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“A mí también me pasó una aplanadora por arriba”

El general Arnaldo Ochoa comparece ante un tribunal (Televisión cubana)

LA HABANA.- Como soy una anciana que lleva algunos años viviendo sola, tengo como norma no aceptar desconocidos en mi casa.

Hace unos días, un hombre joven me pidió que lo atendiera y me extendió una hoja de papel, doblada varias veces. Se trataba de una vieja crónica mía, publicada en CubaNet el 19 de diciembre de 2017, titulada “El hombre que fusilaron en 1989”.

Lo miré sin comprender y su rostro me resultó agradable. De ojos y cabellos claros, vestía de forma muy humilde y era de alta estatura. Hablaba en voz baja, como preocupado por si alguien nos escuchaba, y hasta me dio por pensar que ese hombre, o no sabía sonreír, o se había olvidado de hacerlo.

“Desde entonces me di a la tarea de llegar a su casa para conocerla. Casi somos vecinos”, me dijo.

La conversación se extendió más de lo previsto. Aunque no pueda decir su nombre, ni el de su padre, un militar que sufrió un infarto el mismo día que se anunciara en la prensa que Ochoa y sus compañeros habían sido fusilados antes del amanecer del 13 de julio de 1989, sí me dio permiso para escribir sobre su visita.

—¿Por agradecimiento? —le pregunté.

—Es primera vez que leo algo sobre aquella historia, escrita por alguien que vive en Cuba y tan cerca de mí. ¿No tiene miedo?

—No, lo perdí hace tiempo, cuando me pasó por encima una de esas aplanadoras de hacer calles. Además, a mi edad, como vemos la muerte ya tan cerca, nada nos asusta.

Y me contó su historia, de cuando tenía diez años y en su hogar todo se trastocó. Ni siquiera llegaban visitas y él tenía que cuidarse de con quienes jugaba o hablaba en la escuela.

Su historia es dramática y además muy poco conocida. Pero teniendo en cuenta que el General de División Arnaldo Ochoa fue un hombre muy querido, respetado y admirado entre los militares, aquellos que sufrieron su final tuvieron que haber afrontado grandes traumas en el seno familiar. No creo que la admiración y el respeto que se sienten durante años por alguien se borren así como así, mucho menos ante un escenario preparado bruscamente por una necesidad política imperiosa, donde se usó la astucia y la inteligencia maquiavélica.

—¿Tu padre enfermó de sufrimiento cuando supo la noticia del fusilamiento de Ochoa?

—Sí —respondió él—, yo lo vi llorando como un niño, desconsoladamente, como mismo lloró Raúl.

—Pero él murió del sufrimiento.

—Murió de eso. Yo estaba a su lado y me abrazaba y yo no entendía lo que me quería decir.

—¿Crees que todavía hoy, al cabo de tantos años, aquel amor y aquel respeto por ese hombre estén olvidados dentro del viejo mundo militar cubano?

—No, claro que no. Si mi padre viviera, estoy seguro de que sentiría lo mismo de ayer. Mire, esta crónica suya yo la guardo entre las cosas que me regalaba de niño, donde guardo además las fotos que él y Ochoa se hicieron en el extranjero, siendo aún jóvenes.

—¿No tienes miedo?

No, me respondió y hasta de momento pensé que iba a sonreír, cuando me repitió lo mismo que yo le había dicho:

—A mí también me pasó una aplanadora por arriba.




El libro más oculto del castrismo

El general Arnaldo Ochoa, visto en la televisión cubana, comparece ante un tribunal (Archivo)

LA HABANA.- En la Cuba de Fidel y Raúl Castro hay muchos libros ocultos que carecen de una nueva edición. La lista es tan larga como su dictadura. También los hay que han sido convertidos en pulpa de papel, no importa la materia que traten.

Pero el más oculto de todos, ese que —por supuesto— guardan bajo cuatro llaves, es este que tengo frente a mí: Vindicación de Cuba, publicado en 1989 por Editora Política y distribuido por las Fuerzas Armadas Revolucionarias. En él puede leerse la trayectoria de los juicios celebrados en 1989 contra el General de División Arnaldo Ochoa y sus hombres, acusados de narcotráfico y lavado de dinero y fusilados días después.

Vindicación de Cuba, título tomado de un artículo de José Martí que respondía a otro donde se dice que los cubanos no eran capaces de regir su destino, es un libro raro, hecho con el peor papel de imprenta y un cartón de pésima calidad como portada y contraportada, y elaborado a la carrera —es evidente—, como si se temiera a algo imprevisto

Se trata de un volumen raro: ninguna persona aparece como autor, ni siquiera de la presentación o prólogo; con un sinnúmero de notas de la prensa nacional, intercaladas sin orden cronológico alguno.

Sólo al final, donde se exponen las sentencias de muerte para los acusados, se aclara que serán ejecutadas por los 29 integrantes del Consejo de Estado y de sus jefes superiores Fidel y Raúl Castro.

Podría decirse que Vindicación de Cuba es un libro terrible, de esos que, a partir de la lectura de sus primeras páginas, donde ya se ven las malas intenciones, dan deseos de guardarlo para siempre o hacerse miles de preguntas.

¿Por qué tanta divulgación de este hecho, inédito en la historia de Cuba? ¿Por qué las contradicciones ya en sus primeras páginas, donde se dice que los acusados han colaborado poco y a regañadientes con el esclarecimiento de los hechos ocurridos y en el siguiente párrafo se señalan sus “claras confesiones”?

Además, ¿cómo es posible que estos altos dirigentes del Ministerio del Interior estuvieran involucrados con el narcotráfico desde mediados de 1986 y que ni Fidel ni Raúl supieran nada, según editorial del periódico Granma de junio 16 de 1989, páginas 10 y 11 del libro?

Portada del libro (Foto: Tania Díaz Castro)

Y algo más: ¿A qué Código de Honor hace referencia el libro, implantado por Fidel y Raúl para expiar fallos y dar una muestra postrera de valor, cuando a Ochoa y sus hombres, maestros de la espada y de la guerra, no murieron de forma voluntaria sino obligados por los verdaderos responsables de lo que ocurría ante los ojos de todos?

Si hubo un pacto de sangre entre el castrismo y aquellos, los más leales y temerarios, obligados al suicidio antes del amanecer aquel 13 de julio de 1989 aunque se merecieran morir de cara al sol, el libro claramente lo dice.

Por eso ha continuado oculto, sin una segunda edición. Mucho menos expuesto en los estantes de una biblioteca para aquellos cubanos que quieren descubrir la verdad y sean capaces de regir sus propios destinos.

Una pregunta final se impone ante la presencia de este viejo y deteriorado libro: ¿Realmente Fidel y Raúl creyeron que la Revolución salió más fortalecida con la muerte de aquellos hombres?




El hombre que fusilaron en 1989

(Televisión cubana)

LA HABANA, Cuba.- El hombre que fusilaron en 1989 no era un hombre cualquiera; era un hombre impresionante, con un metro y más de ochenta centímetros de altura, voz de mando y una sonrisa cautivadora y campechana. Nacido en 1930, se llamó Arnaldo Ochoa Sánchez y había tenido bajo su mando a más de 300 mil soldados, en diferentes misiones internacionalistas.

Dicen que cuando lo iban a asesinar —digo, a fusilar—, claro que se irguió como todo un valiente y no cerró los ojos.

En nada se pareció a aquellos tres jóvenes que en 2003, fusilados porque intentaron escapar de Cuba, sin tener manchadas las manos de sangre, lloraron desesperadamente para que Raúl Castro no los matara sólo “para dar un escarmiento”.

El general de división Ochoa, proveniente de una humilde familia campesina, casi un niño y con apenas un sexto grado, participó en las montañas orientales de la guerra de guerrillas contra el ejército de Batista.

Aun así, hoy apenas se le menciona, ni siquiera para mal, en la radio y la televisión cubanas. Mucho menos en la prensa escrita. Parece como si Ochoa nunca hubiera existido, como si aquella nebulosa y sórdida historia de altos jefes militares rebeldes que llegara al despacho de Raúl Castro hubiera sido invención del destino; como si Ochoa no hubiera sido general de división y jefe de un contingente cubano de 50 mil hombres en Angola, organizara las fuerzas armadas de Granada, entrenara los ejércitos de Yemen del Sur, Siria, Vietnam, Libia, Afganistán, Irak, Laos y Nicaragua, mientras Fidel Castro pasaba horas sobre los mapas que colgaban de las paredes de su despacho, donde utilizaba alfileres para dirigir las batallas que se le ocurrían y que libraba Ochoa.

Ni siquiera en las cronologías actuales del régimen aparece que en 1984 Ochoa recibió las órdenes de Héroe de la República de Cuba y la Orden Máximo Gómez, Primer Grado.

Lo último que el periódico Granma publicó fue “que la vida del compañero Ochoa Sánchez es un ejemplo de las cualidades y los méritos de esos hombres del más humilde origen que cultivan los rasgos auténticos de la modestia y la sinceridad y gozan de la admiración y el respeto de las masas2.

A los pocos días, Ochoa se convertía en una amenaza, en un “caso difícil” para la dictadura cubana y a mediados de junio de 1989 fue arrestado. También el mundo de los grandes del MININT transitaba por una cuerda floja. En una reunión de catorce horas a puertas cerradas, compuesta por generales, Fidel Castro había encontrado la solución para la detención y acusaciones contra Ochoa: inmoralidad y corrupción.

Las contradicciones de esta historia el pueblo las conoció y no las olvida, expuestas durante la presentación televisiva del juicio contra Ochoa. Aparecen incluso en el libro Vindicación de Cuba, que jamás se ha vuelto a publicar.

La historia comienza en mayo de 1989, cuando Raúl Castro buscaba la manera de anular el ascenso de Ochoa como jefe del Ejército Occidental. ¿Qué ocurriría —seguramente pensó Raúl— si a este general carismático y muy querido  entre los militares le daba por decir que Cuba no podía seguir aislada a los cambios del mundo, que tenía que abrirse a una economía de mercado,  buscar mejores fuentes de divisas?

Dijo un periodista que investigó todo que Raúl montó en cólera, que llamó a Ochoa “prima donna” y “un hijo malcriado de la Revolución”.

El hijo malcriado de la Revolución, hombre que había cumplido durante décadas con las aventureras guerras de Fidel Castro, fue fusilado bien rápido, el 13 de julio de 1989, apenas treinta días después de ser detenido.

Resulta verdaderamente imposible comprender este proceso, carente de legalidad, coherencia, diafanidad y respeto a los derechos humanos.

Toda la verdad de aquellos treinta días que estremecieron a Fidel y a Raúl y que casi los condenan para siempre —porque la CIA conocía toda la historia de antemano—, saldrá a gritos bajo el cielo de Cuba, más pronto que tarde.




El general Ochoa en su laberinto

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LAS TUNAS, Cuba.- La muerte del general Arnaldo Ochoa Sánchez y de sus compañeros de infortunio frente al pelotón de fusilamiento cumple este jueves 28 años, todavía en un laberinto de misterios.

“En horas del amanecer del jueves 13 de julio se aplicó la sentencia a pena de muerte dictada por el Tribunal Militar Especial en la Causa No. 1 de 1989, contra los sancionados Arnaldo Ochoa Sánchez, Jorge Martínez Valdés, Antonio de la Guardia Font y Amado Padrón Trujillo”, publicó la revista Bohemia en una nota de una pulgada.

Informado de su detención por Raúl Castro el lunes 12 de junio de 1989, Ochoa Sánchez y los coacusados fueron sometidos a un proceso sumarísimo que transcurrió en apenas 30 días; según el mismo Fidel Castro, fue el silencio de Ochoa quien lo condujo a la muerte.

Al respecto, el difunto Comandante dijo: “Imagínese que Ochoa le hubiera contado todo a Raúl: lo que hizo, las actividades, el dinero, la cuenta allá (en Panamá), lo que estaba haciendo Tony de la Guardia y su grupo (…) Ochoa no podía seguir en las fuerzas armadas, pero podía haberse discutido incluso, después de prestar ese servicio, si se le llevaba o no a los tribunales. ¡Fíjense, podía haberse discutido hasta eso!”

Al ratificar la pena de muerte en el Consejo de Estado, Fidel Castro añadió: “Ochoa pudo salvarse en la primera conversación que tuvo con Raúl, si es franco, si se sincera, si asume su responsabilidad, si dice la verdad”.

¿Entonces cuál era la gravedad del presunto delito cometido por el general Arnaldo Ochoa Sánchez, que su sola confesión implicaba eximirlo de la responsabilidad penal estando condenado a muerte?

Durante el juicio, el fiscal Juan Escalona aseguró: “Los angolanos nos están reclamando cinco millones de dólares que pagaron ellos a estos ilustres comerciantes”.

En Visiones de libertad (Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2015), obra en nada anticastrista, Piero Gleijeses se pregunta: “Pero si Ochoa hizo esto, ¿no podrían haber hecho lo mismo otros jefes militares de la Misión Cubana (en África), quizás a mayor escala?”

El historiador Piero Gleijeses afirma en la obra citada: “Yo he examinado miles de páginas de documentos cubanos sobre la presencia militar cubana en Angola, pero sería ingenuo esperar que encontrara evidencias de corrupción, aun cuando hayan ocurrido. Después de todo, no encontré indicios de la corrupción de Ochoa”.

Durante el proceso, y refiriéndose a los testigos “que creo no están en esta sala”, Ochoa dijo: “Muchos trataron de quitarse responsabilidades, a mi juicio no hablaron claro, algunos hicieron exageraciones y otros dijeron mentiras”.

¿Imaginó Ochoa que terminaría fusilado? Publicitado el juicio por la prensa escrita y televisada, respecto a lo publicado por la prensa extranjera, a instancias del fiscal Juan Escalona, el exgeneral Ochoa dijo: “Se dicen tantas cosas que uno se da cuenta hasta dónde es capaz de llegar el cinismo de estos señores, porque han montado alrededor de esto una campaña propagandística”.

Al igual que Ochoa, ¿pensaron los hermanos de la Guardia que uno de ellos moriría ante el pelotón de fusilamiento? Inducido por su abogado respecto a que “hoy sale en la prensa una cuestión con relación al proceso”, el exgeneral Patricio de la Guardia dijo: “En estos días yo he leído unos cables de la prensa extranjera, en que unos señores de una comisión de derechos humanos ha mencionado el nombre mío y el de mi hermano (…) plantean que hemos estado expuestos a grandes presiones, que nuestra familia ha estado expuesta a presión policiaca y no sé cuántas mentiras y barbaridades más”.

En abril de 2001, Ileana, hija del fusilado Antonio de la Guardia y sobrina del exgeneral Patricio, entrevistada por Elizabeth Burgos, dijo: “Una semana antes de que los detuvieran, me vi afectada de una depresión que me hacía llorar sin cesar (…) yo creo que era debido a que nosotros teníamos vigilancia, la casa de mis abuelos tenía vigilancia: había un movimiento tan fuerte alrededor nuestro que me hacía suponer que algo grande estaban preparando”.

En el transcurso del juicio, el fiscal Juan Escalona, dirigiéndose a Tony, lo advierte: “De la Guardia, usted tiene un compromiso de decir…”

¿Compromiso de decir qué, y con quién estaba comprometido el coronel Tony de la Guardia, al punto de recibir el recordatorio del fiscal Juan Escalona sin mencionar nombres?

Una respuesta a esa interrogante tiene Elizabeth Burgos cuando preguntó a Ileana de la Guardia: “¿Cómo te enteraste de la entrevista de Tony con Fidel Castro?”, y la hija del coronel fusilado respondió: “Me enteré porque me lo dijo mi papá (…) tuvimos una entrevista con él en Villa Marista (sede de la Seguridad del Estado) que no es la entrevista final (…) no entendíamos que se autocensurara cuando todos sabíamos que obedecía órdenes, entonces él hace el gesto llevándose la mano a la barbilla, que en Cuba significa Fidel, y rápidamente susurró: ‘No, él me dijo que lo hiciera así, que no pasará nada’. Cuando él me dice eso se le ve más tranquilo en relación a la primera vez que lo vi”.

Aunque se retractó luego de ser desmentido por su otrora jefe Antonio de la Guardia, el acusado Eduardo Díaz Izquierdo dijo: “Por los recursos, por los medios y por todas las posibilidades que se facilitaron para realizar esta actividad (de tráfico de drogas) en algunos momentos pensé que estaba autorizado”.

“Actos hostiles contra un Estado extranjero” fue el delito principal imputado a los acusados de la Causa No. 1; implica a quienes “sin autorización del Gobierno efectúe alistamientos u otros actos hostiles a un Estado extranjero que den motivo al peligro de una guerra o a medidas de represalias contra Cuba, o expongan a los cubanos a vejaciones o represalias en su persona o sus bienes o a la alteración de las relaciones amistosas de Cuba con otro Estado”.

Según el fiscal, el delito era de “dolo (engaño) eventual” en tanto el propósito “no era específicamente hostilizar a otro Estado”, pero los acusados sí ponían en peligro “la seguridad, el prestigio y la dignidad” de Cuba propiciando el tráfico de drogas hacia Estados Unidos.

Las represalias de Estados Unidos contra el gobierno de Cuba, inicialmente surgen de las expropiaciones a ciudadanos estadounidenses, y más tarde, por establecerse en Cuba una base de cohetes nucleares rusos apuntando hacia Estados Unidos, ¿no?




En Cuba no mandan los militares (II)

Fidel Castro (dererecha) junto a su hermano Raúl, en la década de los ochenta (Getty)

MIAMI, Estados Unidos.- En 1968, ya muertos Camilo y el Che Guevara ―protagonistas de la invasión que acarreara la derrota definitiva del gobierno de Batista―, se cerró el último negocito privado en la isla y quedó el terreno abonado para que en un futuro no lejano el “mariscal” Raúl Castro sovietizara las Fuerzas Armadas y, con ellas, a toda Cuba. Sin embargo, tras décadas de regocijo soviético ―y ya sin la competencia de Camilo y el Che― el autoascendido general de cuatro estrellas se vio de nuevo relegado a la sombra. El campo socialista se vino abajo y el subsidio soviético tocó su fin.

Las FAR se convirtieron en algo incosteable para la deprimida economía cubana. Y mientras Raúl ideaba estupideces agroalimentarias y enviaba reclutas a trabajar en el campo, el Ministerio del Interior, su ministro José Abrantes Fernández y el Departamento MC se convirtieron en los salvadores de la Revolución. Por aquellos años, un oficial en activo de las Tropas Especiales del MININT me dijo que el único que tenía autorización para entrar en Punto Cero y despertar a Fidel a la hora que fuera era el ministro Abrantes. “Ni siquiera Raúl”, me aclaró. Y ya que hablo de eso, un coronel (retirado) de la Inteligencia me contó al detalle en Cuba cómo y quién había ultimado a balazos (mientras dormía en Columbia) al Comandante Cristino Naranjo por estar éste convencido del asesinato de Camilo, haberlo manifestado en público y andar averiguando sobre el particular. Lo curioso es que yo no conocía al coronel. Él me vio en plena calle diciendo en voz alta que a Camilo lo habían asesinado y cuando se disipó un pequeño grupo de curiosos se me acercó, se identificó y me narró el suceso cerrando con broche de oro: “Si dices que yo te lo conté te voy a desmentir”. Ya en el exilio pude verificar íntegramente y con una fuente fidedigna su relato.

El Ministerio del Interior se había convertido en una moda entre los revolucionarios, sobre todo los jóvenes. Y el pertenecer al MININT, en un estilo de vida: dólares, buena bebida, comida, lugares de recreación y esparcimiento exclusivo para sus miembros (Mabi, La Hiedra, etc.), carros, armas (¡made in USA!) Toda La Habana sabía, o tal vez Cuba entera, que un teniente del MININT tenía más poder y recursos que un coronel de las FAR.

Fue entonces cuando el receloso, mediocre y disminuido hermano atacó de nuevo. Se inventó la Causa 1 para inculpar al más brillante, exitoso y probado general de las Fuerzas Armadas: el Héroe de la República de Cuba, General de división Arnaldo Ochoa Sánchez, jefe del Ejército Occidental (el más importante de los tres de las FAR) cuyos soldados, según se comentaba en La Habana, sentían verdadera devoción por su jefe.

Hasta ahora la versión más plausible sobre las causas del asesinato de Ochoa es su simpatía manifiesta por la Perestroika soviética, el reconocimiento explícito de la necesidad de cambios en Cuba y, no menos importante, el hecho que Mijaíl Gorbachov se hubiera reunido en privado con él (no con Fidel ni Raúl) y hubieran mantenido la conversación en idioma ruso, es decir, sin intermediarios. Para los Castro esto fue un verdadero ultraje y la confirmación de la razón de su paranoia.

En cuanto a la gente del MININT implicada en las Causas 1 y 2, hay que decir que Abrantes, hombre joven, sano, practicante de deportes y asiduo al gimnasio fallece ―según una práctica inventada por Lenin― producto de un infarto provocado justo a los dos años de encierro en prisión.

Creo recordar que fue por aquellos convulsos años que tuvo lugar el inaudito suceso de la muerte de otro de los ídolos de las anteriormente mencionadas Tropas Especiales del MININT. Esta unidad, la 20270 (Veinte-dos-Setenta, así lo leían los troperos), radicaba en Jaimanitas y estaba subordinada directamente al Comandante en jefe Fidel Castro. Uno de sus más legendarios miembros, un hombre-rana llamado Eladio, era el jefe de la escolta acuática de Fidel. Entre las anécdotas que rodeaban a este personaje estaba el haber enfrentado con un cuchillo a un tiburón que intentó atacar al jefe de la Revolución. Tras ordenarle a su segundo, Calimerio, que retirara del agua al Comandante, Eladio mató al tiburón, pero salió a flote con un brazo pendiendo de los tendones. Cuento esto por una sola razón: Eladio terminó sus días ingresado en Marín (la clínica psiquiátrica del MININT). Ellos (¿quiénes?) corrieron el rumor que el mítico buzo andaba diciendo que mataría al Comandante y lo encerraron por loco. Un guardia cuidaba de él las 24 horas en un cuarto de la clínica. Tras unos días de encierro Eladio se suicidó. La explicación que le dieron a los troperos fue que su valiente compañero se metió en el baño y se ahorcó con los cordones de los zapatos (tenis). Y uno se pregunta: a qué loco o prisionero se le dejan los cordones en los zapatos? Lo cierto es que de la Dirección General de Operaciones Especiales (DGOE), o, como se conocía más popularmente, Tropas, no queda ni el recuerdo, y en su lugar surgieron las Tropas Especiales de las FAR.

Raúl no solo desmanteló el MININT, sino que se apropió de su estilo de trabajo y de las estructuras y canales creados, cuyos orígenes estaban en el Departamento MC que dirigía el coronel Tony de La Guardia. Por la vía del saqueo del MININT Raúl hizo de las vetustas, sovietizadas e ineficientes FAR el emporio económico que es hoy. Si en el caso Ochoa el motivo era la traición, en el caso de la gente del MININT la acusación fundamental fue el narcotráfico. Sin embargo, Raúl y Fidel estaban al tanto de los detalles del asunto y se hicieron de la vista gorda por lo jugoso del negocio. Desde esta perspectiva se entiende por qué solo Abrantes podía interrumpir el sueño de Fidel en Punto Cero.

No poca gente dentro del MININT (particularmente, dentro de la Dirección General de Seguridad Personal) sabía que en el Centro de Investigación Médico Quirúrgicas (CIMEQ) se almacenaban toneladas de cocaína provenientes del narcotráfico. De ellas nunca se habló en los juicios a estos militares que habían ganado, para la Revolución que los sacrificó, las batallas decisivas en lo económico y en lo propiamente militar. Mientras los condenaban a prisión y muerte, Fidel y Raúl hacían planes con toda aquella cocaína cuidadosamente conservada.

Y qué decir de esos soldados y oficiales (¿cientos, miles?) que hoy languidecen en cárceles militares aislados de resto del mundo y, en algunos casos, de su propia familia? A veces pienso que en el ejército cubano tiene que haber algún potencial de cambio. Hay una relación de proporcionalidad inversa entre la inteligencia y el castrismo: los más brutos son los más fieles, porque son también los más adoctrinables. Esto es axiomático, aunque toda regla tiene su excepción.

Así es que, a modo de saldo y sin pretender agotar todas las barbaridades cometidas por los hermanos Castro, tenemos:

  • Muerte y desaparición de los más destacados guerrilleros del Ejército Rebelde.
  • Extinción, de un plumazo, de todo un ejército (el Ejército Rebelde) y anulación de su jefe, el comandante Camilo Cienfuegos, que quedó privado hasta de su escolta personal por orden de Raúl Castro.
  • Desmantelamiento de todo un ministerio (el Ministerio del Interior) y apresamiento y muerte de su ministro.
  • Ejecución de altos oficiales, entre ellos los más exitosos, incluyendo ―además de un ministro― a un jefe de ejército, primero condecorado con la orden de Héroe de la República de Cuba.

Para concluir este punto echemos un vistazo al más alto nivel, a fin de decantar el papel de los militares en el poder. Al Secretario de los Consejos de Estado y de Ministros (en teoría, un civil) es a quien le corresponde el cargo de Comandante en jefe. En tiempos de guerra se le subordina, incluso, la temible Comisión de Defensa y Seguridad Nacional, usualmente al mando del hijo de Raúl Castro, quien no manda por coronel, sino por primogénito del hombre más poderoso de Cuba, cuya autoridad, como veremos en una tercera y última entrega, no proviene de sus cuatro estrellas.

(Segunda parte de tres artículos. Lea la primera parte aquí)



Siguen cayendo altos oficiales cubanos en la trama de los ‘papeles del MININT’

Sede del Ministerio del Interior en La Habana (Foto: paseosporlahabana.com)

MIAMI, Estados Unidos.- El proceso abierto en Cuba contra altos funcionarios del Ministerio del Interior (MININT) por el lavado de millones de dólares tiene un nuevo implicado, según publicó el periodista Juan Juan Almeida en Martí Noticias.

Se trata en este caso de un alto oficial identificado como el “coronel Rafael”, quien fue “el interrogador principal durante el proceso de instrucción” del caso, que “explotó” en 2016 y el férreo hermetismo del régimen cubano ha mantenido casi en secreto.

En lo que el autor califica como “el caso más sorprendente de la ‘justicia’ cubana en los últimos 20 años”, el nuevo implicado está siendo investigado por filtrar información sobre el sumario y la ubicación de los implicados.

Ninguno de los implicados en lo que ha dado en llamarse los “papeles del MININT” está en prisión sino que permanecen recluidos en casas de protocolo en la barriada Siboney, “donde a algunos se les autoriza la visita de familiares”.

Sobre los acusados pesan cargos por “alta traición a la patria, robo y venta de material clasificado a gobiernos extranjeros, realizar actos dirigidos a promover la deserción y estimular desobediencias entre altos oficiales, propagar predicciones maliciosas tendentes a causar descontento entre altos mandos militares, enriquecimiento ilícito, cohecho y abuso en el ejercicio del cargo”, detalló Martí Noticias.

“El coronel Carlos Emilio Monsanto (principal acusado en la trama) fue sancionado a 37 años de privación de libertad, el mayor Ernesto Villamontes a 30, Jorge Emilio Pérez a 30, Román a 22 y el resto a penas similares. ¿Tú crees que van a cumplir sus condenas en casas operativas convertidas en prisión? La gente así es peligrosa si las dejan libres, y también estando presa. No creo que vayan a cumplir ni dos años encerrados en esas casas, y tampoco que vayan a prisión. Por la información que tienen lo lógico es que antes sufran algún accidente, o una repentina enfermedad como le pasó al general Abrantes”, dijo al periodista un pariente de uno de los condenados.

La fuente “declinó identificarse porque para poder visitar a su familiar se ve obligado a firmar un extraño pacto de silencio”.

Según esa misma fuente, “Lo que está claro es que Ernesto (Villamontes) y los demás procesados expatriaron capital, autorizados por la antigua dirección del MININT y la máxima dirigencia del país, con la misión de invertir en negocios y propiedades. Y la información robada del Edificio A del MININT no era para venderla, sino para usarla como protección y eso es imperdonable”.

Añade la persona cercana al caso que a los implicados, no obstante, los mantiene a salvo “que blanquearon capital en entidades como Financiera Ricamar S.A, Financiera Eurolatina S.A, y Financiera Bescanvi Occidental S.A, algunas de ellas pertenecen a empresarios panameños, entre los que se encuentra el expresidente Martinelli, y ahora mismo el gobierno de Panamá está investigando este asunto. Por eso es que todavía no los envían a prisión, ni les pasan cuenta; todo lo contrario, los instruyen para, de ser necesario, lanzarlos como chivos expiatorios en el posible proceso contra el expresidente panameño que, para bien o para mal, en lo político, lo mediático y lo internacional, podría alcanzar relevancia y ayudaría mucho a limpiar la huella del gobierno cubano. Como sucedió en las Causas I y II del año 1989”.




Muere general que encabezó el caso contra Ochoa y dirigió la Red Avispa

General Eduardo Delgado Rodríguez (cubaaldescubierto.com)

LA HABANA, Cuba.- En la mañana de este miércoles falleció el general de brigada Eduardo Delgado Rodríguez, reportó el periódico Granma en una escueta nota.

La breve información dada por el Ministerio del Interior resalta algunos logros en la carrera de Delgado Rodríguez pero sin dar más detalles de su vida. Además de las medallas otorgadas por el régimen cubano, se destacan sus “aportes a la defensa de la Patria” así como “su trayectoria, fidelidad a la causa revolucionaria y su actitud en el cumplimiento de las misiones asignadas”.

No se aclaran los motivos de muerte del oficial.

Delgado Rodríguez estuvo al frente de la Dirección de Inteligencia (DI) y participó en varias operaciones en el exterior, detalles que no da la nota oficial.

El general fallecido se dio a conocer en 1989, siendo aún coronel, durante el proceso contra el general Ochoa y otros oficiales del Ejército y del Ministerio del Interior. El juicio, que fue televisado, culminó con el fusilamiento de cuatro de los implicados, incluido Ochoa. Delgado Rodríguez fue jefe de las investigaciones en dicho proceso.

En 1994 fue ascendido a General de Brigada y designado jefe de la Dirección de Inteligencia, posición que ocupó por 20 años. En ese puesto llevó a cabo la Operación Escorpión en 1996, que consistía en reunir información a través de agentes infiltrados en Estados Unidos.

La operación incluyó el derribo de dos avionetas de “Hermanos al rescate” por cazas de la Fuerza Aérea, hecho en el que murieron cuatro civiles desarmados.

Delgado Rodríguez ingresó 1964 en las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR). Desde 1969 perteneció al Partido Comunista de Cuba y fue electo delegado al V y VI Congreso. También cumplió misión internacionalista en Nicaragua.

Su sepelio tuvo lugar en la tarde de este mismo miércoles en el Panteón de los Bomberos del Ministerio del Interior, en la Necrópolis de Colón.

El día 5 de este mismo mes murió el general de brigada Amels Escalante Colás.




1989, el fin de la utopía

tiananmenLA HABANA, Cuba -Viendo las profundas transformaciones que comenzaron a ocurrir en el mundo, sobre todo en el llamado “campo socialista”, un cuarto de siglo atrás, era absurdo creer que en 2014, para nosotros, la historia seguiría detenida sobre la ruina de esta conspiración permanente que es la revolución cubana, en interminable agonía, que seguiría gobernando el mismo tándem de sátrapas suertudos y que el país se hallaría esencialmente en la misma situación de abocada catástrofe total, a la zaga de un mundo cada vez más cambiante.

Aunque la caída del Muro de Berlín quedaría como el símbolo por excelencia del derrumbe del comunismo —esa gran religión secular de nuestra época, que determinó mucho en el destino del mundo durante medio siglo—, otros importantes sucesos se dieron también en aquel sorprendente año 1989, que abrió las puertas a la última década del siglo XX, el período de cambios más profundos que haya conocido la historia, pues jamás, en tan corto período de tiempo, se habían dado transformaciones tan trascendentales.

El Muro de Berlín, que el lado occidental consideraba “Muro de la vergüenza”, era llamado en el lado oriental, con ridículo cinismo, “Muro de protección antifascista”, pues los soviéticos declararon que fue levantado para proteger de los fascistas a la población de la República Democrática Alemana (RDA) decidida a construir un estado socialista, aunque era obvio que su único propósito era evitar que esa población escapara hacia la República Federal Alemana. Para celebrar, en 2009, los veinte años de su desplome, una multitud de jubilosos alemanes hizo caer una tras otra mil piezas de dominó en una hilera de dos metros de altura en el lugar donde se alzara la ignominiosa pared. La celebración del reciente veinticinco aniversario, a su vez, ha sido apoteósica.

Pero muchas otras cosas ocurrieron, no obstante, antes y después de la caída del muro en aquel 1989 que parece, y lo fue, una fecha de otro mundo. Por ejemplo, en aquel año, Mijaíl Gorbachov aplicó la que llamó Doctrina Sinatra, según la cual los otros países del bloque comunista tenían derecho a implementar políticas “a su manera”, independientes de Moscú. Ese reconocimiento de independencia política ayudó a desatar las fulminantes revoluciones en Europa Central y del Este, casi todas pacíficas, tras las cuales el mundo ya no sería igual. Tan veloces fueron estas convulsiones espontáneas en el antiguo Campo Socialista que, por ejemplo, en Checoslovaquia, Vaclav Havel pasó en poco tiempo de la prisión a la presidencia. La única revolución violenta de 1989, y la última, fue la de Rumanía, que terminó con el fusilamiento de Nicolae Ceaucescu y su esposa.muro de berlin

Algo que estremeció al mundo con particular fuerza en ese año extraordinario fueron los reclamos de reformas democráticas que llevaron a las multitudinarias protestas en la Plaza de Tiananmén, porque si asombroso era el derrumbe del comunismo europeo, jamás se había visto un clamor tan masivo en la terrible China Popular. La opinión pública internacional asistiría, anonadada, a la reacción final del gobierno, un acto de fuerza desproporcionado y genocida. Sin embargo, una imagen recorrería el mundo entonces como símbolo de la dimensión desnuda del individuo: la del joven que se colocó delante de una columna de tanques y, desafiante, detuvo su avance durante media hora, hasta que se lo llevaron de allí.

Hay que recordar que la retirada soviética de Afganistán, completada entonces, fue, sin embargo, el principio de una crisis abismal en el país durante la cual los Talibanes se apoderaron del gobierno. Después, como sabemos, vendría la espiral macabra del terrorismo islámico, que sería la mayor influencia en los cambios mundiales tras el colapso comunista. No obstante, aquella retirada ayudó también a que se diera otro de los grandes acontecimientos del año: la Cumbre de Malta, donde el líder soviético Mijaíl Gorbachov y el presidente norteamericano George Bush declararon oficialmente el fin de la Guerra Fría.

Pero todos los grandes sucesos no ocurrieron lejos de nosotros. Incluso en América Latina aquel 1989 resultó un año excepcional. Recordemos que en el mes de febrero fue derrocado el dictador paraguayo Alfredo Stroessner, y que, poco después, Chile y Brasil volvieron a ser países democráticos. A finales de año, la guerra ensombreció brevemente a Panamá, cuando una rotunda invasión del ejército de Estados Unidos depuso y apresó al general y delincuente internacional Manuel Antonio Noriega.

En Cuba, durante el verano de ese año, Fidel Castro puso en escena el dramático Caso Ochoa, que concluiría con el fusilamiento del general y Héroe de la República Arnaldo Ochoa y otros acusados de narcotráfico y alta traición. A partir de ese punto, se abriría para el país una crisis total que no tocaría fondo hasta cinco años más tarde, en 1994, con el Maleconazo.

Hay que recordar, por otra parte, que los años finales de los 80 en nuestro país habían estado muy marcados por la perestroika y la glasnost que avanzaban en la Unión Soviética y atemorizaban a la tiranía cubana, infundiendo una enorme esperanza sobre todo entre los jóvenes, que creyeron entrar en una época de profunda renovación. Muchos nuevos artistas se lanzaron a realizar proyectos sorprendentes.

El General Arnaldo OchoaFueron los años de Arte Calle que enriqueció el panorama cultural entre 1986 y 1989 con una audacia contagiosa. Aparecieron Nos y Otros, El Programa de Ramón, La Cuarta Pared, los novísimos trovadores de la peña de 13 y 8 en El Vedado que serían el núcleo del grupo Habana Abierta. Surgió el proyecto Paideia, propuesta cultural pedagógica que alarmó al gobierno y concluyó en el fugaz gesto político de Tercera Opción.

Por supuesto, como sabemos, toda esperanza fue vana. El régimen sobrevivió sin dejar ninguna opción que no fuera el silencio o el exilio y llegó entonces la estampida de los 90, una diáspora artística que todavía no ha cesado.

Pero, en cuanto a aquel tremebundo año en sí mismo, es indudable que comenzó el fin de toda duda seria sobre la utopía del siglo XX. En un cuento de aquellos días, el personaje popular de Pepito, que aún estaba vivito y coleando, sentenció que, si los políticos, en su experimento comunista, hubieran hecho como los científicos, ¡primero habrían probado con los ratones, por supuesto! De cualquier manera, luego de aquel prodigioso año 1989, quedaría claro que el comunismo no estaba hecho para la naturaleza humana.




25 años de la caída del Muro de Berlín

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muro de berlinLA HABANA, Cuba. -Si Fidel Castro hubiera previsto el derribo de aquel muro vergonzoso que los comunistas comenzaron a construir en Berlín el 13 de agosto de 1961 ―el mismo día en que celebraba sus 35 años―, no habría ensalzado tanto la visita de Mijaíl Gorbachov a La Habana en abril de 1989, solo siete meses antes de que las multitudes se decidieran a descorrer por completo las cortinas de ese verdadero teatro de los horrores que fueron y han sido todos los regímenes totalitarios.

En un discurso ante la Asamblea Nacional, cargado de gestos hipócritas hacia el mandatario soviético, el dictador cubano, además de elogiar las políticas de “reestructuración” implementadas en la antigua URSS, invitaba a dar “vivas” a la “inmortalidad” del campo socialista sin avizorar que apenas terminado el año tendría que morderse la lengua ante las imágenes de hombres y mujeres, niños, jóvenes y viejos, demoliendo los bloques de concreto que alguna vez los oprimieron y segregaron.

A pesar de que muchos esperaban que el socialismo en Europa arrastrara en su caída al régimen cubano, en la isla parecía no suceder nada. Sin embargo, 1989 fue el mismo año del desesperado fusilamiento del general Arnaldo Ochoa junto a otros militares y fue, además, el comienzo de una época terrible, aun no concluida, para un gobierno que, al saberse desprotegido por las armas de los rusos, por primera vez temblaba ante la proximidad real del fin y el comienzo de una era democrática donde habrían de ser juzgados por sus excesos.

Si anteriormente Fidel Castro, basado en los acuerdos militares con Moscú de abril de 1962, se había sentido invulnerable, al confiar en que las mismas tropas comunistas que invadieron Budapest en 1954 y Praga en 1968, le salvarían el pellejo en caso de una sublevación popular, a finales de los años 80 las certezas de su impopularidad (ya constatada en la gigantesca crisis migratoria de inicios de esa década) y de su inseguridad política lo condujeron a ese incoherente torbellino de timonazos que ha caracterizado, hasta la actualidad, el proceso político cubano y sus cada vez más absurdas e inconsecuentes estrategias de “salvación” que, a finales de los años 80, lo llevó a un frenesí de cavar túneles y búnkeres por toda la isla previendo una debacle total y, en los tiempos que corren, a una exacerbación de su muy conveniente “capitalismo de Estado” con que piensa resguardar su cadáver, su memoria o su prole pero jamás un socialismo que hace mucho dejó de existir.

Si, transcurridos 25 años, los acontecimientos del 9 de noviembre de 1989, en Berlín, son considerados el inicio simbólico de una época de recuperación de las libertades democráticas, en Cuba, ese mismo año fue como el disparo de arrancada de una maratón de reemplazos de dirigentes, movilizaciones militares y medidas de resguardo y represivas de todo tipo, mucho más drásticas, para evitar el “contagio” o, en última instancia, dilatar el comienzo del fin.

En Cuba aún quedan muchos muros por derribar (foto del autor)
En Cuba aún quedan muchos muros por derribar (foto del autor)

Las tensas conversaciones a puertas cerradas con Gorbachov, en abril; los oscuros juicios sumarísimos y los posteriores fusilamientos, en julio; el derribo del llamado Muro de la Vergüenza, en noviembre; más la invasión a Panamá y la detención del gran amigo Noriega, en diciembre, mantuvieron al régimen de sobresalto en sobresalto. La paranoia habitual terminó por exacerbarse cuando al año siguiente, a finales de junio, Mijaíl Gorbachov decretara un cambio en el comercio con la isla, a tono con los precios del mercado internacional, y, posteriormente, una “modernización” de las relaciones diplomáticas que acentuarían la soledad de la dictadura.

La desesperación frente a noticias tan nefastas condujo a la celebración apresurada del IV Congreso del Partido Comunista de Cuba, plagado de urgentes modificaciones de la Constitución y de los estatutos de la organización política de manera tal que permitieran un velado recrudecimiento de la dictadura y, al mismo tiempo, poner en práctica una serie de guiños y coqueteos con ese mundo exterior, capitalista, del que meses antes había que proteger a los cubanos, a toda costa. Así, los temas de la “inconstitucionalidad” de cualquier cambio político que excluyera al socialismo, junto a la reinserción en la economía internacional y la necesidad de incentivar la inversión de capital extranjero, ambos anteriormente proscritos en los debates del Partido, centraron las discusiones que más tarde llevarían a la actual política de “sálvese el que pueda” que en aquellos días se escondió bajo el concepto de “rectificación de errores” y hoy lo hace bajo la engañifa de “restructuración económica” y la consigna de “salvar la revolución y el socialismo” que enarbolan los secuaces de Raúl Castro.

Si el desplome del muro de Berlín no fue claramente escuchado en la isla debido a esa orden de “silencio total” que fue impuesta a inicios de la dictadura y que, transcurrido medio siglo, aún funciona como nuestro propio Muro de la Vergüenza, cada año reforzado con estratagemas y chantajes, los constantes devaneos políticos, las promesas sin cumplir, la hipocresía como práctica ideológica que ha definido el discurso de la “revolución” fueron puestos al descubierto en ese momento de crisis y, desde esa fecha hasta nuestros días, la impopularidad del gobierno se ha incrementado.

La miseria que dejaron los Juegos Panamericanos celebrados en La Habana en 1991, el Maleconazo en 1994, las crisis de balseros, el Proyecto Varela, el incremento de las voces que disienten de manera abierta y que se unen en partidos políticos clandestinos, las Damas de Blanco protestando pacíficamente en las calles, las inmensas multitudes frente a las embajadas para emigrar o cambiar de nacionalidad, las sucesivas defenestraciones de dirigentes y militares, las constantes “deserciones” de diplomáticos, médicos, deportistas y empresarios, los miles de jóvenes en las calles trocando sexo con extranjeros por el azar de una visa definitiva que los aleje de sus infiernos cotidianos son pruebas de ese descontento creciente que, más temprano que tarde, terminará por derribar lo que va quedando de nuestro propio muro.