Una ficción sobre los años más negros

Una ficción sobre los años más negros

Ahmel Echevarría, en su novela La Noria, recrea con la ficción una realidad tan cruda como la represión vivida durante el Quinquenio Gris cubano.

Foto del Autor
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LA HABANA, Cuba. -“¿Nunca se sabrá cómo contar esta historia?” Con esta pregunta comienza La Noria, ganadora del Premio de Novela Ítalo Calvino 2012 (con un jurado integrado por Alberto Garrandés, Ana Luz García Calzada y Leonardo Acosta) y que Ediciones UNION publicó en 2013. Su autor, nacido en La Habana, es Ahmel Echevarría.

Varias razones hay para sorprenderse con esta novela. La principal es que gira en torno a la peor y más larga campaña represiva llevada adelante por el gobierno cubano contra escritores y artistas, por motivos que presumiblemente iban desde la orientación sexual hasta la crítica y el desacuerdo políticos.

Que el tema central sea uno tan difícil como éste es coherente con lo que declaró el autor al presentar Días de entrenamiento, su anterior novela, hace ya dos años: “Creo que estoy en mitad de la cuerda floja, en el sentido de que, por todos los medios, quiero asumir un compromiso ético y estético con lo que estoy haciendo. Es decir, subir cada vez más la cuerda”. Más allá de cuánta altura tenga ahora bajo sus pies, no hay dudas de que Ahmel Echevarría sigue yendo por un camino que se inició con Inventario y se reafirmó con Días de entrenamiento, novela que el Instituto Cubano del Libro se ha negado a publicar porque en él aparece, sin reverencia alguna, Fidel Castro.

En la contraportada de La Noria hay un párrafo de Rafael de Águila que trata de darle al lector una idea de lo que puede encontrar en el libro: “Desde la subjetividad de un viejo escritor gay, otrora víctima del llamado Quinquenio Gris, desde el relato que intenta escribir treinta años después, asoma esa mixtura de recuerdos, realidades, literatura, sueños, temores, deseos, elementos que (…) confieren una mirada a ciertos hechos y personajes que animaron/desanimaron La Habana de los años 60/70”.

“Amor entre dos hombres”, continúa de Águila, “víctimas y victimarios; vigilantes y vigilados; literatura dentro de la literatura; deseo y traición”, y concluye su breve valoración, considerando “inusual” la novela de Ahmel: “de alto riesgo estilístico y estructural”, donde “la ficción explora sucesos en los últimos tiempos hollados por la ensayística o el testimonio”.

Esto último es subrayable porque, sí, La Noria entra con la ficción en un ámbito que en los últimos años ha sido bastante tratado por estudiosos y hasta por algunos de los actores de esos deplorables sucesos que, en general, se observan como ocurrencias del pasado, a pesar de que no hay consenso sobre si fue un quinquenio, un decenio o más tiempo, o sobre si fue gris o negro.

De manera que hay una noria, una especie de condena a regresar siempre a esos años en busca de un significado para la literatura de hoy, como si entonces se hubiera extraviado algo que nunca más fue encontrado después: tal vez la inocencia, acaso, en fin, una ilusión de libertad dentro de la utopía. ¿Se perdió quizás allí el cauce de una literatura que ahora discurre por llanuras cruzadas por mil rumbos equívocos o de agobiado impulso, sin ombligo incluso al que mirarse?

Esta novela de Ahmel Echevarría resulta así muy oportuna, muy a tono con su tiempo: aparte de cuanto se haya indagado acerca del llamado Quinquenio Gris, ahora se le escudriña con la ficción, tratando de saturar los límites del estudio y de correrlos un poco más hacia la cruda verdad.

Valiéndose de juegos y rejuegos, referencias a uno u otro escritor real excluido en ese período, guiños a obras relacionables como El Maestro y Margarita, acudiendo a la ficción dentro de la ficción, el escritor vuelve a una escenografía con vino refrigerado aunque sin pasión báquica, a una banda sonora, con discos y reproductor, minuciosamente editada.

Nos hallamos de nuevo ante un drama de escritor, desde hace tiempo muy acudido por la naturaleza de este tipo de personaje, de tan amplio espectro que puede abarcar desde lo más trágico hasta lo absurdo o lo ridículo, y que en Cuba, casi siempre es un personaje indeciso, abrumado y leve, que busca dónde dar pie o hallar raíz, que pretende salvarse por la pertenencia al mundo de la palabra.

Este escritor, El Maestro, confiesa que, de tener dos patrias, como Martí, tendría el Lenguaje y el Cuerpo, mientras intenta volver a escribir, superar la parálisis luego de los siete años en que, durante ocho horas diarias, trabajó como sepulturero en el Cementerio de Colón, como resultado de “un dictamen tras el mutuo acuerdo de la Secretaría de Cultura, la Sociedad Nacional de Artistas y Escritores, el Departamento de Seguridad Interior y el Ministerio de Salud, Sanidad e Higiene”. Es fácil saber a cuáles organismos se hace referencia.

Muchos años después, ese “Departamento de Seguridad Interior” sigue vigilando al viejo escritor, sigue penetrando incluso hasta su vida privada, demoliéndolo con una descarada sonrisa y con recursos como la traición.

De nuevo también el autor se vale de aquello que Julio Cortázar llevó a un acabado magistral. “Demasiadas articulaciones entre sucesos tan lejanos en el tiempo. ¿Era aquella sorprendente relación de sucesos una ‘figura’?” Y el escritor del relato sigue preguntándose todo el tiempo cómo narrar: “¿Acaso no era mejor echar mano del absurdo, carnavalear la escena?” Aunque se siente vigilado, aunque solo quiere escribir un cuento sobre un viejo que simplemente se dispone a comer fuera de su casa, El Maestro se interroga: ¿Acaso debía evadir la ironía, la crítica social la denuncia del estado de cosas?”

En las últimas páginas, ficción y realidad, autor y narrador, todo se mezcla. Ahmel quiere despejar brumas, nos confía que entró en “aquellos tiempos dolorosamente humanos” de los 60 y 70, durante los cuales su protagonista “escribió la mejor parte de su obra y en los que sobre él y otros escritores y artistas cubanos se desató el dogmatismo de una inverosímil aunque real política cultural”. Con los frutos de su búsqueda, nos dice, “fui suministrándole combustible a una máquina narrativa a la que llamé La Noria”.

Incluso, por si no estuviera todavía suficientemente claro, tras revelar fuentes, influencias y conexiones: “A modo de resumen, este libro responde a la necesidad de narrar una historia en la cual una parte de los actores sociales fueron víctimas”, y se pregunta: “¿Acaso también lo fueron algunos de los victimarios?”

El autor, Ahmel Echevarría Peré (La Habana, 1974), se licenció en Ingeniería Mecánica y lleva diez años ganando premios y publicando libros de narrativa como Inventario (Ediciones UNION, 2006), Esquirlas (Letras Cubanas, 2006) o Días de entrenamiento (Premio Franz Kafka Novelas de Gaveta, publicado en Praga en 2012).

Acerca del Autor

Ernesto Santana Zaldívar

Ernesto Santana Zaldívar

Ernesto Santana Zaldívar Puerto Padre, Las Tunas, 1958. Graduado del Instituto Superior Pedagógico Enrique José Varona en Español y Literatura. Ha sido escritor radial en Radio Progreso, Radio Metropolitana y Radio Arte. Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Distinciones obtenidas: Menciones en el género de cuento de los concursos David, de 1977, y Trece de Marzo, de 1979; premios en los concursos Pinos Nuevos, de 1995, Sed de Belleza, de 1996 (ambos en el género de cuento), Dador, de 1998, (proyecto de novela) y Alejo Carpentier, de 2002 (novela), Premio Novelas de Gaveta Franz Kafka, de 2010, por su novela El Carnaval y los Muertos

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