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Cuba, a 150 años de la Constitución de Guáimaro

Asamblea de Guáimaro en 1869. Foto Internet

GUANTÁNAMO, Cuba.- La Constitución de Guáimaro fue el resultado jurídico-político de la unidad de las fuerzas revolucionarias, pero no puede desligarse de importantes sucesos ocurridos desde el alzamiento de Carlos Manuel de Céspedes hasta el 10 de abril de 1869, fecha de su promulgación.

Se sabe que el Padre de la Patria se vio obligado a levantarse en armas para impedir su detención por las autoridades colonialistas, pero había líderes independentistas en otras partes de Oriente, Camagüey, Las Villas y el occidente de la isla, cada uno con una visión sobre cómo debía conducirse la guerra, algo que provocó discrepancias entre los revolucionarios.

Ninguna revolución es un proceso monolítico. La historia también enseña que muchos líderes levantados contra las injusticias y la opresión, clamando por la libertad, terminaron convertidos en sátrapas iguales o peores a los que derrocaron, de ahí la necesidad de una constitución que garantice realmente la igualdad y los derechos de todos los ciudadanos.

En el contexto en que fue aprobada la primera de las constituciones cubanas confrontaron dos posiciones bien diferentes. Una defendía la idea del poder centralizado en el ejecutivo para poder conducir sin interferencia las acciones militares, liderada por Céspedes; la otra estimaba que la República en Armas debía erigirse como un ejemplo de democracia y libertad ciudadana, y era defendida por los liberales camagüeyanos liderados por Ignacio Agramonte, que se impuso. Así, la Constitución de Guáimaro se convirtió en el primer gran documento jurídico cubano, donde las ideas de respeto irrestricto a la legalidad y a elementales derechos humanos alcanzaron preponderancia.

Sin embargo, el eminente jurista cubano Ramón Infiesta señaló en la p. 336 de su obra Historia Constitucional de Cuba, refiriéndose a la Asamblea de Guáimaro, que la República en Armas fue organizada como federal y parlamentaria, pero no fue una cosa ni la otra. También expresó con acierto que reflejó una doble incongruencia: la constitucional de un legislativo con facultades ejecutivas, y la política de un ejecutivo sin facultades ejecutivas, lo cual provocó el estallido de varias crisis entre los dirigentes insurrectos, las cuales no cesaron ni siquiera con las sucesivas modificaciones sufridas por la ley de leyes, y desembocaron en la destitución de Céspedes como presidente.

La primera y la última de nuestras constituciones

Las autoridades castristas han dispuesto que este 10 de abril de 2019, cuando se cumplen 150 años de la proclamación de la Constitución de Guáimaro, comenzará a regir la nueva Constitución.

Fieles a su gastada retórica, los ideólogos de la dictadura unipartidista siguen al dedillo la tesis de Goebbels que asegura que una mentira repetida termina por ser aceptada como verdad, algo que puede ocurrir en el caso cubano debido a la maniquea enseñanza de nuestra historia, ejecutada por el Ministerio de Educación.

En tal sentido, se escoge esta fecha para proclamar la nueva Constitución con el objetivo de reafirmar la idea castrista de que en Cuba ha habido una sola revolución, y que Martí defendió el unipartidismo. Así, con tales falacias, quieren establecer que nuestras luchas independentistas estuvieron permeadas por el autoritarismo, que sin dudas identifica a la dictadura cubana.

Pero quien conozca las ideas de Carlos Manuel de Céspedes y haya leído el Acta de “El Rosario”, acuerdo del levantamiento armado del 10 de octubre de 1868, así como el “Manifiesto de la Junta Revolucionaria de la Isla de Cuba” sabe que, aunque Céspedes defendió en Guáimaro la existencia de un poder centralizado, en modo alguno era un hombre de ideas antidemocráticas o afines a las del castrismo.

Jamás pasó por las mentes de ninguno de los grandes patriotas cubanos la idea de que una vez alcanzada la libertad el pueblo sería sometido a un partido o un grupo de poder, y así lo dejó escrito muy claro José Martí en los artículos 4to y 5to de las Bases del Partido Revolucionario Cubano.

Artículo 4to: “ El Partido Revolucionario Cubano no se propone perpetuar en la República Cubana, con formas nuevas o con alteraciones más aparentes que esenciales, el espíritu autoritario y la composición burocrática de la colonia, sino fundar en el ejercicio franco y cordial de las capacidades legítimas del hombre, un pueblo nuevo y de sincera democracia, capaz de vencer, por el orden del trabajo real y el equilibrio de las fuerzas sociales, los peligros de la libertad repentina en una sociedad compuesta para la esclavitud”.

Artículo 5to: “El Partido Revolucionario Cubano no tiene por objeto llevar a Cuba una agrupación victoriosa que considere la Isla como su presa y dominio, sino preparar, con cuantos medios eficaces le permita la libertad del extranjero, la guerra que se ha de hacer para el decoro y el bien de todos los cubanos, y entregar a todo el país la patria libre”.

Emparentar a una dictadura de partido único con las ideas que sustentaron nuestras luchas de independencia, así como tratar de establecer que ella es otra secuencia lógica de esas luchas, resultan manipulaciones ideológicas que sólo pueden aceptar los ignorantes, o peor aún, los serviles.

A pesar de que han transcurrido 150 años de la proclamación de la primera constitución cubana, aquella es muy superior a esta que ha sido impuesta por el castrismo, en cuanto a la defensa de derechos humanos elementales. En Cuba no hay libertad de cultos si apreciamos el ejercicio de este derecho en sentido lato; tampoco hay libertad de prensa, no se permiten las reuniones pacíficas de los opositores, ni la libertad de enseñanza y el derecho de queja no es respetado. Todos esos derechos estaban reconocidos en un sentido amplio por la Constitución de Guáimaro, sin embargo, en la nueva constitución del castrismo están muy limitados o son inexistentes, lo cual es una prueba contundente de autoritarismo.

A 150 años de la proclamación de la Constitución de Guáimaro, la nueva constitución que hoy será proclamada constituye otra afrenta a nuestra rica historia constitucional y a nuestros independentistas.




La Constitución de Guáimaro es un permanente mentís al castrismo

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Asamblea Constituyente de Guáimaro

LA HABANA, Cuba. – Los gobernantes cubanos han anunciado que el próximo 10 de abril proclamarán la nueva Constitución de la República de Cuba. Es probable que para algunas personas esa fecha no signifique nada. Sin embargo, cualquier lector informado advierte la intencionalidad de semejante decisión.

Porque un día como ese, hace 150 años, fue proclamada la Constitución de Guáimaro, la cual dio forma institucional a la contienda independentista que libraban los cubanos para zafarse del yugo colonial español. Y, por supuesto, la pretensión del castrismo es considerar a la Carta Magna “aprobada” recientemente como heredera de aquella primera Constitución de la República en Armas.

Son muchos los elementos que diferencian a ambos documentos. En esta ocasión nos referiremos a uno que por sí solo basta para deshacer la falsificación histórica montada por las autoridades de la isla: la separación de poderes.

En Guáimaro quedó establecida la independencia entre los poderes ejecutivo, legislativo y judicial. El primero representado por el presidente Carlos Manuel de Céspedes, mientras que la Cámara de Representantes, compuesta por delegados de los cuatro estados en que nuestros independentistas dividieron la isla —Oriente, Camaguey, Las Villas y Occidente—  era la portadora de la faena legislativa.

Tan efectiva fue la gestión de la Cámara en aras de contener los excesos del Presidente de la República que, como se conoce, logró la destitución de Céspedes hacia 1873, cuando se atisbaban amagos dictatoriales en el hombre de La Demajagua. Esa destitución, que innegablemente constituyó un obstáculo para la unidad que precisaba una contienda de ese tipo, sobre todo en lo concerniente a su desenvolvimiento militar, fue sin embargo una muestra de que la República en Armas nacía en el contexto de instituciones democráticas y el Estado de Derecho.

¡Qué enorme diferencia entonces con lo que sucede actualmente en nuestro país!  Porque aquí, y así garantiza la nueva Constitución que seguirá ocurriendo, se mezclan en la Asamblea Nacional del Poder Popular los gobernantes con el resto de los diputados a los que correspondería la labor legislativa. En esas circunstancias es fácil imaginar que estos últimos se cohíban de fustigar a los primeros, y la referida Asamblea oficie como un mero reducto de la unanimidad y la obediencia.

No olvidar tampoco que las famosas Comisiones de Candidatura son las encargadas de nominar a los candidatos que ocuparán los escaños de la Asamblea Nacional, y así se asegura que no queden fuera de ese órgano los principales dirigentes del Partido Comunista, el Gobierno, las Fuerzas Armadas y el Ministerio del Interior.

A la postre, no hay que asombrarse por el hecho de que el castrismo pretenda cañonear la historia —y también la realidad actual— para considerar que la Constitución que ellos elaboraron de acuerdo con sus intereses, e hicieron aprobar con esa exorbitante propaganda en una sola dirección, sea la heredera de aquella primigenia Constitución mambisa.

Ya lo habían hecho, entre otros intentos, con ese afán de identificar el Partido Revolucionario Cubano, fundado por José Martí en 1892, con el Partido Comunista que hoy gobierna la isla con mano de hierro. No les importó que el artículo cinco de las Bases del partido martiano reafirmara que “no tenía como objetivo llevar a Cuba una agrupación victoriosa que considerara a la isla como su presa y dominio”.




No dejemos caer el espíritu de Guáimaro

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Asamblea constituyente de Guáimaro

LA HABANA, Cuba.- Cualquier persona amante de la democracia acepta que la separación de poderes es uno de los mecanismos fundamentales para el exitoso desenvolvimiento de la sociedad. Siempre estaremos en deuda con el pensador francés Charles de Montesquieu, quien en su ensayo El espíritu de las leyes, escrito en 1748, estableció lo adecuado de lograr un equilibrio entre los distintos poderes en aras de garantizar los derechos y las libertades individuales.

En ese sentido, y si hurgamos en nuestra historia, los cubanos podemos sentirnos satisfechos. Porque aún antes de lograr la independencia del colonialismo español, y en plena manigua, nuestros mambises se dotaron de una Constitución que reconocía ese principio democrático.

En efecto, este 10 de abril arribamos al aniversario 148 de que los representantes de la República en Armas se reunieran en el poblado camagüeyano de Guáimaro para darle forma constitucional a la contienda bélica.  Allí, además de elegirse un poder ejecutivo encabezado por Carlos Manuel de Céspedes, emergió un poder legislativo, la Cámara de Representantes, que sería garante del sentimiento  anticaudillista que animaba a la mayoría de nuestros libertadores.

Un sentimiento que según cuenta Manuel Sanguily en su texto Oradores de Cuba, llevó a uno de los redactores de la Constitución, Antonio Zambrana, a expresar que “seamos primero republicanos que patriotas, y antes enemigos de la tiranía que enemigos de los españoles”.

Y no hay dudas de que la acción más audaz de aquella Cámara de Representantes fue la destitución del presidente Céspedes en 1873, cuando algunas actitudes dictatoriales asomaban en el comportamiento del hombre de La Demajagua.

La historiografía castrista y muchos de los intelectuales oficialistas, haciendo válido aquello  de que “la Historia es una visión del pasado con ojos del presente”, no cesan de criticar la acción de aquella Cámara, la que califican de “traición”, “golpe de estado”, y otros epítetos por el estilo.

Sin embargo, para un observador que simpatice con la democracia y el Estado de Derecho, aun reconociendo el quiebre de la unidad que semejante hecho produjo en las filas insurrectas, la deposición del Presidente fue la prueba de que la separación de poderes funcionaba realmente en la República en Armas.

La exaltación de la separación de poderes cobra importancia en los días que corren debido a dos realidades que desconocen o amenazan con destruir, respectivamente, ese pilar de la convivencia democrática.

Por ironías de la vida, este nuevo aniversario de la Constitución de Guáimaro coincide con las asambleas de circunscripción del Poder Popular en Cuba. Un proceso que concluye con las sesiones de la Asamblea Nacional, donde los gobernantes se mezclan con el resto de los diputados para “gobernar” y “legislar” al mismo tiempo. ¿Separación de poderes en esas circunstancias?  Por supuesto que ninguna. Semeja más bien una función de circo, donde los domadores trabajan con los animalitos amaestrados.

La otra realidad la apreciamos en Venezuela. Allí el poder legislativo soporta las presiones de un poder ejecutivo que quiere imponer su voluntad a toda costa. En ese contexto nadie duda de que lo poco que resta de democracia en la Venezuela chavista vaya de la mano del destino que finalmente encuentre la Asamblea Nacional de esa república.