Señor Saladrigas: No cuente conmigo

El señor Saladrigas nos ofrece una extensa y variada colección de consejos, exhortaciones, sugerencias e incluso críticas y amonestaciones

MIAMI, Florida, julio, 173.203.82.38 -Bajo el sugestivo  título “Cuba y su diáspora: el desafío de facilitar un reencuentro” ,  el señor Carlos Saladrigas ha convocado  a todos los cubanos a una cruzada por   la reconciliación, el dialogo y la marcha  hacia el futuro, según  un trabajo  recientemente divulgado  por  el  Suplemento Digital  “Espacio Laical”, una publicación  del  Consejo Arquidiocesano de Laicos de la Arquidiócesis de La Habana.

Inspirado por  una urgente  necesidad de traspasar las  barreras que durante décadas han separado a los cubanos a ambos lados  del  Estrecho de la Florida, el señor Saladrigas nos ofrece una  extensa y variada  colección de consejos, exhortaciones, sugerencias e incluso críticas y amonestaciones.

No deseo llevar  al terreno de las dudas, ni la confrontación,  ni las descalificaciones  los buenos designios del  señor Saladrigas y su vehemente esperanza por encontrar una solución que destruya esas barreras.  Es más, lo acompaño en  algunas de sus observaciones porque  reflejan pureza y transparencia, rociada por pequeñas gotas de  ingenuidad.

Comparto, sobre todo, su análisis sobre la importancia económica y política conquistada por el exilio cubano en el sur de Florida y su diferencia del resto de las olas migratorias que han formado parte de lo que es hoy Estados Unidos.  Pero hay algunos pensamientos  del señor Saladrigas que, desde mi punto de vista, vale la pena  profundizar en ellos.

No se mencionan  en  “Cuba y su diáspora…” los esfuerzos del régimen cubano encaminados a sembrar la discordia y la desunión entre los que se fueron y los que se quedaron, calificando a aquellos de traidores  y a  estos de patriotas creando de esta manera una  atmósfera que eclipsa todo intento por mantener encendida la llama de la hermandad y la concordia entre  los cubanos.

Los que se fueron aun cargan sobre sus hombros el peso  del castigo por haber expresado su deseo de emigrar o los ofensivos  actos de repudio, las extenuantes jornadas en los cañaverales, la frialdad y fealdad  de las mazmorras, las vejaciones  y las más sorprendentes violaciones de sus derechos humanos y divinos.  Cargan la descarga de los fusiles, el  brutal registro de su vivienda, la inolvidable muerte de un ser querido, el despojo de una propiedad bien habida.  Cargan los horrores de aquel  sistema, no sus errores. Porque todo fue fríamente calculado y ejecutado. Era necesario que la sociedad cubana se sintiera invadida  por el más autoritario, espeluznante, inmenso,  total  desamparo.

A los que se quedaron los educaron en el odio,  en espiar  y delatar al  vecino, en el desprecio a los valores del espíritu.  Los enseñaron a repudiar el trabajo honrado y a supeditar las relaciones interpersonales al estrecho ámbito de las posiciones  ideológicas.  Y, señalémoslo con total franqueza,  les  avivaron  las  pasiones más bajas y los instintos más retorcidos:   envidia,  rencor,  intolerancia.

¿De qué materia  está conformada la disconformidad de los que se quedaron? ¿Responden  a honestos principios éticos y morales o a una extensa  penuria de bienes materiales? ¿Se desenlazarán los nudos de los desencuentros, los tabúes y las suspicacias reciprocas a través de raudales de dólares  y baratijas?   ¿Conseguiría un turismo  embriagado  de ron,  maracas, rumba  y cuban señoritas devolverles al cubano su libertad, su independencia  y su identidad?

El trillado argumento de los voceros de la tiranía castrista  se fundamenta  en la teoría de que los cubanos del exilio somos cómplices del pasado, aliados de Estados Unidos en sus hipotéticos  proyectos  anexionistas, dispuestos a lanzar un zarpazo  contra nuestros compatriotas.  Culpan al exilio, incluso, de las medidas implantadas  por once administraciones estadounidenses.

Por su edad y su experiencia, el señor Saladrigas sabe muy bien que esas medidas corresponden a una decisión unilateral.  Estados Unidos tiene sus intereses geopolíticos. El exilio sus valores.

La política de Estados Unidos respecto a Cuba se parece mucho a la promovida por los soviéticos respecto a occidente durante la llamada Guerra Fría, es decir la coexistencia pacífica:  te acepto como eres y prometo solemnemente no hacer nada en tu contra. Solo te pido a cambio reciprocidad.

Al  concluir la lectura de  “Cuba y su diáspora…” me quedó la impresión de que el señor Saladrigas pretende que el exilio  pida perdón a la tiranía y se deje rendir por  la desidia y la complicidad.

Mucho antes de que el señor Saladrigas incursionara en el movedizo lodazal de las reconciliaciones,  el exilio cubano ya había demostrado  de mil maneras diferentes su vocación solidaria hacia sus compatriotas de la Isla sobre todo ante  las difíciles circunstancias que aparecen luego del paso de un devastador huracán o apoyando las  propuestas patrióticas y dignas de la resistencia interna.

Si a lo que se aspira es a “perfeccionar”  el comunismo, a entregarles a los verdugos del pueblo cubano una declaración  de “perdón y olvido” y  traicionar la memoria de nuestros entrañables mártires entonces, señor Saladrigas, no cuente conmigo.

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