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“Solo pienso en mi hijo y con la impotencia de no poder hacer nada”

Rafael 11 de julio

CIUDAD DE MÉXICO.- Esta historia sería inicialmente contada solo por Carmita, la madre de Rafael Jesús Núñez Echenique, manifestante a quien piden 16 años de cárcel. Hemos estado conversando durante días sobre su hijo, el por qué un muchacho de 19 años terminó detenido y cómo han sido estos meses para su familia. Sin embargo, las respuestas de Carmita son intermitentes, y a veces no logra articular las ideas

El 27 de noviembre me escribió por chat: “Estoy tratando de responder, pero estoy deprimida y no atino a hacer nada. Me paso las horas sentada, ida del mundo. Esto me ha afectado mucho, casi no como y he bajado de peso. En estos cuatro meses la vida me ha cambiado. Solo pienso en mi hijo, y con la impotencia de no poder hacer nada”.

Desde que supo que su hijo menor quería suicidarse, Carmita sufre depresión. Ella quiere contar la historia de Rafael pero no controla la tristeza y el impulso de llorar. Esta historia entonces será contada a ratos por Carmita y a ratos por Amarilys, su hija mayor.

“Mi hermano salió a la calle el 11 de Julio como muchos jóvenes del barrio. Y tres días después se lo llevaron esposado. Estuvo una semana en la prisión Ivano en el Cotorro, donde fue golpeado brutalmente”, explica Amarilys.

Rafael
Foto cortesía

Su familia conoció sobre la golpiza por testigos y luego él mismo lo confirmó, pero no le permitieron verlo hasta que desaparecieron los hematomas. El día 23 de julio lo trasladaron a la prisión de 100 y Aldabó donde estuvo un mes. Luego lo movieron a la prisión Jóvenes de Occidente.

“El 11 o 12 de septiembre fue el abogado a verlo y le dijo que saldría en libertad, con buen tiempo, para 2030. Desde ese día mi hijo no se levanta de la cama, apenas come, no toma agua. No se baña. Me llamaron de la prisión para informarme que se quería quitar la vida y que le habían puesto otro preso para que lo vigilara”, explica su madre.

Cuando su familia llegó a la visita, Rafael estaba sucio, olía mal y no levantaba la mirada.

El mayor temor de Carmita antes de septiembre era que su hijo fuese condenado, pero en los últimos meses la idea de que él intente suicidarse la aterra más aún. Desde niño Rafael ha sido atendido en  psiquiatría y neurología. Durante años consumió carbamazepina (fármaco anticonvulsivo y estabilizador del estado de ánimo utilizado, principalmente, para controlar las crisis epilépticas y el trastorno bipolar) y metilfeninato (tratamiento para controlar los síntomas del trastorno de déficit de atención con hiperactividad) y su capacidad de aprendizaje no era la de un niño común.

“En primaria notamos que tenía dificultades para aprender y no lo hacía al ritmo de los otros. Ni siquiera logró terminar la enseñanza secundaria por su discapacidad intelectual. Mi hermano apenas sabe leer y no es capaz de interpretar”, explica Amarilys.

Carmita esperaba que por los padecimientos de su hijo no pasara mucho tiempo en prisión, o que al menos esperara el proceso en libertad. Así que de inmediato pidió a la doctora de la familia que le hiciera un resumen de la historia clínica de Rafael. Sin embargo, la especialista, aunque estaba obligada a hacerlo, se negó cuando supo que él estaba preso por manifestarse el 11 de julio. Carmita no se detuvo y siguió tocando puertas hasta que un médico finalmente lo hizo.

La abogada de Cubalex, Giselle Morfi, apunta que los médicos están obligados por mandato constitucional a brindar una copia del expediente clínico si un paciente lo solicita. “El artículo 53 de la Constitución estipula que las personas tienen derecho a solicitar y recibir del Estado información veraz, objetiva y oportuna. Por tanto, negar información médica es incumplir con la propia legislación nacional”.

El historial clínico de Rafael lo tiene el instructor del caso. Las autoridades están informadas de sus patologías, aún así lo hicieron firmar, sin asistencia letrada, un documento donde se culpaba a sí mismo y a un vecino. Un documento que él firmó sin entender su contenido, sin leerlo. Y que ahora, junto a unas imágenes suyas parado sobre un auto estatal del que se resbala y cae, un auto que anteriormente otros (no él) habían volcado, se sostienen como las pruebas de su culpabilidad. Rafael está siendo acusado de sedición y desorden público.

Rafael (izquierda). Foto cortesía

Que Rafael haya firmado un documento sin entenderlo es completamente violatorio del debido proceso.  La Ley del Procedimiento Penal en los artículos 164 y 165 especifican el derecho a un intérprete y a que le sea leída su declaración para que comprenda lo que va a firmar. “Esa declaración de él está viciada y fue bajo coacción pues no sabía que firmaba. Esto es una causal para solicitar que se anule esa prueba”, señala Morfi.

“Yo tengo en mi casa una situación crítica, casi no puedo salir a buscar comida. Tengo a mi mamá de 95 años postrada, casi ciega de cataratas y mal alimentada, porque no come nada, solo yogurt. Y a veces no lo consigo. Vivo también con mi otra hija, madre soltera de dos niños pequeños. Hace 15 días mi hija empezó a trabajar. Yo solo tengo la pensión de mi mamá para costear todo”. Dice Carmita que todo en su día es difícil, pero lo que no la deja levantarse de la cama es el sufrimiento de pensar en Rafael y sentir que no puede protegerlo.

“Mi mamá siempre quiso un hijo varón, y después de dos partos, ya con 37 años tuvo a Rafael. Ella estaba muy feliz, aunque sabía que lo iba a criar sola. Mi hermano tiene los apellidos de mi mamá, que fue madre y padre para él desde que nació hasta hoy. Ellos siempre han sido muy unidos. Y ahora lo quieren encerrar casi la misma cantidad de años que ha vivido. Hay personas en Cuba que violan, matan, roban y no le piden una condena tan alta, dice Amarilys. “Mi hermano no dañó a nadie”.

La última vez que conversé con Carmita, dos noches atrás, le pregunté cómo estaba. Ella contestó: “No estoy bien. Rafael me está llamando un día sí y un día no. Lo noto más animado, pero siempre preguntando que si he hecho algo de su caso. Yo me siento como si no lo estuviera ayudando con este estado de ánimo que tengo. No salgo de la cama, llorando a todas horas. El jueves lo veré en la visita”.

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Carmita, un pueblo olvidado

SANTA CLARA, Cuba.- Cerca de nada y lejos de todo está el batey Carmita, un asentamiento perteneciente al villaclareño municipio de Camajuaní, en el centro del país. Fue un poblado próspero cuando el olor a melaza inundaba sus guardarrayas y los silbidos de un armazón de hierro le daban ritmo a la vida de su gente, allá por el siglo xx.

Justo a las puertas de la siguiente centuria sus maquinarias dejaron de moler y la altísima chimenea cesó de expulsar humo. La muerte del central Carmita fue directamente proporcional a la muerte de la comunidad que lo rodeaba.

El certificado de defunción lo firmó el propio gobierno cubano, obligado por los bajos precios del crudo a nivel mundial. Ya el azúcar no era un negocio rentable, ni Cuba la reina tropical que endulzaba los paladares foráneos.

Fue así como Carmita y otra decena de poblados que rodeaban los ingenios cubanos quedaron desiertos, a merced de un cambio que aún no llega. Miles de trabajadores del sector azucarero perdieron sus empleos y tuvieron que enrumbarse hacia otras industrias.

Hoy, del laborioso central, quedan pocas huellas: una torre de concreto que se cae a pedazos, en cuya cima descansan aves de rapiña y el esqueleto oxidado de las maquinarias, que poco a poco el marabú va devorando.

Para llegar al diminuto pueblo de Carmita hay que adentrase en una polvorienta carretera de siete kilómetros, a la cual pocos vehículos entran o aventurarse en un tren, que un día sí y otro no, para en la derruida estación ferroviaria.

El transporte es otro de los grandes dilemas de este pueblo olvidado, escondido en las entrañas cubanas, al igual que la falta de opciones laborales. Sus habitantes huyen cada mañana a sus empleos y los niños a las escuelas. Es entonces cuando la comunidad luce como un pueblo de abuelos, sin hijos ni nietos.

En Carmita no hay centros nocturnos, ni cines, ni teatros, ni hospitales, ni bancos, ni tiendas. Al parecer, el olvido la hizo su casa y no tiene intenciones de mudarse.