Tumba compartida

La prolongada y misteriosa agonía de Hugo Chávez, su muerte, 100 días de gobierno del heredero Nicolás Maduro y la breve campaña para las elecciones presidenciales del domingo, han acelerado el proceso para que los venezolanos se vean en el retrato en carne viva de un país arruinado y caótico. Una Venezuela donde falta la harina para las arepas, sobran los revólveres, y la calle es, como escribe el periodista Leonardo Padrón, un desafinado coro de rencor. Una melancólica pera de boxeo.
Este escenario de odios y escándalos, de escasez, inflación y violencia comenzó a gestionarlo el caudillo desde que asumió el poder hace 14 años. Una mañana, más temprano que tarde, hubiera explotado frente a la ciudadanía, pero la muerte, que a veces tiene ínfulas de redentora, llamó a Chávez por su nombre para que no tuviera que ser testigo del momento en que comenzaba a derrengarse como un caballo viejo la vanguardia del socialismo del siglo XXI.

Es importante, desde luego, la decisión que tomarán dentro de unas horas en las urnas los venezolanos. Lo que pasa es que, independientemente de quien resulte ganador de los comicios, este plano general del desastre, la posibilidad de tocar y sentir la incapacidad para conducir el país, los conflictos internos, las acusaciones de robos, trampas, las violaciones, la politiquería y el clima de rabia y resentimientos, es un trallazo definitivo al frankenstein que armó el paracaidista de Barina.

No se va a apagar todo con un corte como en el cine. Es el inicio de un proceso. Permanecerá todavía una saga de ilusionados, seguirán muchos hombres y mujeres aferrados a las bondades de los populistas y a las promesas de los regalos gubernamentales que van desde un fajo de billetes hasta un puente con arroyo, peces y agua corriente bajo su estructura. Continuarán los rufianes con los bolsillos abiertos y vendrán tiempos de insomnios, confusiones y conflictos. Eso sí, ya nada será igual.

Chávez tenia prisa y no estaba dispuesto a pasarse más de medio siglo, como sus padres espirituales de Cuba, para construir el socialismo y tener que zurcirlo después con unos carreteles de hilo capitalista. Él se propuso comprarlo hecho con el dinero del petróleo, nuevo de paquete, incluidas las costuras etiquetadas por el imperialismo yanqui. Y se lo van a enterrar al lado.

•     El Mundo, España

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