de espera suele tener por lo menos 240  minutos. Y por lo visto,  un minuto era  mucho, pero infinitamente mucho más de 60 segundos.

“Ayer compré un par de zapatos en la tienda -contó una mujer que estaba allí para pagar el teléfono-, según la indicación, era el número 39, que es mi número, pero no me sirvieron porque en realidad era dos números menores al que calzo”.

“El metro de tela no mide ya 100 centímetros -dijo otra mujer, que esperaba por la empleada para solicitar una limpieza de fosa–, en la regla de medir de la tienda, la marca está situada mucho antes del  100. Incluso, me informaron muy seriamente que es una normativa instaurada por la empresa”.

“Hasta los sabores están cambiados –añadió otro individuo-, con los productos químicos que les echan a las frutas y a las viandas para acelerar su maduración. Ahora, a veces un platanito te sabe a frutabomba y un aguacate a malanga. Y ni hablar de los precios, en los que sí es verdad que nos acaballan a la cara”.

Al fin, entre quejas y choteos, dieron las doce del mediodía, pero la empleada no llegaba. La cola colmaba el pasillo. Los clientes continuaban burlándose amargamente del tamaño de los diez minutos, cuando bajó otra empleada del piso de arriba, que iba a almorzar, y se echó a reír. Le comunicó a los clientes que Juliana, la empleada de aquella oficina, estaba de vacaciones. El cartel lo había colocado la semana pasada, cuando  tuvo que salir al baño con urgencia, y luego olvidó retirarlo.

Desconocía esta empleada por qué la administración no había reparado todavía en la anormalidad de aquel letrero en la puerta. “Pero, quién sabe, tal vez dentro de diez minutos se dan cuenta y retiran el cartel”, resumió sonriente.




Tela por donde cortar

LA HABANA, Cuba, junio, ww.cubanet.org -La industria textil es posiblemente una de las más antiguas del mundo y en Cuba, antes de 1959, floreció. Pero a partir de ese año, debido a la obsesión de Fidel Castro de intervenirlo todo, comenzó su destrucción.

El gobierno castrista nacionalizó las dos grandes textileras con que contaba el país: la fábrica de Ariguanabo y la de Mayabeque, y consolidó en una sola estatal las decenas de pequeñas fábricas privadas ubicadas en todas las provincias.

Hubo que invertir muchos millones de dólares para reanudar la producción de las antiguas textileras de Ariguanabo y Mayabeque, luego de nacionalizadas. Mas tarde, se desarrolló un fuerte proceso inversionista en la creación de cinco nuevas fábricas: Alquitex, en 1965, en el pueblo de Alquízar; la Hilandería del Wajay, en 1984; Desembarco del Granma, en 1976, con tecnología japonesa, en Santa Clara; el Combinado Textil Celia Sánchez, con tecnología soviética, en 1977, en Santiago de Cuba; y La Principal, en 1986, al este de La Habana, con tecnología de la antigua Alemania comunista.

Datos publicados en la prensa oficial indican que aquellas fábricas eran capaces de producir la tela que necesitaba la población para vestirse.

Solamente la hilandería del Wajay producía quince mil toneladas métricas anuales de hilaza, suficientes para fabricar 90 millones de metros de tela. No obstante, las 3 millones de mujeres que por aquella fecha tenía nuestra población solo podían comprar una cuota racionada de tres metros y medio de tela al año, que representaba 10,5 millones de metros. Si la producción llegaba a 90 millones, ¿qué se hacía con los 79,5 millones de metros de tela?¿Cómo se explica que toda la ropa estuviese racionada, y las cinco nuevas fábricas y las ya existentes no pudieran abastecer al pueblo de ropa durante los primeros 30 años de Revolución?

La Libreta de Productos Industriales (racionamiento) desapareció justamente en 1990, fatídico año para el castrismo, cuando la Unión Soviética decidió que sus relaciones comerciales con Cuba se ajustarían a los precios del mercado mundial, porque la deuda cubana con ese país ascendía ya a 24 mil millones de dólares.

Mientras el Muro de Berlín caía tumbado a mandarriazos por los alemanes, Fidel Castro nos atrincheraba en la miseria y dictaba una reducción en las cuotas de productos racionados, es decir, practicamente todo. El 17 de diciembre de 1990 eliminó los mercados campesinos paralelos,  provocando una descomunal hambruna, cuyas secuelas aún repercuten en la población, sobre todo en los niños nacidos en los años siguientes.

Ha pasado el tiempo y las mujeres cubanas jamás hemos podido saber por qué, si la producción textil era tan grande, durante tres décadas sólo pudimos comprar tres metros y medio de tela al año.

Solamente la planta japonesa de Santa Clara, cuya inversión aún se debe, tenía una capacidad de producción anual de 60 millones de metros cúbicos de tejido, que era más que suficiente para que todas las cubanas nos hubiesemos podido vestir sin racionamiento.




Caos en el transporte urbano habanero

LA HABANA, Cuba, mayo, 173.203.82.38 -El caos reinante en la transportación urbana, en La Habana, es consecuencia de la absurda y antieconómica política de centralizarlo todo a los niveles más altos del gobierno, que son  los que deciden si hay dinero para los pedidos de fondos hechos por las empresas, carentes de toda autonomía.

Un año después de que las diferentes direcciones de las empresas de ómnibus de la capital sometieran a sus instancias superiores reiterados pedidos de dinero para la compra de piezas de repuesto para los vehículos, han recibido el silencio por respuesta. Ante la cada vez mayor carencia de piezas, las empresas recurrieron al canibalismo para que evitar que colapsara totalmente la trasportación urbana en esta ciudad de más de dos millones de habitantes, es decir, decidieron sacarle piezas y partes a los ómnibus paralizados para ponérselas a los pocos que aun circulan.

Por los pésimos resultados de tales prácticas, en las terminales de Santiago de la Vegas y  Alamar, de los 70 ómnibus articulados marca Liaz, de fabricación rusa, que comenzaron a trabajar hace cinco años, circulan apenas entre 15 o 20 en cada una de estas terminales.

En las terminales del reparto La Rosita  y la de Alberro, en El Cotorro, que tienen ómnibus articulados Yutong, de fabricación china, debido a la falta de piezas de repuestos y partes, la frecuencia de salidas, que era de  10 y 15 minutos cuando iniciaron sus recorridos hace cinco años, en estos momentos es de más de una hora, lo que da lugar al malestar y las protestas de las personas, que se desesperan por tan larga espera.

De los 650 ómnibus articulados y fijos comprados hace solo cinco años a Rusia, China y Belarus para el transporte urbano de la capital, hoy solo circula la mitad.  Es común que los omnibus, abarrotados de pasajeros, muchos de ellos colgados de las puertas, no se detengan en las paradas oficiales.

El gobierno, conocedor del alto nivel de descontento existente en la población, y ante el riesgo de que este descontento se agrave con la llegada del verano, está tomando medidas para remediar de manera urgente esta situación, que no debía haber llegado hasta el extremo en que se encuentra.

El general de división Antonio Enrique Lussón, vicepresidente del Consejo de Ministros, ha sido convocado para que tome cartas en el asunto y le dé solución de manera inmediata a la grave crisis del transporte urbano en La Habana.

Para ello, habilitaron varios talleres, a los que se les han asignado fondos para la compra de los suministros necesarios para la reparación capital de los omnibus, algunos de los cuales llevan años paralizados. En la medida que sean reparados, los incorporarán de inmediato a prestar  servicio a la población. O al menos eso es lo que se ha informado oficialmente.

Queda por ver si esta nueva solución de emergencia da resultados positivos y, aun más importante y poco probable, permanentes.

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Hablar cuesta caro

LA HABANA, Cuba, abril, 173.203.82.38 -Con la telefonía celular nuestros jerarcas tienen la gallina de los huevos de oro,  lo que quizás compense el dolor de cabeza que para ellos representa que, con esa tecnología a su alcance, ahora los cubanos pueden comunicarse entre sí y con el mundo. De cualquier modo, siempre les queda a los mandamases el recurso de cortarles el servicio a quienes ellos estimen conveniente, como hicieron recientemente con casi todos los opositores durante la visita papal.

En Águila y Dragones, sucursal de la Empresa de Telecomunicaciones de Cuba SA (ETECSA) en Centro Habana, antes de las diez de la mañana del pasado sábado 14 de abril, ya más de veinte de “celuleros” habían adquirido, al menos, una línea telefónica. La oferta especial consisitía en que a quien adquiría una línea en 30 pesos convertibles (cuc) le otorgaban un crédito de 30 cuc. Y las colas para comprar o recargar tarjetas eran cada vez más extensas, como a diario ocurre en la mayoría de estas oficinas de ETECSA.

Ese día compré una línea para mi Motorola. Al siguiente (domingo), le instalé el código PIN. Hice dos llamadas de menos de medio minuto y una internacional por equivocación, de apenas segundos. En total, el gasto no debía sobrepar los 2,50 cuc. Por la noche, al examinar el saldo, vi que de los 30 cuc iniciales me quedaban 14 y unos centavos.

Llamé al Centro de Atención a Clientes de Cubacel. La empleada chequeó en el sistema informático: “Qué raro”, dijo, “aquí aparece que su crédito comenzó con 17 cuc y no con 30”. Y me sugirió solicitar un informe de mis llamadas en cualquier Tele Punto.

El lunes me dirigí a la sucursal en Obispo y Habana. Marqué al final de la larga cola que indicaba que el creciente número de celulares va atiborrando la capacidad de la empresa para brindar el servicio del modo rudimentario en que atienden a los clientes y –ojalá- presionando al Ministerio de Comunicaciones a establecer un acceso a internet eficiente y disponible para todos los cubanos, que haría mucho más fáciles este tipo de trámites.

Tras horas de espera, la empleada, llamada Gisel, reiteró la rareza de mi caso, y recomendó que esperara al menos unos días para que un especialista nombrado Juan Ignacio indagara sobre el asunto. Sin embargo, transcurridas unas horas la empleada me llamó por teléfono pidiéndome retornar ante ella para explicarme lo de mis 13 cuc desaparecidos por arte de magia.

Según el especialista, mi teléfono se está conectando automáticamente con una compañía de Nueva Zelanda que me roba crédito. Pero no me podía dar ese dato en el resumen de llamadas sin la autorización de su supervisora. Acudí a la supervisora, Yoharis, y también se negó alegando confidencialidad, aunque me dio un buen consejo: “Deseche ese teléfono y compre uno de los que ofertamos en el país, con todas las garantías técnicas y derechos legales para demandar”.

El celular mas barato no baja de 28 cuc. Pregunté si existe un vínculo entre ellos y la cleptómana compañía neozelandesa. “Ninguno”, respondió tajante.

Pese a las dudas, analizo fríamente mi situación. Dejo a un lado la paranoia con la policía política (que bien se sabe del control que goza en esta área). Me olvido de la de corrupción (que también se sabe hay, y bastante). Incluso admito la historia de ciencia ficción de que me jaquearon con mi teléfono apagado y sin código PIN. Según el especialista me robaron el sábado y yo instalé el PIN el domingo. Hasta llego a aceptar que haya sido un error mío en la manipulación de las teclas. Lo incomprensiblemente sospechoso para mí sigue siendo el por qué no me quisieron vender –sí, leyó bien: vender- un resumen íntegro de mis llamadas.

ETECSA es una entidad codiciosa. Cobra a sus clientes 3 cuc –dos días de sueldo- por un resumen de llamadas, que debería ser gratuito. Y dos minutos de conversación cuestan más que el salario diario promedio de un cubano.

Tengo un amigo que dice que él tiene dos Cadillacs: uno modelo 1959, de dos puertas y cola de pato, que cuando da una vueltecita por el barrio se traga diez litros de gasolina y un Cadillac en miniatura, pero que consume tanto como el grande: su celular.




El inútil viaje a Suiza

LA HABANA, Cuba, abril, 173.203.82.38 -Un ex funcionario, ya  jubilado, me cuenta una anécdota de sus tiempos de Vice director de una hilandería en La Habana, especializada en confeccionar toallas y cortinas. Su historia es una muestra inequívoca de cómo lo errores del burocratismo han dejado escapar, como agua en terreno baldío, un sinfín de recursos económicos, muy difíciles de cuantificar.

Cuenta el ex dirigente que a principio de los años noventa, Cuba compró a Suiza una hilandería con sistema computarizado, que sustituiría el trabajo de cincuenta y dos pequeñas hilanderías diseminadas por todo el país, con  el vetusto método de lanzaderas, de roturas continuas y muy complicado a la hora de determinar el lugar donde el hilo había cedido.

A través de  aquella computadora se podía ubicar, con total exactitud, el campo y la línea donde ocurría  la rotura. Además, contaba con un  programa de diseño  para más de cien modelos de toallas, fundas, cortinas y edredones, figuras, colores y combinaciones, y con un número significativo de mejorías en la eficiencia y la rentabilidad de la empresa, cuando estuviera funcionando.

En un almacén de las afueras de la ciudad se guardaron las estructuras, el tejado, las máquinas y los accesorios de la futura fábrica. El Ministerio de la  Industria Ligera  determinó que enviar un personal a Suiza, para su capacitación, era más rentable  que  contratar los servicios de técnicos suizos para el montaje y la  instalación. Sin embargo, quienes realizaron el viaje  al extranjero fueron el director y  el vice-director de la empresa, que no aprendieron nada.

El director se hospedó en la residencia de un ingeniero suizo, que se hizo su amigo y le mostró las bellezas patrimoniales del país. Luego trajo a Cuba álbumes de fotos y mucha nostalgia por  la nieve, la  buena comida y el  buen vino. El vice-director fue hospedado en un hotel. Y contó a su regreso que lo pasearon una sola vez por las afueras de la fábrica, a la cual ni siquiera entró. Eso sí, le  recalcaron varias veces que si la computadora mostraba algún fallo, había que traerla a arreglar a Suiza. Que por nada del mundo se les ocurriera tocarla.

A su regreso a Cuba, el día previsto para el inicio de las obras de montaje, ambos dirigentes confesaron a  sus superiores que de todas formas era imprescindible la contratación de los técnicos suizos.

Cuando llegaron los suizos, al mes siguiente, de jefe venía el mismo ingeniero que hospedó en su casa al director, quien  confesó que conocían de antemano la costumbre de los dirigentes cubanos de agenciarse ellos mismos los viajes, en lugar de enviar obreros que debían verdaderamente capacitarse. Por eso no perdieron tiempo en adiestrarlos. Siempre supieron que al final iban a necesitar que ellos viajaran a la Isla. Volvieron a recalcar que si la computadora presentaba algún desperfecto, por favor, no la tocaran. Debían enviarla a Suiza para revisarla.




El Socialismo y su mecanismo de autodestrucción

LA HABANA, Cuba, enero, 173.203.82.38 -El 13 de diciembre, Oscar, un jubilado de 70 años y vecino de la calle Línea, entre 12 y 14, en el Vedado, advirtió un fuerte olor a gas en las proximidades del muro donde acostumbra sentarse.

Buscó a la delegada del Poder Popular:  “¡Uf, hay un escape de gas, eso es peligroso!” —exclamó.  Y pronto llamaron a la Empresa de Gas Manufacturado.

Al día siguiente llegó un camión con 7 hombres. Rompieron la acera para examinar el origen del escape y taponarlo. En las labores de búsqueda desgarraron las conductoras de agua potable y de albañales. Seguidamente rodearon el hoyo con cinta amarilla para prevenir a los transeúntes del peligro y, antes de largarse, dijeron: “Ahora le  toca a otra brigada resolver el problema”.

Como consecuencia, el edificio, donde viven ancianos y niños, quedó sin servicio de gas.

A las 24 horas, los afectados llamaron a la empresa y los funcionarios indicaron que “la orden” estaba en manos del  jefe de brigada.  Luego llegó un camión con 5 hombres. Al verlos, una vecina preguntó: “¿Hoy terminan el trabajo?”. Pero los obreros  respondieron  que su responsabilidad consistía en hacer la instalación desde la acometida principal hasta la línea de propiedad, la otra parte corresponde a otra brigada, así que no podían responderle.

“Señores esto es criminal -exclamó un ama de casa-, aquí viven niños y viejos!”. “Niños y viejos hay en todas partes”, le respondió un obrero. “¿Entonces, cuál es la solución, salir pa’ la calle con carteles?”, agregó la señora. “Pues salgan”, objetó el mal humorado trabajador.

Para apaciguar los ánimos, otro de los trabajadores buscó un teléfono, llamó a la empresa, desde donde le dijeron que la “brigada del municipio” vendría más tarde. Entretanto, el resto continuó trabajando. Por cierto, no tenían herramientas y hubo que prestarles una segueta.

Tras “concluir” su labor, los trabajadores rellenaron el hueco. Sin embargo, la acera y el conducto albañal averiado quedaron sin solucionar por falta de cemento.

Nuevamente los vecinos telefonearon a la empresa. La jornada laboral termina a las 5:30 de la tarde, pero a las 4:00, algunas oficinas no respondían a las llamadas. Trataron de indagar con otros departamentos, pero las gestiones fueron vanas.   Algunos afectados, gracias a la solidaridad, consiguieron cocinas eléctricas. Pero al oscurecer, se produjo un apagón. “Esto es el colmo”, gritaron, mientras intentaban culpar al vecino que reportó por vez primera la avería. “Oscar, esta es tu obra”, le reprochaban. A lo que éste respondió: “Despreocúpense, que pa’ la próxima vez dejo que toda La Habana vuele en pedazos”.

Finalmente, en la mañana del 16 de diciembre, aparecieron 2 operarios más. Después de emplear varias horas en la recolección de materiales, por fin restablecieron el servicio. Según “la crítica especializada”, la maraña de tuberías se reveló como una obra del arte chapucero moderno.

Felipe, otro residente del barrio, con 82 años, que en la década de los 50 trabajó en la Esso Standard Oil, estuvo al tanto del desarrollo del trabajo. Y observó la comparsa de 14 obreros y dos camiones  requeridos para resolver el problema.

“Este trabajo lo hacían un operario y un ayudante en una sola jornada laboral y con la calidad requerida,” sentenció. ¿Cuál es la fórmula?, le preguntaron entonces los demás.  “Capataces competentes y compañías que paguen salarios decorosos”, respondería el anciano. Mientras, otro vecino llamado Víctor, concluía el debate del siguiente modo: “Señores, no se calienten más la cabeza con el socialismo. Su mecanismo de autodestrucción ya está a punto de estallar, como las tuberías viejas”.