Accidentado aterrizaje en La Habana de Ana en el trópico

Ana Conchita y Palomo_fotos de Ernesto Santana

LA HABANA, Cuba, octubre, www.cubanet.org – Se estrenó en Cuba Ana en el trópico, del dramaturgo cubano Nilo Cruz (1960), que en el año 2003 recibió en Estados Unidos el premio Pulitzer, logro que no ha obtenido hasta el momento ningún otro dramaturgo de origen latino.

Ana en el trópico, en La Habana, no fue la experiencia extraordinaria que se esperaba, dados el prestigio de la obra, de su autor y del conjunto que asumía la puesta en escena.

“¡Esto va a ser algo muy grande!”, dijo a la prensa Carlos Díaz al presentar su nuevo espectáculo. “Lilí Rentería y Mabel Roch, visiblemente emocionadas, manifestaron su alegría de trabajar por primera vez con Carlos Díaz, a partir de un texto premiado y con un grupo de actores tan reconocidos en la isla”.

Hay que hablar del apagón que durante veinte minutos mantuvo a oscuras el teatro. La función arrancó seriamente herida. Los actores –heroicos– utilizaron linternas.

El público que llenó la sala ese día, estaba compuesto principalmente de conocedores y de gente relacionada con el mundo de las tablas. Hubo descontento.

El ímpetu no hace el canto. La obra no es el montaje. Pero el montaje es la obra. Aquí, como se esperaba, Chéjov y Lorca se notan, y bien que se noten. Pero este no es el mejor Carlos Díaz. Ojalá me equivoque creyendo que Ana en el trópico sufrió un abuso del manejo del texto en el montaje.

No sé si la adaptación arriesgó la poesía del texto. Osvaldo Doimeadiós regaló una caricaturesca actuación que en verdad no funcionó: sus “chistes” parecieron solo un modo de sazonar el aburrimiento.

Tampoco Alexis Díaz de Villegas estuvo a la altura que obra y montaje requerían, porque el Lector es el catalizador de toda la combustión dramática de la obra. Díaz de Villegas es un actor “para todo” en los últimos tiempos de la escena cubana, pero aquí no tuvo oportunidad de mostrar su ductilidad.

No quiere decir que las actuaciones de Doimeadiós o Días de Villegas hayan sido pobres. No estuvieron orgánicamente concebidas. Ellos cargaron con un peso mayor en la repartición de tensiones, que Lilí Rentería o Mabel Roch, a quienes les correspondió la estelaridad de esta Karénina tropicalizada.

¿Promesa incumplida?

Ana en el trópico, en La Habana, ha sido una puesta ambiciosa, porque pretendió acercar el texto a la realidad actual de Cuba. Pero ese acercamiento se quedó en la superficie. Tratar la realidad como entresueño es un reto. En esta puesta, por momentos, parece que el caos le gana al entresueño.

Hay que preguntarse, si con tan fuerte apuesta por el teatro verbalizante, nos hallamos ante una gran propuesta para el teatro cubano en el siglo XXI.

Hay aquí, como en tanto arte cubano, sentimientos y conductas impulsivas, pero falta el hondo sufrimiento humano, –que no es privilegio tropical, ni del cubano de esta época– y hay que expresarlo como la más auténtica justificación del arte.

Al margen de lo que Nilo Cruz, con Ana en el trópico, haya escrito sobre una familia de inmigrantes cubanos en 1929, en La Florida, y ser cubano” resulte — según tantos estereotipos– un simple juego de “estados de ánimo”, la puesta podía habernos llevado a una búsqueda más inquietante, más reveladora.

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