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Sancionan a futbolistas cubanos por incidentes violentos en Liga Nacional

Partido de la Liga Nacional de Fútbol en La Polar (Foto Granma)

MIAMI, Estados Unidos. – La Comisión Nacional de Fútbol de Cuba anunció que siete jugadores que intervienen en la Liga Nacional de la disciplina han sido sancionados a raíz de los incidentes violentos ocurridos el pasado sábado en el estadio Nacional Pedro Marrero entre las selecciones de Santiago de Cuba y La Habana.

La nota, publicada este jueves por el portal oficial Cubadebate, establece una sanción conjunta de tres partidos de sanción para los futbolistas de La Habana Damián Silva Herrera, Alejandro Portal Oliva y Asterio R. Ballines Rojas, y para los santiagueros Raúl Pérez Hernández, Leonis Martínez Ramírez, Erik Rizo Rojas y Jorge Villalón Cobas.

La comisión disciplinaria de la 104 Liga Nacional de Fútbol dio a conocer también que en el caso de los jugadores Asterio R. Ballines y Jorge Villalón Cobas, habrá un análisis posterior para la aplicación de una sanción más severa, “en consonancia con la gravedad de los acontecimientos y su connotación”.

Los hechos violentos ocurridos el pasado fin de semana en el Marrero tras el partido de ida de la final del certamen se iniciaron cuando Villalón Cobas agredió de forma deliberada a Alejandro Miguel Portal Oliva, desatando un enfrentamiento masivo entre ambos equipos.

El comunicado de la Comisión Nacional de Fútbol especifica que las decisiones tomadas se ajustan al reglamento de la competición y que las sanciones se harán efectivas de forma inmediata y se completarán definitivamente en la próxima edición del evento.




El socialismo y la bestia que llevamos dentro

LA HABANA, Cuba, marzo, 173.203.82.38 -Que la prensa oficial aborde regularmente diversos temas relacionados con la indisciplina social, no es motivo para que acaben de articularse las soluciones. Al contrario, la situación empeora en la medida que avanza el tiempo. La juventud cubana, en general, es cada día menos civilizada en su comportamiento, y no parece que la realidad se vaya a revertir en plazos razonablemente cortos.

La incultura, con todas sus aristas, sale a relucir en escuelas, lugares públicos, hogares y centros de trabajo, sin distinciones de raza, sexo y grado de instrucción. El asunto pudiera catalogarse como una epidemia de la cual quedan excluidos muy pocos.

¿Cuándo y cómo se le pondrá coto a la animalización de las conductas, las depravaciones del lenguaje y otros códigos negativos que rigen la vida de cientos de miles de cubanos?

Infortunadamente no hay respuestas satisfactorias para este fenómeno, creado y desarrollado a partir de la instauración de parámetros que abolieron las categorías sociales a favor del igualitarismo.

Poco a poco, fue en ascenso el mal gusto, las unanimidades injustas, la relevancia social a partir de la fidelidad ideológica al partido y no proveniente de preceptos tales como la prudencia, el recato, el respeto al prójimo y otras pautas esenciales de la educación formal.

Las políticas del gobierno unipartidista dinamitaron los cimientos de un orden que, a pesar de sus imperfecciones, había logrado, al margen del analfabetismo y del bajo nivel de instrucción que afectaban a grandes segmentos de la población, una sociedad funcional en el sentido de que las clases bajas no se distinguían por las acciones indecentes.

Antes de 1959, los pobres, con sus lógicas excepciones, se conducían como respetables ciudadanos. Nada de groserías, conversaciones a gritos en la vía pública, música a todo volumen a cualquier hora del día y vertimientos de aguas negras y desperdicios hacia la calle desde balcones y ventanas, sin tomar precaución ante el paso de algún transeúnte.

El hecho de haber facilitado el acceso a las escuelas durante los últimos 52 años, no se revierte en efectos plausibles. En 2013 impera la ley de la selva en toda la nación. La vulgaridad y la desfachatez se han convertido en el denominador común. No hace falta un análisis profundo para fundamentar que las consecuencias de la masividad y el adoctrinamiento se padecerán más allá de este infeliz período de la historia nacional.

Pudiera parecer exagerado, pero pude atestiguar in situ que en Angola, a pesar del azote de la miseria y los bajísimos niveles de alfabetización, había en los primeros años de la década del 80, del siglo XX, mejores índices de educación formal que en Cuba.

Allí estuve 26 meses cumpliendo con el servicio militar obligatorio, y me asombraba la compostura de los pobladores que residían en las chozas ubicadas en una franja de la zona meridional del país africano. En Luanda, la capital, también quedé estupefacto con la modestia y los buenos modales de una población con terribles problemas materiales.

Aquellas experiencias me bastan para corroborar una vez más el fracaso del modelo socialista implantado en Cuba. En vez de ciudadanos responsables y honrados, lo que ha salido del experimento revolucionario son personas mediocres, incultas, prepotentes, adictas a la violencia y deshonestas.

Sin caer en absolutizaciones, es lamentable que un número considerable de cubanos, fundamentalmente jóvenes, haya sido arrastrado a proyectarse como bestias.

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Se acabó el respeto

LA HABANA, Cuba, mayo (173.203.82.38) – Los ruidos innecesarios y molestos son parte de la indisciplina social en que vivimos. Los ruidosos pueden ser los vecinos de los altos, de los bajos, de al lado o de enfrente. Para celebrar, no puede faltar una botella de ron, y la música a todo lo que dé el aparato. Lo más preocupante es que cuando se les llama la atención, replican con frases como: “Hoy es sábado, mañana no se trabaja”, o “La acera es de todos, y la calle también”. Incluso hay hasta quien cree tener derecho a molestar, y dice: “Estoy en mi casa y puedo hacer lo que quiera”.

El pasado lunes, dos vecinos se disponían a ver su programa de televisión favorito: Inés, la novela brasileña. Rodolfo,  en los altos, encendió la tele para ver la pelota en compañía de unos amigos. Cuando comenzó el juego, entre gritos, discusiones y brincos, a Inés le pareció que su techo se venía abajo. Pensando aplacar el alboroto de su vecino, que no le permitía disfrutar de la novela, se decidió a subir las escaleras y, si bien Rodolfo la recibió amablemente (contento porque su equipo acababa de anotar dos carreras), al final ella tuvo que ponerse algodones en los oídos y conformarse con ver la novela, sin escucharla.

Al otro día, cuando Inés comentó lo sucedido, Adrián, el sobrino, le contó la desagradable experiencia que tuvo cuando invitó a una amiga a la playita de 16. Además de bañarse, querían quitarse el cansancio de la semana y conversar apaciblemente. Todo iba bien hasta que llegó un grupo de muchachones con grabadora al hombro y botellas de ron. Antes de cinco minutos, el reggaetón se escuchaba en toda la playa y sus alrededores. Adrián y su amiga hicieron lo único que podían: irse y dejarle la playa a los escandalosos.

Los que no se han montado en la carroza de la escandalera, se preguntan qué ha pasado con la educación de los cubanos. Suponen que la explicación, en parte, puede estar en las convocatorias del gobierno, a través de las escuelas y centros laborales, durante muchos años, a participar en actos de repudio y marchas del pueblo combatiente; escándalos y chusmerías contra los que no estén de acuerdo con el gobierno, consideradas oficialmente loables tareas revolucionarias.

Las nuevas generaciones han crecido acostumbradas, e instadas, a no respetar los derechos de los otros, a gritar consignas e insultos y a agredir física y verbalmente a todo aquel que piense diferente. Y así, durante cincuenta años, se ha ido perdiendo el respeto y ha ido creciendo la indisciplina social, ahora vemos los resultados.