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Se necesita mucho coraje para vivir en Cuba

"Coraje", un grafiti dibujado en La Habana

LA HABANA, Cuba. – “Se necesita de mucho coraje para vivir en Cuba”, decía alguien mientras conversábamos para matar el tiempo en una de tantas colas inmensas en que transcurre nuestra existencia. Hablábamos, entre otras cosas, sobre las peripecias cotidianas para conseguir una vida digna en un contexto agreste como el cubano donde casi todo conspira contra cualquier acto de sobrevida.

Y es que pareciera que estamos inmersos en un juego macabro en que cada nivel jamás nos acerca a la meta, al triunfo, sino que nos conduce a la infinitud de otros desafíos más complejos. Un juego en que no es necesario vencer para continuar “avanzando” porque ya de antemano fuimos derrotados, en tanto parece ser la condición primordial para seguir siendo considerados “jugadores”, no importa el avatar ni las armas que elijamos. De modo que es algo así como el juego de los tontos. 

A quienes llevamos tantos años atascados aquí, asumiendo la existencia como una sucesión de episodios de una guerrita interminable, a ratos nos invade esa sensación de haber sido derrotados y, aun peor, de que nuestra razón de ser es la derrota.

“Coraje” fue la palabra que vimos dibujaba en un grafiti, en lo alto de un edificio de La Habana Vieja, y es la que se deslizó inconscientemente en nuestra conversación posterior, porque posiblemente es la que mejor define eso que sentimos, algo así entre el valor de enfrentar la cruda realidad y la ira, la rabia que nos produce no tanto la “crudeza” del entorno sino la sensación de que tras nuestra aparente valentía se esconden miedos, temores, cobardías de todo tipo.

Más bien, los que hemos ido quedando a la zaga de una multitud en fuga, rezagados o indecisos, no somos para nada los que más resistimos, ni los más rebeldes sino, quizás, los que más miedos guardamos dentro o, en última instancia, los más tontos en un país que hemos ido asfixiando bajo el peso de nuestras ilusiones (tan afines a la obediencia), es decir, de nuestras tonterías.

Cuando repaso las razones que me han hecho mantenerme viviendo en Cuba, no hay modo de vincularlas en su inmensa mayoría con la esperanza de que algo pueda cambiar para bien sino con los temores, entre otras cosas, a reconocer otra derrota, quizás la definitiva, a encontrarme ya lejos, sin familia que abrazar y sin retorno, camino a la vejez, con la certeza de que todos los que se fueron mucho antes lo hicieron en el momento preciso.

¿O es que en Cuba, por más años que pasen, siempre será bueno el momento para escapar, así como escasas las razones para retornar alguna vez, incluso si las cosas cambiaran? Mientras más lo pensemos menos coraje nos irá quedando no tanto para largarnos sino para disimular nuestros miedos.

Nos hemos convertido en una aldea de gente que huye, y de gente que simula para huir. Un país de intrépidos escapistas.

¿Cuántos de los que permanecemos hoy en Cuba tenemos esa sensación de no estar haciendo lo que en realidad deberíamos hacer para salvarnos? ¿Para cuántos de nosotros son más los días en que despertamos sintiéndonos extremadamente tontos, por permanecer aquí donde ya pocos desean estar, que los instantes, cada vez más breves, en que las esperanzas nos convidan a no emprender la huida?

No hay día en que no sepamos de alguien de nuestro entorno que se va, que se muere o se pierde por el camino, de quienes no regresan de lo que hubiera sido un simple viaje y terminó siendo una fuga, de los que están vendiendo la casa y hasta el panteón familiar con todos sus muertos para escapar de este lugar donde no quieren morir así como de triste se muere en Cuba. 

No hay día también en que no nos avergoncemos al contar al que sueña con irse y no lo ha conseguido las veces que hemos retornado después de haber sido libres por unos días. Ya no hablo con nadie de esas cosas para evitar esas duras miradas de reproche que me recuerdan la mía cuando me veo al espejo.

Quizás tenga razón este señor con quien conversaba sobre el coraje, y la mejor solución a nuestros problemas como cubanos sea marcharnos todos de una vez y dejar la Isla desierta, a la deriva, pero es igual de tonto volcar la poca fe que nos queda en ese absurdo. No obstante, a veces creo que nos hace bien la libertad de imaginar cosas imposibles e incluso escribirlas, publicarlas o decirlas en voz alta aunque parezcamos tontos (con coraje). Es mucho más saludable que no pensar en nada, que no hacer nada. 

ARTÍCULO DE OPINIÓN
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