¿Se va Raúl junto con sus viejos compinches?

¿Se va Raúl junto con sus viejos compinches?

En la liturgia comunista, el otorgamiento de medallas suele ser prólogo de la democión y el paso a retiro

De izquierda a derecha,
Ramiro Valdés Menéndez, José Ramón Machado Ventura y Raúl Castro Ruz (Foto: radiorebelde.cu)

LA HABANA, Cuba.- Este sábado fue 24 de Febrero, día del “grito libertario” mencionado en el viejo poema de los tiempos escolares. Una fecha que se suele vincular sólo, de manera inexacta, al poblado oriental de Baire, cuando lo cierto es que, debido a la simultaneidad de alzamientos en toda la geografía cubana, es más correcto denominarla como Inicio de la Guerra de Independencia.

En otros tiempos era uno de los cuatro días al año que, en cumplimiento de un mandato de la Constitución democrática de 1940, tenían carácter de celebración nacional. Al triunfo de la Revolución perdió esa condición, pues resultaba necesario dar paso a las nuevas fiestas del castrismo: 26 de Julio (sin importar que ese día de1953 hayan muerto veintenas de cubanos) y Primero de Enero.

La fecha constituyó ocasión propicia para un acto solemne, que fue trasmitido el mismo sábado en la prima noche, al término del Noticiero Nacional de Televisión y justo antes del esperado capítulo del culebrón brasileño de turno. Es de suponer, pues, que el espacio haya contado con una buena audiencia de cubanas —y también de muchos de sus compatriotas masculinos, ¿por qué no decirlo?— deseosas de no perderse las últimas incidencias de los romances Édgar-Laura y José-Isabel.

El acierto de los burócratas adscritos al Departamento Ideológico del Comité Central del único partido, al escoger la hora de la trasmisión, se vio opacado por la torpeza que mostraron al definir los contenidos. Comenzaron por un espectáculo penoso: el doctor Eusebio Leal Spengler, sin dudas la persona de mayor nivel intelectual entre todos los jerarcas del régimen, en función de guía turístico obsecuente, con voz untuosa y gestos deferentes ante el poder.

Resulta evidente que el experimentado Historiador de La Habana, pese al despojo que sufrió cuando su empresa Habaguanex quedó bajo el control del pulpo militar Gaesa, prefiere mostrarse obediente ante sus jefes. Es como si no importara el admirable trabajo de restauración que concibió y dirige, y que, al menos en la zona vieja de la ciudad, ha restablecido parte del esplendor borrado por decenios de abandono y apatía.

De esto da muestras el mismo sitio escogido para la conmemoración: el viejo Capitolio Nacional, edificio admirable menospreciado bajo el fundador de la dinastía. Éste, en aquellos tiempos iniciales, cuando ni siquiera se soñaba con un órgano integrado por congresistas votados —aunque no elegidos— por el pueblo (como los de ahora), lo destinó para la burocracia de la Academia de Ciencias. En la actualidad está siendo remozado, y lo que pudimos ver por televisión despierta admiración por nuestros antecesores que lo erigieron y los contemporáneos que lo restauran.

Tras el entremés del breve recorrido turístico, vino el plato fuerte: Una alocución del General-Presidente en la cual, tras aludir con brevedad a la efeméride, se centró en el otorgamiento de galardones a tres de los más antiguos y ancianos integrantes de la nomenklatura castrista: José Ramón Machado Ventura, Ramiro Valdés Menéndez y Guillermo García Frías.

Los méritos exaltados no fueron —pues— los de Guillermo Moncada, que retornó a la manigua ya herido de muerte por la tuberculosis; ni los de Bartolomé Massó, que sin poseer grandes dotes militares, no vaciló en ponerse al frente de los alzados de Manzanillo y Bayamo; ni los de Juan Gualberto Gómez, colega periodista que no faltó a su cita bélica en Ibarra, pese a ser un hombre de pensamiento y paz.

Tampoco los de los hermanos Lora, que proclamaron que era hora de que pelearan los hombres en vez de los gallos; ni los de José Martí y Máximo Gómez, jefes civil y militar de la insurrección que condujo a nuestra independencia; ni los de tantos otros héroes de finales del Siglo XIX.

No, las virtudes glorificadas —reales o supuestas— fueron las de los tres ancianos mencionados, ahora enquistados en los estratos superiores del inmenso aparato burocrático del castrismo. ¿A quién se le habrá ocurrido la idea de escoger para ese acto, entre los 365 días que tiene el año, la fecha gloriosa del 24 de Febrero? ¿Habrá sido el mismo Eusebio Leal? ¡Qué mal gusto!

Pero por encima de ocurrencias poco felices, la ceremonia de condecoración parece poner de manifiesto la voluntad de Raúl Castro de abandonar su alto cargo dentro del Estado no solo, sino junto con sus tres viejos compinches. Si no fuera ése el caso, no tendría mucho sentido ese acto solemne. En la liturgia comunista, el otorgamiento de medallas suele ser prólogo de la democión y el paso a retiro.

Si fuese así, al menos tendríamos que congratularnos de un hecho positivo: Miguel Díaz-Canel o quienquiera que sea el “tapado” escogido por el General de Ejército, asumirá sus funciones el próximo abril sin la rémora de tres viejos conservadores como los antes mencionados.

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