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La Habana, ciudad basura

Foto-reportaje de José Hugo Fernández

LA HABANA, Cuba, marzo -La revista médica New England Journal of Medicine, NEJM, de Massachusetts, resaltó, hace poco, en un elogioso artículo, las bondades del sistema sanitario cubano, el cual, una vez más, fue comparado con los mejores del primer mundo. En algo debe tener razón, ya que se trata de una prestigiosa publicación especializada en el tema. Por más que tampoco hace falta ser especialista para visualizar un grupo de avances en la medicina de la Isla, sobre todo cuando nos atenemos a las estadísticas frías, aunque no solamente.

Tales avances constituyen el único logro efectivo del régimen en más de medio siglo de gobierno intransferible y dueño absoluto de los recursos del país. Y al margen de los métodos y las circunstancias que propiciaron su consecución, así como de sus reveladoras falsedades, no hay dudas de la superioridad del sistema de salud cubano, si lo comparamos con los de otros países subdesarrollados. Sin embargo, tal vez sea un tanto desaforada (y aun anticientífica) esa tendencia al elogio aparatoso, desde lejos y sólo mediante datos oficiales.

Será por la cerrazón en que vivimos, pero realmente nos cuesta aceptar que en Estocolmo, Helsinki, Ámsterdam, Washington o Tokyo, por sólo mencionar algunas capitales con sistema sanitario del primer mundo, sea posible tropezar, en pleno centro de la ciudad, con focos insalubres tan frecuentes y escandalosamente agresivos como los que constituyen los basureros de La Habana.

Nuestra capital se ha convertido en una ciudad basura. Y para constatarlo ni siquiera es necesario irse a las periferias. Basta con un breve recorrido al azar por calles tan céntricas como las del Barrio Chino, repleto de restaurantes y de otros sitios donde venden comida. Se trata de un fenómeno que aunque golpea la vista (y el olfato) de cualquiera, no puede ser consultado en estadísticas.

Tampoco podría afirmarse que sea provocado por el embargo del gobierno estadounidense (otro tópico en el que también incurre New England Journal of Medicine), sino simple y llanamente es resultado de la inoperatividad, indolencia y falta de cultura sanitaria que son comunes entre las dictaduras tercermundistas.

Por supuesto que a la ciudadanía le toca igualmente su porción de responsabilidad en el problema. Pero habría que recordar que la educación es otro de los renglones que (en este caso sin ningún sustento más allá de las estadísticas) suele ser promocionado como conquista de lo que aún llaman la revolución.

Basta con observar la naturalidad con que los habaneros del centro (por no mencionar a los residentes de las más de 40 villas miserias del extrarradio) conviven con la basura, la asumen como parte de su cotidiana vida y hasta se sirven de ella. Si esto es fruto de un sistema sanitario equiparable al primer mundo, que Dios nos asista, pero, por favor, no con la ayuda de New England Journal of Medicine.

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