Una voz que atraviesa heridas

CELIA CRUZ / CANTANTE

A última hora, allá por el verano de 2003, con cerca de 80 años porque nunca llegó a decir la fecha exacta de su nacimiento, Celia Cruz, una mujer universal que tenía en el puño de su mano derecha toda la gloria terrenal que se le concede a los grandes artistas, sabía que se iba a morir. Estaba enferma en su casa de Nueva Jersey y se sentía más cerca que nunca de Cuba, el país que arrastró por el mundo como una nube invariable y blanca bajo los colores de las maniguas de sus pelucas.

Se pasó 43 años (salió al exilio en 1960) con la isla en la cabeza palpable y viva, acompañada por la constancia de los sueños que se interrumpen en la vigilia y regresan después a la escena original para comenzar otra vez. No dejó que la distancia, la fama, los premios y el oropel de la farándula le borraran el ambiente familiar de su infancia y su juventud en el barrio habanero de Santos Suárez, cuando quería ser maestra y tener seis hijos.

Tampoco olvidó que la dictadura le prohibió viajar a La Habana para asistir a los funerales de su madre. Pero ni la nostalgia por la las calles y los sitios queridos, la familia y los amigos, el derecho a tocar la memoria y visitar el pasado, ni la indignación por la intolerancia de los gobernantes, pudieron llenarla de odio, frustraciones y amarguras.

La artista Celia Cruz estuvo en el aire, en las alturas, desde los primeros concursos que ganó en las emisoras de su ciudad, a finales de la década de los 40. En esa época admiraba a Carlos Gardel y a Libertad Lamarque, cantaba boleros, piezas de corte afrocubano, guarachas y todo lo que pidiera el público disperso y plural de los estudios radiales y de los pequeños y oscuros clubes donde le daban chance a una muchacha desconocida que era bonita y tenía buena voz. Ahí se inició la crisis definitiva de su vocación para el magisterio y para la carrera de ama de casa.

Cuando poco después entró como cantante solista en la famosa orquesta La Sonora Matancera, la negra de Santos Suárez se reafirmó en la ruta de su ascensión. Los asuntos privados de la señora Celia Cruz, su añoranza por el país donde nació y por la gente que extrañaba y su rechazo por el totalitarismo, pasaron a formar parte del anecdotario exuberante de la artista, de sus salidas punzantes y secas, sin afectar el mensaje de alegría, fiesta, goce y arte puro que trasmitía desde los escenarios.

Cantar la hacía feliz, lo dijo muchas veces, y repartía esa felicidad a través de una voz educada y melodiosa que solía traicionar a menudo su espíritu cimarrón. Para alcanzar esa comunicación usaba también una manera de actuar, de vestirse y de presentarse ante los espectadores. Una herencia de sus años como cantante del espectáculo de Las mulatas de fuego, del cabaret Tropicana, en el que las coreografías pomposas y resplandecientes le pusieron color, protuberancias y movimiento a los bailes del Caribe.

Celia Cruz recibió durante su vida artística muchos de esos títulos provisionales que ponen los cronistas de espectáculos para tratar de fijar en la actualidad a un personaje. Ella sobrellevó esos rótulos sobre sus señoríos en la salsa, en las guarachas y otros géneros como parte de las campañas de promoción de empresarios y agentes. Y con su trabajo de todos los días se despojaba de las insignias y clasificaciones porque, aunque tenía sus preferencias por ciertos ritmos muy comprometidos con las claves cubanas, nunca dejó de cantar boleros y no creyó que para su voz había zonas prohibidas en la música popular.

Vivió abierta a la búsqueda de la renovación. En uno de sus últimos discos, La negra tiene tumbao, grabado unos meses antes de su muerte, utilizó, junto a sus moldes musicales tradicionales, elementos de nuevos sonidos caribeños en la línea del hip hop y del rap.

Trabajó con los artistas más relevantes de su tiempo, desde Lola Flores hasta Luciano Pavarotti, y con todos sus compañeros de viaje de la música en el continente americano y el Caribe. Estas cifras no tienen nada que ver con las ilusiones privadas de la muchacha de Santos Suárez: en medio siglo de trabajo publicó 80 discos y ganó cinco premios Grammy.

Cantaba en un español personal que llevó a los más de 100 países donde se escucha su música. Un idioma que se reconoce enseguida porque le quitó la zeta y la erre final a la palabra azúcar y utilizó como credencial y saludo una contraseña que sonaba así: «¡asssucaaa!». En ese lenguaje especial, Borondongo y Buchilanga son nombres propios, jincha quiere decir inflamación, tumbao es una forma de caminar, monina es sinónimo de amigo y burundanga es una maldición.

Su vida tenía ámbitos materiales directos y elementales. Le gustaba quedarse en casa frente a la televisión y cerca de su amor de toda la vida, el trompetista Pedro Knight, un tipo sin voz ni estilo que era su cantante preferido porque, según ella, le gustaba ponerse romántico y hacía que los boleros se volvieran más sentimentales.

En la memoria, la artista hallaba otra manera de vivir y de viajar. Si se acordaba de una guanábana o un mamey iba y venía en unos segundos a los mediodías de su niñez y si convocaba el perfume de la flor del galán de noche, eran las estrellas del cielo de La Habana las que se dejaban ver por unos instantes.

Soñar con su país no era una muestra de amor frente al odio de los que prohíben su música. Fue una manera de ser feliz y la única vía de regresar todos los días a ensayar el concierto que anunció que iba a dar en el Parque Central de La Habana. Una sesión de música libre para la que dejó grabada la canción Yo viviré. Empieza con estos versos: «Mi voz puede atravesar/ cualquier herida, cualquier tiempo/ cualquier soledad».

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