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2023 en Cuba, solo otra vuelta alrededor del sol

Cuba

LA HABANA, Cuba. – Quema de muñecos, cubos de agua a la calle, vueltas a la manzana con maletas en mano y, sin temor a generalizar, toda la “gente de a pie” pidiendo que la pesadilla “continuista” termine de una vez, y que si la Letra del Año habla de muerte en sus primeras líneas, al menos que esta sea la de un régimen que en su agonía nos empuja a agonizar con él.

Y más allá de los mismos rituales mágicos que solo a unos pocos les funcionaron en el año que se fue, nada que indique, que presagie, ese cambio que hemos tenido tan cerca pero se nos escapa siempre entre las manos. El cambio definitivo que no hemos sabido agarrar porque nadie está dispuesto a perder más de lo que ya se ha perdido. 

De modo que así entramos a otro año, y ya van más de 60, aferrados a esa tabla de salvación que nos inventamos pero que, como todo salvavidas, apenas nos mantiene a flote, dependientes de su fragilidad, navegando al azar, sin dirección y reduciendo nuestras pocas esperanzas a la posibilidad de tocar tierra firme alguna vez, en cualquier lugar.

Pasó diciembre y algunas de las cosas que temíamos no sucedieron, así como muchas de las que deseábamos continúan sin llegar. Ni el dólar subió lo que amenazaba con subir, ni las multitudes dejaron de hacer colas por comida para lanzarse a las calles a pedir libertad.

El régimen, experto en alejar su trasero del fuego pero incapaz de apagar el incendio que le rodea, gastó en pollo, cerdo y cerveza importados esos pocos centavos recolectados en su gira por Asia y el Caribe, de modo que ahora la pregunta que se impone es cuánto en realidad nos costará, en los meses por venir, ese simulacro de “abundancia” que no sació el hambre nacional pero que, apelando a nuestro letal conformismo, postergó, quizás para otro verano como el de 2021, esos pronosticados estallidos sociales de diciembre que a algunos les quitaban el sueño.

Compraron tanto pollo para calmar los ánimos de los hambrientos que se habla de toneladas de carne perdidas en los almacenes del puerto y en las distribuidoras porque no hay cómo trasladarlas o almacenarlas en los destinos finales, con lo cual nuestro año comienza con una muy mala señal de cómo serán los días por venir, sobre todo cuando muchos que no son ellos deban pagar la incompetencia y el derroche.   

Pero, más allá del alimento que se pudre en silencio, al parecer les funcionó la estrategia de barrigas menos vacías, cabezas mareadas por el alcohol y calles desoladas por el miedo a los asaltos callejeros (tan “políticamente convenientes” en estas fechas), mientras que el freno a la emigración que suponen las repatriaciones pactadas con México y Estados Unidos, así como los hundimientos de embarcaciones, lograron hacer con el precio del dólar lo que no pudo el ministro de Economía con sus experimentos.

Sin embargo, a pesar de las conspiraciones y complicidades entre “amigos” y “enemigos”, el éxodo masivo, en dirección a dónde sea, no termina y posiblemente se extienda durante este 2023 como clara señal de la creciente impopularidad del régimen, así como la desconfianza en aquellos antiguos aliados que ya no son de fiar porque, cada vez que se acerca la posibilidad del fin, hacen cuánto deban hacer para alejarla aún más. Y es que, moraleja de lo sucedido, esta batalla final debemos librarla los cubanos y cubanas, sin esperar la ayuda de nadie que no seamos nosotros mismos, ya vivamos aquí o allá lejos. 

Se ha ido el 2022 pero eso solo significa lo que es, tan solo que hemos dado otra vuelta alrededor del sol. Los problemas no han quedado atrás y las preguntas que no han sido respondidas irán a acumularse con las que están por hacerse en 2023, reafirmando que nuestra vida es un mar de dudas, con muy pocas certezas, con miles de hombres y mujeres que se marchan definitivamente del país natal, al punto de que en breve el nombre de Cuba en los mapas deberemos escribirlo entre signos de interrogación. 

¿Volverán los apagones? ¿Cerrarán Nicaragua? ¿Continuará el dólar marcando el ritmo de nuestras vidas condenadas a la moneda nacional? ¿Por qué hay más variedades de cerveza en los comercios que medicamentos en las farmacias y hospitales? ¿Cuántos derrumbes enlutarán a nuestras familias y cuántos hoteles nuevos abrirán para el turista que no llega? ¿Sucederán otras catástrofes como las del hotel Saratoga y la Base de Supertanqueros de Matanzas? ¿Nos dirán finalmente qué ocurrió en verdad con tantas “casualidades”, “muertes” y “accidentes” que nos dejara el 2022? 

Ha llegado el 2023, y a juzgar por la apatía de sus primeras horas, por el hombre que busca sobras y latas vacías en el basurero, por la señora que ha puesto el despertador para las 3:00 de la mañana con la ilusión de ser la primera en la cola del pollo (o de lo que sea), por el niño que ignora la tradición del Día de Reyes, por el joven acostumbrado a pasar por alto la cena de Nochevieja y por el anciano, ayer ilusionado por las promesas sin cumplir, y que hoy ya no encuentra razones para celebrar otro 1ro. de enero, para Cuba esta otra vuelta alrededor del sol será como las otras: andar y andar para llegar, mareados como siempre, al mismo punto una y otra vez.

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Para 2023 no pido prosperidad, solo anhelo un país

Cuba, 2022, 2023

LA HABANA, Cuba. – Llegará 2023, y si no fuera porque el almanaque nos recuerda que estamos en los últimos días del 2022, no hallaríamos señales de que otro año finaliza, aunque a juzgar por el desastre que contemplamos a nuestro alrededor, pareciera que no es el año sino el mundo el que llega a su fin.

Parecía que la oleada de muertes por la pandemia, junto al colapso del sistema de salud y los inoportunos e inhumanos “experimentos económicos” de Marino Murillo y Alejandro Gil, habían dejado el peor de los años a las familias cubanas, y que a partir de ahí cualquier otro escenario sería mejor, pero siempre olvidamos que la primera Ley de Murphy advierte que todo lo que empieza mal, acaba peor.  

Y a esta novela de terror llamada “Continuidad”, a juzgar por nuestro inmovilismo, aún le faltan varios capítulos para que dejen de correr la sangre y las lágrimas y comiencen, finalmente, a hacerlo los créditos.

Así, aunque anhelábamos que tornados y confinamientos, que cierres de fronteras al turismo y desabastecimiento fueran los ingredientes más letales de esta pócima “continuista”, lo cierto es que 2022 con el Hotel Saratoga volando por los aires, el incendio en la Base de Supertanqueros de Matanzas, la inflación, el huracán que arrasó Pinar del Río, los apagones, las colas, el retorno al “Período Especial”, las injustas condenas a manifestantes pacíficos, el peligroso romance con Rusia y el éxodo masivo ha superado ampliamente en horrores cualquier otro año anterior, aun cuando de los dejados atrás, en estas décadas de dictadura, ninguno es digno de ser llamado “de prosperidad”, y aun cuando la profunda miseria de estos días nos haga caer en la trampa de pensar que alguna vez, antes de enero de 1959, “estuvimos bien”.

Ni fue así —aunque para sentirnos mejor con nosotros mismos nos aferremos a ese “tiempo mental” donde fantaseamos con un “tiempo de gloria”—, ni con el 2022 se irán todas nuestras penas. Porque, al contrario de lo que piensan algunos, los problemas jamás se solucionan si nuestro único remedio es dejar pasar el tiempo. Y es que las cosas, por sí mismas, tienden a ir de mal en peor, y en eso otra vez llevan razón las leyes de Murphy.

El 2023 llegará y, a diferencia de otros lugares del mundo en que las fiestas de Navidad y Año Nuevo son el momento de anhelar transformaciones positivas, radicales, porque existen las condiciones para hacerlo, en Cuba se vuelven otros días más de apatía y desesperanza en tanto el único y definitivo cambio que garantizaría nuestro bienestar no acaba de suceder, y más triste aún, no acabamos de hacer que suceda.

Tan distraídos con nuestros problemas más básicos viajamos dentro de esta vieja maquinaria de las disociaciones y distorsiones temporales que apenas nos sobra el tiempo para comprender cuán débil es este sistema que nos parece imposible de derribar. 

Y es que su “perdurabilidad” se sostiene en algo tan simple como en nuestra enfermiza voluntad de continuar siendo parte de él, ya sea estando dentro o desde la lejanía. En esa “dependencia emocional” que nos impide desprendernos de ese lugar físico que llamamos “Cuba” pero que en realidad solo son los restos de una posibilidad que se extinguió con el tiempo. O mejor dicho, que nosotros mismos llevamos a la extinción cuando no le dimos importancia a cosas en apariencias tan simples como aceptar que nuestros hijos juraran ser como el Che o el chantaje de ir marchar un Primero de Mayo porque si faltamos nos lo descuentan del salario o perdemos la siempre humillante “estimulación”.

Sin arriesgar en adivinaciones, con toda la seguridad que nos ofrece nuestra amarga experiencia, sabemos que 2023 será para Cuba mucho peor que 2022, así como este superó al 2021 en fatalidades. 

Y no lo digo solo por esas colas y carencias que ya son parte del paisaje nacional, ni porque sabemos que este diciembre iluminado y esas toneladas de pollo y carne de cerdo importados terminaremos pagándolos a más tardar en enero o febrero con el retorno de más apagones, más estómagos vacíos y menos transporte público, sino porque hemos aceptado que la única solución está en huir, pero no para salirnos del juego definitivamente sino para muy pronto retornar con dólares en los bolsillos, con lo cual jamás matamos al monstruo de nuestras pesadillas sino que, por el contrario, lo alimentamos y lo hacemos más fuerte. 

Porque muchos que han logrado emigrar y llegar a su destino sentirán que, lejos del infierno de la dictadura comunista, estos últimos días de 2022 y posiblemente el 2023 son el momento de sus triunfos personales (y sin dudas lo será) pero olvidan que si están pensando en retornar de vacaciones o en enviar remesas, ya automáticamente se aceptan en el papel de marionetas de un régimen que, les recuerdo, accionó la válvula de escape no por casualidad o por error sino porque te quiere allá, tanto como necesita —para que su chantaje sea perfecto— que algo tuyo dejes aquí, algo así como familia, amigos, amores o aquellas fantasías que alimentan tus vanidades.

Habiendo fallado el turismo o, mejor dicho, habiéndose demostrado cuán inestable es una economía cuando depende ciento por ciento de él, y siendo consciente de que jamás será el productor y exportador de bienes y servicios que pretende ser, incluso esfumados los sueños de hallar grandes yacimientos de petróleo y viendo cómo la comercialización de médicos en el exterior languidece bajo las acusaciones de explotación laboral, el régimen cubano sueña con ordeñar a esa gran vaca salvadora que son los miles de emigrados, haciendo por primera vez muy certera esa frase de “convertir reveses en victoria”. 

Porque, paradójicamente, la supervivencia de la dictadura, agonizante por falta de liquidez, está hoy en esos que han sido “derrotados” por ella, a pesar de que al escapar crean que la han vencido. Así de perverso es el “sistema”, que solo se paraliza y muere si comprendemos nuestras verdaderas relaciones con él. 

Y después de lo sufrido, 2023 pudiera ser el momento si no para festejar el continuar vivos, al menos para detenernos a pensar qué poco debemos hacer, casi sin esfuerzo alguno, para bajarnos de esa máquina vetusta y solo con eso hacer que se detenga.    

Incluso ahora que casi todos (los que vivimos en la Isla y los que se han marchado) nos hemos mudado a las redes sociales, al ciberespacio, con nuestras identidades reales o con avatares, para allí poder hablar y existir con las libertades que nos prohíben en ese espacio físico casi inhóspito que llamamos Cuba, podemos pensar en la posibilidad de crear en este 2023 una Cuba virtual, diversa, con todo lo que soñamos y pretendemos hacer, sin tener que esperar por ese cambio que no llega. 

Construir la Cuba soñada con todos y que, en consecuencia, el mundo se vea obligado a reconocerla incluso en las Naciones Unidas. Hacerla tan grande y real, tan inclusiva y próspera que con los años sea la única, la verdadera, la que habitemos a diario a pesar de lo lejos que podamos estar unos y otros. 

La otra Cuba, la que aparece en los mapas, la que solo nos trae malos recuerdos, esa hace mucho tiempo que agoniza, y si no hacemos nada por traerla de vuelta a la vida, mejor la dejamos ir, por el bien de todos.

ARTÍCULO DE OPINIÓN
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¿Qué esperar de este 2022 en Cuba?

Cuba, Policía, 2022

LA HABANA, Cuba. — El nuevo año 2022 ha comenzado de modo muy poco auspicioso en nuestra sufrida Cuba. Las mismas predicciones de la “Letra del Año” formuladas por los babalawos se hacen eco del inmenso desastre en el que naufraga nuestra Nación y parecen contener una crítica al inmovilismo del inoperante régimen: “Es un error no aprender de los errores cometidos” señala uno de los refranes para las 52 semanas venideras. Otro, exhibiendo un optimismo melancólico a toda prueba, menciona la única expectativa que puede tener el pueblo de la Isla: “Mientras hay vida hay esperanza”.

El país puede estar cayéndose a pedazos, pero los agitadores del régimen castrista, en medio de su inepcia y su falta de imaginación, parecen haber escogido el martilleo inmisericorde como única forma de llevar su mensaje mentiroso a las masas. Si la labor del Departamento Ideológico del Comité Central era mala bajo el mando del “tronado” (aunque sea a medias) Víctor Gaute, el nuevo encargado de esa tarea, Rogelio Polanco, no ha dado muestra alguna de ser sustancialmente mejor.

Verdad es que no debemos esperar que un olmo dé peras. Y los burócratas del único partido permitido en Cuba no son magos, y mucho menos santos; por ende, no debemos confiar en que hagan milagros. Mas no era demasiado —pienso— esperar alguna muestra de un poco de creatividad; siquiera un atisbo de originalidad o de simple mesura en la ejecución de esa tarea difícil e ingrata.

Pero —insisto— no ha sido así. Los mismos materiales panfletarios se transmiten una y otra vez, hasta provocar primero el aburrimiento y la irritación, y después el hartazgo o la franca indignación de los espectadores. Es como si su mera repetición fuera a darles poder de convencimiento a esos bodrios que se caracterizan justamente por carecer de este.

En ese desfile de potajes ideológicos descuellan (por la mayor relevancia de su intérprete) las palabras dirigidas al pueblo de Cuba por el flamante Presidente de la República. ¡Cinco es el número de las veces que quien esto escribe ha visto personalmente el inicio de esa alocución, aireada en horarios estelares! ¡Y supongo que en las noches y madrugadas hayan sido más las retransmisiones! ¿Con qué objetivos? ¿Para qué todo ese barraje propagandístico!

¿Para oír al mandamás de turno calificar al catastrófico 2021 como “un año de pérdidas y duros aprendizajes, pero también de victorias”! ¿O afirmar de 2022 que “nadie sabe cómo será”, pero pidiendo de todos modos enfrentarlo “con optimismo y alegría”! Reconocer “la recuperación económica” como “el gran desafío pendiente”, y proclamar de inmediato, con un voluntarismo a ultranza situado a mil millas de la realidad, que ¡“sí se puede” y que es necesario hacer “posible hasta lo imposible”!

Pero el martilleo propagandístico no se limitó a lo dicho por el Jefe de Estado en esa sorprendente alocución. A falta de realizaciones concretas a las cuales aludir, el mandatario también trata de hacer realidad las palabras (tan divorciadas de la filosofía materialista) que pronunció en la reciente reunión del Consejo de Ministros: “Trabajar en la espiritualidad de las personas”.

Para cumplir con esa consigna, el Departamento Ideológico también se ha encargado de repetir con gran insistencia algunos de los subproductos más caracterizados de los materiales de agitación provenientes del mundillo de la música. En esto se han destacado el recién fallecido cantautor Vicente Feliú y el dúo Buena Fe.

Del primero, se ha echado mano de su canción Créeme. Como en estos días se han encargado de recordárnoslo una y otra vez al transmitir la versión de un coro infantil, en ella el compositor exige que se reconozca su veracidad cuando afirma: “Soy feliz abriendo una trinchera”. También expresa su deseo de ser “machete en plena zafra” y “bala feroz al centro del combate”.

Al parecer, esa panfletería de la peor especie entusiasma al exigente Díaz-Canel, y tanto, que llegó a citar la primera de esas frases pedestres. No olvidemos que el mayimbe antillano se autoerigió en exigente crítico al acusar al presidente uruguayo Lacalle de tener “mal gusto musical” por citar una estrofa de la canción Patria y Vida. ¡Pero los “imperialistas yanquis” —¡malvados que son!—, con tal de hacerlo quedar mal, le otorgaron nada menos que dos premios Grammy a la original composición!

En cuanto al dúo Buena Fe (que a diferencia del difunto Feliú el Malo, ha dado muestras de poseer cierto talento musical), la trompetería comunista se ha mostrado especialmente complacida con su canción (al parecer, carente de título) consagrada a las vacunas cubanas contra el Virus Comunista Chino.

Allí, con la mayor promiscuidad, se amontonan nombres y frases de la más rancia patriotería: “Tropas mambisas”, “Toque a degüello”, “Baraguá”, “Dos Ríos”, “Patria es Humanidad”… Y lo que es más: Los “ateístas científicos” del Trópico caribeño, seguidores de Marx y Lenin… ¡invocan hasta a “la Virgencita de la Caridad”! ¡Verdad que estos comunistas no conocen límites!

Para cerrar este texto sobre la retórica oficialista de estos días iniciales de 2022, tenemos que recordar otra de las genialidades de George Orwell. Me refiero a las “telepantallas” que él ideó, en las que, todo día y a toda hora, se podía leer: “El Gran Hermano te vigila” (La traducción correcta de “Big Brother” sería “Hermano Mayor”, pero a estas alturas ¿quién va a corregir ese error! Sólo procede señalarlo).

Pues bien: como en la brillante premonición totalitaria del gran autor británico, ahora los televidentes cubanos (sin importar que estén viendo un drama o una comedia, un programa político o un musical) tienen clavado en sus retinas un nuevo letrerito de “Cuba Vive” que no desaparece de la esquina superior derecha de su receptor. Se trata de una consigna que a veces se completa con las frases “y Celebra” o “y Renace”.

¡Así andan las cosas en este comienzo de año en la desdichada islita que otrora mereciera el título de “Perla de las Antillas”! En este 2022, que el colega 14yMedio, en su editorial del primero de enero, califica como “el año en que los pronósticos no servirán de nada en Cuba”. Se trata de un texto cuyo párrafo final formula una pregunta quizás un poquitico capciosa, pero harto esperanzadora: “¿Será este el primer día del último año del castrismo?”.

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