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Martes, 21 de noviembre 2017

Un cubano en tierra de Elvis

El rey del rock and roll vive en los corazones de algunos cubanos, pese a la censura imperante en su época

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(Cortesía)

MEMPHIS, Estados Unidos.- Parecía un sueño. Pero era real. Estaba en Memphis. Walking in Memphis, como en la canción de Marc Cohn. Pero el sueño no se limitó a estar en Memphis, Tennesee, la cuna del rock y el soul, porque, para ser más preciso, estaba en Graceland, la casa de Elvis Presley.

Rodeado de un mar de velas y flores, apretujado por hombres y mujeres tan emocionados como yo, que no podían contener las lágrimas ni evitar que sus voces se sumaran a las de The King cuando cantó, como solo él puede hacerlo —no importa si desde una pantalla o desde el mismísimo cielo— The wonder of you, y I can’t help falling in love with you.

Fui uno de los varios millares de fans de Elvis que participaron la noche del 15 de agosto en la vigilia que conmemoró los 40 años de la muerte del Rey del Rock’n’roll.

Fue un homenaje a Elvis muy impresionante, conmovedor y sincero.

Se calcula que hubo en la vigilia más de 400 000 personas (incluidos, claro está, varios impersonators). Vinieron de todas partes del mundo. Hasta de Qatar y Australia. La mayoría vestía pullovers de Elvis. Muchos llegaron desde el mediodía y esperaron durante horas, bajo el sol del verano de Memphis —que no tiene mucho que envidiar al de La Habana— el inicio de la ceremonia, a las 8 y 30 de la noche.

Pero valió la pena la espera: los fans no podíamos fallarle a Elvis en tan redondo aniversario.

Elvis no habrá sido el primero, no inventó el rock and roll, no tocaba la guitarra mejor que Chuck Berry, okey, pero si no hubiera sido por canciones como It’s alrigth y Heartbreak Hotel, y aquel meneo que escandalizó a todos los pesados y aguafiestas habituales, la música, nuestras vidas, el mundo en general, serían un gran aburrimiento.

Me viene a la mente ahora (ni estando tan lejos logro olvidarme de “esta gente”) el tiempo cuando los mismos que convirtieron a Cuba en un campamento-manicomio, y sus comisarios anticulturales, veían en Elvis la encarnación del mal imperialista, la quintaesencia de la decadente música del enemigo. El propio Fidel Castro inventó el término “actitudes elvispreslianas’, que usaba tanto como un insulto, como para advertir a los jóvenes de todo lo malo que les esperaba si seguían descarriados, no se cortaban el tupé, se olvidaban del rock, el twist y los pantalones estrechos.

Algunos critican a Elvis por extravagante, por ostentoso, por kitsch, por aceptar papeles en películas espantosas. No sé por qué esperaban que un muchacho campesino, nacido de padres paupérrimos, en una cabaña sin plomería ni electricidad, en Tupelo, Missisipi, además de tocar la guitarra y cantar como se supone lo podría hacer únicamente Dios, también tuviera que hacer películas con Fellini, tener gustos estéticos exquisitos, y no desquitarse de la miseria pasada comprándose la mansión que prometió a sus padres, y dándose, con el dinero que ganó —que pudo ser mucho más de no haber sido por los managers y los productores— todos los gustos que se le antojaran.

El escritor Lisandro Otero escribía horrores acerca de Elvis y calificaba el rock and roll como “música para palurdos”. ¡Pobre diablo! Comisario envidioso, fue capaz de minimizar y calificar como “fuegos de artificio” el talento literario de uno de los mejores escritores cubanos —y que además había sido su amigo—, Guillermo Cabrera Infante.

Si menciono a Lisandro Otero y los comisarios del castrismo, es solo para explicar por qué afirmo que generalmente los que han atacado a Elvis y su música los ha hecho sentir mal, al extremo de prohibirla, generalmente son amargados, frustrados y sinvergüenzas. Me imagino cuánto les mortificaría ver la multitud en Graceland. ¡Ya la quisieran para su causa!

En la vigilia en Graceland había gente de todas las edades, pero la mayoría eran ancianos, muchos con bastones y algunos en sillas de ruedas. Siguen fieles a Elvis y lo seguirán siendo hasta el último aliento, agradecidos por su música.

Cuando califiqué la ceremonia de conmovedora, pensaba en esos ancianos, a los que no me cuesta mucho imaginar como pepillas y pepillos bailando Jailhouse rock o enamorándose por primera vez, arrullados por Love me tender; pensaba en las ofrendas dejadas en la tumba de The King, tan sencillas e ingenuas que pudieran parecer patéticas, pero no lo son, por las historias tan lindas que hay tras ellas; pensaba en una pareja de septuagenarios que sobre una manta tendida en el suelo, colocaron velas y fotos de su ídolo y proclamaban que Elvis vive; pensaba en una madre, cuarentona, acompañada de su hijo adolescente, que también pone velas a Elvis y explica que lo hace en recuerdo de Davis, su padre, un amante del rock and roll que estaba reuniendo el dinero para venir a Graceland a la vigilia, pero no pudo hacerlo, porque falleció hace unos meses.

Con todas esas personas debían conversar los que no aciertan a explicarse la perdurabilidad del mito de Elvis, los que consideran que Elvis es como cualquier otro ídolo pop, como Justin Bieber, los que dicen que Graceland es solo otro parque temático, que todo es una cuestión de negocio, etc… Pero si a esta altura no han entendido, no es simplemente porque no entiendan el rock, sino porque padecen una carencia de sensibilidad crónica. Y lo más probable es que sigan sin entender.

luicino2012@gmail.com

Luis Cino Álvarez trabaja como periodista independiente desde Cuba y se encuentra de visita en EE.UU.

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Acerca del Autor

Luis Cino Álvarez
Luis Cino Álvarez

Luis Cino Álvarez (La Habana, 1956). Trabajó como profesor de inglés, en la construcción y la agricultura. Se inició en la prensa independiente en 1998. Entre 2002 y la primavera de 2003 perteneció al consejo de redacción de la revista De Cuba. Es subdirector de Primavera Digital. Colaborador habitual de CubaNet desde 2003. Reside en Arroyo Naranjo. Sueña con poder dedicarse por entero y libre a escribir narrativa. Le apasionan los buenos libros, el mar, el jazz y los blues.

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