¿La China del Caribe?

¿La China del Caribe?

El General en Jefe ha dispuesto el escenario para que el modelo continúe más o menos intacto

HARVARD.- El relevo presidencial de abril será un trámite más en el tinglado que montaron los otrora jovenzuelos del movimiento 26 de Julio después de asumir el mando del país e implícitamente declararlo parte de su patrimonio y por tanto hacer lo que le viniera en ganas sin concederle la debida participación a ese pueblo que dicen representar con humildad y total dedicación.

El cubano de a pie, es decir la mayoría, lo asumirá con esa mezcla de indiferencia y resignación tan utilizada para sobrevivir en los dominios de una dictadura que ha convertido la miseria en un estandarte revolucionario y a la lealtad a sus doctrinas en un mandamiento que hay cumplir diligentemente como hacen los fieles de una iglesia o los soldados en un cuartel.

Tal postura no exime los aplausos, las sonrisas y el brazo apuntando al cielo mientras se repite, alto y claro, cualquiera de las consignas que exaltan la labor del partido y la estirpe mesiánica de sus principales líderes.

Basta que se realice una convocatoria en los centros de trabajo, a nivel de cuadra y en las escuelas para que la multitud se disponga a poner en práctica los gestos que tanto les gustan a los mandamases.

Las poses de júbilo o pasividad ante los agobios existenciales provocados por las penurias, el ojo avizor de los chivatos y las asechanzas de policías que rumian su ira en cada toletazo y acusan a la ligera por cualquier desliz, más si es contrarrevolucionario, son razones para cerciorarse de que el retiro de Raúl Castro es una breve pausa en el camino de aquella gesta redentora que en vez de esperanzas de libertad traía camuflados las instrucciones para confeccionar nudos imposibles de desatar y candados de doble cerradura.

No hay dudas que, en enero del 2019, el totalitarismo cumplirá sus seis décadas de existencia.

Un lapso que pone los pelos de punta, no precisamente a causa de su extensión sino por los desastres sociales, económicos y culturales provocados mediante la imposición de un dogma que sus promotores vendieron como la receta con la cual se superarían las taras de ese capitalismo que demostró a la luz de la historia ser muchísimo más competente que ese marxismo trasnochado cuya relevancia se ciñe a la multiplicación de la mediocridad, la pobreza y esos miedos que determinan la parálisis social que aleja las expectativas de emancipación.

Poco importa la identidad de la persona que definitivamente ocupe la silla presidencial en la Isla.

Lo que no se debe perder de vista son los espacios donde radica el poder real.

En la actualidad, un puñado de generales y coroneles del ejército se mantiene al frente de economía.

El General en Jefe ha dispuesto el escenario para que el modelo continúe más o menos intacto y para eso cuenta con el aval de casi el mundo entero, incluyendo al papa Francisco, las democracias más poderosas, excepto la estadounidense y de todo el entramado de las Naciones Unidas.

Al pasar balance por todo este patético diseño tan divorciado de los anhelos de disfrutar de una transición hacia un sistema cuyas premisas radiquen en la racionalidad y el pluralismo, es lógico pensar que el fin de la pesadilla totalitaria continuará siendo una ilusión por tiempo indefinido.

Con el gradual y sostenido decrecimiento del apoyo internacional a la lucha prodemocrática, pese al aumento de la impunidad de los represores, y frente a una población que prefiere escapar o vivir de las apariencias antes que exigir sus derechos, se corre el riesgo de que el gran capital termine pactando con los herederos del castrismo y surja un modelo similar al chino.

A fin de cuentas, lo que les interesa a los poderes hegemónicos es la estabilidad y eso que llaman socialismo de mercado le ha venido como anillo al dedo a los hombres de negocios en su afán por aumentar sus fortunas. En este contexto pueden acceder sin cortapisas a mano de obra barata, protección institucional y de una represión política sin ningún tipo de consentimientos que garantiza la escrupulosa obediencia de los súbditos.

Todo eso estaría asequible en un país con una estratégica posición geográfica y además con un clima envidiable.

El peligro está demasiado cerca para no verlo.

Aunque no se puede hacer mucho ante la avalancha de hechos probados y otros por venir, creo que es importante abordar el asunto, recalcando que no se trata de falsas alarmas.

(Jorge Olivera, residente en Cuba, se encuentra de visita en EEUU)
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