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Ramiro Guerra, otro gigante de nuestra cultura

Ramiro Guerra, Cuba, Historia,
Ramiro Guerra (Foto: Cortesía del autor)

GUANTÁNAMO, Cuba. – Hoy se cumple medio siglo de la desaparición física de Ramiro Guerra Sánchez, quien nació en Batabanó el 31 de enero de 1880 y murió en La Habana el 29 de octubre de 1970.

En su pueblo natal hizo sus estudios primarios e inició el bachillerato, pero tuvo que abandonarlos debido a la extensión de la guerra necesaria a la provincia de La Habana. Siendo adolescente colaboró con esa gesta libertadora, algo que luego le ayudó a escribir Guerra de los Diez Años, según confesó en el prólogo de ese texto.

Su legado es insoslayable para la cultura nacional. Aunque su labor intelectual estuvo indeleblemente marcada por el magisterio y por los aportes que hizo para mejorar la educación en Cuba, esta se extendió también a los ámbitos de la política, la creación literaria, la investigación histórica, el activismo cultural, la economía, la diplomacia y las responsabilidades públicas.

Su encomiable labor pedagógica

Ramiro Guerra comenzó a trabajar como maestro a los veinte años en su natal Batabanó. Fue uno de los seleccionados por la Junta de Educación para formar parte del grupo de pedagogos cubanos que viajaron a la Universidad de Harvard, EE.UU., para recibir un curso de verano en 1900, un suceso poco conocido pero que alcanzó hondas repercusiones para nuestra educación y cultura y logró afianzar la simpatía de los norteamericanos hacia nuestro pueblo.

A su regreso a Cuba, Guerra continuó superándose mientras continuaba trabajando como maestro. Se graduó como Doctor en Pedagogía en 1912 en la Universidad de La Habana. Entre 1912 y 1913 dirigió la Escuela Práctica Anexa a ese centro de estudios.

Posteriormente fue designado superintendente provincial de las escuelas de Pinar del Río y cuando se crearon las Escuelas Normales para Maestros ganó por oposición la cátedra de Estudios Pedagógicos. Luego fue director de la Escuela Normal para Maestros de La Habana y superintendente general de todas las escuelas de Cuba.

Pero su labor pedagógica no se limitó a cumplir funciones burocráticas, pues desde esos cargos fue un entusiasta impulsor de reformas educativas al introducir nuevos planes de estudio y cursos para las escuelas. También propuso la creación de escuelas primarias superiores -conocidas hoy como escuelas secundarias básicas- y organizó las primeras cuarenta. Además, organizó la primera Escuela de Comercio de La Habana e incentivó la creación de asociaciones de padres, vecinos y maestros en todo el país.

Debido al prestigio que alcanzó en el ámbito pedagógico de esos tiempos, cuando se realizó el V Congreso Panamericano del Niño, en 1927, fue designado presidente de la Sección de Educación.

Entre 1927 y 1930 fue profesor de historia y de geografía de Cuba en la Universidad de La Habana.

En 1956 recibió el título de Doctor Honoris Causa en Ciencias Comerciales por la Universidad Central de Las Villas.

Un intelectual de amplia significación para nuestra cultura

Pero la labor intelectual de Ramiro Guerra no quedó constreñida al magisterio.

En 1911 fue elegido presidente regional para Cuba del Buró Internacional de Documentación Educativa de Bélgica.

En 1932, durante el gobierno de Gerardo Machado, ocupó el cargo de secretario de la Presidencia de la República.

En 1935 fue designado asesor de asuntos económicos y sociales de la Asociación Nacional de Hacendados de Cuba, estableciéndose en Washington. Entre 1939 y 1946 representó a Cuba en varias reuniones internacionales sobre problemas económicos.

En lo que al ámbito más cercano a la cultura literaria y la investigación se refiere, podemos afirmar que Ramiro Guerra dio muestras de sus potencialidades cuando comenzó a laborar en la revista Cuba Pedagógica, una publicación de orientación educacional que también abarcaba la creación literaria. Su primer número fue publicado en noviembre de 1903. Llegó a ser director de esa revista junto con Arturo Montori.

Su huella en las publicaciones cubanas también quedó grabada en Heraldo de Cuba, entre 1930 y 1932. Dirigió el Diario de la Marina entre 1943 y 1946 y la revista Trimestre entre 1947 y 1950.

En 1949 ingresó en la Academia de Historia de Cuba.

Fue miembro de la Sociedad Geográfica, del Instituto Interamericano de Estadísticas, del Ateneo de La Habana y de la Asociación de la Prensa.

Escribió el texto Libro primero de lectura, Libro Cuarto de lectura y Libro Quinto de lectura; quinto y sexto grados lectura suplementaria”, los dos últimos en coautoría con Arturo Montori.

Fue uno de los directores y colaboradores del proyecto investigativo Historia de la nación cubana, publicado en diez tomos y traducido al inglés.

Sus libros Azúcar y población en las Antillas, Manual de Historia de Cuba y Guerra de los diez años son textos clásicos de la historiografía nacional. En el prólogo a este último libro, Ramiro Guerra expresó: “Un país no podrá tener jamás una historia, sino muchas historias”, un explícito reconocimiento a la otredad, algo que proclaman mucho los historiadores oficialistas cubanos, pero que niegan constantemente en la práctica. Hace muchos años quedó atrás el apotegma que sentenciaba que la historia la escriben los vencedores. Estos escriben la versión oficial, que es una parte de la historia, no toda la historia. Para llegar a una visión completa es necesaria la visión del otro, la revisión de todas las fuentes, algo que reconoció este valioso historiador.

Ramiro Guerra es un claro ejemplo de lo que puede hacer un intelectual en una sociedad democrática, pero también una figura descollante dentro de ese nutrido grupo de insignes cubanos que dejó su impronta en la fundamentación de las bases éticas de nuestra cultura, entonces desprejuiciada y ajena al maniqueísmo ideológico impuesto por la dictadura castrista.

Gracias a su educación humanista, a su constancia y a su proyección intelectual, Ramiro Guerra es otro gigante de nuestra cultura.

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El artificio del historiador Rolando Rodríguez

LA HABANA, Cuba, diciembre, 173.203.82.38 -La historiografía cubana ha contado con autores serios, los cuales, con independencia de sus inclinaciones ideológicas, han brindado una visión del pasado lo más objetiva posible. Entre ellos podemos citar a Herminio Portell Vilá, Manuel Moreno Fraginals, Emilio Roig, Ramiro Guerra y Julio Le Riverend. Por el contrario, existen otros que podríamos calificar como ideólogos contemporáneos de la historia de Cuba, ya que nos enfocan el pasado con suma parcialidad, tal y como le conviene al presente castrista. Serían los casos, por ejemplo, de Mildred de la Torre, Enrique Ubieta y Rolando Rodríguez.

Rolando Rodríguez es un autor que muestra claramente sus preferencias y detracciones. Se siente atraído por la figura de Carlos Manuel de Céspedes, y no pierde ocasión para injuriar a Tomás Estrada Palma. Con respecto a este último, lo único importante para el historiador es que Estrada Palma propiciara la intervención militar de Estados Unidos en la isla. Casi nada expresa acerca de la honradez y el respeto por la cosa pública que caracterizaron al gobierno del sustituto de Martí en la dirección del Partido Revolucionario Cubano.

Por supuesto que nada tendríamos que objetar al cespedismo de Rolando Rodríguez. Todos los cubanos sentimos admiración por el Padre de la Patria. El problema consiste en que Rodríguez acompaña su enaltecimiento con consideraciones que son susceptibles de generar una disputa. En su texto La forja de una nación, Rodríguez afirma que “la creación de la Cámara de Representantes por la Asamblea de Guáimaro, en 1869, fue un artificio institucional que entorpeció la lucha de los cubanos por su independencia”. Sabemos que fue precisamente ese órgano legislativo el que decretó la sustitución de Céspedes como presidente de la República en Armas.

En realidad existe una amplia polémica histórica sobre la labor de la Cámara de Representantes en esa primera contienda independentista. Son muchos los que opinan— me cuento entre ellos— que la Cámara constituyó una muestra del carácter civilista y democrático de aquellos cubanos, los cuales deseaban evitar los gobiernos dictatoriales que ya se apreciaban en otras naciones latinoamericanas que habían accedido a la independencia. Otros analistas, en cambio, creen que el momento solo era propicio para el accionar de las armas y no para discusiones estériles.

Sin embargo, al evaluar de quién se trata, no es difícil concebir que en esta ocasión al historiador lo anima fundamentalmente la interacción pasado-presente. Es casi seguro que Rolando Rodríguez vea con buenos ojos el funcionamiento de la Asamblea Nacional del Poder Popular en Cuba, donde la no separación de poderes hace que los diputados compartan el local de deliberaciones con Raúl Castro y el resto de los miembros del poder ejecutivo, y de esa forma cumplan la misión de aprobar dócilmente las decisiones emanadas del Poder. Entonces, claro está, ¿qué importancia podría otorgarle Rolando Rodríguez a un órgano legislativo que sí ponía frenos a los poderes de un gobernante?

Para los cubanos amantes de la democracia, la Cámara de Representantes de Guáimaro es un antecedente de los órganos legislativos que brotaron de las Constituciones de 1901 y 1940, y será un punto de referencia en el momento en que establezcamos el Estado de Derecho.