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Carlos Lechuga: “Estamos muy jodidos como país”

Cuba, Carlos Lechuga, Santa y Andrés

MADRID, España.- El cineasta cubano Carlos Lechuga presenta por estos días el libro Ni Santa ni Andrés en la Feria del Libro de Madrid. La publicación, en coautoría con la escritora Adriana Normand, refleja la censura y acoso que padeció en Cuba desde que presentara su película Santa y Andrés para participar en la 38 edición del Festival de Cine de La Habana. Sobre los interrogatorios, vigilancia y boicot a que fue sometido, Lechuga ofreció declaraciones a CubaNet. Además, conversó sobre el proceso creativo del libro y dio algunos detalles de sus nuevos proyectos.

¿Cómo llega Ni Santa ni Andrés a la Feria del Libro de Madrid?

Llega gracias a la invitación de la editorial Verbum que tiene un equipo de trabajo maravilloso. Son editores a los que respeto mucho y mira, las sorpresas de la vida, he tenido la suerte de ser publicado por ellos.

Además, llega en un buen momento. Esta es una historia que ha estado sobre mis espaldas por unos seis años. Todo lo que pasó ha estado tratando de enterrarme. De romperme. Pero bueno, la lucha entre las ganas de no convertirme en un trapo de persona y la oscuridad… nada, creo que ha ganado la luz. Lo positivo.

Estoy en un momento muy bonito, tengo un par de libros, varios proyectos y una película por estrenar.

¿Cómo ha sido la experiencia en la feria y la acogida que ha tenido el libro?

Bueno, en la feria estuve unas pocas horas y me pareció un lugar muy bonito. Es muy especial ver llegar a amigos, familiares, familiares de conocidos, gente que te sigue desde Cuba. Ya sabes que en Madrid hay más gente que en La Habana. Tener cerca a gente que admiro mucho como Mariana Enríquez, que estaba firmando a solo unos pasos, es un lujo.

Con respecto a la acogida, mira… hoy mismo me escribió una amiga de Cuba y me dijo: “Acá tengo el libro, me lo estoy leyendo”.

“De espanto todo”, me puso. Me dice además que entendía mi paranoia. La paranoia que tenía antes de irme. Y es verdad, después de todo este proceso yo me quedé un poco turulato. Como si el país, la gente de la cultura, me hubiera hecho una herida. Ahora me acuerdo de las placas, de los scanners médicos de una vieja figura de la cultura cubana que había pasado por muchas cosas parecidas y en las placas aparecían unas cicatrices en el cerebro. Eran daños emocionales. A mí toda esta experiencia casi me rompe. Pero como dicen los reguetoneros, me dobló, pero no me partió. Creo que he podido salir bastante bien de todo.

Me llegan muchos mensajes. Me acaba de llegar un mensaje de una lectora que me dice que hice bien en escribir el libro. Que hice bien en sanar. Que es coherente todo con mi idea de recuperar la memoria y sanar. Eso me gusta.

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Carlos Lechuga en Feria del Libro de Madrid junto a Paula Labrador y Lili Vigil. (Foto: Santiago Domloje)

― En el libro detallas la censura y acoso que padeciste desde que presentaste Santa y Andrés para que participara en el Festival de Cine, un acoso que pasó por interrogatorios, vigilancia y boicot a tu película en festivales internacionales… ¿Cómo ha sido revivir todo esto para la redacción del libro? ¿Qué sientes ahora que han pasado algunos años?

Revivir todo me ha dado mucho dolor. Pero bueno, ahí está Adriana para cogerme la mano y ayudarme a avanzar. Siento que sin tener que llevar a nadie a juicio, es importante que toda la verdad sea contada. En aquel momento por el miedo yo callé. Pero ahora, ahora todos los que se porten mal tienen que saber que todo en la vida se va a saber. Ahora yo estoy en otra historia. Hasta contestarte esta entrevista me da mal rollo, lo que como te conozco y te aprecio, bueno… Yo sané. Estoy en una talla linda.

Ahora siento que los censores son unos viejos tristes y enquistados que no tienen nada de obra y algunos de ellos no tienen siquiera para comprarse un paquete de ajo pelado. Sin embargo, la película está ahí.

También explicas que tu primer “desencuentro” con las autoridades del ICAIC había sido con Melaza, cuando te pidieron quitar los agradecimientos al ICAIC. Dices que tus primeras reacciones fueron de sorpresa. ¿Podrías explicar un poco esta incredulidad, en un país donde son múltiples los ejemplos de censura a los artistas?

Porque yo era un pijo. Niño blanco del Vedado. Nieto de embajador. Si llego a ser un performer negro de Centro Habana estaría preso al lado de Luis Manuel Otero. Por eso creía que la revolución tenía problemas, pero nunca imaginé que el país estuviera en manos de unos mafiosos.

Porque lo que veía a mi alrededor era todo de la zona de Vedado y Miramar. Por suerte abrí los ojos. Ahora no creo nada de nadie que tenga que ver con el Estado cubano. También hablamos de un momento donde no había tanto internet y donde era difícil leer los testimonios de los presos, los censurados.

Yo era muy inocente y hablaba con el corazón con unos cerdos monstruosos.

¿Qué crees que tiene que pasar en Cuba para que los realizadores dejen de ser censurados? / ¿Crees que está cerca ese momento?

―  La respuesta que está en la punta de la lengua es fácil y es la que dicen todos: “Lo que tiene que pasar es que se tiene que caer la dictadura”. Pero pensándolo un poco más creo que deben cambiar muchas cosas, se deben formatear muchas mentes. Los cubanos estamos cargando con una cruz muy grande. Es bien complejo. Creo que estamos bien lejos de ese momento. Ando últimamente pesimista y creo que no va a cambiar nada.

Lo más triste de todo es que en Cuba los funcionarios, los artistas, las personas de mayor edad no ayudan, no apoyan, no aconsejan a los jóvenes artistas. Es una aberración total de todo. Los funcionarios censuran, los artistas desconfían de los jóvenes, les ponen trabas y prefieren que se vayan lejos antes de tenerlos como competencia. Hay una generación muy triste en Cuba, que es esa generación a la que no le dejaron hacer nada. Es una locura que se hable de alguien de 60 años como “nueva generación”. Claro, es un país donde por más de 60 años ha habido un solo jefe que no ha dejado que nadie le haga sombra. Lo triste es que luego, del jefe para abajo, todo el mundo replique la misma forma. Me recuerdo de un escritor famoso que me dijo: “A ti lo que hay es que ponerte bastantes trabas… para que salgas adelante”. Cuba es una aberración.

Es muy jodido, y la gente nunca se cree lo que digo, pero nosotros (la productora Claudia Calviño y yo) solo hicimos una película, no conspiramos, no tratamos de tumbar al Gobierno; y por hacer esa película nos cayó arriba todo un andamiaje pesado que está construido para destruirte.

Un andamiaje formado por tres partes:

La Seguridad del Estado por un lado haciéndose la que quiere ayudar mientras te manipula sin dar la cara para que uno se entierre más. Estaban locos por salir de nosotros. Habíamos visto mucho y ya no les quedaba otra cosa que eliminarnos. Son una trituradora de carne. Pero nadie que no lo haya sufrido puede entenderlo.

Los cineastas que nos apoyaron… La mayoría con muy buenas intenciones, pero entre todos había gente que tenía un plan B. Gente que no confiaba en nosotros (dos simples muchachos) y que lo que querían era quitar a Abel Prieto de su puesto.

Y los funcionarios y los artistas de la UNEAC que querían eliminarnos. Para no perder sus puestos nos entregaron directamente a la policía.

Nada, estamos muy jodidos como país. Todos somos culpables.

Abel Prieto compra a los artistas y se queja de que después de que les da un premio nacional o cualquier otra mierdita, los artistas actúan como si fueran libres. Esta gente son una mafia. El que no ha chocado con ellos apela al lado bueno. Humano. Pero estamos hablando de mafiosos. De gente baja. Mala. Que no tienen ni este respeto por los individuos, por los artistas, por la obra… son solo policías, pero de los brutos. De los feos.

Aunque no es tu primera publicación, tu carrera la has desarrollado en el cine. ¿Cómo te decides a empezar a escribir, y especialmente Ni Santa ni Andrés?

―  Bueno, la verdad es que yo me paso más tiempo escribiendo que dirigiendo. Si sumamos los días de rodaje de mis tres películas no creo que llegue a cien días. Tengo 39 años y desde los 20 estoy escribiendo guiones. Por cada guión que se realiza tengo otros cinco o seis que no se han hecho. O sea, desde el inicio, me he acercado al cine tratando de desentrañar estructuras, situaciones. Decía Juan Carlos Tabío (mi mentor) que la parte que más le gustaba de todo era la creación del guión. Pero bueno, respondiendo a tu pregunta, luego de la censura de Santa… pensé que más nunca iba a poder filmar.

Acostado en el sofá de casa de mi madre tuve que ponerme a pensar y reinventarme. Una amiga me dijo: “¿Por qué no escribes algunas crónicas?” Y así empecé a escribir para un blog y luego para par de revistas y así me fui acostumbrando a escribir textos que no eran guiones.

Durante la pandemia escribí mucho. De esa experiencia salió un libro: En brazos de la mujer casada.

A mí me había afectado mucho toda la situación que se había creado con la película. Me sorprendió el trato de la policía secreta (yo era un ingenuo en aquel tiempo, estamos hablando de 2016); pero sobre todo me dolió mucho el trato de algunos artistas con respecto a mi persona.

No quería ponerme a escribir. Me parecía bien rencoroso. Pero al mismo tiempo sentía que lo que me había pasado a lo largo de tres años debía ser contado. Debía quedar en blanco y negro para que sirviera de experiencia para algún otro joven cineasta que pasara por lo mismo.

Ojo, todo lo que sucede en el libro palidece a lo que he visto pasar a cientos de jóvenes cubanos que han pedido cambios en la vida política del país.

¿Por qué una coautoría?

―  Porque cada vez que me ponía a escribir acababa llorando y con falta de aire. Me daban ganas de ir y coger por el cuello a Abel Prieto, a Fernando Rojas y a toda una serie de seres impresentables, que no tenían obra, ni una carrera respetable como para decir cualquier cosa de mi película. Pero lo que pasa es que como yo sí soy un artista, me dije: “No puedo perder tiempo en este dolor y debo seguir, trabajar en mi próxima película y en mis próximos libros, una serie de televisión que estaba preparando y otras cositas”. Adriana Normand era una persona que tenía la sensibilidad y la paciencia para poder transitar por toda la historia sin caer en ningún tipo de error. Adriana, como buena amiga y mejor profesional, ayudó con el trabajo más duro. Adriana fue exacta y nos retrató a todos. Hay momentos en que yo mismo no quedo bien, pero lo que quisimos fue eso. Ser bien exactos.

Experiencias durante el proceso creativo…

―  Adriana fue la mejor compañera. Fue la que más trabajó. Se entregó a esta historia como si fuera su historia y al mismo tiempo (por suerte) tenía la distancia necesaria para no caer en venganzas o exageraciones. En un primer momento el libro iba a salir y por problemas y temores se paró la cosa. Luego estaba a punto de salir y me daba un poco de miedo que vinieran más represalias, pero bueno, al final salió en el momento que debió salir.

Había muchas cosas que las tenía anotadas para que no se me olvidaran. Otras las tenía anotadas la productora. En aquel entonces no parábamos de tomar notas de todo ya que casi siempre nos quitaban los teléfonos o no podíamos grabar. Muchos de los otros documentos los tenía el agente de ventas de la película y otras cositas estaban en mi correo electrónico. Todo se empezó a guardar desde el día 1 desde la primera reunión en 2016 como parte de las pruebas en caso de que fuera necesario o se amenazara con un juicio.

Adriana supo organizar y darle forma a todo. Algo que para mí era muy doloroso.

Actualmente vives en Barcelona… 

―  Sí. Hace tres meses tuve que mudarme para acá por cuestiones personales. Mi pareja es de aquí y estamos construyendo un futuro juntos.

Me dices que se conoce el libro en la Isla…

―  Sí. Hay algunas personas que se lo están pasando en PDF y sé que algunos de los protagonistas ya se lo han comprado. La curiosidad de cómo quedan reflejados les ha hecho salir a buscarlo. Igual, ya te digo, es un libro que tiene cero rencores, cero espíritus de venganza.

Sin embargo, creo que todos quedamos muy mal parados en esta historia.

Es un texto que muestra lo jodidos que estamos los cubanos; cómo el status quo intenta partirte; la postura falsa y la doble moral de todo el mundo que se hace el que te apoya y que no saben nada y en el fondo todos saben todo y solo se hacen los bobos para poder seguir bailando.

Gran parte del libro está dedicada a Delfín Prats. ¿Podrías comentar sobre tu relación con el escritor?

―  Delfín es de los grandes poetas que tiene Cuba. A pesar de que no nos vemos mucho lo considero un amigo. Delfín me ha descubierto las películas que más me gustan. Sus visitas a La Habana siempre fueron como un regalo para mí. A Holguín fui en busca de una historia, pero aquello no salió. Delfín no tenía ganas de remover el pasado, entonces yo opté por conocerlo y agarrar lo que él me diera. Su movimiento, su cadencia, su manera de agarrar un objeto, de pararse, su filosofía para enfrentar los problemas. Delfín me sirvió de inspiración, pero también René Ariza, Rey Arenas, etc…

¿Tienes proyectos para continuar difundiendo Ni Santa ni Andrés?

―  Bueno estamos en un momento de promoción. Estamos dando muchas entrevistas y hay muchas librerías donde ya se puede encontrar el libro. Muy pronto habrá una presentación underground en La Habana y otra también acá en Barcelona.

En el libro mencionas que estás trabajando en una nueva película. ¿Podrías comentar al respecto?

Este año debo estrenar “Vicenta B.”, que es una película más personal. Es la película, de las mías, la que más me gusta. También estoy trabajando en una película con un creador español y que estamos en un proceso de desarrollo, pero de esto no puedo hablar mucho más por ahora.

Pero en lo que más estoy trabajando es en ser un cineasta del mundo. No me interesa ser un cineasta cubano. Ni hacer películas cubanas. Ni estrenar en el Yara. Estoy sanando y se siente tan bien. La distancia ayuda mucho.

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Luis Manuel Otero Alcántara no debe morir

MIAMI, Estados Unidos.- Ahora mismo en la lóbrega sede del Ministerio del Interior de la Plaza de la Revolución, donde suelen retratarse celebridades internacionales al pie de la efigie de Ernesto Guevara, que emperifolla el tenebroso edificio, los dueños de la represión y la infamia apuestan por la muerte de Luis Manuel Otero Alcántara, que lleva varios días en la ordalía de una huelga de hambre para hacerse valer de manera desesperada.

Este martes, en la emblemática Torre de la Libertad de Miami, pórtico histórico del honorable exilio cubano, causado por la misma ideología que trata de liquidar el intolerable ejemplo del artista, jóvenes de similares inquietudes realizaron una vigilia bajo su nombre para llamar la atención sobre el crimen que pudiera ocurrir en La Habana.

Dos días antes de este acto conmovedor dedicado a Luis Manuel Otero, protagonizado por algunos muchachos que estuvieron involucrados en los acontecimientos de San Isidro, cerca de un centenar de cubanos indiferentes al país dejado atrás o cómplices de la dictadura que agobia a sus familiares y amigos rumbeaban alegres en un desangelado concierto del grupo castrista Buena Fe en Madrid, repitiendo de memoria sus ridículas metáforas.

La dictadura prefiere trivializar de tal modo el horror, y todavía se da el lujo de amenazar a los emigrados que se salgan de su redil doctrinario prohibiéndoles el regreso a la patria como castigo.

Recientemente he revisitado la película José Martí: el ojo del canario, dirigida por Fernando Pérez (2010), a pedido del escritor y periodista Alberto Müller, quien me invita a comentarla en un programa de televisión dedicado al Apóstol de Cuba.

En los últimos momentos del filme, donde la similitud con la actualidad resulta ostensible, el joven José Martí responde airado a los viejos militares que tratan de acusarlo de apostasía: “Mi derecho a la palabra no ha existido nunca. Por culpa de ustedes mi familia tiene que sobrevivir en la miseria. Viendo como las personas que yo quiero tienen que ser humilladas, vejadas delante de mí por tener ideas que a ustedes no les conviene. Todo eso lo he tenido clavado aquí sin que ninguno de ustedes me haya dado el derecho a la palabra, a poder expresar lo que siento, porque yo nací en Cuba, soy un hijo de Cuba y, como la mayoría de los cubanos, lo único que quiero es la libertad de mi tierra y de la gente que piensa como yo”.

Luis Manuel Otero Alcántara no debe morir, en ninguna circunstancia. A los museos de arte moderno del mundo les corresponde salir en defensa de su vida. La poderosa prensa corporativa le adeuda un seguimiento a su causa.

Por lo pronto, su generación sigue sacando la cara ante la injusticia. Al cineasta Carlos Lechuga, quien se encuentra en España donde dio los toques finales a su más reciente largometraje Vicenta B, no le tiembla el pulso para dedicarle esta hermosa carta publicada en Facebook:

Querido Luis Manuel:

Llevo varios días con ganas de escribirte, pero al final me entra como un bajón medio raro. No sé si sirva de algo. Hoy al final me decido porque creo que la idea de los malos es esa: desmotivar a todos.

No estoy acostumbrado a escribir en el celular así que se puede ir cualquier error.

Hoy la salud del país está peor que nunca. Los que no están presos están afuera. Estoy viajando en un tren en España y pronto regreso a la isla, pero tuve muchas pesadillas por tener que volver. El país entero es una cárcel así que no puedo imaginar lo que estás viviendo dentro de la cárcel.

Acá en Barcelona todo el mundo se va de fiesta, bebe, goza.

Allá en La Habana la gente no se mide y también anda gozando.

Yo gozo, y a veces con una comida rica o una salida linda pienso en ti y los demás presos.

Pienso que no vale la pena morir.

Pienso que tienes que vivir.

Sin ningún tipo de rencor ni espíritu divisorio creo que va a ser gracioso cuando te pares delante de toda la gente que no te llega ni al dedo del pie.

Tienes una luz. Una estrella. Una persona a la que quiero mucho y que no tiene nada que ver con el arte ni la política me ha regalado una imagen bella.

Ella te vio hace tiempo en un parque riendo y hablando con una chica. En el parque ese de 20 de mayo creo, el de la estatua del caballo y el hombre caído.

Me gusta imaginarte así. Charlando, echándola fresca, enamorando y gozando.

El amor.

En La Habana hacen falta menos estatuas, menos caballos y más momenticos lindos así… chiquiticos… tu sonriendo a punto de jamarte un cañoncito.

Beso pipo.

Nos vemos pronto.

ARTÍCULO DE OPINIÓN
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Creadores artísticos y literarios acusados de propaganda enemiga

Festival carlos lechuga Mohammad Rasoulof

MIAMI, Estados Unidos.- Estoy en el noticiero del Canal 41, América TeVé, en mi segmento La Mirada Indiscreta, comentando un acontecimiento cinematográfico que acontece por estos días en Miami, y es el estreno exclusivo del filme “There is no evil”, dirigida por el iraní Mohammad Rasoulof, en Coral Gables Art Cinema.

El presentador del programa siguiente, A Fondo, Juan Manuel Cao, periodista, escritor y expreso político, se interesa al escuchar que Rasoulof, fue acusado de “propaganda enemiga” por ostentar una filmografía comprometida con el destino aciago de su país.

Juan Manuel me comenta que, casualmente, esa había sido la misma imputación por la cual cumplió años en las mazmorras castristas.

Siniestra coincidencia, consustancial a los regímenes tiránicos donde quiera que opriman a sus pueblos, incapaces de respetar la más sagrada condición del ser humano: la libertad.

“There is no evil” aborda el tema de la pena de muerte en Irán mediante cuatro historias de personas conminadas a ejecutarla, de modo obligatorio, según los parámetros del régimen iraní, y las consecuencias que conlleva en sus vidas respectivas y en la sociedad.

Durante el Festival de Cine de Berlín del 2020 la película resultó ganadora, y el director no pudo ir a buscar su premio por estar en arresto domiciliario, pendiente de juicio. Este año, el Festival lo incluyó entre los miembros de su jurado y, de nuevo, no lo dejaron asistir, tuvo que ver las películas a distancia.

De hecho, Mohammad Rasoulof tiene residencia en Hamburgo, donde su familia lo aguarda, esperanzada. El director, sin embargo, considera que, como artista, está comprometido con la verdad sobre su país y paga las terribles consecuencias.

“There is no evil” se filmó de modo clandestino, sin que apareciera el nombre del realizador en los permisos oficiales solicitados, y los cuatro cuentos se filmaron como si fueran cortometrajes independientes. Las locaciones fueron distantes de los centros urbanos, y la producción ocurrió más en interiores, protegida de potenciales censuras.

A diferencia de otras sociedades cerradas como la iraní, donde la autocracia ofrece recursos para que directores oficialistas realicen versiones edulcoradas de la realidad, los grandes creadores de esa importante cinematografía se atreven a publicar declaraciones públicas apoyando a Rasoulof.

“Propaganda enemiga”, “Diversionismo ideológico”, términos que también ha utilizado, a sus anchas, el castrismo contra supuestos enemigos de sus mandatos.

El gran documentalista Nicolás Guillén Landrián fue defenestrado por ensayar una estética única, reveladora y temprana sobre las tropelías del régimen, cuando Castro era alabado por la intelectualidad internacional.

Preso, sometido a electroshocks, humillado, desprotegido, anulado como ser humano: de tal modo sufrió el más original de los cineastas cubanos.

Afortunadamente, ya los represores no suelen ser elogiados en foros mundiales ni se consideran la esperanza de sus pueblos, y los cineastas iraníes reciben la pleitesía que merecen en los festivales y donde quiera que hagan acto de presencia.

En Cuba, hasta los directores considerados clásicos sufrieron el miedo. Solás y Gutiérrez Alea, entre otros, supieron que pertenecer a la élite del ICAIC tenía sus requerimientos. El primero quiso asilarse temprano en Francia, el segundo revela un universo de injusticias y contradicciones que lo desfavorecieron ante Alfredo Guevara, según consta, en su correspondencia publicada.

Mientras el Festival de Cine de Berlín protesta, en carta dirigida al régimen de Irán, por las injusticias cometidas contra Mohammad Rasoulof, en el año 2017, sin embargo, el Havana Film Festival de Nueva York excluyó de su competencia la película “Santa y Andrés”, de Carlos Lechuga, que ya estaba censurada en Cuba, porque según los organizadores formaba parte de “chismes políticos” inconvenientes para el desenvolvimiento del evento.

La directora del festival por aquel entonces dijo que su misión era la de crear puentes, y el ambiente suscitado por la película de Lechuga no cumplía dichos propósitos.

Luego de ser presentada en algunos de los principales festivales internacionales como los de Toronto y San Sebastián, “Santa y Andrés” fue excluida del de La Habana, donde sigue prohibida hasta el día de hoy.

Al igual que Rasoulof, Lechuga decidió quedarse en su país y ahora mismo se encuentra enfrascado en la realización de lo que será su tercer largometraje.

Durante los días azarosos que siguieron las controversias despertadas por “Santa y Andrés”, Lechuga sufrió los embates de la policía política, transfigurada en aparentes mensajeros de buena voluntad que se preocupaban por su desarrollo personal y artístico

En el interín, publicó una novela en la Editorial Hypermedia, “En brazos de la mujer casada”, y escribió reveladores textos sobre sus angustias individuales y sociales, en medio de la debacle castrista. No lograron doblegarlo, por mucho que lo intentaron.

Tanto Carlos Lechuga como Mohammad Rasoulof pertenecen a un respetable grupo de artistas empeñados en contar la realidad, aunque eso signifique sufrir las embestidas de la intolerancia y la represión.

Cine Cubano en Trance con Alejandro Ríos.
Dilucidar la isla y su cultura a partir del séptimo arte que la denota. La intensa quimera de creadores, tanto nacionales como foráneos, que no cesan de manifestar una solidaria curiosidad por tan compleja realidad, es parte consustancial de esta sección.

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Carlos Lechuga: el miedo es su mejor homenaje

Carlos Lechuga (cubadebate.cu)

LA HABANA, Cuba.- Finalmente pude ver Santa y Andrés, la película cubana del realizador Carlos Lechuga, gracias al Paquete Semanal, ese que recibimos en los hogares y que preparan manos desconocidas que burlan el férreo bloqueo —no escribo de ese embargo del que Cuba acusa a los Estados Unidos, me refiero al aislamiento que instrumenta la dictadura de los Castro para sumir en la inconsciencia a todos los habitantes del archipiélago, a quienes impide cualquier noticia que no sea producida por ellos mismos, o el arte que antes no pasa por su filtros de censura—.

A pesar de que la película fuera premiada, en el Festival de Cine de La Habana, como guion inédito, luego de filmada, el público al que estuviera dirigida no pudo verla en la pantalla de sus ya pocos cines. Por meses estuve esperando este momento, por meses quise enfrentar un tema que tanto nos concierne a los cubanos, y muy especialmente a los escritores y artistas.

Ya había escuchado de la visita que le hiciera a su casa el Ministro de Cultura Abel Prieto, para “aconsejarle”, en el más salvaje de los cinismos, que guardara su película, para que la mantuviera en el más extremo secreto, porque exhibirla por su cuenta podría dañarlo, y mucho. De esa manera mostraba su irrespeto, el ahora comisario de la cultura, hacia el joven realizador, incluso hacia la madre del artista, una figura muy conocida en el mundo de la edición literaria. Acosarlo, ultrajarlo, atemorizarlo, es el mejor ejemplo de que si cambió en algo el régimen, fue únicamente en sus métodos, porque la censura es la idéntica.

Y el joven Lechuga ha querido desconocer lo que realmente sucede con él, y más que con él, con su obra, con esa propuesta cinematográfica que relata también lo que ahora él está padeciendo.

Lechuga decidió, quizá por su bien, alejar las declaraciones, las exigencias al poder, e incluso ha puesto distancia con realizadores de su generación. Lechuga ha estado salvando su pellejo.

Lechuga prefirió mantenerse al margen para no ser tildado de “contrarrevolucionario”. Supongo que su madre le estuvo contando de esos horrores que es capaz de cometer la dictadura, y de ahí, quizá de ahí mismo, vino antes su interés en escribir y dirigir la película.

Esa es la gran ironía de esta película: a Carlos Lechuga le ocurrió ahora lo mismo que a aquel escritor que nos presenta su cinta. Aquel, el de Santa y Andrés, tiene miedo y calla, y Carlos repite una y otra vez la misma escena en su propia vida. No sé si al menos cantara, susurrando, el himno, y de idéntica manera a como lo cantara el personaje que él expuso, y que creó la dictadura.

Ambos silencios son idénticos, y en algo parecidos los actos de repudio. ¿Será que Lechuga se quería hacer un homenaje a él mismo? No revelarse ante el miedo, callar mientras ultrajan su obra, esconderse en el silencio para intentar evitar la represalia del régimen…

Dos tiempos se ensamblan. Ficción y realidad se funden. Santa y Andrés viven a hurtadillas porque no han tenido un padre que los defienda. ¿Carlos Lechuga aprenderá la lección? ¿Seguirá haciendo concesiones en sus próximas obras? ¿Acaso aparecerá la próxima vez con una película bien alejada de la realidad y sin la profundidad de Santa y Andrés? ¿Será que irá a hacerle algún favor a la dictadura? Ahora Carlos tiene que superar dos cosas: su obra, y el miedo.




Cita con la redención

‘Santa y Andrés’ (Facebook)

MIAMI, Estados Unidos.- Primero llamó la atención por un cortometraje de ficción francamente subversivo, Cuca y el pollo, donde el primer premio de cierta carrera deportiva por las calles de La Habana era, apenas, un trozo de carne magra de la mencionada ave de corral.

Después subió la parada del absurdo y el sarcasmo con otro corto, Los bañistas, donde un profesor de natación trata de aleccionar a sus párvulos en una piscina sin agua. Los mismos niños serán sus colaboradores en la venta de carne de res a contrabando por los barrios donde intentan encontrar otra piscina, pero con agua, que nunca estará disponible.

En su primer largometraje de ficción, Melaza, Carlos Lechuga incluye buena parte de ese mundo alucinante, pero suprime el humor. El drama cubano ha dejado de tener el chiste vernáculo, como puerta de salida, que tan caro le costara a Alicia en el pueblo de Maravillas.

(Siga leyendo el artículo de Alejandro Ríos aquí)

 




Los bañistas, cortometraje satírico sobre la realidad cubana

los bañistas
Osvaldo Doimeadiós en el corto Los bañistas

LA HABANA, Cuba. -Ayer se estrenó en el espacio televisivo Lente joven, del Canal Cubavisión, El cortometraje Los Bañistas, del guionista y director de cine Carlos Lechuga. Ha sido premiado en diversos certámenes nacionales e internacionales, como el Hugo de Plata de Chicago, el Premio Coral del Festival de La Habana, y la Primera Mención en el Festival Latinoamericano de Amberes, Bélgica.

En sus pocos minutos de duración, resume el infortunio que los cubanos de a pie, y la manera que encuentran para sortear los escollos en sus vivencias cotidianas.

Trata de un profesor de natación que debe a entrenar a un grupo de niños de primaria para una competencia, pero el trabajador encargado de llenar la piscina le avisa que el motor del agua se ha averiado, por lo que resulta imposible hacer el entrenamiento. Contrariamente a la resignación, el personaje se agarra al “clavo caliente”, que no es más que un mecanismo de defensa por la falta de oportunidades que en forma de muro de contención se le manifiesta y debe solucionar, o perece en la lucha.

Además de maestro de natación, el personaje protagónico (caracterizado por el actor Osvaldo Doimeadiós), se dedica a la venta de tela y frascos de yogurt, pues su salario no cubre todas las necesidades y apenas alcanza para mantener a la familia. De manera tristemente humorística, comienza la verdadera ejercitación: el maestro y los niños, tocan puertas y ofrecen los productos con cara de lástima, esta complicidad los ayuda a ganar tiempo.

El color de la tela (rojo), que nadie quiere comprar, es quizás el símbolo del comunismo, la utopía promisoria de un futuro que nadie necesita. Los niños son la fuerza motora que no le teme a nada.

Los escenarios por donde emprenden los personajes su odisea de mercaderes, nos muestran la soledad del campo, una barriada pobre, donde las paredes macilentas están llenas de borrosos mensajes revolucionarios, y la pintura descolorida de un héroe. Mensajes no tan subliminares de un país con una arruinada ideología.

Con el saldo de la venta, llegan a una instalación donde existe una piscina con todas las condiciones, pero no pueden acceder a ésta, pues se encuentra alquilada por unos jubilados. Entonces aparece el estereotipo del vividor-oportunista que está a cargo, y se niega a aceptar el exiguo soborno del profesor (unos pesos y cinco pomos de yogurt), “lo quiero todo”, le dice, “me arriesgo a perder mi puesto de trabajo”. Surge el dilema: paga y se queda sin un centavo para que los chicos usen la piscina, o le lleva el dinero a su familia.

Alentador final de los niños braceando y moviendo los pies, encima de sillas en sustitución al agua de la piscina. Se ve la imagen de una anciana que baila sin zapatos y sin música.

Queda claro: la alegría y el optimismo del cubano no entienden de frenos ni de mordazas.