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Entre Cantinflas y Buster Keaton

LA HABANA, Cuba, agosto, 173.203.82.38 -Si observamos la gestualidad de un cubano cuando conversa, por teléfono, no hace falta oír para enterarnos de lo que está diciendo, y hasta de aquello que le responden desde el otro lado de la línea. Tal vez tuvo razón un famoso escritor nuestro al apuntar que hablamos con metáforas. Pero en todo caso, para entendernos, ningún lenguaje resulta tan elocuente y expedito como el manoteo.

Nada nos hermana con más expreso criollismo, por encima de cualquier diferencia.

Los distintos estilos de natación en seco que despliegan al caminar el guapo de barrio y la loca de carroza, o el barrigón potentado y la sandunguera de short y chancletas, constituyen prueba irrebatible de que son harina del mismo costal. Pero igualmente los muestra como piezas únicas de nuestra diversidad identitaria.

Antes de confesar con quién andamos para que nos dictaminen quiénes somos, nos basta y sobra con mostrar nuestros ademanes. Aun sobre los más exquisitos compatriotas habría que decir como Galileo: y sin embargo se mueven.

Nos guste o no, en el ajiaco que somos, la gesticulación aporta la sal, que es el sabor de los sabores. Y parece que siempre fue así. Lo cual no se echaría a ver tan lamentablemente si la gracia de nuestros ademanes no se mostrase hoy atrofiada por el paso del totalitarismo, ese aplastante cilindro con más de 50 ruedas.

Porque hasta en los meros gestos nos ha dejado la dictadura revolucionaria esa impronta de mediocridad, prosopopeya y falsía que es su etiqueta de fábrica.

Los reporteros del noticiero de la televisión, todos, mueven las manitas mientras recitan sus informes, como cuando eran pioneros y les tocaba declamar en el matutino del viernes aquellos versos del tipo Cultivo una rosa blanca…

Los intelectuales dibujan comillas en el aire con los dedos corazón e índice de ambas manos para subrayar cuán suspicaces se han vuelto. Y los filósofos perfeccionadores del socialismo ya no enarbolan emocionados la izquierda de Stalin, pero como tampoco pueden mantener las manos en reposo, hacen mudras.

Los analistas de la Mesa Redonda desgajan constantes y caóticas pausas en sus parlamentos. Es como si padecieran una especie de tartamudez institucional, cuyo síntoma, a ojos vista, es lo mucho que les cuesta hilvanar una oración fluida. Baches del cerebelo, esos silencios son aquí una mueca oficialista.

Si alguien quiere reírse con ganas no necesita más que tomarles una foto en fijo durante alguno de tales baches. Se ven como clones fallidos de Buster Keaton, en lo concerniente, sobre todo, a su famoso apelativo: “Cara de Piedra”.

Los dirigentes de distintos niveles agitan la diestra hacia arriba y abajo, con el puño cerrado a la altura del pecho. El ademán podría ser tomado como obsceno, toda vez que sugiere una suerte de rabiosa masturbación, pero en definitiva no es sino una muletilla gestual que estos señores se han agenciado con la ingenua esperanza de insuflarle bríos y resolución y credibilidad a sus siempre dudosos datos y a su incapacidad para ofrecer respuestas con real rigor.

El puñetazo sobre la mesa con que enfatizan sus conclusiones o decisiones más tajantes los primeros números del cacicazgo, representa un vehículo del miedo, aunque de poca monta si lo comparamos con aquel dedo índice (que era como un torpedo) con que el máximo cacique solía propinar sus tiros de gracia.

No obstante, sigue siendo preferible verlos gesticular que escuchar sus monsergas. Todos incluidos, desde el periodista recitador de las cándidas manitas hasta el torpedero en jefe. Entre Cantinflas y Buster Keaton, no caben titubeos. Con Keaton al menos tenemos garantizada la diversión sin sufrir por el oído.

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Más sombras que luces

LA HABANA, Cuba, marzo (173.203.82.38) – Generalmente se acepta que los seres humanos son “animales de costumbres”, y éstas pueden ser positivas o negativas. Las primeras se transforman en valores que enaltecen la condición humana; las segundas, degradan y envilecen.

Desde su llegada al poder, el régimen cubano estableció las bases dogmático-doctrinales, destinadas supuestamente a formar un hombre nuevo; fijándose como meta dar al traste con las normas y valores tradicionales de la nación cubana y sustituirlos por los cánones del marxismo-leninismo “a lo Castro”.

Para la consecución de este propósito, fueron necesarios el fraccionamiento de la familia y, por ende, de la sociedad; destruir el sistema económico existente, entronizando una escasez permanente y generalizada; el control estatal de todo y de todos; habituar a los cubanos a pasar sus vidas haciendo largas colas para subsistir, a trabajar “voluntariamente, para tratar de ganar el derecho a comprar algún efecto electrodoméstico, o a pasar una semana de vacaciones en una casa en la playa, a pedir un permiso del gobierno para poder salir del país, etc.

Se diseño un sistema doctrinal-educativo que inculcó en los cubanos la preeminencia de los deberes por sobre los derechos ciudadanos; anteponiendo el “bienestar de la sociedad” al concepto del progreso individual mediante los méritos y el esfuerzo propio. De esta forma, se logró la progresiva degradación de la conciencia colectiva de la población. De facto los cubanos pasamos de ser ciudadanos, a siervos de la gleba, y hasta esclavos, de los “dueños de la finca”.

Medio siglo después, aunque la construcción del abnegado “hombre nuevo” fracasó, es evidente el éxito del plan castrista para arrasar con cuanto existía en la Cuba pre-revolucionaria. Se aprecia hasta en la pérdida del respeto a la obra de los patricios que forjaron nuestra nación, sin que su lugar pudiese ser llenado por los mártires de la lucha revolucionaria. Los símbolos nacionales han perdido su significado para los cubanos; el concepto de nacionalidad y de nación es indeterminado.

Es abrumador el desinterés del pueblo por participar en la política nacional y lograr que las cosas cambien; para la mayoría la solución de los problemas está en la emigración, que se ha convertido en la meta.

Lo peor de todo no es el fracaso de la revolución, ni el desastre económico que es hoy el país, ni siquiera el medio siglo perdido por una nación dinámica que avanzaba velozmente hacia la modernidad. Lo peor es el daño permanente infligido a la idiosincrasia de nuestro pueblo. Los cubanos nos hemos convertido en un pueblo inerme, siempre a la espera que algo pase.

En el futuro inmediato de la Isla, veo más sombras que las luces.




Xenofobia y migración

LA HABANA, Cuba, diciembre (173.203.82.38) – Ana Luisa Millares, holguinera de 43 años, lleva menos ocho viviendo en un barrio de la capital. Nadie se explica cómo, en tan poco tiempo, le pusieron una línea de teléfono y le asignaron una misión en Venezuela. Regresó cargada de equipos electrodomésticos y dinero suficiente para, en menos de 12 meses, construir su casa.

Sus vecinos están molestos con el aumento del nivel de vida de la señora Millares. Muchos no han  logrado en su vida la mitad de lo que esta mujer consiguió. En tono de desprecio y a sus espaldas, la llaman “la palestina”, apodo con el que los nacidos en la capital llaman a las personas provenientes del oriente del país.

La migración, principalmente del campo hacia la capital está determinada, en primer lugar, por la diferencia en el desarrollo económico y social de las provincias del país. Por otra parte, el gobierno suple con los orientales, la fuerza de trabajo en los oficios que los capitalinos rechazan.

Del tema se habla poco o nada. Hasta hoy ningún análisis sociológico explica el porqué del recelo de los habaneros respecto a los orientales. Incluso normas legales impuestas por el gobierno para frenar la migración hacia la capital, como el Decreto 217 del Comité Ejecutivo del Consejo de Ministros, refuerzan ese sentimiento de repudio.

Algunos explican el asunto con hechos históricos. Según dicen, cuando los guerrilleros, en su mayoría orientales, llegaron a La Habana en enero de 1959, destruyeron la capital. Convertidos en grupo dominantes se hicieron de los mejores inmuebles de la ciudad, para ellos y cada uno de sus familiares. Desde entonces, como canta la agrupación musical los Van Van, “La Habana no aguanta más”.

Entre los  habaneros existen otras hipótesis para explicar esta situación. Algunos opinan que es un problema de idiosincrasia; asegura que los orientales, por lo general, son incondicionales al gobierno; pero a la vez los más hipócritas.

Ana Luisa, para evitar la furia de los inspectores del departamento de enfrentamiento a las ilegalidades de la Dirección Municipal de Vivienda, asumió la presidencia del Comité de Defensa de la Revolución.

Muchos alegan que los principales dirigentes del gobierno se nominan y eligen por los territorios orientales, de donde proceden. También es una realidad que los orientales integran mayoritariamente la principal fuerza de represión de la ciudadanía en la capital: la policía. Oficio rechazado por los capitalinos, incluso desde antes de que triunfara la revolución.

El  hecho fue reconocido por Raúl Castro en la clausura de la primera sesión parlamentaria del año 2008, cuando afirmó que “si no vienen los orientales a cuidar a los habaneros, empiezan a incrementarse los robos”. Frase que tiene más de una interpretación.

En  realidad es el propio gobierno quien fomenta la migración desde otras regiones hacia la capital. El propio Castro preguntó: “¿Quién va a construir en La Habana si no vienen de casi todo el país, y muy especialmente de Oriente, los  constructores? Hasta maestros hay que traer de las provincias del interior y sobre todo de Oriente. Y la capital creo que es la que mas habitantes tiene”.

Esta situación ha determinado que en La Habana los ciudadanos oriundos del oriente del país sean más vulnerables desde el punto de vista social. Incluso algunas actitudes pueden calificarse de xenófobas. En el asunto el gobierno tiene la mayor responsabilidad. Por una parte frena la migración vulnerando los derechos fundamentales de estas personas, y  por otra, la estimula, según su conveniencia.