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“Triangle of Sadness” o la incorrección política del director Ruben Östlund

Ruben Östlund, Triangle of Sadness

MIAMI, Estados Unidos. – En el año 2011 el director sueco Ruben Östlund encendió la polémica cuando se estrenó su película Play, donde un grupo de cinco niños negros, somalíes, inmigrantes, se dedican a robarles los teléfonos celulares a incautos niños blancos mediante las más aberrantes artimañas, que van de la psicología a la violencia. El caso figura en las cortes suecas como algo que ocurrió realmente, pero un segmento de la doblez gubernamental prefería que no fuera amplificado por el cine.

Östlund no se ha dejado amedrentar. Es un director que elabora su notable filmografía en medio de una probada democracia. En 2014 estrenó Force Majeur, donde un padre huye y abandona eventualmente a su familia ante el peligro inminente de lo que parece ser una avalancha, mientras disfrutan las vacaciones en un nevado resort montañoso. De tal modo, la controversia sigue animando su cine vibrante de reflexiones contemporáneas.

The Square (2017) establece nuevas pautas en la filmografía de Östlund con la introducción de un sarcasmo que no cree en lágrimas, donde lo mismo se burla de los excesos del arte moderno, sobre todo de los llamados performances, como de los atavismos consustanciales a guetos aislados por convenciones religiosas, que aprovechan las bonanzas democráticas para impulsar agendas en las antípodas de la libertad. The Square le hizo ganar su primera Palma de Oro en Cannes. La segunda la mereció hace algunos meses por Triangle of Sadness, que se ha estrenado en el Teatro Tower de la Pequeña Habana.

El crítico de cine principal de The New York Times aborrece la película. Al parecer, contiene mucha incorrección política para su gusto en estos tiempos donde, paradójicamente, los extremismos campean por su respeto. 

Cartel de Triangle of Sadness (Imagen tomada de IDMB)

La historia tiene una suerte de preámbulo en el frívolo mundo de la moda, donde ocurre la audición para elegir un potencial modelo. La broma de hacerlo sonreír como representante de la tienda sueca por departamentos H&M, y luego ordenarle estar serio a la manera de Balenciaga, resume la banalidad de lo que sigue siendo una poderosa industria sujeta al glamour de las pasarelas y la miseria de los sweatshops del tercer mundo.

Toda la parte central y última de Triangle of Sadness transcurre en un crucero boutique para los ultra ricos, y una isla a donde luego van a parar. El capitán de la nave es un alcohólico encerrado en su camarote, escuchando “La Internacional” y leyendo libros de Chomsky. Él mismo se considera un socialista de porquería.

Entre los pasajeros figura la adorable pareja de ancianos británicos dueños de una fábrica de armas “para garantizar la democracia”, especializada en granadas de mano. El oligarca ruso que ha hecho su fortuna en el negocio del estiércol utilizado para fabricar abono, viaja con su esposa y su amante; cita a Marx y Lenin de modo humorístico, como para recordar que él proviene del infierno comunista, e incluso llega a mencionar la obtusa frase marxista: “¡De cada cual, según sus capacidades; a cada cual, según sus necesidades!”, con la que tanto intentaron adoctrinar a los cubanos.

Hay un momento de gran incertidumbre para los pasajeros del yate, donde el capitán ebrio debate con el ruso, en micrófonos abiertos para toda la nave que se estremece con una tormenta, y este último le recomienda que considere una visita al paraíso socialista cubano, como para redimir su gusto por la izquierda en medio de la ostentación capitalista.

Östlund no tiene piedad ni con los ricos y sus excentricidades, ni con los empleados de servicio, de donde emerge una asiática empoderada debido a cierta situación excepcional, quien nos recuerda perversos personajes de Buñuel a la hora de vengarse de las humillaciones con las cuales ha debido lidiar como jefa de limpieza de inodoros del crucero.

Östlund se divierte al desnudar la condición humana, como harto de tanta corrección política castrante. Se ríe de la nueva comedia social y no cifra su esperanza en utopías disfuncionales. Es un director que cree en la verdad, y ha encontrado toda una estética para expresarla. 

ARTÍCULO DE OPINIÓN
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