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Cuando la virgen llora

Acoso a activistas en el Dia de la Caridad - Foto Leonardo Calvo

Acoso a activistas en el Dia de la Caridad - Foto  Leonardo Calvo
Acoso a activistas en el Dia de la Caridad - Foto Leonardo Calvo

LA HABANA, Cuba, septiembre, 173.203.82.38 -Una vez más el día de la virgen de la Caridad, patrona católica de Cuba, fue escenario de una escalada represiva que se ensañó contra los activistas de derechos humanos que a lo largo de la jornada se dispusieron a participar de las actividades litúrgicas que conmemoran al máximo símbolo religioso nacional.

En esta ocasión, precisamente al cumplirse cuatrocientos años de la aparición de la virgen el diseño represivo no consistió solo en introducir agentes en el templo, además de acosar, golpear o eventualmente detener a los activistas que se manifestaran en el marco de las celebraciones.

Al parecer, amparados en la patente de corso que les ha otorgado la siempre anti popular jerarquía católica, las autoridades cubanas se abrogaron el increíble derecho de impedir la entrada de los activistas a la iglesia de la Caridad en la populosa barriada de Centro Habana. Más de sesenta detenidos provocó la absurda prohibición de quienes en su momento apedrearon las iglesias y ahora quieren actuar como si fueran sus dueños absolutos. Como era de esperar varios opositores se negaron a dar el ignominioso paso atrás y enfrentaron las consecuencias represivas de su firmeza.

Cuál no sería mi sorpresa cuando al llegar, al filo del mediodía, a las inmediaciones del templo consagrado a la también llamada virgen mambisa, junto a Guillermo Ordoñez Lizama, secretario ejecutivo del Observatorio Ciudadano contra la Discriminación OCD, con el objetivo se asistir a la misa de 12 m fuimos interceptados por un nutrido contingente de agentes y oficiales de la policía política que en forma impositiva y descompuesta nos “informaron” que no había iglesia para nosotros.

Ante tan inaceptable prohibición Ordoñez Lizama y el que suscribe reaccionamos primero enérgicamente reafirmando nuestro derecho y disposición de acceder al templo. Ante nuestra airada protesta se aglomeraron en la vía pública cientos de vecinos, transeúntes y peregrinos para ser testigos de un enfrentamiento tan violento como inevitable.

No puedo olvidar a la señora de mediana edad que increpó violentamente al oficial que discutía conmigo para gritarle enérgicamente “no lo vayas a tocar, no lo vayas a tocar”. Mientras la confrontación se hacía más dura y aparecían nuevos represores un rosario de consignas antigubernamentales y pro democráticas acompañaban nuestro desafío, sin embargo el clímax de violencia sobrevino cuando los oficiales se dispusieron a introducirnos por la fuerza en el automóvil del llamado “teniente coronel Camilo”, quien gritaba despavorido “al carro no, con el carro no” ante nuestra violenta reacción.

A duras penas, ante el tráfico detenido por la confusión y la aglomeración de personas fuimos conducidos a la estación de policía más cercana, dejando atrás la evidencia palpable de la falsedad rampante del supuesto “pueblo indignado” que espontáneamente defiende la revolución, porque ni uno solo de los ciudadanos allí presentes hizo una sola manifestación contra nosotros y nuestros actos.

El resto de la historia es bastante recurrente, trato correcto por parte de la policía nacional, más enfrentamiento verbal con los esbirros de la policía política, bastantes amenazas de procesamiento judicial por los “delitos” cometidos, varias horas en un calabozo de La Habana junto a otros activistas detenidos y posterior liberación sin más consecuencias ocho horas después del suceso. Al arribar Ordoñez Lizama al barrio, donde precisamente reside, fue abordado por muchos testigos del hecho que le han manifestado su admiración, respaldo y preocupación.

Esta nueva manifestación de pánico de estado era innecesaria para demostrar la naturaleza criminal y la debilidad de un gobierno que solo se sostiene a base de terror, mentiras y chantajes.

Sin embargo hechos como este nos obliga a preguntar hasta donde va a llegar la degradación moral y ética de la jerarquía católica en Cuba. Tal vez su ilustrísima eminencia el Cardenal Ortega piense que todos los represaliados del pasado sábado somos vulgares delincuentes y merecemos tales tratos, pero lo que debía admitir este príncipe al que le sobran afeites y le falta decoro es que cuando un hombre no está a la altura de la misión trascendental que le impone el destino y su compromiso con la fe, lo mejor que hace es abdicar de su investidura antes de convertirse en una vergüenza para Cuba y para su iglesia, aunque para esto último ya es demasiado tarde.

Admitir con esa actitud sumisa y cómplice que ciudadanos, creyentes o no, sean injustamente reprimidos a la puerta de los templos sin decir una sola palabra de protesta ofende a la virgen que dicen honrar, a esa madre que ha acompañado a todos los cubanos, creyentes o no, en sus luchas vicisitudes y esperanzas.  Por suerte en Cuba hay sacerdotes de la estirpe del padre José Conrado, siempre dispuesto a hacer valer su compromiso con la verdad y la justicia, aun en las más graves circunstancias.

Al momento de ser separados en el depósito de detenidos de la estación de policía de la populosa calle Zanja, Ordoñez Lizama y yo reafirmamos en un apretado abrazo la satisfacción mutua ―pasara lo que pasara― de haber luchado juntos por la justa causa que nos une. Horas después al reencontrarnos en la penumbra de la céntrica calle Reina en un apretado abrazo sellamos el compromiso de asistir cada ocho de septiembre a la misa de 12 m, para reafirmar ―pase lo que pase― nuestro compromiso indeclinable con la libertad de los hombres ante la mirada de la madre de todos los cubanos quien, a pesar de los falsos profetas que desde el gobierno o el pulpito entierran a nuestra sufrida nación, de seguro nos contempla orgullosa.

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Pastora Nuñez: El expediente que no vio el cardenal

Pastorita Nuñez y Fidel Castro

Pastorita Nuñez y Fidel Castro
Pastorita Nuñez y Fidel Castro

LA HABANA, Cuba, agosto, 173.203.82.38 -Recientemente, fue estrenado en la televisión cubana el documental “Pastora Núñez”, dedicado a un personaje de la revolución casi completamente olvidado por el pueblo.

Fallecida hace unos dos años, se le conoció popularmente como “Pastorita”. Había participado en la insurrección armada que encabezó Fidel Castro contra el gobierno del general Fulgencio Batista. Al triunfo de los guerrilleros, Castro la nombró Presidenta del Instituto Nacional de Ahorro y Viviendas. Bajo su égida se construyó la llamada Unidad Uno, de la Habana del Este, y otras miles de viviendas, a la vez que se ocupaba de la Lotería Nacional.

Pero en relativamente poco tiempo, sin que nunca se haya publicado una explicación oficial, su estrella se eclipsó, a tal punto que los últimos años de su vida los pasó olvidada en el asilo católico para ancianos Santovenia. Unos afirman que desaparecó porque su figura representaba más un peligro que una ayuda para el Comandante en Jefe; no obstante, otros cubanos que eran adultos en aquellos tiempos insisten en que fue destituida por corrupción administrativa, hecho que la convertiría en una de las primeras en la interminable lista de dirigentes corruptos de la revolución.

La puesta fílmica sobre su vida relata sucesos interesantes y poco conocidos. Entre ellos, el hecho de que, cuando decidió subir a la Sierra Maestra para incorporarse a la guerrilla, le llevó a Fidel Castro cuatro millones de pesos que había logrado recaudar, al parecer entre las clases ricas de la Isla.

Desconozco qué valor tendría ese dinero en 1958, pero algunas personas que saben algo sobre el tema, estiman que en la actualidad serían unos 35 millones de dólares. Si así fuera, se trata de un dato revelador, ya que siempre los voceros del régimen han afirmado que la guerra dirigida por Castro se hizo a costo de grandes sacrificios y carencias personales.

Pastorita Nuñez
Pastorita Nuñez

A partir de ese momento, según el documental, el líder guerrillero nombró a Pastorita Recaudadora de Impuestos de Guerra, o sea, encargada de extorsionar a negociantes y empresarios para recaudar dinero para el financiamiento de la aventura guerrillera. Y ejercitando las funciones de su alto cargo estaba cuando le aseguró a un estadounidense -administrador de un central azucarero, que se negaba a colaborar con la revolución-, que si no pagaba el diezmo exigido por ella, le quemarían el central.

En el documental también se muestra que durante la huelga general de abril de 1958, organizada para sacar a Batista del poder, Pastorita dirigió la toma de varias iglesias, como parte de las actividades de acción y sabotaje llevadas a cabo por los revolucionarios.

En este sentido, vale recordar (aunque es un hecho aún fresco en la memoria de todos) que en marzo del actual año, poco antes de la llegada a Cuba del Papa Benedicto XVI, trece opositores pacíficos entraron a la Iglesia de la Caridad, en el municipio Centro Habana, y luego se negaron a salir, alegando que querían entregar un documento para su Santidad. El Cardenal Jaime Ortega llamó entonces a las fuerzas represivas del régimen, y los oposicionistas fueron sacados a la fuerza de aquel templo. Para tratar de justificar el hecho, unos días después, durante una visita a Estados Unidos, Ortega alegó la falsedad de que esas personas tenían expedientes delictivos, además de decir, despectivamente, que tenían poco nivel cultural.

Lástima que el Cardenal no haya hablado nunca del expediente de Pastora Núñez, a quien la Iglesia cobijo durante los últimos años de su vida en un asilo católico, rodeada por el recuerdo de sus actividades de violencia armada, que incluyeron, casualmente, la toma de Iglesias.

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La Iglesia: ¿Pragmática u oportunista?

LA HABANA, Cuba, junio, 173.203.82.38 -El recelo que muestran ante la Iglesia Católica hoy los opositores al régimen cubano coincide, en más de un rasgo y por más de un motivo, con el que sentían hacia esa institución los cubanos independentistas y los amantes de la libertad, en 1902, cuando se fundó la República. El bajo perfil del catolicismo en los albores republicanos estuvo condicionado por el vínculo que había sostenido el clero con los colonialistas españoles, derrotados en la guerra hispano-cubana-norteamericana, en 1898.

Sin embargo, las huestes de Roma supieron recuperar lo perdido en un tiempo relativamente breve. Construyeron decenas de templos, fundaron nuevas órdenes y escuelas de enseñanza religiosa, e incluso una universidad católica. El catolicismo salió de los templos y se diseminó por las calles, de la mano de jóvenes entusiastas agrupados en asociaciones con un alto protagonismo social.

Un censo efectuado en el año 1956 arrojó que 95% de los cubanos se consideraba religioso y que la inmensa mayoría se identificaba como católico. Quedó marcado así un punto de retorno para la prominencia del catolicismo en nuestra Isla.

Pero con la llegada de 1959 iniciaría un nuevo declive de la popularidad de la Iglesia, caracterizado por su enfrentamiento con el Estado. La promoción de la ideología comunista y el acercamiento a la Unión Soviética -donde el ateísmo había sido implantado a sangre y fuego- suscitaron la desconfianza de la Iglesia. El resto es una historia conocida.

La tendencia ateísta y totalitaria del castrismo se hizo evidente tan pronto como comenzó a expropiar escuelas religiosas y a encarcelar, a fusilar o, en el mejor de los casos, a expulsar del país a creyentes y hasta a sacerdotes.

Un año después de tomado el poder por Fidel Castro, apenas quedaban aquí la mitad de los sacerdotes que había en la fecha de su llegada. Y en 1970 el gobierno dispuso el fin de la celebración de la Navidad, arguyendo que ésta coincidía con el periodo de la zafra azucarera. Poco antes se constituyeron las UMAP, campos de trabajo forzado en los que internaban a muchos religiosos y, a manera de castigo, les obligaban a desempeñar labores agrícolas en condiciones crueles y humillantes.

También es esa la época en que el sistema educacional cubano adopta como enseñanza obligatoria lo que dieron en llamar “Ateísmo científico”, una suerte de asignatura que descalificaba, denigraba y ridiculizaba la fe religiosa. El catolicismo, no obstante, lograría sobrevivir en las catacumbas del ostracismo. Hasta que, en 1985, una nueva realidad latinoamericana le hizo llegar un soplo de oxigeno.

Fray Beto, conocido teólogo de la doctrina de la Liberación, viene de visita a Cuba y logra una extensa entrevista de 23 horas con Fidel Castro, publicada ese mismo año, bajo el título: Fidel y la religión. Durante la entrevista, Castro se muestra conciliador con la religión, en un acto de franco oportunismo político.

Evidentemente, el régimen pretendía aprovecharse de los fuertes vínculos entre la Teología de la liberación y el movimiento subversivo latinoamericano, promovido en buena medida desde Cuba. Fue también en fecha cercana cuando Fidel Castro se dejó ver con una Biblia en un evento público, junto al pastor bautista y entonces candidato a la presidencia de los Estados Unidos, Jesse Jackson.

Luego, vino la caída del campo socialista europeo, con la consecuente crisis económica para la Isla, a inicios de los años 90: una auténtica debacle, generadora de un vacío material, moral y espiritual que la Iglesia Católica –al igual que otras congregaciones religiosas- intentaría aprovechar para sus fines.

Los templos volvieron a llenarse después de haber pasado décadas totalmente desiertos. Y con ello, la Iglesia comienza a recuperar una influencia social que muchos pensaban había perdido para siempre. Por su lado, el gobierno, tremendamente debilitado, tomaba nota.

En 1991, se aprobó una resolución para permitir y propiciar que personas religiosas pudieran afiliarse al partido comunista de Cuba. En 1992, se elimina de la Constitución toda referencia al ateísmo. Durante este tiempo se permite el ingreso al país de numerosos misioneros de América y España. A tenor de la grieta abierta, la Iglesia Católica funda varias revistas, entre las que destacan, por el tratamiento crítico que dan a la realidad social, Palabra Nueva y Vitral.

En 1998, las autoridades acuerdan por fin la visita al país del Papa Juan Pablo II, quien durante su estancia se pronuncia sobre temas sensibles para la sociedad cubana y hace un llamado al pueblo en general y a los católicos en particular para que se comprometan a impulsar los cambios necesarios.

Luego de la visita del Papa nada nuevo ocurrió, como no fuese un nuevo período de desaliento, y para 1998 se enracen nuevamente las relaciones Iglesia-Estado.

La promoción de Jaime Ortega como Cardenal de la Iglesia de Cuba, el 26 de noviembre de 1994, fue vista con esperanza por muchos. Al nuevo cardenal le acompañaba la leyenda de sus años de condena en la UMAP y muchos pensaron que adoptaría una postura firme frente al gobierno, como hizo la Iglesia en la Polonia comunista.

Sin embargo, muy pronto las posiciones timoratas y conciliadoras de Ortega mataron las ilusiones de los soñadores. Antes que confrontar, o denunciar al menos los excesos del poder, Ortega optó por jugar una partida en la que el régimen es quien dispone las piezas y regula cada movimiento.

Muchos creen que el cardenal solo se ha limitado a cumplir las órdenes que recibe del Vaticano, empeñado en recuperar la antigua posición de la iglesia cubana. Algunos recuerdan que en cierta ocasión se defendió apelando a las estadísticas, al decir que aunque en la actualidad 72% de los cubanos está bautizado, sólo 1% es católico practicante; lo cual debe interpretarse como que la Iglesia cuenta con poco poder real, insuficiente en todo caso para darle la batalla a los comunistas.

La reciente visita del Papa Benedicto XVI fue recibida con desgano. La propia jerarquía católica se encargó de aclarar que su presencia tendría un carácter exclusivamente evangelizador, y que sus homilías serían apolíticas. El régimen, por su parte, utilizó la presencia de Benedicto para intentar limpiar su imagen ante la comunidad mundial. Excepto la proclamación del feriado para conmemorar el Viernes Santo, ninguno de los pedidos de la Iglesia fue satisfecho.

En tanto, continúa evidenciandose el alineamiento de la jerarquía católica cubana con el régimen. Hace poco, alcanzó un clímax de acidez, cuando, en una importante revista católica, un editorialista arremetió contra la oposición pacífica (muchos de cuyos miembros son católicos practicantes), utilizando por momentos el mismo lenguaje utilizado por los medios de comunicación oficiales.

Si consideramos que en política las percepciones suelen ser tan o más importantes que la realidad, habría que concluir que el cardenal Jaime Ortega y la Iglesia Católica están perdiendo el juego en Cuba. Hoy, al igual que en los inicios de la República, gran parte de nuestro pueblo piensa que esa institución no tiene autoridad moral, y que el Cardenal la dirige, ni siquiera como el político pragmático que tal pretende ser, sino como un verdadero oportunista sin liderazgo.




Cópula tardía

LA HABANA, Cuba, mayo, 173.203.82.38 -En días recientes, algunos medios internacionales de información insertaron una nota graciosa entre tanta gravedad. Era una especie de reportaje sobre una anciana, virgen a los 70 años de edad, que ante el temor de abandonar el mundo sin haber hecho todo lo que el cuerpo le estuvo pidiendo, de pronto se muestra ansiosa por recuperar lo perdido y avanzar mucho más, si le fuera posible.

Sé por qué la historia de esta anciana me remitió a la actual situación de ciertos representantes de la Iglesia Católica cubana. No sólo, o no en específico esta vez a la del cardenal Jaime Ortega, quien, por demás, no debe ser ducho en virginidades.

Al igual que la anciana de marras, tales representantes eclesiásticos se muestran resueltos a ganar contra reloj una carrera que ya tienen perdida desde hace años, por más que ellos sean los únicos que parecen no darse cuenta.

Reprimieron durante medio siglo el concupiscente impulso de abrirse en cuerpo y alma al poder político. Y ahora, al ver que se les acaba el tiempo sin que tal sacrificio les reporte placer ni ganancia, se abalanzan a recuperar lo perdido, pero de una manera no menos imprudente que la de aquella virgen septuagenaria.

Hablo de representantes formales de la Iglesia Católica cubana, y no, en modo alguno, de sus respetables creyentes, quienes, al igual que los de cualquier otro credo, merecen toda consideración. El Vaticano es un Estado, es poder. Así que sus representantes oficiales son comisionados de un poder. La fe, el cristianismo y Dios son cuestiones aparte. Incluso también lo son aquellos representantes oficiales de la iglesia que siempre ponen por delante su misión espiritual.

No fue Dios, ni siquiera la Iglesia Católica, en abstracto, quienes le negaron piedad y caridad a 13 opositores pacíficos cubanos que, desesperados y ansiosos porque se atendieran sus demandas de libertad y honra a los derechos humanos, ocuparon respetuosamente un templo católico en La Habana. Tampoco fue el catolicismo quien entregó a estos infelices a la jauría policial, y después, no conforme, se ha dedicado a difamarlos y a insultarlos en público.

No fueron los católicos, en plural, quienes clausuraron la revista católica Vitral, porque le molestaba al régimen, y, aprovechando su ausencia, dieron auge a otra, Espacio Laical, que le hace el juego a Dios y al diablo, apoyando y aun promocionando al régimen, bajo el disfraz de imparcial y patriótica y hasta contestataria.

Precisamente el editor de la revista Espacio Laical, Roberto Veiga González, recientemente aireó, en Nueva York, dos o tres píldoras que nada dejan a la perspicacia.

Durante una conferencia en el neoyorquino Centro Bildner, Veiga González dijo que nuestro país no está preparado para el multipartidismo y para las elecciones libres, por lo cual él descarta esa posibilidad e incluso su conveniencia. Dijo que Raúl Castro es el hombre capacitado para llevar adelante los cambios que necesita la Isla, y que su gobierno goza de legitimidad, de acuerdo con una parte significativa del pueblo. Dijo que a la vuelta de 5 años más con el mismo régimen (es decir, cuando éste cumpla 58 años de arruinadora y ruinosa tiranía), Cuba podría llegar a ser un país maravilloso.

Sin comentarios. Como no sea para recalcar la evidencia de que a estos ciertos funcionarios del poder de la iglesia, perdido el pudor ante el apremio por recuperar terreno –como en el caso de la viejita virgen-, ya ni siquiera les basta con guardar silencio y mirar hacia otro lado ante los atropellos dictatoriales. Necesitan proclamar en voz alta y clara que han salido a la brega en busca de que el régimen les compense por tanta ansiedad reprimida durante varias décadas.

Lo más triste es que, como aquella virgen septuagenaria, por muchas ganas que tengan, ya no les queda con qué incitar las ganas del otro, sólo su simulación.

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No es “una especie de herida”, es una herida

PUERTO PADRE, Cuba, mayo, 173.203.82.38 – Lingüistas y antropólogos deberán integrar la comisión forense multidisciplinaria destinada a clarificar en un tiempo no muy lejano el presunto delito de lesa humanidad que, en una de sus manifestaciones más visibles, el destierro como consecuencia de persecución política o estado de necesidad , sirvió para que académicos un tanto alejados de sucesos criminosos dialogaran bajo el rótulo “La diáspora cubana en el siglo XXI”, auspiciado por el Arzobispado de La Habana.

El propio arzobispo, cardenal Ortega Alamino, en la Universidad de Harvard, antes de transcurrir una semana del cónclave en La Habana –que sesionó solo para invitados sin la presencia de los desterrados dentro de la isla- mencionó “una especie de herida histórica” interpuesta entre el llamado de la Iglesia para la concordia y reconciliación de los cubanos.

Es cierto, pero no es “una especie”, sino una verdadera herida, sangrienta unas veces, supurante otras, abierta desde hace más de medio siglo, latente en el enconamiento entre los cubanos.

La muerte, la cárcel, el quebrantamiento sicológico, el descrédito moral y, sobre todo, el destierro del adversario político, parecen tener carácter de premeditación y alevosía si nos detenemos en los fragmentos de dos cartas escritas en una celda donde su ocupante, según la sanción impuesta, debía pasar 15 años por el asalto a la segunda fortaleza militar del país, pero paradójicamente solo pasó 21 meses y 15 días gracias a una amnistía.

“Seguir la misma táctica que se siguió en el juicio: defender nuestros puntos de vista sin levantar ronchas. Habrá tiempo de sobra para aplastar todas las cucarachas juntas”, escribía desde su celda en la prisión de Isla de Pinos el 12 de diciembre de 1953 el Dr. Castro Ruz dando instrucciones a Melba Hernández.

Desde el mismo lugar,  el 14 de agosto de 1954 escribía a Luis Conte Agüero: “El aparato de propaganda y de organización debe ser tal y tan poderoso que destruya implacablemente al que trate de crear tendencias, camarillas, sigmas o alzarse contra el movimiento”.

¿Fueron meras palabras…?

Transformado aquel movimiento, todos los que coincidieron en el Partido Unido de la Revolución Socialista de Cuba (PURSC) -hoy Partido Comunista- atacaron a sus oponentes según lo escrito por el Dr. Castro Ruz.

Imagínense que el general Fulgencio Batista, en plena guerra civil, para derrotarlos, hubiera metido en camiones o vagones de ferrocarril a los colaboradores del Movimiento 26 de Julio y del Ejército Rebelde, y los llevara a todos ellos y a sus familiares, de la provincia de Oriente desterrados a Pinar del Río.

Exactamente eso fue lo ocurrido antes de completarse una década de que el Dr. Castro Ruz escribiera la palabra “implacablemente”.

En solo dos días, entre el 7 y el 9 de septiembre de 1963, más de 3,000 colaboradores de los sublevados en Las Villas fueron procesados y desterradas unas 500 familias a la provincia de Pinar del Río.

Por cierto, cuando a inicios de nuestra última guerra civil, el comandante Menéndez Tomasevich mostraba sobre el mapa la situación operativa que debían enfrentar, llamando a sus contrincantes “alzados”, “insurgentes”, “guerrilleros”, el Dr. Castro Ruz lo interrumpió tajante: “No des más vueltas.  Llámalos bandidos, que eso es lo que son”.

Por cada muerto, cada hombre hecho prisionero como resultado de operaciones contrainsurgentes de un ejército en una guerra civil -esto es, entre ciudadanos de una misma nación- más que un vicio de crímenes de guerra para el jurista, estaría mostrando al antropólogo un generalísimo componente fratricida en una nación en conflicto.

En ese sentido las cifras son más  elocuentes que las palabras:

En 1963 el Ejército del Centro -cuyas responsabilidades operativas  comprendían las antiguas provincias de Las Villas, Camagüey y una pequeña franja de Matanzas situada al este del Canal de Roque-  capturó a 373 ciudadanos cubanos armados. De ellos, 195 fueron hechos prisioneros y 178 terminaron muertos.

Cuando escuché al cardenal Ortega Alamino hablar en la Universidad de Harvard de “bajo nivel cultural” y de “antecedentes delictivos” cuando se refería a los cubanos que, por llamar la atención del Papa sobre el vía crucis de su nación pretendieron permanecer en un iglesia en La Habana, recordé a Máximo Gómez, a Antonio Maceo y a tantos otros cubanos, incluyendo decenas de bandidos, algunos transformados en patriotas…como muchos patriotas después se transformaron en bandidos.

Sólo cuatro de los Mayores Generales del Ejército Libertador alcanzaron títulos universitarios, nueve fueron agricultores, cinco propietarios, otros tantos hacendados, tres comerciantes y uno carpintero.

En cambio, hoy tenemos tantos académicos, tantos científicos, tantos ingenieros. Pero nuestros niños y jóvenes dominan tan mal la lengua materna y son tan deficientes en Matemáticas, peor en Cívica y dicen tantas palabrotas, que al mirar alrededor y ver tantas calles destruidas, edificios a punto de caer y los campos tan rebosantes de espinas, los mercados tan desabastecidos, me pregunto: ¿De qué sirve el nivel cultural  cuando falta el valor cívico para desarrollar el intelecto?

Y no puedo sino responderme: Cardenal, no es “una especie de herida”, como usted dice. Una herida tenemos los cubanos impidiéndonos la reconciliación. Ayude a cerrarla, no haga de sus palabras bisturí, como ya otros hicieron con las bayonetas.




La reina de Cuba visita Lawton

LA HABANA, Cuba, diciembre, 173.203.82.38 -Eran las cuatro de la tarde del viernes 18 de noviembre, cuando regresaba para Lawton en el carro de un vecino. A medida que nos acercábamos a Diez de Octubre y Dolores, era tanto el alboroto, que por un momento pensé que se había producido “el milagro” que todos esperamos. Entonces vimos un carro con altoparlantes que anunciaba el recorrido de la Virgen de la Caridad.

La Virgen venía para Lawton. A su paso, las personas salían de las casas y centros de trabajo, daban vivas y aplaudían a la imagen, que iba en una carroza, protegida por una urna de cristal.

El cortejo avanzaba por la calzada de Dolores hacia la capilla de San Enrique de Ossó, en Concepción entre 23 y 24, para visitar a las hermanas teresianas, donde permanecería hasta las ocho de la noche.

Ya a partir de las cinco de la tarde, comenzaron a reunirse personas en la esquina de Dolores y 16 y sus alrededores, para esperar a la patrona de los cubanos, que a las ocho y treinta sería recibida por el padre Silvano, quien la llevaría a la parroquia de Santa Clara para ser adorada durante la noche. Allí la recibió el cardenal Monseñor Jaime Ortega, quien se dirigió al pueblo en la entrada de la iglesia. Pidió por los enfermos, los ancianos, los desvalidos, y le hizo una oración a la Virgen. Muchos cuestionaron por qué se le olvidó pedir por los presos.

Por un momento, mientras daba vivas a la Virgen de la Caridad, la aplaudía y pedía la visita del Papa, la multitud se olvidó de la pobreza, de la escasez, del desempleo, de las ratas, del dengue y de los tiempos de la persecución religiosa, que no están muy lejos. Esta es la segunda vez que la Virgen recorre Cuba. La primera fue en 1952, en el cincuentenario de la República.

Ya estamos en vísperas de las Navidades, y aunque los días difíciles están presentes también en éstas, tendremos el dulce recuerdo de la visita a Lawton de la patrona de los cubanos, a la que el Papa Juan Pablo II, durante su visita, en 1998, mientras le cambiaba la corona, con razón llamó “la reina de Cuba”, a la vez que le pidió que reuniera a sus hijos por medio de la reconciliación y la fraternidad.




¿Acción humanitaria o conjura?

LA HABANA, Cuba, octubre, 173.203.82.38 -El reciente fallecimiento de la líder de las Damas de Blanco, Laura Pollán, ha renovado el debate sobre el papel que jugó el Cardenal Jaime Ortega en el proceso de excarcelación y deportación a España, de la mayor parte de los presos de conciencia del llamado Grupo de los 75.

En estas “negociaciones”, ocurridas convenientemente en momentos en los cuales la opinión pública internacional centraba su atención en la violencia con que el régimen castrista enfrentaba las actividades pacíficas de las Damas de Blanco, intervinieron, además de los líderes cubanos, dos actores altamente controversiales: el Cardenal Ortega, y el ministro español de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos.

Seguramente los negociadores previeron que la excarcelación y expatriación de los 75, con la subsiguiente partida al exterior de Laura Pollán y Berta Soler, daría fin al movimiento de las “Damas de Blanco”.

Este esperado desenlace traería consigo indudables beneficios para cada uno de los involucrados en el “dialogo”. El gobierno castrista, mejoraría su imagen, dando la apariencia de que las cosas habían mejorado en Cuba, lo cual debería contribuir al mejoramiento de las relaciones del régimen con la comunidad internacional, especialmente con la Comunidad Europea. El Cardenal, recibiría como retribución un espacio social para su Iglesia. Y a Moratinos, se le despejaría el camino para lograr su objetivo de alcanzar la normalización de las relaciones de la Unión Europea con la Isla, una obsesión personal.

Con la partida de la mayoría de los 75 a España, una parte del proyecto se cumplió, no obstante, los negociadores no incluyeron en su ecuación el liderazgo de Pollán, quien impidió la desaparición de las Damas, incorporando a este movimiento a las Damas de Apoyo.

Probablemente los artífices de este proyecto, vieron estupefactos como, lejos de desaparecer el grupo, las actividades de las Damas de Blanco adquirían un nuevo impulso; situación que resultó inadmisible para un sistema acostumbrado durante medio siglo a campear por su respeto en el país, sin admitir cuestionamientos de ningún tipo.

Ante la imposibilidad de lograr la desarticulación de las Damas de Blanco, el gobierno cubano acudió a la represión, el método que mejor maneja.

Por todo lo anterior se afianza la duda sobre las verdaderas motivaciones que tuvieron Ortega y Moratinos para participar en las supuestas negociones con el gobierno castrista; si verdaderamente los movió un fin humanitario, o sólo tenían otros objetivos.

Las dudas se ven reforzadas hoy por el hecho de que en las últimas semanas las Damas de Blanco han vuelto a ser reprimidas violentamente por fuerzas gubernamentales, sin que el Cardenal Ortega, haya retomado su dialogo con el gobierno para impedirlo, ni abierto su boca para hablar del asunto, o manifestar en modo alguno su disposición a interceder ante las autoridades para que pongan fin a estos barbáricos  actos.

Moratinos fue separado del gabinete español y se supone que Ortega pasará pronto a retiro por haber cumplido 75 años, edad en que los cardenales deben jubilarse.

Quedará para los historiadores develar las motivaciones reales que llevaron a la mesa de “negociaciones” al cardenal cubano y el ministro español, y averiguar si realmente hubo negociaciones o estos señores sirvieron solo como caja de resonancia a la dictadura. ¿Habrán sido sólo parte de una conjura para liquidar a las Damas de Blanco?




Prudencia extrema

LA HABANA, Cuba, octubre, 173.203.82.38 -¿Puede hacer algo más la iglesia católica cubana ante la codificación del puñetazo vil, las patadas en serie, los bestiales empellones y el vocerío que reparte groserías a granel?

Esa son las entregas que hace, semana tras semana, la tropa convocada por la policía política para apolismar a los ciudadanos que exigen, en las calles, un mínimo respeto a los Derechos Humanos.

La petición de algunos prelados y laicos de detener los abusos, se pierde ante la indiferencia. No hay posibilidades de reducir los riesgos de muertes o graves secuelas por la proliferación de esas coreografías del odio.

Entre los ecos de las tibias denuncias, realizadas por algunas de las autoridades eclesiásticas, continúa el ciclo de salvajismo. Nada detiene la orden que avala estas acciones para las que no faltan esbirros, capaces de actuar con una impresionante eficiencia.

Al valorar la posición de la iglesia católica local, sin dudas la más influyente dentro de las instituciones religiosas a nivel mundial, hay que mencionar su volubilidad milimétricamente ajustada a las circunstancias. Es decir que salvo discretas acciones de carácter humanitario junto a los rituales, puertas adentro; la iglesia no ha asumido todo el papel que le corresponde en áreas sensibles de la sociedad.

En ocasiones, no ha faltado el sobredimensionamiento de su autoridad que no pasa de ser simbólica y constreñida al interior de los templos.

En el proceso de “excarcelación” de varias decenas de prisioneros del Grupo de los 75, ocurrido entre los años 2009 y 2010, que tuvo más cercanías con el destierro que con una liberación incondicional, las máximas autoridades católicas no estuvieron a la altura que demandaba el momento.

Más que un rol protagónico en este asunto de trascendencia internacional, la iglesia fue una pieza utilizada por el régimen, en la compensación de las cuotas de legitimidad perdidas, al poner tras las rejas a estas personas, en aquella aciaga primavera de 2003.

El Cardenal cubano Jaime Ortega por un lado y el ex canciller español Miguel Ángel Moratinos por otro, conformaron la tríada, junto a representantes del gobierno, para llevar a cabo una jugada favorable a estos últimos.

En la actualidad, la Iglesia católica nacional se abstiene de una mayor beligerancia en un clima donde el terror y la impunidad siguen dictando las pautas.

En el espacio alcanzado hasta hoy por la Iglesia  no aparecen las huellas del coraje, salvo aisladas actitudes que no son apoyadas por los altos niveles de de la institución.

Unos podrían llamarlo acomodo, los más radicales traición. Calificaciones aparte, es obvio que la iglesia teme implicarse demasiado en asuntos que disgusten  a la nomenclatura.

Hay castigos para todos, no importa el rango ni la edad. Basta que crucen la invisible raya de la tolerancia. El Cardenal y la mayoría de los obispos y sacerdotes lo saben muy bien.

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Babalaos y mayimbes

LA HABANA, Cuba, enero (173.203.82.38) – ¿Quién lo diría? El cielo sonríe a la actualización del modelo económico cubano. La corte celestial da palmaditas. El cardenal Jaime Ortega ya bendijo los cambios económicos y los timbiriches por venir. Por su parte, en la letra del año de los babalaos de Ifá, el signo Baba Eyiobe habla de que el triunfo está basado en trabajar más y “en la organización en todos los aspectos”. Por poco hablan de institucionalidad. El progreso qué viene estará regido por Oggún, patrón de los herreros y -¡miren qué casualidad!- de los militares.

No por gusto el periódico Granma citó de pasada, y como quien no quiere la cosa, la letra del año de la Asociación Cultural  Yoruba. A propósito, este año casi coinciden al dedillo (¡vaya a saber por qué!) las letras del año habitualmente paralelas de las dos comisiones de babalaos, los oficialistas del palacete del Prado y los que parecían más auténticos, de la vieja casona de la calzada de 10 de Octubre.

Hay que estar organizados y tener fe en los jefes para que cambien todo lo que deba ser cambiado, que la prosperidad viene en camino, dicen los babalaos de Ifá. Casi lo mismo  que los generales-gerentes, el  obeso ministro de Economía, Marino Murillo, y los bonzos comunistas del economicismo de mercado socialista-raulista. A los babalaos sólo les faltó agregar el ¡sí se puede! Da gusto tanta unanimidad en los altares y en el Politburó, así en la tierra como en los cielos…

Asusta el acertijo de los babalaos acerca de los dos leopardos que no pueden morderse las cabezas. Desconcierta el de “lo que se va vuelve”. Pero dicen que los 24 orishas, invocados por los babalaos de la Asociación Yoruba para que velen por los cubanos, auguran grandes cosas para este año.

Se pregunta una amiga que hizo iyabó hace poco más de un año si la lagartija mensajera de Obbatalá, la del manto blanco que todo lo perdona, no trocará más los pedidos desesperados que envían sus fieles desde la isla. La letra del año no la convence: “Hasta a los santos los han cogido para las cosas, porque mira que hablar de progreso y prosperidad con lo que nos viene encima…”

Por lo pronto, ahora que la despidieron del trabajo por “no idónea” y no tiene dinero para montar una venduta, empieza a lamentar lo que le costó “hacer santo”. “Total, siempre estoy obsobbo”, se queja. Y no tiene ni agua que tirar para hacer un ebbó y sacar el enfumbe de su casa, porque en Arroyo Naranjo el agua sólo la ponen tres o cuatro horas, si no es que la llevan en pipas cuando se acuerdan.

“Por suerte, ya no tengo que vestir siempre de blanco y puedo  coger el sol y el sereno y salir a la calle a luchar”, me dice. Mi vecina ya no cree en las predicciones de los babalaos y castiga e insulta a los santos si no le sale un negocio, no gana en la bolita o su marido no va a dormir. Y me preocupa, porque creer en los santos era lo único parecido a la esperanza que le iba quedando a gente como ella, que en definitiva son bastantes, sino la mayoría.

En lo personal, si la letra del año la citan en un editorial de Granma, que no me pidan que crea en ella. Me empieza a recordar demasiado la moraleja de los Lineamientos de la Política Económica y Social para el VI Congreso del Partido Comunista. Y los toques de  tambores a los orishas me suenan como la musiquita de circo -con tragafuegos y leones y todo- que  toca el Baby Lores desde que dejó el reguetón para lamentar “ya no hacemos el amor, todo quedó en el ayer”. El muchacho  tiene derecho a cambiar y su público salió ganando, pero que cambien los babalaos para servir a los mayimbes, ¡hum!

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