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Manipulan imagen de Elpidio Valdés a favor del Sí por el referendo

Imagen de Elpidio Valdés por el Sí en el referendo constitucional. Foto Facebook

MIAMI, Estados Unidos.- El régimen cubano no repara en utilizar cuanto símbolo nacional existe en pos de su campaña por el Sí al referendo constitucional. ¿Lo nuevo? Nada menos que el icónico animado de Elpidio Valdés.

En un cartel diseñado con la bandera cubana de fondo, el héroe mambí y su inseparable Palmiche, en saludo de guerra responden a la pregunta “¿Ratifica usted la Constitución de la República?” con un “Claro que sí, compay!!!”

La viñeta fue publicada por Henry Omar Pérez Yera en su perfil de Facebook, y Yera, quien radica en Santa Clara, se presenta como el Presidente de la Comisión Electoral.

Al respecto, Cibercuba contactó a Ian Padrón, cineasta e hijo de Juan Padrón, el creador del animado cubano, quien respondió a nombre de su padre: “No tengo ni idea de dónde salió esta imagen”, y agrega, “Creo que es utilizar a un personaje muy popular como Elpidio Valdés, pero fuera de contexto”.

Padrón hijo, quien reside en la ciudad de Miami, también aseguró a Cibercuba que la utilización o manipulación del dibujo animado ha sido denunciada por él fuera de la isla:

“Esto ya ha sucedido antes sin contar con la aprobación de mi padre Juan Padrón, y sucede no solo dentro de Cuba. Este símbolo de la cubanía que es Elpidio, también se ha tergiversado inconsultamente fuera de la isla, para expresar puntos de vista muy personales de cada cual. En fin, el mar… Elpidio Valdés está a punto de cumplir 50 años y sigue vivo en el imaginario común de los cubanos dondequiera que vivan y piensen como piensen”.

La fuerte campaña propagandística con la que el régimen llama a los cubanos a votar por el Sí se hace presente en las actuales transmisiones televisivas de la Serie Nacional de Béisbol, en redes sociales, y en contenido propagado en “La Mochila”, un compendio multimedia estatal que busca contrarrestar “El Paquete Semanal”.

Así mismo, la empresa ETECSA comenzó a bloquear los mensajes cuyos textos contienen las frases “#YoVotoNo” o “#YoNoVoto”, aunque sigue cobrando su envío a 0,09 CUC.




El realizador Ian Padrón se queda en EE.UU.

Ian PadrónEl realizador cubano Ian Padrón, director de videoclips, documentales y de la película Habanastation, anunció que se queda  en Estados Unidos.

Durante una entrevista con la periodista mexicana Carmen Aristegui transmitida por CNN en español, Padrón dijo que “estaba agotado de luchar, de complicaciones” con su trabajo en Cuba.

“Es difícil para mí, después de haber logrado un reconocimiento, empezar de nuevo, empezar de cero”, dijo en entrevista realizada en Los Ángeles para CNN.

A la pregunta sobre la reacción de su padre, Juan Padrón, caricaturista realizador de Elpidio Valdés, Ián afirmó que recibió su respeto.

“Yo siempre he querido vivir en Cuba”, aseguró. “He venido a Estados Unidos más de 20 veces y nunca había decidido quedarme a vivir acá, precisamente porque yo me siento en un deber, con una responsabilidad de luchar por mejorar mi país”, dijo.

“Hay que respetar mucho a los que por muchos años estuvimos en Cuba luchando por cambiar las cosas  –agregó en la entrevista– y hay que respetar muchísimo a los que quieren cambiar las cosas y viven fuera de Cuba”.

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Ian Padrón, entre Fuera de liga y Habanastation

LA HABANA, Cuba, abril, 173.203.82.38 -Después de Habanastation todavía Ian Padrón sigue siendo el director remarcable por Fuera de liga, uno de los documentales que mayor expectación ha despertado en los últimos años, y no solo entre el público fanático del béisbol. Humberto Solás llegó a afirmar que este filme “ya forma parte del tabernáculo de las obras clásicas” gracias a su indagación “en la urdimbre nacional, en la cubanía”. A pesar de esta respetable opinión, resulta quizás extremado considerar a Padrón una leyenda cinematográfica, como alguien dijo, porque lo que más influyó en el renombre de este documental fue la censura, que durante cinco años lo mantuvo fuera de exhibición, más que su indiscutible calidad.

En aquel momento, el joven director decidió que no volvería “a entrar ni a filmar en el ICAIC” hasta que el suyo fuera estrenado como todos los filmes producidos por este instituto para el arte y la industria del cine cubano. Aunque luego el documental fue exhibido en el canal provincial de La Habana, nunca se estrenó en los circuitos cinematográficos y la crítica en los principales medios la ignoró por completo.

Pese a todo, Ian Padrón volvió a trabajar con el ICAIC, y el largometraje Habanastation es fruto de eso. El impacto de esta producción, no obstante, está muy lejos del que produjo el documental sobre el equipo Industriales. Las razones son varias. Que esta película esté protagonizada por niños es un hecho que no debe tener mucha importancia para hacer tal diferencia.

Son, en todo caso, el tema escogido y la calidad de la realización dos de las razones de mayor peso a la hora de hacer distinciones. Como tema, la desigualdad social y económica representada por Mario y Carlos, los protagonistas de la historia, no alcanza mayor hondura que una descripción pintoresca que a estas alturas no dice nada sustancial, sobre todo por el previsible final. “Mayito transformado en Pilar. Carlos, nueva niña enferma transfigurada, ¿recibiendo unos zapaticos de rosa en forma de videojuego del siglo XXI?”, anota Elaine Díaz en su comentario sobre el filme.

Tal vez Padrón no quiso ir más allá de narrar una fábula conciliatoria al más blando estilo de Dickens o de Spielberg, pese a que él mismo asegura que no quiere parecerse a este último, pues está resuelto a continuar haciendo “cine comprometido con la realidad”. Por desgracia, esa divisa no tiene mayor significado en sí misma a la hora de juzgar el resultado artístico, el hecho consumado que vale por encima de las intenciones.

Porque, aparte de lo interesante que consiguen ser algunos intervalos visuales, el guion carece de osadía incluso cuando la historia pretende ser a veces casi atrevida. Y, peor aún, se torna lento y torpe a pesar de que busca la agilidad, y adolece de regodeos innecesarios y de soluciones forzadas (esos dos niños tratando durante unas pocas horas de ganarse doscientos pesos, principalmente realizando tareas humildísimas, no logran un episodio persuasivo).

Los diálogos, por otra parte, no están suficientemente limpios y por instantes ni siquiera justificados. Por una parte intentan un lenguaje muy realista, y hasta con cierto “color local”, pero luego se imponen frases no solo poco creíbles en boca de niños, sino hasta difíciles de manejar convincentemente por cualquier actor bien entrenado, extremos ambos que no son raros en los diálogos del cine cubano.

De la misma manera, aunque hay escenas bien actuadas, hay otros momentos en que incluso el desempeño de intérpretes muy experimentados aparece descuidado y desigual. Y sin embargo la impresión final de ese entramado de historia y personajes deja, acaso, cierto regusto de emoción simpática, gracias sobre todo a los instantes más logrados a contracorriente de los clichés, como cuando Carlos comparte con Mario su único pan.

Confiesa Ian Padrón que sus paradigmas son Tomás Gutiérrez Alea y Santiago Álvarez, y, citando al primero (cuando decía que su mayor sueño era que Memorias del subdesarrollo se volviera obsoleta porque los problemas que planteaba se tornaran obsoletos), dice que él quisiera también que Fuera de liga se volviera obsoleto porque los problemas tratados en el documental se resolvieran por fin.

Como siempre, las opiniones, deseos y vaticinios de un creador sobre su propia creación valen tanto como los de cualquier otra persona, y nadie puede estar seguro de que la solución de los problemas planteados en una obra la harán obsoleta. Lo que sí resulta indudable es que la permanencia o envejecimiento de cualquier obra dependen, más que de la vigencia de los problemas que trate, de la eficacia de los recursos artísticos con los que trate esos problemas y del significado que consiga obtener de ellos.




Habanastation no es para reírse

LA HABANA, Cuba, septiembre (173.203.82.38) – No entiendo  por qué muchos consideran cómica la película Habanastation, de Ian Padrón. A mí me pareció muy triste la historia demasiado conocida de los muchachos de nuestros barrios que se hacen hombres (¿nuevos?) a golpes, antes de tiempo, y carentes de casi todo, especialmente de valores éticos.

Ian Padrón, en medio de algunos toques irónicos, introduce una moraleja a favor de la amistad y la solidaridad, aun en las más desfavorables situaciones.

La película está ambientada en La Timba, aunque se rodó en Zamora, como explican los créditos. No importa, tan marginal es un barrio como el otro. Igual pudo servir de locación cualquier otra de las villas miserias que rodean La Habana. Pero la miseria que se ve en Habanastation es una miseria light, para nada comparable a la de otros países del Tercer Mundo. No en balde llevamos más de medio siglo de socialismo.

Así, en la casa de bajo costo, pero de mampostería, del niño pobre y su abuela – la madre está muerta y el padre está preso- hay un refrigerador y un televisor chinos.

El niño no tendrá un Play Station para jugar, pero asiste, junto a los demás niños, incluso los “que tienen de todo”, a una escuela que sus padres, aunque no tengan para comprar regalos a los profesores, no tienen que pagar.

También tienen cuidados de salud gratuitos. Regular o malos, pero los tienen. Y falta que les hacen, porque además de todas las ventajas de que gozan, tienen también a tutiplén en sus barrios, marginales o no, mosquitos, piojos, pulgas, oxiuros, santanillas, moscas, cucarachas. Y cómo no, alcohol, pastillas y yerba de parque.

También hay responsables de vigilancia del CDR, jefes de sector,  brigada especializada de la policía, cárceles para menores y ley de peligrosidad social pre-delictiva para cuando estén más creciditos.

El filme Habanastation vuelve a echar mano de la condición  “pobres pero honrados” de las películas mexicanas y argentinas de hace más de 60 años. Es otra fábula con moraleja de la pobreza irradiante en el reino del socialismo cubano, donde es harto sabido que algunos son más iguales que otros. Y máxime  ahora, que se decidieron a actualizarlo y perfeccionarlo para que todo siga igual. O peor.

Quién niega que la vida es bella y la felicidad, ese algo tan inasible, puede hallarse incluso en un llega y pon habanero, de esos que la prensa oficial prefiere llamar con toda razón “barrios insalubres”, porque marginales son casi todos los demás.

Hay que ver cuánto se divierten nuestros chicos al revolver  las montañas de basura para buscar latas vacías que vender, cuando chapaletean en los charcos de aguas albañales, pelean entre ellos armados con lo que tengan a mano, practican otros  idiomas -sin acabar de aprender bien el suyo- para mendigar chavitos a los turistas o prostituirse. Cómo ejercitan su imaginación cuando se caen a mentiras entre ellos para presumir de todo lo que les falta y que a veces sólo han visto en las películas. O de lejos, tras las rejas de los jardines de las casas de Miramar y Nuevo Vedado.

A propósito, qué casualidad que el niño privilegiado de la película sea el hijo de un músico que viaja a menudo al exterior y no uno de los hijos de papá,  que esos  tienen mucho más que un play station y  presumen de sus privilegios  a toda hora y en cualquier lugar, excepto a la hora de repetir las consignas, que eso sí, son las mismas para todos.

¿Nos quiere convencer Ian Padrón de que hay miseria y diferencias sociales en Cuba, pero no tanta como en otros países pobres? Estamos de acuerdo, pero de poco sirve el consuelo.

Lo que muestra Habanastation no es para reírse. Todo lo contrario.  A fuerza de tanto burlarnos de nuestros problemas, corremos el riesgo de llegar a parecernos a las reidoras hienas de aquel viejo chiste.

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Habanastation

LA HABANA, Cuba, 21 de julio, 173.203.82.38 -A las cinco de la tarde de este martes, una larga cola de habaneros esperaba para entrar a la Cinemateca de Cuba, en la Calle 23 del Vedado.  Personas de todas las edades, pero sobre todos jóvenes, se acumulaban impacientes para ver Habanastation, la novedad cinematográfica insular.  Una película dirigida por Ian Padrón y producida con la colaboración del ICAIC, el ICRT y el grupo de teatro infantil, La Colmenita.

En la idea original de Felipe Espinet, un niño cubano rico se pierde en una concentración a favor de la dictadura, el Primero de Mayo.  Mientras busca como llegar a su casa, coincide en un barrio pobre, marginal, violento y alejado de la liturgia del poder, con uno de sus compañeros de aula.  Un niño muy pobre, más bien miserable, pero el único que puede sacarlo de la situación.

Con los recelos propios de los desencuentros y de provenir de medios sociales y culturales diferentes.  Mayito, el niño rico, y Carlos, el pobre, comienzan a construir una relación sobre la base de valores comunes como la solidaridad y la ayuda mutua como mecanismo de sobrevivencia.  Mario prestará su Playstation a Carlos, quien lo protegerá en el terrible barrio donde vive.

El filme logra una coherencia excepcional, evade la politiquería tan común en el cine cubano y, a la vez que provoca una sonrisa permanente, obliga a reflexionar sobre la realidad nacional, social y cultural.  En lo cultural, trasciende por la recreación del lenguaje popular de jóvenes y adolescentes, con sus acentos, declinaciones y  muletillas.

Ian Padrón demuestra nuevamente con Habanastation, que es uno de los más sólidos directores del actual panorama cinematográfico insular.  Su filme mantiene el ritmo con un pulso encomiable, nunca cae, se mantiene en un vibrato ascendente que culmina  en final feliz. Viene a la mente Los niños del Paraíso, la atractiva película iraní.

No estuvo solo el director en este empeño. Hoari Chiang, como director asistente, Javier Figueroa, como sonidista, y Alejandro Pérez, encargado de la dirección de fotografía hicieron lo suyo, como una máquina de relojería.  O como dijera Padrón, “Sintonizamos todo el tiempo.  Uno para todos y todos para Habanastation.”  No obstante la fotografía de Pérez, es de un preciosismo escandaloso, aunque el deseo de poner el monumento de la plaza cívica en el set, aunque fuera dibujado, suene un poco forzado.

En las actuaciones de los niños Andy Fornaris, el pobre, y Ernesto Escalona, el rico, se notan la frondosidad y frescura propias de su edad, y el control de un director consagrado, que los supo guiar. La película provoca fuertes aplausos del público agradecido.

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