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Ancianos, profesionales y enfermos: rostros de la indigencia en Santiago de Cuba

Cuba, Indigencia, Santiago de Cuba, Songo la Maya

(Foto de la autora)

SANTIAGO, Cuba. – Argelio es una de las personas más longevas en Songo-La Maya. Asegura tener 105 años, aunque no tiene documentos que lo avalen. Perdió la visión cuando cumplió los siete y, desde entonces, le ha tocado depender de su bastón y de quienes le han brindado apoyo en algún momento. El médico Roberto Serrano, que también reside en La Maya, dice conocer a Argelio desde siempre; por tanto, da fe de su longevidad.

“Yo conozco a este señor desde que tengo uso de razón. Lo recuerdo llevando la vida como ha podido, siempre caminando a pesar de su ceguera y con todo el ímpetu del mundo. Él es una prueba de que Dios siempre socorre las mayores necesidades”, dice el galeno.

Sin embargo, los años han hecho lo suyo y Argelio no tiene las mismas fuerzas que antes. Hay veces que no puede caminar y esta dificultad para él significa tener que quedarse sin comer.

“El Platanal”, el comedor público del pueblo, que debiera brindar asistencia social, le queda a poco más de un kilómetro, y si no va, entonces no come. Vive solo y enfermo, aun así, el Estado no ha resuelto que alguien le lleve la comida, aunque sea una vez al día.

“El 24 de diciembre yo vi a Argelio como a las 11 de la noche que iba bajo el agua para su casa. Me acerqué para hablarle y me dijo de prisa que hacía más de una semana que no comía más que unos panes duros y agua. Le pregunté si sabía qué día era y sin dudar me dijo ‘Es nochebuena’. Tenía la mente clara y el estómago vacío. Le ofrecí algún dinero para que comiera pues pudiera ser mi padre, incluso mi abuelo”,  cuenta Roberto.

Debido a su condición, Argelio anda sucio, con la ropa vieja y rasgada. Esto ha dado pie a que algunos indolentes lo llamen “loco”. Pudiera ingresar en un hogar de ancianos, pero no existe ninguno en la localidad. Aunque, de haberlo, el Estado, como condición para aceptarlo, le retiraría la pensión de inmediato.

En Songo-La Maya, con solo observar las calles, uno se da cuenta que abundan las personas como Argelio, que viven en el desamparo. Se los ve deambular en la indigencia.

Algunos, a diferencia del anciano, sí presentan trastornos mentales. Como es el caso de María, a quien todos llaman “Mary”.

Debe tener unos cincuenta años, tal vez menos, pero es lo que aparenta. Según cuentan, fue maestra de Ciencias y, por circunstancias de su vida personal, perdió el juicio.

Nunca ha recibido ayuda, ni siquiera como retribución por haber sido una trabajadora profesional. Hace años que vive y duerme a la intemperie.

En enero de este año, el sitio oficialista “Cubadebate”, al igual que otros medios de prensa del régimen, reconocieron por vez primera en sesenta años la existencia de los indigentes y mendigos, aunque llamándolos con el eufemismo de “deambulantes”.

Se dijo que estas personas tendrían la posibilidad temporal de ser internados en centros de “protección social” que ya funcionaban en seis provincias del país para su atención, que se les daría atención médica, rehabilitación e incluso se les proveería regularmente de aseo y ropas, pero las actuales situaciones de Argelio y de “Mary” hacen dudar de la veracidad de tales anuncios. Incluso, nadie sabe si Santiago de Cuba ha sido beneficiaria de un programa similar al que describe la prensa del régimen.

La realidad es que en Santiago de Cuba, con solo observar las calles, pudiéramos asegurar que ha crecido el número de adultos mayores, mujeres, enfermos —la mayoría afrodescendiente—, que viven de la mendicidad, aunque cuenten con un techo.

Pero a esto que constituye un verdadero “ejército” de desahuciados, habría que sumar a una buena cantidad de alcohólicos en su condición de enfermos sin ningún tipo de atención o posibilidad de acceder a centros especializados donde los ayuden a controlar la adicción.

“Wiki” y “Cuadrao” son los sobrenombres de dos alcohólicos a los que la apatía y la negligencia institucionales han sumados a la extensa lista de “locos” y mendigos de la localidad. Todos, por igual, son sistemáticamente humillados.

Pudieran ingresar en el Hospital Psiquiátrico de Songo-La Maya, que cuenta con una sala de Deshabituación Alcohólica, pero el ingreso es voluntario y la mayoría de los enfermos no desea internarse.

Por otra parte, la facilidad para adquirir bebidas alcohólicas debido a su bajo precio y la venta en casi todos los establecimientos de comercio interior, donde jamás escasea, a diferencia de los productos de primera necesidad,  se convierten en obstáculo que les impiden vencer la adicción.

“Yo me siento indignada con el Gobierno, no tengo otra palabra. (…) ponen en el Noticiero que las calles de Estados Unidos están llenas de indigentes  (pero) no hablan de los que viven en la calle aquí”, denuncia una vecina de la localidad.

Aunque se sospecha que la cifra de indigencia en Cuba puede ser aún mayor, el agravamiento de la situación ha llevado a que el régimen reconozca al menos unos 2 mil desamparados, de acuerdo con un informe de finales de 2019 del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, del cual apenas trascendió la información ofrecida por la prensa oficialista.

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La China duerme en el banco de un parque

Cuba vagabundos

La China, Parque de la Fraternidad (foto del autor)
La China, Parque de la Fraternidad (foto del autor)

LA HABANA, Cuba. – Son casos que se multiplican por días, sin que las autoridades hagan algo por detenerlo.

La China duerme habitualmente en uno de los bancos del Parque de la Fraternidad, en el capitalino municipio de Centro Habana. El día que la encontré eran más de las nueve de la mañana, pero ella continuaba acostada en su banco a pesar de que los rayos solares ya castigaban ese sitio.

Cuando se percató de que varias personas merodeaban por los alrededores de su banco, se levantó y lo primero que hizo fue pedir un cigarro. Una ocasión que aproveché para indagar acerca de su existencia. Y supe que la China— le dicen así no obstante el color oscuro de su piel— vivía en compañía de su hija y nieta, pero se le tornó imposible la vida después de que la hija trajera a la casa a una nueva pareja, que cuando se emborrachaba la emprendía a golpes contra todos los que convivían con él.

Entonces la China decidió abandonar el hogar y deambular de un lado para el otro, aunque prefiere las zonas del Parque Central o el de la Fraternidad, ya que según sus propias palabras “en esos lugares uno puede inventar mucho más”. Comoquiera que ella nunca trabajó, no posee una pensión para pasar su vejez. Y a la pregunta de ¿qué come?, respondió lacónicamente: “Lo que aparezca”.

Aun sin reponerme del impacto que me causó la China, me topé en los portales de la calle Reina, muy cerca de la tienda Ultra, a un hombre sentado en el piso, con la cabeza entre las piernas, y la gorra extendida en forma de alcancía. Además, un pequeño cartel anunciador de su desgracia. “Soy un hombre enfermo, tengo un soplo en el corazón, y necesito algún dinero para comer”, era más o menos lo que se podía leer en el texto.

foto del autor
foto del autor

Aunque no todos los transeúntes dejaban dinero en la gorra, la mayoría se detenía ante el cartel, y así se enteraban del drama de esta persona. A la postre, cuando decidían continuar su camino, todos coincidían en lo terrible de la situación de ese hombre.

La jornada aún me depararía otra sorpresa, esta vez en la entrada de mi edificio. Un hombre de mediana edad, con las ropas raídas y evidentes signos de embriaguez, permanecía acostado en un pasillo contiguo a una de las escaleras del inmueble, obstaculizando el paso de los vecinos. Inútiles resultaron los intentos de convencer al hombre para que se fuera. Solo atinaba a decir que él no se iba ni aunque viniera la policía, ya que no tenía a dónde ir.

Y precisamente eso hizo uno de los vecinos: llamó a la policía. Pero la respuesta que recibió fue desesperanzadora: la policía no está para recoger a los menesterosos de la calle. Había que esperar a que el hombre se marchara por su propia voluntad. Y, felizmente, al cabo de varias horas, el indigente decidió alejarse del edificio.

Para colmo, cuando esa noche acudí a botar la basura, noté que uno de los grandes recipientes destinados a la recepción de los desechos sólidos se hallaba volteado, y la basura regada en el suelo. Era la consecuencia de la labor de los “buzos”. Es decir, esas personas que se dedican, con perjuicio para su salud y la de los demás, a buscar algún objeto “útil” en tan pestilente lugar.

Al parecer, ese día estuve en presencia de la cara oculta de la actualización del modelo económico cubano.




Mientras Cuba y EEUU se arreglan, ellos viven en las calles

Al pie del Museo Nacional de Bellas Artes, Gerardo González Aguilera mendiga (foto de autor)
Al pie del Museo Nacional de Bellas Artes, Gerardo González Aguilera mendiga (foto de autor)

LA HABANA, Cuba: – En la capital habanera crece la indigencia, cientos de personas permanecen abandonadas, viven, duermen en las calles, buscándose la vida. El Ministerio del Trabajo y Seguridad Social reconoce a ese grupo de personas como deambulantes y dice contar con una política intersectorial para atenderlos.

El gobierno cubano en la Asamblea Nacional del Poder Popular (ANPP) celebrada a mediados de diciembre de 2014, ha tenido que reconocer la existencia de la pobreza y la marginalidad. A los menesterosos, necesitados, mendicantes, hambrientos, limosneros o vagabundos les llamó “deambulantes”.

Tal calificativo agrupa a un “ejército” de personas muy humildes, que no solamente deambulan por las calles, sino que trabajan hurgando basureros, de mendigos o anónimos vendedores, buscando algo para comer, pues tienen hambre, la debilidad y sus enfermedades los va matando poco a poco.

CubaNet constató nuevamente esa realidad. En esta ocasión varios “deambulantes” accedieron a ser entrevistados.

Gerardo González Aguilera

Gerardo González Aguilera, habanero del reparto San Miguel del Padrón, con una cinta lila en la cabeza, los collares de santo, cuatro muñequitos, una jícara y una maraca rechinante junto a su San Lázaro, impacta en muchos transeúntes, que le dejan diferentes ofrendas a su santo o mejor dicho a él por intermedio del sanador:

foto del autor
foto del autor

¿Cómo ha sido tu vida?

Tengo 58 años, varios hijos y nietos, ya vez, como negro mi vida ha sido muy fuerte, con poca instrucción, aunque sé comportarme educadamente. En mi barrio, la guapería es fuerte, estuve preso muchas veces, no por ladrón. Cosas de la vida. He cumplido con la sociedad, pero aunque me he reivindicado, no me dan trabajo en ningún lado.

“Ahora, me busco la vida, como mendigo o limosnero, no me apena, qué voy hacer. Si este gobierno no se ocupa de nosotros. La policía cada rato me detiene, me llevan para la Unidad de Dragones, todo el día, algunas veces me quitan el dinero y cualquier otra cosa que me reglan la gente. Hay mucha inmoralidad.”

¿Quisieras trabajar?

Claro que sí, lo he intentado, pero con este gobierno no se puede, si lo que te pagan no da para vivir. Somos una clase nueva de esclavos. Ellos se quedan con todo, con qué voy a vivir, si lo que pagan no dura ni una semana. Ya no tengo otra opción, me muero con mi San Lázaro, aunque me metan preso.

Humelia Marín Vizcaíno

Heumelia Marín Viscaíno, vendedora ambulante de diarios, sin amparo social (foto del autor)
Heumelia Marín Viscaíno, vendedora ambulante de diarios, sin amparo social (foto del autor)

Humelia Marín Vizcaíno nació en Cienfuegos en 1946, trabajó en la salud, pero quedó desempleada en la década de los 90’s, por lo que no pudo completar su edad de jubilación y ahora con 68 años no tiene ayuda de la seguridad social, es pobre, pero no mendiga, es vendedora ambulante de diarios, cada día recorre los caminos del parque de la Fraternidad y la calle Reina, sentada en el borde de una ventana en esta última vía, esquina a la calle Amistad, pudimos conversar con la sexagenaria señora:

¿Qué le motiva a su edad deambular vendiendo periódicos?

Es largo de contar, traté de insertarme en los comedores sociales, el plan ese que hay de atención a la familia sin amparo social. Aquello era una porquería, nos daban todo mal cocinado, los alimentos falta de grasa, para que contar. Decidí irme y buscarme la vida mientras tuviese fuerza. Soy vendedora de diarios. De qué voy a vivir, si le pago en impuestos lo poco que recaudo para comer.

“Nos tratan como marginados y si te pones a bobear, te mandan para el hospital siquiátrico y de allí sales loco, con esos electroshock que aplican para refrescar el celebro. Tú no sabes nada hijo. Como yo cuántos salen de la casa y nunca más se sabe de ellos. Se pierden o que se yo, si los asaltan o los matan, ahora hay mucha brujería, y trabajan con todo. El Estado poco hace por nosotros.”

Roberto

Roberto es un caminante, aparece y reaparece, hace unos días lo vi por la Terminal del Ferrocarril Central, ahora lo encuentro sentado al pie de una farola del Paseo del Padro, frente al Capitolio Nacional:

Roberto habla con temor, dijo pide comida o dinero frente al restaurante los Austurianitos y los Nardos en la calle Padro (foto del autor)
Roberto habla con temor, dijo pide comida o dinero frente al restaurante los Austurianitos y los Nardos en la calle Padro (foto del autor)

¿Te he visto deambulando, dónde vives?

Pido comida o dinero, tú me puedes dar algo?

¿Por qué estas descalzo, sin arreglarte, qué te pasa?

La vida se la entregue siendo joven a este gobierno, ahora mira cómo estoy. Ellos dicen que soy un loco. Ahorita me recogen y en un calabozo pasaré la noche.

Estadísticas del caso

Estadísticas del Censo de Población y Viviendas del 2012, reflejan que Cuba, posee una tasa del 18.3% de sus naturales residentes envejecidos, con más de 60 años de edad. Pero el gobierno comunista no se preparó para este difícil momento que vive el adulto mayor.

Según el oficialista Granma, La Habana tiene 436 mil adultos que representan el 20% de la población capitalina que necesitan los servicios de las casas de los abuelos, hogares de ancianos, casas diurnas, u otros tipos de centros donde le puedan prestar una adecuada atención. Pero el país no cuenta con la infraestructura necesaria, para enfrentar esos los servicios asistenciales.

Según sus informes la capital cubana necesita 79 instalaciones (Casas de los Abuelos) para recibir ancianos y solo posee 26 con sus 1035 plazas ocupadas.

foto del autor
foto del autor

Dicen que tienen identificado los casos por consejos populares, pero de los 16 hogares de ancianos solo le funcionan 11 con un total de 1278 camas, el resto se encuentra cerrado por problemas constructivos; así como la demanda supera las capacidades que pudieran tener en los próximos años.

De ahí el fracaso que tendrá la política y el plan intersectorial para el Programa de Atención Integral al Adulto Mayor, expuesto en la ANPP.

¿Entonces cómo podrán atender a los “deambulantes”? ¿A dónde los llevarán? Si son los de mayor vulnerabilidad epidemiológica y social, y siguen en las calles olvidados por la comunidad.

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Los gitanos del Almendares

LA HABANA, Cuba, noviembre, 173.203.82.38 -Estaba caminando por la ribera del Almendares, cuando a unos pocos metros, rio arriba, me encontré con una especie de comuna de gitanos “a lo cubano”.

Bien se conoce que los gitanos desde siempre han llevado un estilo de vida parcialmente nómada. El nomadismo está estrechamente relacionado con la exclusión e inadaptación de los gitanos en las sociedades modernas. Sus restricciones para realizar determinados empleos, los conducen al ejercicio de oficios itinerantes y estacionales. El ser nómadas es, en cierta medida, no la causa, sino una consecuencia de la persecución y marginación que sufren.

Conocía los barrios marginales de Cuba, que antes solían estar en las periferias, pero ahora abundan en cualquier sitio, incluso en los más céntricos, de las ciudades. Sin embargo, este tipo de enclave, es algo que nunca antes había visto.

Pero allí estaban estos “gitanos cubanos”, instalados a la intemperie en plena Habana, en las márgenes del río Almendares. Gente que, sin pertenecer a esa etnia, vivían como los gitanos de las viejas películas. Los vi apostando sus cañetes para pescar algún incierto pez en aquel río contaminado, cuyas pútridas aguas a veces parecen veneno líquido. La posible pesca les serviría para la comida de esa tarde/noche.

Unos pasos más adelante, alguien cocinaba en una rústica hoguera de leña algún tipo de mejunje. Alrededor se dispersaba una gran cantidad de latas y pomos plásticos vacíos. Para dormir habían improvisado unas tiendas de campaña con sábanas sostenidas por  palos.

Les pregunté: ¿de qué viven? Su respuesta fue que subsisten haciendo adornos con flores plásticas, así como de mendigar y del meroliqueo (comercio) de prendas de muy bajísimo costo. Pregunté si podia tomarles algunas fotos y respondieron que sí.

El tropiezo con estas personas, me impactó, me mostró el lado más oculto de nuestra supuesta sociedad de bienestar social. Los minutos que duró el encuentro con esta pobre gente fueron de revelación, con flashes de una hiperrealidad que ni siquiera imaginaba.

Los “gitanos cubanos” me contaron que estaban allí porque ya habían sido desalojados de unos cuantos lugares. Tal vez intuyan que las márgenes del rio les acogerán por un tiempo, hasta que venga nuevamente la policia a desalojarlos y deban encontrar refugio en algún otro escondrijo de la ciudad, donde los turistas no los vean.

Pensé en preguntarles cómo habían terminado así, cómo habían quedado sin hogar, sin siquiera una choza, acampando a la intemperie, a orillas de un rio pestilente; qué ruta habían seguido para llegar a la más absoluta orfandad. Pero, no me atreví.

El hecho es que mientras escribo, ellos siguen allí, al margen de todo, sin derecho a nada y sin otra meta que ver la luz del sol de mañana con algo en el estómago. Son la viva encarnación de la creciente miseria de Cuba, la imagen del infierno en un país que supuestamente construiría el paraiso.

Como consuelo pensé que, en medio de su miseria, sin proponerselo, y quizás hasta sin saberlo, también encarnan la libertad que da no tener compromisos, nada que perder y nada que deber. Son al menos más libres que muchos que, por conservar un mal pagado trabajo estatal, con salario de un dolar diario, o la posibilidad de un viajecito fuera del infierno, viven aplaudiendo a su verdugo, amordazados y con careta.




Los miserables

LA HABANA, Cuba, noviembre, 173.203.82.38 -Es común ver, en las estrechas callejuelas de La Habana Vieja, a individuos que recuerdan al hombre de Neandertal. A paso rápido, la prehistoria se inserta en una cotidianidad que revela que lo que pregona la propaganda oficial y lo que acontece en nuestras calles son cosas muy diferentes.

La miseria absoluta, la indigencia, es la compañera de una cada vez mayor grupo de cubanos. Son las víctimas de una guerra en que la burocracia, la corrupción y la ineficiencia del centralismo totalitario para generar riqueza y bienestar siempre ganan, y el pueblo siempre pierde.

El ruinoso y decadente entorno contradice la fantasía de los logros sociales. Hombres, muchos de la tercera edad, se cuentan entre los principales víctimas de esa realidad  que contrasta con lo dicho por los que hace medio siglo nos prometieron una nación paradigmática, de abundancia y justicia social.

Cada vez son más los cubanos que llegan al nivel de la más absoluta indigencia, y casi siempre el camino al horror está marcado por el fracasado paternalismo estatal y el acelerado regreso hacia lo peor del capitalismo feroz.

De esas imágenes grotescas resaltan las de los viejos semidesnudos que, sentados en las aceras, golpean con un mazo latas vacías de cervezas y refrescos, para cambiarlas por unos mendrugos en algún centro de reciclaje.

Cubiertos de mugre y harapos escarban en los basurales, duermen a la intemperie, se alimentan con las sobras que encuentran, se aturden con alcohol sin averiguar su procedencia, y muchas veces agreden con la fiereza de un animal salvaje a cualquiera que se entrometa en su mundo de tinieblas.

“Están todas las condiciones para que la indigencia florezca. Los más viejos corremos mayor riesgo de terminar como parias. Cada día el costo de la vida sube y los más vulnerables quedan en el camino. La protección social es un cuento y a medida que pase el tiempo será peor”, dice Heberto, un jubilado del Ministerio de Educación.

En medio de la crisis generalizada, el drama humano que se advierte en las calles es ignorado por muchos. Predominan la indiferencia y el individualismo, el “salvese quien pueda” que no deja espacio para la solidaridad.  La semilla plantada por un socialismo que prometía igualdad y desarrollo para todos, ha germinado como un monstruoso árbol torcido. El paraiso que nos pintaron cada dia se parece más al infierno.

Pero la indigencia total, el drama que se observa en las calles, son solo la parte más gráfica de nuestra creciente crisis social. La mayoría de los cubanos clasificaríamos como indigentes si tenemos en cuenta los salarios de menos de un dólar diario que percibimos, el costo de la vida en el país, las condiciones habitacionales y el acceso a servicios básicos, entre otras cosas indispensables para llevar una vida mínimamente digna.

En la Cuba de las “actualizaciones” raulistas, la posibilidad de terminar semi desnudo, aplastando latas o buceando en los latones de basura, entre moscas y gruñidos de otros indigentes recelosos de la competencia, es una espada de Damocles que pende sobre nuestras cabezas, sobre todo para los de la tercera edad.

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El cielo por techo

LA HABANA, Cuba, febrero (173.203.82.38) – La Avenida de los Presidentes es una de las principales del Vedado y de La Habana. Una amplia vía característica del barrio, construido bajo las pautas urbanísticas de la ciudad-jardín.

Después de 1959, muchas de las estatuas de los mandatarios cubanos que se levantaban en el ancho paseo central que separa las dos vías, fueron removidas por el poder recién instaurado, debido a que, decían, esos presidentes representaban a una Cuba neocolonial. Las estatuas de bronce y las letras incrustadas en sus pedestales fueron desaparecidas, para hacer que la memoria de la época republicana se borrara.

En la actualidad, la calle G, nombre que identifica también a la avenida, es el sitio de reunión de diferentes grupos de jóvenes que nada tienen que ver con aquellos presidentes, y menos con el de hoy.

En las noches se reúnen allí rockeros, emos, reparteros, etc., por sólo mencionar algunas de las corrientes socio-culturales con que se identifican estos jóvenes, que buscan y encuentran en esa calle el espacio que se les niega, tanto por las autoridades, y también por algunos vecinos de la zona que se quejan de su indeseada presencia.

La calle G y la noche brindan refugio a aquellos que no han encontrado otro sitio donde reunirse, compartir sus sueños, intercambiar ideas y descubrirse en la mirada de sus iguales, o en los acordes de una guitarra. Mañana tendrán una vida diferente, pero quizá mantengan algunos de sus anhelos juveniles de libertad. Contrastan con estos jóvenes noctámbulos los pedestales sin estatuas de la avenida, como columnas truncadas para obligar a la nación a la amnesia.

Aunque no hayan sido perfectos, nuestros pasados presidentes tuvieron un papel importante en la historia de la nación. Su memoria, perpetuada en estatuas de bronce, evoca un pasado que nos pertenece y es parte de nuestra nación, tanto como lo son los jóvenes que hoy se agrupan alrededor de esta estatuas mutiladas, a pesar de que sus rostros, peinados y atuendos, nos puedan parecer extraños.

Tarde en la madrugada desaparecen los jóvenes soñadores y los jardines de la Avenida se pueblan de los que ya no pueden soñar, indigentes y desamparados que duermen en sus bancos y tienen como techo el cielo y las estrella. La calle G da refugio a todos: antiguos presidentes, jóvenes soñadores y también a indigentes. Todos somos cubanos.