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Símbolos de una Habana espléndida: El Templete

La Habana El Templete ciudad Cuba
Columna de Cajigal, erigida en 1754. Foto del autor

LA HABANA, Cuba.- El desarrollo de los pueblos se expresa muy claramente en su arquitectura, ese lenguaje que se amolda a los diversos períodos históricos y fluye a la par de los acontecimientos, actuando como registro de las transformaciones urbanísticas, sociales y culturales. La arquitectura es, quizás, el mejor testimonio del devenir de un país. Su evolución revela desde líneas de pensamiento y principios estéticos, hasta las intenciones de perpetuar el poder de una determinada clase social.

La Habana posee símbolos, como la Giraldilla —versión diminuta de La Giralda de Sevilla—, que reflejan la condición de colonia española que alguna vez ostentó. Otro de sus íconos es el Capitolio, a semejanza del construido en Washington DC, que ilustra la cercana relación que mantuvo la Isla con los Estados Unidos durante los años de la República (1902-1958). Sin embargo, algunas construcciones han perdurado por lo que representan para la capital cubana más allá de las connotaciones políticas. Son evidencias de la devoción que sintieron los gobernantes de épocas anteriores por la hermosa y ajetreada Villa de San Cristóbal de La Habana, que nació como un caserío de paso en los primeros años del siglo XVI, y creció hasta convertirse en una de las ciudades más prósperas de América.

Un día como hoy, pero de 1828, fue inaugurado El Templete —pequeño edificio de estilo neoclásico— en el mismo enclave en que fuera celebrada la primera misa e instituido el primer cabildo el 16 de noviembre de 1519, fecha oficial de la fundación de la villa. Paradigma de la arquitectura conmemorativa cubana, El Templete fue construido por iniciativa del entonces Capitán-General, Dionisio Vives, en un contexto propicio para transformar la fisonomía de una ciudad que, convertida en importante nodo comercial de la Corona Española, ya desbordaba los límites de sus propias murallas.

El lenguaje neoclásico, entonces de moda, fue escogido por su sobriedad, apropiada para resaltar la tradición y la historia; pero también para igualar la elegancia de los modelos europeos. La Columna de Cajigal, erigida en 1754 por el gobernador de igual nombre para rememorar el nacimiento de la villa, fue integrada al monumento y se la puede ver en el centro mismo del jardín, rematada por una imagen de la Virgen del Pilar y flanqueada por el busto de Cristóbal Colón encargado por el Obispo Juan José Díaz de Espada.

Vista de El Templete tras la última restauración, concluida en 2019. Foto del autor
Busto de Cristóbal Colón, encargado por el Obispo de Espada. Foto del autor
Vista de la estructura neoclásica. Foto del autor
Vista de El Templete tras la última restauración, concluida en 2019. Foto del autor

Dentro del recinto descansan los tres murales del pintor francés Jean Baptiste Vermay, en los que aparecen recreadas la fundación de la ciudad, en 1519, y la inauguración de El Templete, tres siglos después, en presencia de lo más granado de la sociedad habanera.

Ubicado en el Centro Histórico, una zona de especial atractivo para los turistas, el monumento fue objeto de una importante restauración para devolverle su estructura original, que había sido alterada durante el período republicano. La intervención modificó la cerca perimetral con la ampliación del pórtico; se sembró una nueva ceiba y los jardines fueron remozados. La obra mejoró notablemente gracias al rescate de sus elementos neoclásicos, bastante dañados por el salitre y el paso del tiempo.

En un país donde la tradición arquitectónica se ha perdido, y a lo largo de seis decenios muy poco se ha construido que valga la pena ser mencionado, El Templete no solo sobresale por su excepcional tipología; sino porque entraña un gesto de profundo aprecio hacia la capital cubana por parte de un alto oficial español. Eso es más de lo que puede decirse sobre el régimen castrista, tan enemigo de la belleza, las tradiciones y, especialmente, de La Habana.

Muchos proyectos para rehabilitar la ciudad vieron la luz en el siglo XIX: desde el Parque La India (o la Noble Habana), sufragado por los contribuyentes adinerados, hasta los paseos extramuros que confirieron una imagen moderna a la capital, y las urbanizaciones de barrios como Cerro y Vedado. Pero ninguno reviste la importancia de El Templete, que marca el lugar de nacimiento de una ciudad salvada por su bahía, por la corriente del Golfo, por su valiosa posición geográfica.

La llegada de la pandemia ha mantenido el lugar cerrado al público, y puesto en pausa la costumbre de acudir cada 16 de noviembre a darle tres vueltas a la ceiba para regalarle monedas a cambio de sueños cumplidos. Hoy la emblemática edificación cumple 193 años en su solemne quietud, rodeada de plazas y calles semidesiertas; mientras los vientos de marzo agitan las ramas de la malvácea joven sobre el frontón neoclásico, a la espera de tiempos menos duros.

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El maleconazo no fue un chisme

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El maleconazo en La Habana. Foto archivo

LA HABANA, Cuba.- Hoy tuve un día agotador, una jornada de largas colas; la primera de todas fue en un Banco de la calle Ayestarán en el que pretendí cobrar la mísera pensión de mi madre, que duró muy poco, justo hasta que se asomó el “custodio” para advertir que se había “caído” la conexión y que no tenían noticias del tiempo que tardarían en reponerla.

En el segundo de los Bancos no tuve mejor suerte; tenían “conexión” pero la cola se volvió infinita desde que se perdió la conexión en el Banco vecino, y muy lenta la movilidad de los ancianos pensionados mientras hacían el camino a las cajas pagadoras, y parsimonioso el desempeño de las cajeras que hurgaban en las chequeras, y tan alarmante mi ansiedad que volví a emprender camino para procurar el cobro de los doscientos pesos de mi madre en otro sitio.

Dos horas y media más tarde, y ya con su “pensión” en la mano,  comenzaría la otra odisea: conseguir qué comprar para cocinar luego. Y algo conseguí. Después de tantísimo ajetreo, y luego, aunque no es mi costumbre, dormí una breve siesta de la que me despertaron unos fuertes golpes en la puerta; uno de esos agentes que pesquisan las aguas en busca de huevos de mosquitos, quería revisar cada reservorio, y lo dejé que hurgara.

Hace un rato, pasadas las once de la noche, pretendí dormir hasta el amanecer, y volví a pensar en el buscador de larvas que me sacó del sueño, y hasta lo maldije, aunque luego le agradecí. Resulta que el recuerdo de esos golpes en la puerta me hizo recordar otros toques que me sacaron, hace veinticinco años, de una siesta.

Reviví los golpes de un amigo muy querido en la puerta de mi casa en aquel añejo solar de la Habana más vieja, aquella vez fue el escritor Ernesto Santana, quien me sacó de la cama con sus golpes en la puerta. Fue él quien me advirtió que el comunismo se estaba cayendo en las calles de la ciudad mientras yo dormía una “siestecita”, y solo entonces percibí el bullicio en la calle, los helicópteros sobrevolando la vieja ciudad. Santana exigió que me vistiera pronto, que me asomara al balcón que daba a la calle Cuarteles para que tuviera las primeras evidencias.

“¡Mira!”, dijo; y desde aquel balcón vi las primeras imágenes. Desde ese balcón miré a una mujer negra y robusta que increpaba a un vecino, un militar cuyo acento español delataba sus orígenes. El hombre reculaba a pesar de su uniforme, intentaba rebatir muy discretamente a la mujer y a los hijos que la secundaban, que repetían cada frase que saliera antes de la boca de su madre.

Y emprendimos el camino por la ciudad; una ciudad que parecía liberarse en cada grito. Todos los caminos de La Habana conducían, esa tarde, al malecón. La ciudad parecía la más espontánea de todas cuantas hasta entonces yo viera, y creo que nunca volvió a serlo como ese día. Después de aquella tarde no volví a mirar tanta euforia; jamás esa plaza de actos y conmemoraciones que alguna vez fue Plaza cívica, y luego la de la “revolución”, resultó tan verdaderamente rebelde, cívica, e incluso “revolucionaria, como el malecón de aquella calurosa tarde de un 5 agosto.

Ningún evento, ninguna celebración comunista, fue tan desahogada, tan vívida, tan impresionantemente real, como esa en la que una multitud estuvo desandando la ciudad y buscando el mar, ese mismo mar que dieciocho días antes se tragara los cuerpos de cuarenta y un cubanos, entre ellos once niños, que querían escapar de las miserias en el remolcador “13 de marzo”.

Ningún acto fue más explayado y más real en la Cuba reciente, que el de esa tarde de agosto. Nada lo superó en espontaneidad. Años después vendrían las marchas que reclamaron la vuelta de Elián, el regreso de los cinco espías que jamás consiguieron la naturalidad, la franqueza, de aquella tarde habanera que no temió a las palizas que decidió un “pueblo Indignado”, como querían hacer notar, aunque estuvieron preparadas desde antes, desde 1959, para avasallar cualquier evento que intentara cuestionar al poder.

Y aquella mujer que vivía en el solar de la calle Cuarteles, la que desafío al militar de acento español, fue recluida por algunos años, como muchos otros, y separada de sus dos hijos menores de edad. Ella fue condenada por su espontaneidad, por sumarse a la multitud que hacía reclamos, al gentío franco y explayado. Y muchos más cumplieron sus condenas entre rejas, alejados de los suyos, con más hambre y represiones que esas que ya sufrían en sus casas cubanas, en su país cubano.

Ya transcurrieron veinticinco años desde aquel día en el que recorrí las calles de la ciudad con mi entrañable amigo Ernesto Santana. Muchas veces miré hasta hoy esas imágenes que fueron fijadas aquel día y que muchos guardan con la certeza de que esa vez la ciudad fue la más espontánea de los últimos sesenta años, porque fue la más rebelde desde que los “rebeldes” la tomaron para convertirla luego en su feudo.

Esta ciudad del occidente, la que no está escoltada por sierras y montañas, fue esa vez hacia el malecón, hacia el mar, ese que ha resultado salvación, y tumba, para muchos. Esta ciudad también tuvo ese día su guerra, aunque el discurso oficial, y su prensa, se empeñe en decir que aquella multitud no era más que una recua de delincuentes, una tropilla de desalmados que el “enemigo” reuniera.

Y ese día de agosto la gente salió espontáneamente, para vivir, aunque el discurso oficial se empeñe en hacer notar que quienes se manifestaron no hacían otra cosa que procurarse la escapada. El 5 de agosto de aquel año no puede juzgarse sin mirar antes al 13 de julio y a sus muertos, sin mirar las tribulaciones que llegaron tras el “triunfo” de 1959. El Maleconazo fue reivindicación.

El maleconazo fue rebeldía espontánea. Ese día se hizo más visible una Cuba que nada tenía que ver con las concentraciones en la “plaza de la revolución”, aquella jornada mostró a una Habana política que se empeñaban, se empeñan aún, en esconder.

La Habana no volvió a ser la misma, no fue más la ciudad dócil, la que podía manejarse fácilmente con algunas amenazas. Es cierto que no apareció luego un evento de esa magnitud, pero siempre que se piensa en los reclamos de nuestra historia reciente, en reivindicaciones, se recuerdan aquellas horas y su espontaneidad. El arresto de los habaneros se hizo visible durante esa jornada que ya cumplió veinticinco años, y que no vino dictada desde afuera, como se quiere hacer notar. El maleconazo no fue una bravata, fue un desafío que puso en jaque al poder, que visibilizó los riesgos e hizo pensar en nuestras posibilidades. El maleconazo, creo, fue uno de esos imponderables de los que escribí hace unos días. El maleconazo fue el inicio de algo.

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La Habana y sus silenciosos 499 años

LA HABANA, Cuba.- Hoy la capital de todos los cubanos arriba a su aniversario 499. Sin embargo, en todas las vallas y anuncios institucionales, en los reportajes y noticias de la prensa oficialista, se hace referencia al medio siglo que cumplirá el año próximo. Deliberadamente se han saltado el capítulo final del quattrocento habanero para que se vea la fecha venidera como una promesa cargada de esperanzas; o para que los habitantes de esta otrora magnífica ciudad no reparen demasiado en la tristeza y destrucción circundantes, capaces de frenar cualquier ímpetu festivo.

Quienes se han dedicado a meditar acercar del tiempo, saben que un año no significa nada cuando se trata de empresas sobrehumanas. Así que mientras el régimen procura llenar a la ciudadanía de regionalismo frenético con miras al onomástico 500 de la villa de San Cristóbal de La Habana, CubaNet salió a las calles para repasar, junto a los cubanos de a pie, lo mucho que le falta a esta ciudad; un vacío que no será remediado para este aniversario, ni el próximo.

Con el ridículo y nada creativo slogan “Por La Habana, lo más grande”, las instituciones del Estado se han lanzado a una maratón de colorete que no hará sino aumentar los contrastes entre zonas invadidas por un capitalismo jurásico, y otras sepultadas por escombros, desechos y antivalores.

La Habana se ha convertido en blanco de la ira ciudadana. Mientras crece el divorcio entre poder político y pueblo, determinados segmentos de la sociedad ven en el maltrato a la ciudad una forma de rebelión contra un régimen que solo se preocupa por edificar o restaurar monumentos, objetivos económicos y lugares de interés turístico, ignorando el grave déficit de viviendas que aqueja a numerosas familias.

Desde sus memorias, los ancianos reviven el pasado de calles hermosas, vivas, iluminadas y, sobre todo, limpias. “Quienes maltratan La Habana, es porque no la conocen”, dice una venerada profesora universitaria, lamentando el extrañamiento de los cubanos para con su ciudad. Ese mal, no obstante, tiene raíces ideológicas; la muerte de La Habana inició en 1959, demonizada por el régimen como capital decadente y burguesa.

Luego dejaron que la miseria, financiera y humana, hiciera lo suyo. Hoy la decadencia es real. Se ha culpado a los migrantes de otras provincias por la suciedad en las calles habaneras y la alteración de su arquitectura. Lo segundo podría ser cierto; pero todo cubano que viaja a provincias, regresa asombrado de la limpieza que las distingue.

En La Habana, por el contrario, la mugre no claudica. Pareciera que sus habitantes desearan enterrarse con ella, colmados de rechazo hacia la belleza, la conservación, la higiene. El gobierno culpa al pueblo por no preservar nada, obviando que la responsabilidad primera recae en quienes han hundido al país en tal penuria, que todo aquello que no cubra una necesidad material, no cuenta.

Existe además un síndrome de disociación geográfica en los habitantes de municipios periféricos, quienes no se consideran parte de la capital. Para la gente de Guanabacoa, Cotorro, Marianao, Boyeros… La Habana es el nodo colonial y áreas selectas, porque toda la propaganda se ha organizado en función de la postal: las plazas y casonas patrimoniales, los lujosos hoteles cercanos al Prado, el Capitolio que acogerá, como en tiempos de la calumniada República, al Parlamento cubano… El abrazo entre tradición y modernidad, para usar una de las trilladas frases del oficialismo.

“Lo que hace maravillosa a La Habana es su gente”, dijeron muchas voces en Cuba y el extranjero para justificar el calificativo de Ciudad Maravilla, recibido en 2016. Dos años después, los propios residentes reconocen que la convivencia en la capital es un desmadre, y los turistas que la visitan con frecuencia opinan que lo peor de La Habana es su gente, que no tiene educación ni es capaz de cuidar los espacios públicos.

Tristemente llevan razón. Y aunque un habanero honorable sienta vergüenza al escuchar tan hirientes palabras, no le queda más remedio que tragarse el orgullo y aceptar la transparencia de la crítica.

Durante más de medio siglo la capital cubana ha sufrido el desprecio de políticos que solo miran a lo lejos, interesándose por patios ajenos mientras descuidan lo que ante sus narices se desploma. Hoy la ciudad está como su gobierno: varada en el tiempo, decrépita y llena de estructuras obsoletas; urbe distópica que va encontrando una dolorosa similitud en sus habitantes.

Con sordina ha transcurrido el aniversario 499, un silencio que se extenderá a muchos noviembres que se avecinan. La opinión de los entrevistados y las imágenes captadas refrendan un panorama que tomará décadas revertir, a pesar de los buenos votos de miles de cubanos que han dejado caer sus monedas al pie de la ceiba, pidiendo para esta Habana, y para Cuba, tiempos mejores.




Eusebio Leal: “La Habana está muy dañada y cubierta por un velo decadente”

Foto Archivo

MIAMI, Estados Unidos.- Eusebio Leal, el Historiador de la Ciudad, reconoció que La Habana está “muy dañada” y hasta en “decadencia”.

Para alguien que siempre ha tratado de rescatar lo que queda de la ciudad, La Habana ha sufrido el “deterioro de la espera” y admite que quedó como detenida en el tiempo, pues la voluntad de la revolución fue ocuparse del país primero. Así lo publicó la agencia de noticias AFP en una entrevista a propósito de los 500 años de la ciudad en 2019.

Para Leal, este hecho “ha tenido su costo innegable” y señaló que “cuando uno la recorre observa la ciudad muy dañada y cubierta por un velo decadente”.

“Paradójicamente, esto ha servido para que esté intacta urbanísticamente. No se han construido en la ciudad nuevos puentes, nuevas avenidas colgantes, no hay presión de tránsito, no hay demoliciones masivas como ha ocurrido en otras ciudades latinoamericanas”, consideró.

Sin embargo, así como no se han levantado nuevas estructuras, el gobierno tampoco se ha encargado de dar mantenimiento a la mayor parte de los inmuebles con muchos años de explotación. El 39% de las viviendas en toda la Isla se encuentra en regular o mal estado, según datos oficiales.

La escasez y el deterioro de edificios y casas es uno de los principales problemas que afectan a los cubanos y se agrava con cada ciclón o temporal que azota el país. La Habana y sus zonas céntricas no escapan a esta situación.

“La Habana no es solamente una ruina romántica ni es tampoco una ciudad solo de automóviles viejos americanos, ni una ciudad de rumberas y palmeras. Es una ciudad de una cultura intensa”, señaló Leal.

“Lo que sorprende es que no hay tiempo para asistir a una vida cultural que va del festival del ballet al del libro, al de ciudades patrimoniales y al del jazz. Y en las artes plásticas, es una de la más apetecidas por el coleccionismo mundial”.

Leal apuntó que “La Habana ha sido escenario en los últimos diez años de una inyección poderosa dada por la acción individual (…) que ha permitido la resurrección de la arquitectura doméstica y una creación de puestos de trabajo”.

Los negocios por cuenta propia han sido de cierta manera responsable de ello, pues hoy representan el 13% de la fuerza laboral del país. Hospedajes privados y restaurantes atienden la demanda turística, en medio de una apertura económica, pero también enfrentando el control y las restricciones que impone el Gobierno.

La Habana fue una moderna urbe a principios del siglo XX, pero también un paraíso de organizaciones mafiosas. Tras la llegada al poder de Fidel Castro en 1959 se erradicaron los prostíbulos y casinos que inundaban la Isla, pero la ciudad fue desatendida. Por ejemplo a sus calles, poco iluminadas y con baches, llegaron 4,5 millones de turistas en 2017.

Eusebio Leal dijo también en su entrevista que “la visión que tenemos de una ciudad viva pero tranquila, de un país en paz, sin crímenes colosales, es un atractivo interesante” y añadió que la gente quiere conocer La Habana “antes de que todo cambie”.

En 2016, cuando la capital cubana recibió formalmente el título de Ciudad Maravilla concedido dos años antes, Leal dijo que La Habana estaba “intacta”, lo que había “que tener ojos para ver la maravilla”.

Leal es el fundador del conglomerado comercial Habaguanex SA, que fue absorbido por las corporaciones CIMEX y TRD Caribe, ambas pertenecientes al consorcio militar Grupo de Administración Empresarial (GAESA), perteneciente a las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y encabezado por Luis Alberto Rodríguez López-Callejas, exyerno de Raúl Castro.

Junto a la inmobiliaria Fénix y la constructora Puerto Carena, Habaguanex formaba parte de un modelo de autogestión destinado a captar divisas para la reconstrucción del Centro Histórico, una iniciativa que transitó y salvó exitosamente el cruento “Periodo Especial” y que comenzaría a declinar con los estallidos de escándalos de corrupción en 2012.

Después de la labor de Leal durante décadas en La Habana Vieja, ya el barrio que reconstruyó y restauró no está bajo su jurisdicción ni la de su Oficina, sino en manos de las FAR.