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Cementerio de Colón, un negocio de vivos

Cementerio de Colón

LA HABANA, Cuba. – Un anuncio sobre la venta de un panteón en el Cementerio de Colón circula hace semanas en varios de los grupos de compra y venta de Facebook. El precio inicial, de 4 000 dólares estadounidenses, incluye un pequeño “ajuste” ―rebaja― para las “personas que verdaderamente estén interesadas en comprar”.

En las redes sociales otros usuarios proponen capillas, panteones, bóvedas y nichos del cementerio más famoso de la Isla. Sin embargo, en el ciberespacio los foristas no parecen preocuparse por su última morada: sus intereses giran en torno a necesidades más terrenales como la compra de ropas y zapatos de marcas reconocidas, teléfonos celulares o equipos electrodomésticos.

Dentro del propio camposanto son varios los corredores que a diario también promueven el negocio a la vieja usanza: face to face. Algunos de los “espacios” disponibles son verdaderas obras de arte que, en la Cuba de los precios inflados, alcanzan un valor superior al de una vivienda o un auto.

Cementerio de Colón
Cementerio de Colón (Foto del autor)

Rolando Bravo es uno de los “comerciantes” que asegura conocer cada galería u osario en venta. Cuenta a CubaNet que unas cuatro veces por semana acude al cementerio con un álbum lleno de fotos de sepulcros que muestra a decenas de personas. Según refiere, “tiempo atrás” vender una propiedad en la necrópolis de Colón “era cosa de coser y cantar”.

“Se vendían como agua en el desierto. Esta no es una inversión que nada más sirve para los difuntos; a estos huecos les ha pasado como al oro, que no se devalúa. Con el paso del tiempo valen más, lo que antes costaba 5 000 CUC hoy no se baja de 10 000 verdes [USD]”, explicó Bravo antes de confesar que desde mediados de 2021 no consigue un nuevo cliente. “Hay que insistir porque una sola venta representa el paletazo del año. ¿Qué negocio ahora mismo no anda mal en este país?”, se pregunta.

Monumento Nacional, saqueado

En 1987 el Cementerio de Colón fue declarado Monumento Nacional de Cuba. Se considera el más grande museo a cielo abierto de América, y tercero más importante del mundo tras las necrópolis de Staglieno, de Génova, Italia; y el Montjuic, de Barcelona, España. Con 57 hectáreas de extensión, posee más de 56 000 mausoleos, capillas, panteones, galerías, nichos y osarios construidos o adornados con mármoles finos, vitrales, bacará, estatuas y esculturas con valor comercial. 

Cementerio de Colón
Cementerio de Colón (Foto del autor)

Neuris, uno de los sepultureros más antiguos del camposanto, que prefirió identificarse solo con su nombre, asegura que “trabajar entre los muertos de Colón es un negocio de vivos. (…) No me voy a poner la soga al cuello dando detalles, nada más hay que caminar un rato y fijarse en toda la cristalería que falta, en los mármoles canibaleados y las estatuas arrancadas. La gente cree que trabajar aquí lo único que deja es osogbo y atraso, pero Colón no es un cementerio cualquiera, aquí das una patada y debajo de cualquier piedra salen billetes”. 

Los sepulcros de muchas familias emigradas alrededor de 1959 son los que más robos y vandalismos sufren, dado que casi nadie regresó a visitar las tumbas, reclamar su propiedad o pedir la exhumación de sus muertos. Solo en la llamada Calle Ancha ―menciona Neuris― aparece la capilla donde reposan los restos de los hermanos Regil, quienes en su momento fueron los dueños del famoso Café Regil. A ambos lados se encuentran otras capillas que pertenecieron a dueños de lecherías, carnicerías y varios negocios prósperos de la época capitalista. Todas se encuentran vacías o abandonadas.

Cementerio de Colón
Calle Ancha del Cementerio de Colón (Foto del autor)

“La gente ha hecho sus estragos, pero obviamente son los trabajadores los que conocen en qué tumbas pueden quedar buenos entierros, sobre todo los más viejos porque en los últimos tiempos a los difuntos les quitan hasta los dientes de oro antes de enterrarlos. No queda mucho donde buscar. Aquí nada más la familia da la espalda, encueran al muerto y le quitan las flores”, revela Neuris. 

Ignacio, otro de los sepultureros entrevistados por CubaNet y que también prefirió presentarse solo con su nombre, detalla que los profanadores buscan prendas de oro, joyas antiguas, monedas de metales preciosos o de valor numismático, piedras que fueron enterradas junto a los cuerpos de personas que en vida tuvieron un estatus económico elevado.

“Vienen incluso con detector de metales, a veces han tenido problemas con la ley. No son pocas las historias que se cuentan sobre el cementerio, algunas creo que son mitos, pero otras no. En realidad nadie puede calcular las riquezas que a lo largo de los años han sido robadas de las tumbas, hay unos cuantos rumores”, acota Ignacio, quien en tono suspicaz deja entrever que tiene conocimiento de “hallazgos exitosos”.

Cementerio de Colón
Cementerio de Colón (Foto del autor)

¿La vista gorda o negocio cerrado?

En el cementerio funciona un circuito cerrado de vigilancia. Desde las entradas, las cámaras instaladas cubren la mayoría de las áreas del lugar. Sin embargo, existen puntos ciegos que no alcanzan a captar las cámaras, y su custodia corresponde a los agentes de Seguridad y Protección del lugar.

Una de las agentes, que se identificó como Yasmina Oquendo, argumenta que el montaje de las cámaras de vigilancia debió abarcar todo el cementerio, pero que al parecer “el presupuesto no alcanzó o alguien le dio otro destino, porque habían cableado todo [el camposanto] para poner una cámara cada tres metros”.

Cementerio de Colón
Cementerio de Colón (Foto del autor)

Aun con las cámaras de vigilancia y decenas de trabajadores de seguridad distribuídos por todo el cementerio, durante los cambios de guardia en las mañanas, a diario se reporta más de un robo o profanación, precisa Oquendo.

“Lo más común es que se metan a llevarse los huesos, para brujería. A mí misma me han ofrecido 1 000 pesos por hacerme la de la vista gorda y dejar que entren a recoger huesos. No caigo en eso, pero me han contado que los brujeros pagan 20 000 pesos por un cráneo humano, y visto así esto es una mina de oro”, indica la custodio.

Cementerio de Colón
Una bóveda del Cementerio de Colón (Foto del autor)

Tumbas deterioradas y cuerpos mutilados, la realidad paralela

Una trabajadora del área administrativa, quien pidió proteger su identidad por temor a represalias, dijo a CubaNet que los robos y las profanaciones a las tumbas han servido de excusa para solapar el progresivo deterioro que sufre el camposanto.

“De cierta forma tenemos las manos atadas, porque sin recursos no se puede hacer mucho para mejorar la situación”, dijo la empleada, quien también aseveró que “se necesitan más de 500 dólares para pulir una sola de esas capillas o panteones, sin contar la compra del mármol y los otros materiales”.

Cementerio de Colón
Una capilla del Cementerio de Colón (Foto del autor)

La fuente explica que el cementerio no cuenta con un parque automotor para la recogida de desechos al terminar con las exhumaciones. Esto depende de los medios que provea Servicios Necrológicos, lo cual “resulta bastante inestable porque cuando no falta el petróleo, el carro tiene una goma rota o el chofer está enfermo”.

Según describe, en las pezuñas de un montacargas que existe en el cementerio se colocan dos tapas de bóveda sobre las cuales se depositan los cadáveres que después son vertidos en contenedores de basura no necesariamente dentro del cementerio. 

“En ocasiones se han tenido que recoger los restos en los mismos carros fúnebres. Tiran cuatro o cinco unos arriba de otros, los botan y retornan por más, sucesivamente. Es una odisea que no puedo ni explicar bien”, destaca.

Cementerio de Colón
Otra bóveda en el Cementerio de Colón (Foto del autor)

Para quienes visitan el cementerio, la intensa fetidez del aire es el primer signo de que algo no anda bien. Los entierros con cruces sin nombre, mayormente ocurridos durante la pandemia; los huesos humanos abandonados sobre la calle o mezclados dentro de los féretros cuyos materiales de baja calidad fueron corroídos por el tiempo, indican que muchas familias han perdido la pista de sus muertos.

“El abandono y la desidia es total. Los trabajadores ven a los perros cargando con los huesos de las tumbas y ni se inmutan. Ya no sabes si la tumba de tu familiar está vacía o si tiene a otro muerto dentro y no estás llorando al tuyo. Esto es lo más inhumano del mundo. ¿Adónde vamos a parar?”, se pregunta Sobeida Serrano, una anciana habanera que todos los meses acude a poner flores en el sepulcro de sus padres.

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Saltan las alarmas por el repentino entierro de El Dany

El Dany

El Dany
El Dany. Foto Instagram

MIAMI, Estados Unidos.- A solo unas horas de que falleciera este sábado en La Habana el cantante cubano El Dany, del popular dúo de reguetón Yomil y El Dany, su cadáver fue enterrado en el Cementerio de Colón, en el Vedado capitalino.

Según una escueta nota en el oficialista sitio Cubadebate, que se hizo eco de la tragedia, el popular músico no tuvo velorio, y su inhumación fue mediante ceremonia familiar y privada, por decisión familiar.

El Dany, cuyo nombre de pila era Daniel Muñoz, murió este sábado a las 5:00 a.m. en el hospital Calixto García, presumiblemente a consecuencia de un paro cardiorespiratorio, según informó esta mañana en su cuenta de la red social de Facebook el presentador e influencer Alexander Otaola.

Según la versión oficial, El Dany falleció como consecuencia de una afección cardiovascular aguda, sin embargo, el repentino entierro del músico, sin un velorio acorde ha saltado las alarmas.

“Al Dany lo enterrarán inmediatamente. Ese es el procedimiento con los fallecidos por COVID-19. Por qué si no tiene que ver con eso no lo dejan velar?”, se preguntó Otaola en la red social de Facebook.

Otaola también publicó la captura de pantalla de un chat entre El Dany y otra persona, en la que el reguetonero envía una foto desde el hospital, en la que se le ve con oxígeno, pero visiblemente en buen estado.

“Conectado a oxígeno y luego con un entierro express sin permitir velorio familiar. Todo apunta a que tenía COVID-19 . Sigan creyendo que están seguros en el sistema médico cubano”, escribió Otaola.

En horas de la mañana se manejó incluso la versión de que el cantante de reguetón, de 31 años, habría fallecido por un paro cardiorespiratorio al parecer causado por el uso de esteroides. La familia del artista no ha hecho hasta el momento ninguna declaración ni ha ofrecido detalles.

No obstante, pese a las pocas horas que separaron la noticia con el entierro, en un video de La Farándula Cubana, compartido en redes sociales por Yusnaby Pérez, se observa al menos un centenar de personas alrededor de la familia en el Cementerio de Colón.

Uno de los primeros artistas cubanos en reaccionar al fallecimiento de El Dany fue Baby Lores, quien lamentó la pérdida de un “gran hombre y artista”.

“Me llegó la triste noticia de que este gran hombre y artista hoy falleció, me parece mentira! Y pensar q hablamos hace unos días, hablamos y grabamos un tema hermoso! Que Dios le de fuerza a tu familia y amigos para superar esta novedad! Tu música quedó para siempre y nunca te olvidaremos”, escribió Lores.

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Descubren restos de cadáveres acumulados como basura en el Cementerio de La Habana

Un reportaje de Martí Noticias ha puesto al descubierto cómo en los últimos meses han aparecido restos de cadáveres y ataúdes acumulados como basura en las callejuelas del Cementerio de Colón, la legendaria necrópolis de La Habana.




Así entierran los cubanos a sus muertos

[youtube]https://www.youtube.com/watch?v=x2nVZR2eE4Y[/youtube]

 

LA HABANA.- “Cuando oí que en solo 20 días iban a reparar todo el cementerio, me caí pa’tras”, cuenta Adelaida. La semana pasada, en el Noticiero dijeron “que era una inversión millonaria para el cementerio chino y para Colón”, y dice que pasó porque no se lo creía. “Pero qué sorpresa, vaya. Las reparaciones es por alantico y ya”, y cuenta que hay muchos trabajadores en las calles principales, las tumbas que se ven y la capilla del cementerio de Colón.

El fin de las obras está anunciado para el 15 de marzo de este año.

“En el cementerio chino puede que se vea más, al menos uno lo ve pintadito cuando dobla la 27 por allí, pero Colón basta caminarlo un poquito nada más para darse cuenta de que aquello no se resuelve en 20 días”, y puede comparar porque ella coge con frecuencia la guagua que dobla por la avenida 26 donde la muerte da la bienvenida en ideogramas.

La Empresa de Servicios Necrológicos es la encargada de restaurar y reparar los cementerios en todo el país, pero no da información a menos que la autorice el Poder Popular. Por eso nadie pudo proporcionar detalles sobre qué pasará con los mármoles rotos, la cristalería perdida, las estatuas mutiladas, las inscripciones borradas, los panteones en derrumbe parcial o total o las tumbas semiabiertas.

Según la misma Adelaida, su familia tiene un osario y cuando fueron a hacer la última de las exhumaciones de sus fallecidos “por poco me da un ataque”, cuenta. “Todos los huesos estaban revueltos y le dije que me iría cinco minutos para que arreglaran aquello”.

Ella no sabe lo que hicieron a sus espaldas. “Tuve que meterme en la cabeza que eso que estaba allí no eran las personas que tanto había querido en vida, porque si no, me da una cosa”. Supone que los sepultureros, en los cinco minutos que ella les dio, recogieron y guardaron donde cupieron el reguero de huesos que había cuando entró la primera vez.

El panteón de la familia de Ingrid queda justo al lado del de Menocal, el general del Ejército Libertador que fue presidente de la República de Cuba entre 1913 y 1921. Cuando fue a visitarlo para ver en qué condiciones estaba el suyo descubrió que “habían borrado el nombre de Menocal”.

“Tuve la sensación de que estaban borrando un pedazo de historia”, agregó.

Pero el caso de Yosleidys puede que sea el peor de todos. Ella, junto a otros familiares fueron a hacer la exhumación de los restos de cuatro de sus difuntos y les dieron a escoger entre osarios sucios y con nombres inscritos.

Pero no es una situación exclusiva del cementerio de Colón donde todos quisiéramos ser enterrados.

En el Guatao, el mes pasado, a Mercedes se le murió uno de los ocho hermanos que tiene. Ella fue la encargada de los trámites funerarios.

“Para empezar, la funeraria del Guatao la están reparando”, cuenta Mercedes, quien no quiere agregar al dolor de perder a su hermano la presión del hijo que es “comunista”. Por eso se inventa un nombre, “y lo tuvimos que velar en el Centro Comunitario”.

Ese fue el primer dilema con la muerte. El segundo fue a la hora de enterrarlo.

“No había cupo en el cementerio y nos dijeron que debíamos mandarlo para Colón, pero teníamos que esperar hasta el día siguiente porque ya era muy tarde”. Era el segundo día tras uno de velatorio y otro de espera. Al día siguente llamaron a Colón y les dijeron que no había cupo allí tampoco.

Entonces Mercedes sugirió que lo enterraran sin sarcófago, directamente en la tierra.

“¿Y tú sabes lo que me dijeron?”, cuenta Mercedes, que aún no sale del asombro, “que no, porque la tierra es del Estado”, y ahí fue cuando ella, “con dolor y todo”, amenazó con que dejaría a su “muerto” sentado en la puerta del cementerio del Guatao, para que “la mismísima Oyá (deidad de la religión Yoruba) se encargara de resolverlo todo”.

Parece que apelar a la santa hizo que lo enterraran finalmente, sin ataúd. Lo que sí no le resolvió la orisha fue la sensación que quedó en Mercedes, quien siente próxima “la pelona” por sus más de 70 años.

“Oye, ¿que en este país no se podrá ni descansar en paz?”, se pregunta. La respuesta, claro está, nunca la sabremos.




Ruinas en el reino de los muertos

Puerta principal de la necrópolis de Colón (Foto: Ana León)

LA HABANA, Cuba.- El 14 de junio del año en curso apareció, en el diario oficialista Juventud Rebelde, un artículo sobre el estado de abandono en que se halla el llamado Cementerio de Reina, localizado en la ciudad de Cienfuegos. Según la autora, a finales de la década de 1990 el camposanto fue incluido en la lista del Fondo Mundial de Monumentos, como uno de los 100 sitios del patrimonio universal en peligro de desaparecer debido al aplazamiento de su restauración.

Ante la devastación que mostraban las fotos, un forista no pudo evitar sugerir que en el habanero Cementerio de Colón “esas cosas no se ven porque van los turistas”. Probablemente muchas personas piensan igual, sobre todo al ver varios ómnibus de turismo depositando su preciosa comitiva ante la majestuosa portada románico-bizantina de la necrópolis, considerada la segunda más importante del mundo por el valioso patrimonio escultórico que atesora.

Pero la realidad es que el Cementerio de Colón, pese a haber sido declarado Monumento Nacional en 1987, padece el mismo deterioro y abandono que su homólogo cienfueguero. La diferencia estriba en que siendo, efectivamente, un lugar de obligada visita para los amantes del turismo cultural, el Gobierno se ha visto obligado a enmascarar los estragos ocasionados por años de olvido y vandalismo.

Las tentativas de restauración son apreciables en la fachada del camposanto y los monumentos que bordean la avenida principal, que conduce al visitante desde la entrada hasta la capilla, también remozada. En ese segmento calcinado por el sol se detienen los extranjeros, orientados por el guía, para admirar los imponentes mausoleos y panteones construidos para perpetuar la memoria de criollos ilustres, acaudalados, o heroicos.

A pocos pasos, no obstante, acecha la destrucción. Un ligero desvío es suficiente para constatar la precariedad y el descuido que se han extendido por el cementerio, desde que fuera nacionalizado en 1963. Durante la crisis de los noventa se verificó la sustracción sistemática de obras escultóricas, vitrales, fragmentos de herrería y numerosas piezas elaboradas con mármol de Carrara, mármol negro, granito noruego y sueco; así como accesorios fabricados con oro, plata, nácar y alabastro.

El acelerado desvalijamiento ha cesado en la actualidad, pero el panorama continúa siendo desolador.  Lápidas rotas, tumbas profanadas, osarios que parecen de postguerra y panteones arrasados conforman la triste imagen de la ciudad de los difuntos, en todo similar a la que diariamente transitan los vivos, con edificios maquillados a conveniencia para ocultar los derrumbes, la pobreza y el hacinamiento.

Según empleados del cementerio, siempre hay brigadas de restauradores trabajando, aunque mayormente se concentran en obras arquitectónicas y escultóricas cercanas a la avenida principal. Aun así, el proceso avanza muy lentamente debido al irregular suministro y la constante malversación de los materiales, además de la parsimonia de los obreros que, siendo pagados por el Estado, no ven razón para darse prisa.

Hoy la Necrópolis Cristóbal Colón —obra póstuma del arquitecto español Calixto Aureliano de Loira— cumple 131 años desde que iniciara su fúnebre actividad, en 1886. Tal como se muestra en las fotos, su estado de conservación es inversamente proporcional a su relevancia. Del mismo modo que La Habana fue declarada Ciudad Maravilla a pesar de estarse cayendo, la última morada de tantos cubanos ofrece la dosis de apariencia necesaria para salvar el pudor nacional.

Se estima que cada día al menos veinte turistas pagan 5 CUC (4 USD) para visitar el cementerio más importante de América. Los fines de semana la cifra se incrementa a más de cien, pero nadie sabe adónde va el dinero que debería invertirse en el mantenimiento de todo el camposanto, no solo en las esculturas y mausoleos atractivos para los visitantes.

No hay plan de rehabilitación que salga ileso ante la ineficiencia estatal y la incompetencia de los militares cuando se trata de asuntos que demandan, en primer lugar, conocimiento y sensibilidad. En un país donde no importan los vivos, menos han de importar los muertos; aunque estos últimos, irónicamente, posean algo que cientos de cubanos vivientes y desamparados añoran: un domicilio permanente.




La tumba olvidada de un expresidente cubano

Lápida original en el Cementerio de Colón (Foto: Ernesto Santana)
Lápida original en el Cementerio de Colón (Foto: Ernesto Santana)

LA HABANA, Cuba.- Su nombre, José Agripino Barnet y Vinarejas, es poco conocido. Como su vida. El olvido sepulta su tumba en el Cementerio de Colón. No se sabe si su segundo apellido es Vinarejas o Vinajeras. O Vinageras, como está escrito en la lápida, donde también se lee la circunstancia más importante de su vida: haber sido expresidente de la República de Cuba.

O se leía cuando aún estaba la lápida, que ya hoy no existe, porque, debido al deterioro y a la indiferencia, fue sustituida por una simple losa anónima. Como si la desmemoria debiera ser acelerada, ya que se decretó el fin de la historia… de la República cubana, pues en la ficción oficial casi lo único real que nos ha ocurrido es la revolución.

Pero José A. Barnet existió, aunque su biografía sea muy exigua. Fue un diplomático y político nacido en Barcelona, España, en 1864, y ocupó el cargo de Secretario de Estado durante el gobierno del entonces presidente provisional Carlos Mendieta, durante cuya administración (del 18 de enero de 1934 al 11 de diciembre de 1935) Cuba logró por fin la derogación de la Enmienda Platt.

Ciertamente, a la caída de la dictadura de Gerardo Machado el 12 de agosto de 1933, siguieron siete años de una inestabilidad política inconcebible, casi grotesca. Primero, fue designado presidente provisional el general Alberto Herrera Franchi y, unas horas después, el coronel Carlos Manuel de Céspedes (hijo). A los pocos días surgió el Gobierno de la Pentarquía, en manos del Directorio Estudiantil y el ya coronel Fulgencio Batista, que no llegaría a la semana y fue seguido por la designación de Ramón Grau San Martín, quien renunció a los cuatro meses.

Resultó investido entonces Carlos Hevia y de los Reyes. A los tres días lo sustituyó, por tres horas, el periodista y escritor Manuel Márquez Sterling. El coronel Carlos Mendieta y Montefur, a continuación, presidió el gobierno durante casi dos años, hasta que fue reemplazado, el 11 de diciembre de 1935, por su Secretario de Estado, José Agripino Barnet y Vinajeras.

Este político sin mucho relieve asumió la presidencia precisamente hasta el 20 de Mayo de 1936, a treinta y cuatro de nacida la República. Durante los cinco meses de su mandato, convocó a las primeras elecciones generales que se efectuaron tras la caída de la tiranía machadista, donde resultó ganador Miguel Mariano Gómez, hijo del general José Miguel Gómez, quien fuera nuestro segundo presidente electo.

El nuevo gobernante legítimo, que por su oposición a Machado había tenido que vivir en el exilio, tenía mucho prestigio por su gestión como alcalde de la capital, pero el Congreso lo destituyó el 23 de diciembre de ese mismo año. Su sucesor, el coronel Federico Laredo Brú, encabezó la administración del país hasta que, en octubre de 1940, se cerró el ciclo de inestabilidad con la convocatoria a la Asamblea Constituyente que elaboró la Constitución de 1940. Pero ya eso es otra historia.

La de nuestro casi ignorado José Agripino Barnet y Vinajeras, diplomático y político del Partido Liberal nacido en España, una historia sin signos de admiración, terminó el 19 de septiembre de 1945, cuando falleció. Curiosamente, en Wikipedia leemos que murió en la misma ciudad donde nació, Barcelona. De cualquier modo, parece evidente que sus restos reposan en La Habana.

En los últimos años, hemos visto cierto esfuerzo de algunos historiadores e intelectuales del país por tratar con cierta veracidad algunos hechos de la República —llamándola incluso así, y no “seudorrepública”— y los actos de ciertos hombres de esa etapa que, con virtudes y manchas, jugaron algún papel en los acontecimientos que nos ha traído a todos hasta aquí.

No es que haya que construir un monumento a este cubano catalán, pero, si los trabajos de mantenimiento y reparación que se están efectuando en el Cementerio de Colón responden a la necesidad de conservar nuestro legado histórico y cultural, ¿no merecería ese sepulcro una simple losa con la elemental información sobre quién fue José Agripino Barnet?




Yarini, el chulo adorado del cementerio de Colón

LA HABANA, Cuba.- Mercedes es una devota católica de la iglesia Santa Catalina de Siena, que se ocupa de rezar en la necrópolis de Colón, en La Habana, por un grupo de fieles difuntos, así como de atender los restos de los que, en vida, pertenecieron a su congregación. Ella y su esposo Antonio van varias veces durante el año a colocar flores en los nichos de sus padres.

Dentro de ese extenso camposanto hay dos tumbas separadas tan solo unos escasos metros: la del famoso proxeneta cubano Alberto Yarini y Ponce de León, ubicada en Calle Quinta y Avenida Obispo Fray Jacinto, y la del periodista Víctor Muñoz, cuyo panteón se encuentra en la misma avenida antes mencionada, pero entra las calles 9 y 11.

Comenta el matrimonio de religiosos que se sintieron algo molestos al distinguir que, mientras el panteón de Víctor Muñoz, promotor del Día de las Madres en Cuba, permanece desatendido y sucio año tras año, casi a punto de desarmarse, el de su coterráneo Yarini, el chulo de San Isidro, aunque también deteriorado por el paso del tiempo siempre está alegre, adornado con flores y dedicatorias.

Según expresa Mercedes, “me resultó impresionante ver en diferentes ocasiones el gran número de muchachas bonitas que visitan la tumba de Yarini”. “Nosotros al principio no queríamos creer aquello, hasta que nos acercamos a una joven que dijo haber sido recompensada por Yarini cada vez que le solicitó algo al pie de sus restos.

Continúa explicando Mercedes que la joven, de veintitrés años, arribó a la capital huyendo de la pobreza en su natal Las Tunas. Tras varios años trasnochando con turistas, se dio cuenta que necesitaba algo más que el dinero diario y fue entonces que, siguiendo el consejo de una amiga, decidió venir al sepulcro de Yarini y le trajo una ofrenda floral.

La muchacha le pidió, con mucha fe, que en su camino pudiera encontrar un extranjero que la sacara del país. Su ruego, contó, le funcionó a las mil maravillas, ya que poco después conoció a un italiano del que quedó embarazada, y partió rumbo a Roma.

Alberto Yarini y Víctor Muñoz fueron, los dos, cubanos. Coincidieron en época, pero sus vidas marcharon por caminos diferentes.

Alberto Yarini, nació el 5 de febrero de 1882 en La Habana y murió el 22 de noviembre de 1910.  Fue un famoso proxeneta que, según sus contemporáneos, inspiraba miedo a los hombres guapos de San Isidro.

Por su parte, Muñoz nació también en La Habana el 1ro de enero de 1873, y murió el 25 de julio de 1922. Fue un paladín del periodismo cubano, y defensor de todas las causas justas y nobles. Gracias a su labor perseverante logró que se instaurara el Día de las Madres en Cuba.

Este reportero visitó en diferentes fechas las tumbas de ambos fallecidos y, efectivamente, la de Víctor Muñoz está deteriorada, y sumamente ennegrecida la estatua de una mujer que representa a todas las madres cubanas. En cambio, el panteón de Yarini, a pesar de su estropeo, desbordaba amor y recuerdo por los obsequios femeninos colocados sobre el mármol. Allí, este periodista conversó con tres mujeres que acababan de depositar sus regalos en honor al famoso proxeneta habanero.

A la pregunta de si conocían quién fue el promotor del Día de las Madres en nuestro país, ellas contestaron que no. Tampoco quisieron ser retratadas, pero sí aceptaron decir sus nombres: Brenda, Rosaura y Yanisleisy.

Sobre el fallecido chulo, Brenda subrayó: “Yarini es un ser bendito muy efectivo.  Dicen que fue un hombre de temple, que se paró en tres y dos antes la muerte. Yo estaba cansada de pedirles a los santos y entonces alguien me habló de Yarini y vine aquí, le deposité flores y le pedí, y todo me ha salido a pedir de boca. Hasta una casa me compró un ‘yuma’, que viene a verme dos veces al año”.

Alega Rosaura: “Venimos a esta tumba, no importa si estamos aterrilladas por el sol, y cumplimos con él;  porque cada vez que le pedimos algo, él siempre cumple. ¡Remedio santo! Él concede más milagros que la propia Milagrosa. Si alguna no logra tener crío, entonces él a la vuelta de un tiempito resuelve gustoso el problema. Si queremos que una cosa tome por el camino que nos conviene, sólo él logra hacerlo. Y si estás con la soga al cuello, él la corta”.

Yanisleisy la interrumpe para decir: “Yo estoy muy preocupada por el artículo de Ciro Bianchi que apareció en el Juventud Rebelde del día 12 de junio donde una mujer le escribe una carta expresando su inconformidad por la posible venta de la tumba de Yarini por parte de la viuda de un descendiente. A la cañona quieren destruir la memoria de Yarini, pero no nos quedaremos con las piernas cruzadas. Ya el cuento me lo sé de memoria. Yo nací en un bajareque, entre dos o tres tarecos, y mi italiano lindo me sacó de esta pesadilla. Aquí, donde tú me ves, yo he pasado en Cuba más trabajo que un forro de catre”.

La necrópolis de Colón, monumento nacional por sus valores arquitectónicos, no deja de revelar ciertas paradojas, como la de las tumbas de Víctor Muñoz y Alberto Yarini. El primero, a pesar de su labor benefactora, ha sido condenado al olvido; y el otro, el chulo cubano, recibe el cariño y la mirada de recordación de cientos de sus devotas.

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Los habaneros prefieren quemarse  

Cementerio-Colón – Foto JCA

LA HABANA, Cuba -Hace apenas ocho años comenzó a brindarse al público el servicio de cremación en las funerarias habaneras, y ya el 39 por ciento de los capitalinos optan por ella.

Un promedio de 13 600 personas mueren cada año en La Habana. De ellas un cerca de 8300 son inhumadas en los 21 cementerios de la capital, y las restantes 5300 son cremadas en el único crematorio que por ahora brinda ese servicio en la capital del país

El primer crematorio

Fallecidos sin reclamar por sus familiares o amigos inauguraron el crematorio del Cementerio Nuevo de Guanabacoa, en La Habana, en el mes de enero del año 2006.

Cementerio-Colón-3- Foto JCA
Cementerio-Colón Foto JCA

Con sus cuerpos se calibró y probó el horno del crematorio, el primero en el país que bajo la supervisión de la Dirección Provincial de Servicios Necrológicos comenzó a brindar el servicio de cremación a la capital cubana.

Las cenizas de estas personas no se depositaron en urnas o ánforas, como ahora, sino en cajitas cuadradas de madera. Están guardadas en nichos, en el mismo cementerio donde se ubica el crematorio.

Se daba inicio así en Cuba a una nueva cultura funeraria ausente hasta ese momento, en el que sólo se cremaban los cuerpos de casos excepcionales, como extranjeros, en el viejo horno de Medicina Legal.

“El servicio de cremación era gratis al comienzo y sólo las funerarias de la capital tenían acceso al servicio, pero con el aumento de la demanda el precio varió. Primero se cobraba 70 pesos, y después aumentó a 340 pesos, que es el precio actual”, afirma Ilda Zamora, empleada del Buró de Coordinación del Crematorio de Guanabacoa.

El crematorio cuenta ahora con dos modernos hornos de gas. En ellos secreman 16 cuerpos diarios, en dos turnos de doce horas. Antes contaba con un solo horno, y no tenía nevera, lo que limitaba a seis el número de cremaciones al día.

Según Ilda, los dos hornos del crematorio pueden cubrir la demanda actual, pero ante el aumento de esa práctica funeraria ya se está preparando el segundo crematorio en la capital, en Santiago de la Vegas, en el municipio Boyeros. El mismo contará con un horno.

En la capital existe un otro horno para cremar cuerpos. Se localiza en el Centro de Investigaciones Médico Quirúrgicas (CIMEQ), pero es un crematorio para personas VIP (personalidades, famosos, etc.), como el difunto director del grupo los Van Van, Juan Formel, quien fue cremado allí. Los otros hornos que existen en la capital son para cremar restos solamente, como el del cementerio Colón.

Asegura Ilda que en los primeros cuatros meses de este año se han cremado 1771 cuerpos en La Habana, sin contar las demás provincias de la isla que ya cuentan con este servicio, como Santiago de Cuba yMayabeque.

Los cuentapropistas también se han beneficiado del auge de la cremación. Ellos aportan parte de las urnas o ánforas que el crematorio necesita.

Vender la bóveda

Cementerio nuevo de Guanabacoa Foto JCA

Con la nueva opción de la cremación, algunos propietarios de bóvedas en el cementerio han optado por venderlas.

En el sitio digital más popular de compra y venta en la isla, Revolico, pueden verse los anuncios de ventas de dichos espacios, destinados a guardar los restos de familias enteras.

Para otros, como Ivón Soto, una capitalina de 42 años se trata de romper con la tradición del cementerio. Visitarlo los deprime, de la misma manera que el prolongado velorio en la funeraria. La cremación acorta el velatorio y le da la opción a las familias de no pisar nunca un camposanto, si esa es su voluntad.

Aferrados a la tradición

A pesar del aumento en las cifras de personas cremadas, todavía más del 60 por ciento recurre al tradicional método de la inhumación.

Crematorio-de-Guanabacoa – Foto JCA

La generación que nos dice adiós enterró a los suyos en el camposanto, y acudía con regularidad a ponerle flores en su aniversario.

“Los hermanos que quedamos nos reunimos en el cementerio todos los años. Ponemos flores, limpiamos la bóveda y recordamos. Dejar de venir al cementerio es como olvidarlos”, afirma Juana López, una anciana de 73 años.

Aunque a los santeros y cristianos, grupos religiosos mayoritarios en Cuba, no se les prohíbe la cremación, la mayoría de ellos opta por la inhumación.

La historia cuenta que antes del arribo de los españoles a la Isla, separar a los muertos de los vivos se resolvía mediante la disección de los cadáveres hasta dejarlos como momias.

Los taínos preferían enterrar a sus muertos, pero también practicaban la cremación. Los españoles construyeron iglesias, donde enterraban a sus muertos y también a los indios convertidos al catolicismo.

La Parroquial Mayor, primer templo edificado en La Habana por los españoles, fue la primera iglesia donde se dio sepultura a los fallecidos. El Obispo Juan José Díaz de Espada y Fernández de Landa construyó el primer camposanto, situado junto al Hospital de San Lázaro.

El Cementerio de Espada, como se conoce, fue durante cerca de 27 años el único existente en La Habana.




Revive el Cementerio de Colón

LA HABANA, Cuba, septiembre, 173.203.82.38 -La Oficina del Historiador de La Habana quiere salvar una de las joyas más preciosas del patrimonio cultural de la Isla, el cementerio de Colón. Desde hace unos ocho años se mantienen las obras de restauración, que comenzaron en la iglesia. Actualmente, la Oficina está concentrada en la Zona de Monumentos de Primera Categoría, que es la faja de ocho manzanas adyacentes a la Avenida Cristóbal Colón, la cual se extiende desde la Puerta Norte hasta la Capilla Central. Esta es la zona de mayor distinción honorífica del cementerio, donde se erigen monumentos de gran valor artístico y arquitectónico, como el Monumento de los Bomberos (terminado en 1897), y se hallan los restos de los héroes Máximo Gómez, Calixto García, el poeta modernista Julián del Casal, y los presidentes de la República José Miguel Gómez, Alfredo Zayas, y Carlos Manuel de Céspedes (hijo).

El cementerio de Colón, construido entre 1871 y 1886, necesita de muchos recursos para su rescate y conservación. Su deterioro ha sido manifiesto: al igual que las viviendas de la ciudad, algunos techos de capillas han colapsado, y en general, muchas tumbas han sufrido daños severos, a causa del abandono de sus antiguos propietarios, la erosión climática, y el poco caudal que tienen sus propietarios actuales para financiar una restauración. Es por eso que la Oficina del Historiador ha destinado una parte de su presupuesto y de sus especialistas para el arreglo de sus monumentos más valiosos, que incluye hasta la sustitución de placas de mármol.

Lamentablemente, la administración del centro no goza de autonomía para su gestión empresarial. La Necrópolis depende de la empresa de Servicios Necrológicos, ésta se subordina a la de Servicios Comunales, y Comunales se rige por el Poder Popular Provincial. Esta jerarquía impide que el centro tenga una cuenta bancaria independiente, de la cual pueda extraer el dinero que necesita para sus labores de mantenimiento y restauración. Además, esta cadena invalida la posibilidad de que pueda recibir donaciones del extranjero, pues todos los fondos van a parar a una cuenta única. Las asignaciones monetarias no alcanzan ni siquiera para cubrir los gastos de la administración, y parecen una limosna. En las oficinas hay muebles viejos, computadoras rotas, y la información que se guarda en la computadora que está funcionando, corre el riesgo de perderse. Y ni soñar con Internet. Más grave aún es la situación del Archivo, que debe trabajar todos los días del año, y conserva –a la buena de Dios– los documentos originales del cementerio. Si los volúmenes más antiguos de los Libros de Enterramientos, y de los Libros de Protocolo (donde se asientan los contratos de propiedad), caducaran, desparecería con ellos una parte de la memoria histórica de la nación. Afortunadamente, algunos han sido digitalizados, pero la mayoría –de los más de 720 libros–, debe esperar un milagro.

La Oficina del Historiador de la ciudad abrió allí el año pasado unas aulas con el fin de preparar a los especialistas que se ocuparán de restaurar el patrimonio de esta ciudad fúnebre. La carrera especializa en el trabajo de la piedra. El segundo curso inicia en septiembre. Debe recordarse que una de las carreras que se instauraron en la Universidad de San Gerónimo de La Habana, inaugurada en el año 2006, es la de Preservación y Gestión del Patrimonio Histórico-Cultural.

Otra de las medidas que se han tomado para revertir la decadencia del sitio, es la contratación de los vigilantes de SEPSA, que operan allí desde hace unos tres años, y han ayudado a frenar el saqueo de obras funerarias que laceraba a la necrópolis. Gracias también a las búsquedas del Departamento Técnico de Investigaciones (DTI) de la policía, con la asesoría de los especialistas del centro, se han logrado recuperar en los últimos dos años más de 83 piezas que habían sido robadas del camposanto. Algunas fueron encontradas en un restaurante de Varadero, un hotel de La Habana, o un almacén de bienes incautados. Pocas han sido devueltas a su espacio original, sólo cuando sus herederos han logrado demostrar que esa pieza pertenecía al sepulcro de su familia. La mayoría de las piezas, por falta de imágenes históricas o documentos probatorios, han terminado en la Sala de Arte Funerario, creada en el 2003 como una especie de museo local, y en los jardines que rodean al nuevo crematorio.

El nuevo crematorio funciona desde hace unos tres años, y por ahora, sólo incinera los restos de los cuerpos que han sido exhumados. Suele quemar entre 10 y 20 diarios. La combustión de los cadáveres debe hacerse en la necrópolis de Guanabacoa. Aunque no tiene un origen cristiano, es una costumbre que va ganando popularidad entre los nativos, y es una solución ecológica que aminora el ritmo de hacinamiento del terreno. Por ejemplo, la Galería de Tobías –una cripta de 95 metros, que fue la primera gran obra funeraria construida en el cementerio, y donde el primer cuerpo inhumado, en 1872, estando aún inconclusa, fuera el del joven arquitecto español Calixto Aureliano de Loira y Cardoso, quien con su proyecto “Pallida Mors…” ganara el concurso de diseño del nuevo cementerio, y fuera nombrado director facultativo de su construcción– tiene hileras de urnas a lo largo de su túnel, y se apilan hasta los escalones de su puerta oriental.

El cementerio está lleno de historias curiosas, tristes, admirables, y aun fantásticas. Voy a contar una, de estos tiempos. Marta, una bella cristiana de ochenta años, viuda, va a trabajar todos los días, y se queda, con su pierna de úlcera extendida, hasta las cinco de la tarde. Vive sola, aunque tiene un familiar que la visita a menudo, y la ayuda un poco. Trabaja siempre, cuidando la Sala de Arte Funerario; no recibe almuerzo. Gana algo más de 300 pesos cubanos al mes (unos 15 dólares).

El cementerio fue declarado Monumento Nacional en febrero del 1987. Y poco después vino el Período Especial. Por eso, no quiero dibujar visiones penosas –pero debe haber un mínimo de responsabilidad. Algunas capillas parecen haber sido arrasadas en su interior, otras funcionan como closet y recinto privado de los sepultureros, o como un cuarto de herramientas, materiales, e incluso un mini-taller de los obreros; hay árboles creciendo entre las lápidas, y sobre las cúpulas; el panteón de la Viuda Gurruchaga, en la plaza noroeste, ha sido convertido en un depósito de tanques de basura –aunque parecen vacíos–, y lo profundo de las fosas (cuando llega a verse) es la imagen más lograda para describir el caos. Prefiero contar la esmerada poda de los jardines principales, el esplendor de los mármoles y bronces recién lustrados, y la belleza inefable de sus estatuas, que dan deseos de besarlas, o de postrarse de amor a sus pies. Prefiero alabar a quienes luchan por restituir el encanto de sus monumentos, a quienes mitigan el dolor y elevan la esperanza de las familias dolientes, con una misa, y a todos los que hacen que, aun en medio de la muerte, sigamos recordando el gusto por la belleza de la vida.

Probablemente, éste sea uno de los rarísimos lugares en Cuba donde un nacional tiene más derechos que un extranjero, y vale más, porque no tiene que pagar su entrada. Los entierros son gratis, y solamente debe abonarse por la custodia y el espacio que ocupan los osarios.

Los cubanos debemos sentirnos orgullosos del Cementerio de Colón, pero hay mucho que hacer todavía. En el campo, no sólo yacen restos humanos, debajo de hermosas estatuas, sino que yace el testimonio de ricas y variadas sociedades civiles, que existieron a lo largo de más de un siglo. Hay clubes, logias, sindicatos, asociaciones, gremios, uniones, sociedades de beneficencia, colonias, federaciones, colegios, órdenes religiosas, y comunidades, que fueron algún día el centro de una identidad. Hay mucha historia que exhumar todavía. ¿Quién, que no sea un historiador, o un culto sacerdote, podría saber los méritos del Obispo Fray Jacinto, el cual da su nombre a la avenida que cruza el cementerio de este a oeste, o sabe de Catalina Lasa, Jeannete Ryder, Manuel Arteaga y Betancourt, y la familia Gómez Mena? Muchos quedan en el olvido, y ya no hay dinero para eternizar bellas historias de amor, fidelidad, heroísmo, o devoción.

Ojalá llegue pronto la democracia –o la hagamos venir–, y podamos rendirle tributo a los muertos, rescatando la herencia de sus obras. Primero, debemos recuperar la dignidad de los vivos, y creer que tenemos la honra suficiente, para merecer algo mejor.

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Los profanadores de Colón

LA HABANA, Cuba, julio, 173.203.82.38 -A la tumba de José A. Barnet Vinajeras (un ex presidente de la República de Cuba, quien ocupó el cargo desde el 11 de diciembre de 1935, hasta el 20 de mayo de 1936), le quitaron su lápida original y, en su lugar, colocaron una plancha de granito rústico y sin ningún tipo de inscripción. No se sabe quién está enterrado allí.

La misma fechoría se ha expandido a otros panteones. Centenares de nichos ya no tienen identificación, se ignora de quiénes son los restos que ¿descansan? en esos sepulcros. La memoria histórica del Cementerio de Colón se está perdiendo.

En la zona Este, donde se localizan las tumbas más antiguas, manos inescrupulosas han causado daños irreparables. Por ejemplo, en las sepulturas de quienes en vida poseyeron títulos de nobleza, se percibe que fueron robados emblemas heráldicos, bustos y frisos. Fuentes anónimas informan que blasones o epitafios interesantes, grabados en mármoles de Carrara, forman parte de los muestrarios de algunos coleccionistas de antigüedades.

Es cierto que una buena porción de la marmolería ya estaba arqueada y con innumerables grietas, como consecuencia del envejecimiento y la desatención de los propietarios, quienes en su mayoría se extinguieron o partieron al exilio. Pero las profanaciones han ocasionado el mayor daño, como en los casos de los sepulcros del ex presidente José A. Barnet y el alcalde habanero Manuel Fernández Supervielle, cuyas lápidas fueron fracturadas mediante actos vandálicos.

Alejandro García, cuentapropista, con 54 años de edad, comenta que hace 15 años retiró las obras de arte y objetos de valor del mausoleo que guarda los restos de su familia, por recomendación y autorizo del fallecido Jaime, entonces administrador del cementerio. “Antes  que lo roben” -alegó- prefiero guardarlos en mi casa”

Los restauradores de la oficina del Historiador de la Ciudad laboran bajo el sol, encaramados sobre andamios y desbastando manualmente con papel de lija las superficies de las imágenes funerarias. Limpian, cuidan los jardines, realizan trabajos de albañilería, y sustituyen con mármoles de producción nacional las piezas deterioradas.

Sin embargo, el grueso de los trabajos es acometido en la avenida Cristóbal Colón, principal arteria de la necrópolis y trecho donde se concentra el mayor número de turistas que vienen a admirar y a fotografiar las decoraciones y tumbas de personalidades ilustres enterradas en la zona.

Afortunadamente, algunas tumbas permanecen intactas. Por ejemplo, la lápida de Josefa María Tarafa, quien fuera una víctima del azote del cólera en La Habana , en1833 (enfermedad erradicada en nuestro país hace 130 años y traída ahora de nuevo por la indolencia de nuestras autoridades de la salud), se salvó de ser sustituida por otra de granito. También las losas del Conde de Casa Bayona y el Marqués de Casa Calderón salieron ilesas, gracias a que su panteón resulta poco llamativo para el rango que ostentaban.

Pero Celestino González, jubilado, de 68 años, no quiere saber nada del cementerio. Su panteón familiar fue saqueado. Incluso sustrajeron el cráneo y varios huesos del nicho que guardada la osamenta de su madre. Él supone que el móvil del robo fue la hechicería. “Antiguamente, en Cuba, siempre respetamos a los muertos –afirma-, pero estas profanaciones evidencian que ya hemos degenerado hacia una nación bárbara e incivilizada”.