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¿Ya te dieron el café?

Cubanos, residencias, fidel castro, militar

MIAMI, Estados Unidos.- Aquellos que hoy te mandan hicieron una revolución violenta y terrorista. ¿Edulcorada? ¿cool? ¿tropical? ¿humanista? ¿comunista? ¿justiciera?, todo ello es materia de opinión. Pero, lo que no se puede negar es que hubo terror, crímenes, asesinatos y sangre a borbotones por ambas partes contendientes. Los revolucionarios extendieron las ejecuciones sumarias incluso a la época de paz. También las purgas internas, que se habían originado durante el período de guerra, se sistematizaron con la toma del poder por parte del Movimiento 26 de Julio.

El mismo 9 de enero de 1959, entrando a La Habana, Fidel Castro declaró públicamente su intención de desarmar al Ejército Rebelde y, por extensión, a todo el pueblo. A partir de ahí el cubano quedaría privado no solo de armas, sino de muchos alimentos, medicinas, productos de todo tipo. Y esta privación se extendió también a sus propiedades, a sus derechos todos y a las libertades individuales de que gozaba aun en época de Batista. Paralelamente, se fueron constituyendo y equipando las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Estas llamadas FAR no fueron más que el resultado del golpe de Estado que Raúl le dio a Camilo, hasta ese momento líder indiscutible del Ejército Rebelde.

El asalto a las residencias

Lo primero que tuvo lugar tras la llegada de los mau mau a La Habana fue el reparto del botín. Lo que sigue a continuación es un hecho hasta ahora no recogido en la historia de la Revolución y pudo haber sido su final apenas comenzando, según las propias palabras de quien me narró este interesante episodio.

Camilo Cienfuegos había establecido su Estado Mayor en el Cuartel Columbia, el más importante enclave del ejército derrotado. Los oficiales rebeldes se asentaron en las antiguas casas de los oficiales de Batista, ubicadas dentro del perímetro de dicho cuartel. Sin embargo, no tardaron en salir a incursionar por los más lujosos repartos de la capital con el propósito de apoderarse de las viviendas vacías. De ese modo muchos se instalaron en la zona conocida como El Laguito y sus paradisiacos alrededores. Como se sabe, Fidel Castro, tras su tardía entrada a La Habana, se había ido directamente a vivir al hotel Havana Hilton, en la esquina de 23 y L. Asumo que, guajiro al fin, pensó que el hoy Habana Libre era lo más codiciado de la capital cubana en términos de vivienda. Pero al enterarse de que buena parte de los rebeldes se habían apropiado ya de muchas buenas casas su pesquisa lo llevó a la zona de El Laguito y ordenó un desalojo inmediato de aquellos intrépidos rebeldes. Asumo también que con el propósito ya de establecerse él mismo en la codiciada zona. Y es entonces cuando viene la parte buena de esta narración inédita: los rebeldes —todavía armados hasta los dientes— llegaron al punto de empotrar ametralladoras en las ventanas de las residencias y le dijeron al mismísimo Fidel Castro que únicamente muertos saldrían de allí. La tensión no podía ser mayor. Entiéndase que parte de la oficialidad del Ejército Rebelde (probablemente también sargentos y hasta soldados) se le había insubordinado al Comandante en Jefe.

Los ocupantes argumentaban que era su derecho, ya que habían luchado a tiro limpio por conquistar el triunfo y que su sacrificio no podía ser en vano. Fidel, entre tanto, se veía ante el inminente fracaso de la Revolución: una guerra entre los propios rebeldes podía dar al traste con ella. Fidel se lo pensó y abortó la idea de sacarlos por la fuerza. Fue entonces que acudió a su alter ego: la indispensable Celia Sánchez Manduley. Así las cosas, los insubordinados solo cedieron ante la mediación de Celia. Fue ella quien logró convencerlos con una oferta nada despreciable: serían reubicados como propietarios en excelentes casas, pero fuera de El Laguito y sus alrededores. De ese modo, se esparcieron por Miramar, Nuevo Vedado y Altahabana, principalmente. Hay que decir que los rebeldes tuvieron oportunidad de elegir la residencia de su preferencia entre el montón de casas abandonadas por sus legítimos dueños. Zanjado el asunto y ya desalojado el lugar, el Comandante en Jefe se lo apropió y estableció su residencia en lo que hoy conocemos por Punto Cero.

Esto de apropiarse las casas sin más —pero ya con la anuencia del apellido Castro— se convirtió en una rutina de la cúpula militar cubana. A medida que sus familias crecían y se multiplicaban, el generalato y otros altos oficiales expandían sus conquistas. Y, obviamente, dado que el número de buenas residencias es finito, se vieron obligados a ordenar la construcción de nuevas viviendas para sus hijos, parientes y amantes. Claro, que los terrenos en buenas zonas también son limitados. De modo que llegaron al punto de levantar un enorme y suntuoso edificio en el reparto Kohly y que se dio a conocer como El edificio de los generales. ¿Generales viviendo en edificios? A ver, que tampoco no era un edificio cualquiera. Y, a decir verdad, lo que más abundaba allí eran familiares y amantes no solo de generales, sino de altos dirigentes del Partido. Sin embargo, estos piratas revolucionarios dieron un paso más, puesto que no solo emergían nuevos generales, sino que a los oficiales de menor graduación también había que beneficiarlos. De esta suerte, pusieron sus miras en las casas del pueblo, del cubano de a pie, en tu casa. Como muchos recordarán, durante un tiempo los militares controlaron las viviendas en Cuba incluso hasta niveles de modestos apartamentos en cualquier barrio de La Habana. Es de todos conocido que quien abandonaba el país era desalojado de su propiedad una semana antes del viaje para garantizar la toma de posesión del militar de turno.

La continuación del saqueo

Como resultado de aquella peligrosa disputa inicial entre rebeldes sobre el tema de las viviendas, los Castro establecieron una burocracia militar que se ocupó de administrar las zonas residenciales más exquisitas de la capital, las cuales fueron declaradas de este modo “zonas congeladas”.

Cualquier movimiento de permuta dentro del perímetro de las zonas congeladas como Miramar o Nuevo Vedado, por ejemplo, estaba sujeto a la autorización del militar jefe de la zona congelada. Ese era el auténtico administrador en cada uno de los repartos más selectos, cuyo trabajo consistía en asegurar que todas las residencias bajo su jurisdicción fueran a parar a manos de los combatientes y de los revolucionarios de rango, incluyendo a la parentela.

Siguiendo esta misma tónica surgió por aquella etapa temprana de la Revolución otra entidad que dio en llamarse “Recuperación de valores”. En dos palabras la describo como el censo y apropiación por parte del Ministerio del Interior de cuanta cosa de valor dejaron los ricos y no tan ricos que abandonaron el país tras el triunfo revolucionario. Yo mismo, siendo niño, los vi en acción con el tema de los carros que quedaron en los garajes de algunas viviendas de Nuevo Vedado. No importa si en ellas permanecían familiares de los dueños o la antigua servidumbre. Simplemente, tras un censo previo (seguramente producto de un chivatazo) llegaban un buen día y expropiaban los carros. Posteriormente, surgirían instituciones como Cubalse y el Fondo de Bienes Culturales que conservarían aquel instinto corsario de “Recuperación de Valores”.

También merecen mención las archiconocidas “casas del Oro y la Plata”. Es un fenómeno más reciente, pero bastante distante de la juventud cubana de hoy. En un extraño frenesí alimentado por largos años de interminables carencias la gente trocó su oro y su plata en plástico, aluminio y tela, fundamentalmente. Mediante el ardid (estafa sería la palabra correcta) de aquellas casas de cambio Fidel Castro le sacó al cubano lo poco que le quedaba de algún valor. De ese modo el pueblo, ya indefenso, quedó en la más absoluta penuria.

¿Cómo seguir esquilmando al cubano después de aquella colosal estafa de La Casa del Oro y la Plata? Los que permanecían en la Isla ya no tenían nada, ni de valor ni sin valor: nada. En esas condiciones Fidel Castro los dejó, no sin antes poner la mira en la creciente cantidad de cubanos emigrados. Hoy las tiendas en MLC vinieron a sustituir aquellas colonizadoras recaudaciones de oro y plata. Hoy, como ayer, la Revolución —vale decir, la cúpula revolucionaria y sus estructuras de poder— sigue viviendo a expensas de los cubanos que no la quieren ni la necesitan, para usar una expresión del estafador en jefe.

Y esa cúpula que te gobierna, ¿cómo vive?

No solo en las mansiones de los burgueses más ricos de la Cuba pre revolucionaria, sino amasando fortunas que engordan insaciablemente mediante sus hoteles, la venta de tu sangre y de tus órganos, de tu trabajo en el exterior como profesional de la salud y de otras áreas. Pero también expoliando a los emigrantes y exiliados, estableciendo negocios con fachadas dentro de los propios Estados Unidos y un sin fin de cosas más dentro de las que pudieran caber incluso los propios Grants que el gobierno de los Estados Unidos destina al empoderamiento del anticastrismo. Aquellos que te mandan saben que se trata de varios millones al año y cada vez es mayor la sospecha de que la dictadura viene accediendo a esas subvenciones. Tan bajos y despreciables son tus dueños.

En su labor de rapiña no conocen límites. Y mientras te esquilman donde quiera que estés (dentro y fuera de Cuba) te entretienen con la narrativa del bloqueo norteamericano. Esos que te mandan también ruedan los mejores carros, pasean en lujosos yates, tienen propiedades en el exterior, viajan constantemente alrededor del mundo en misiones de recreo y esparcimiento, visten ropa y zapatos de las mejores marcas, comen y beben como reyes, se atienden en clínicas especiales equipadas igual que las del primer mundo y envían a sus hijos a estudiar al extranjero.

Pero eso lo sabes tú, cubano, y lo sabe el resto del planeta. Lo que tú al parecer no alcanzas a ver claramente es que ellos no trabajan y nada producen. Eres tú el que mal o bien trabajas. Por lo tanto, eres tú quien los mantiene a ellos. Y lamentablemente no solo con tu trabajo, sino también con tu sometimiento, tu docilidad y tu silencio cómplice. La pregunta es, entonces: ¿Cómo es posible que seas tú el que trabaja y mal vive mientras ellos siguen disfrutando todo lo que te han venido arrebatando desde el día mismo en que triunfó la Robolución? ¿Cómo —tú que los mantienes— te puedes preguntar todavía si ya cogiste el café o ya te dieron el pollo?

ARTÍCULO DE OPINIÓN
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